Domingo de Ramos

Domingo de Ramos

Hoy es domingo de Ramos y este año quiero levantar mi ramo con más fuerza que nunca. Quiero que, el Señor note, que es para Él.

Y lo voy a hacer, grande muy grande, e inundado de hojas. En ellas quiero poner nombres… nombres hasta donde llegue el mundo. Quiero poner rostros. Rostros preocupados, inquietos, tristes, traspasados por el dolor… rostros que lleven marcadas las huellas de la tragedia humana. Pero también quiero poner rostros de tolerancia, de aguante, de espera, de sosiego, de aceptación, de gozo… Rostros de vidas sesgadas a las que un diminuto virus no les ha dejado seguir viviendo… Y rostros y nombres de personas altruistas que: han ayudado, han rezado, han llorado, han corrido, han hecho mil llamadas de información; han hecho un canto a la vida, a la esperanza, a la donación, a la ofrenda… y han sido capaces de sacar, en muchas ocasiones vida de la misma muerte.

Y quiero ponerlo alto, muy alto; para que interrogue a cuantos puedan verlo, para que nos recuerde lo poco que somos, para que nos enseñe que la vida es otra cosa, para que nos alerte de que las cosas importantes de la vida llegan en el momento menos esperado… y para que nos incite, a hacer un gran esfuerzo por aprender esta lección imprevista. Después lo apretaré con fuerza contra mi corazón, para que mi amor y el de Dios lleguen a todos. Será un ramo que permanecerá colgado, para que nos recuerde lo que hemos pasado y nos grite que nosotros no somos los dueños de la tierra.

Pero también con la seguridad de que, este ramo arderá en el fuego de la Vigilia Pascual, para convertirse en luz que encienda el Cirio y en él, cada vela que, con luz esté dispuesta a iluminar las tinieblas de este mundo que permanece oscurecido… para que nos demos cuenta de que, ese fuego es capaz de calcinar con su calor, cualquier forma de deterioro, haciendo resurgir  de ello la Resurrección que todo lo sublima.

 

De las tinieblas a la luz

De las tinieblas a la luz

En este cuarto domingo de cuaresma del ciclo “A” la liturgia nos presenta a Jesús como Luz del mundo, por medio del Ciego de nacimiento.

UN CIEGO DE NACIMIENTO

Al pararme esta tarde a pensar, aquí -desde mi reclusión- en todo ello, me daba cuenta de que todos éramos ciegos, todos andamos un poco mal de la vista y lo percibía así, al contemplar nuestra realidad actual. Nos decían lo que nos venía encima con el COVID 19, pero no quisimos verlo.

Nos lamentamos de ello, cuando a finales de diciembre, comenzó en China; se oyeron algunas voces más, cuando se iba extendiendo; nos dijeron que no era importante cuando ya a últimos de enero- veían que, estaba en países que rodeaban España y hasta que no lo hemos tenido encima no hemos reaccionado.

Y así, pensando me parecía: es, cuanto menos significativo, la similitud que esta realidad guarda con el evangelio. Juan en el relato que nos ofrece, se preocupa de aclararnos que el personaje no era un ciego cualquiera, especifica que es -ciego de nacimiento- y esto que parece carecer de importancia es substancial, pues no es lo mismo haber tenido visión alguna vez y perderla, que no haberla tenido nunca.

Algo que me hacía ponerme ante la ceguera de nuestro tiempo, pues en el momento actual, a mi me parece que hay pocos ciegos de nacimiento, son muchos más los que “vieron” y quisieron cerrar los ojos voluntariamente -aunque parezca que nunca tuvieron visión- porque aquello que vieron lo han enterrado y no les sirve para nada. Unos porque el ver, les exigía demasiado y otros, porque no les gustaba lo que estaban viendo. Hechos que nos interrogan con fuerza.

  • ¿Qué los llevo a esa actitud?
  • ¿Qué parte de culpa tuvimos nosotros en ello?

Pero hay algo precioso en la descripción. Como el personaje es ciego y no puede ver a Jesús, es Jesús el que lo ve a él y es asombroso que, al verlo se detenga.

Este Jesús, es el que hoy se acerca a nosotros por medio de esta realidad inesperada. La iniciativa no parte del ciego ni de nosotros, parte de Jesús. Jesús es el que se acerca a él y el que hoy, se acerca a nosotros, nos tiende la mano, nos toca los ojos y nos manda lavarnos… porque la curación no se hace efectiva, hasta que el ciego ha cumplido con lo que Jesús le ha dicho y se lava en el estanque de Siloé. Ni se hará efectiva en nosotros si no colaboramos, cumpliendo con todas las normas que se nos vayan dando.

  • ¿Pero, qué se nos manda hacer hoy a nosotros?
  • ¿Estamos dispuestos a llevarlo a cabo?

 

LAS CEGUERAS QUE NO QUEREMOS ACEPTAR     

Además de las cegueras expresadas, hay otras muy comunes, son las cegueras que no se ven. Una realidad que convive actualmente con nosotros, nadie cree estar ciego y como muestra el dicho popular “No hay peor ciego, que el que no quiere ver”

A mí me parece que la ceguera del momento, la vamos viendo demasiado bien y tiene nombre concreto; todos sabemos cómo se llama; se llama coronavirus o CIVID 19.

Por tanto lo primordial será, que comencemos a reconocerla, porque si no somos conscientes de que no lo vemos, no necesitaremos acercarnos a Jesús para decirle: ¡Señor, que vea!

Y aquí viene algo precioso. El ciego se encuentra con Jesús, no porque tuviera deseo de hacerlo. Su ceguera era tan profunda que había perdido el deseo de curarse. Se había instalado en ella y no creía que pudiese salir de aquella situación. Y si nos paramos a pensar veremos, que tampoco nosotros teníamos deseos de salir de la manera de vivir que nos habíamos marcado, estábamos tan instalados en ella que no teníamos ningún deseo de encontrarnos con Jesús. Sin embargo, como el ciego, nos hemos encontrado con Él, cuando realmente hemos visto la necesidad que teníamos de salir curados de esta situación.

En el proceso de curación del ciego, Jesús, vuelve a darle un giro a nuestra mente corta y estrecha, mostrándonos el por qué y el para qué de esa ceguera. Lo que está pasando –nos dice-:

  • No es cosa de “mala suerte”, sino de gracia.
  • No es castigo, sino bendición.
  • No es una negatividad, sino una mirada positiva de encuentro, con la realidad de la Luz.

Por eso en este momento es muy aleccionador recordar que, Jesús es la medicina que actúa siempre que lo deseamos con fuerza.

Que Jesús, puede sacarnos del abismo de nuestra miseria, acogiéndonos con su gran misericordia.

Que Jesús, regenera el cuerpo y el corazón y pone a la persona en contacto con el mismo Dios.

Y que, además, Jesús, no elude los medios humanos, manda, al ciego: Lavarse, obedecer y creer. Y a nosotros nos mandar utilizar todos los recursos que tenemos a nuestro alcance para poder salir indemnes de esta circunstancia.

El ciego, como nosotros, es curado por el gran Sanador de: ayer, hoy y siempre… ¡Pero cómo nos cuesta creerlo!

El ciego, sin saberlo, fue entrando en la dinámica de la fe.

  • Primero: con una Fe incipiente, solamente veía a Jesús, como un simple hombre.
  • Después, con la Fe adulta, empieza a verlo como un profeta que viene de Dios.
  • Más tarde, con la Fe cristiana, se postra para confesarlo: Enviado y Mesías.
  • Finalmente, su Fe testimonial, será capaz de sufrir persecución para dar testimonio de Cristo.

El Ciego, se ha convertido en testigo. Ha dejado los salvavidas y se ha sumergido en el mar de Dios.

Qué momento tan oportuno para preguntarnos:

  • Y yo ¿he entrado en la dinámica de la Fe o todavía dudo?

Porque no podemos ser cristianos egoístas, ni indiferentes antes las necesidades de otros. Es verdad que hasta ahora, hemos vivido en la opulencia llenos de comodidad y sin carecer de nada y creíamos que nos lo merecíamos, que todo el mundo vivía así; sin darnos cuenta de que nos íbamos encerrando en “nuestro mundo” sin ver que, a nuestro alrededor mucha gente pedía a gritos la Luz de Cristo, para poder liberarse de tanta tristeza, tanta frustración, tanto rencor… Y es, realmente doloroso, que hayamos necesitado, que un diminuto virus viniera a sacarnos de nuestra indiferencia.

Nuestro individualismo ha pasado a la generosidad. Nuestro duro corazón ha conocido el agradecimiento, nuestro aislamiento busca a otras personas -que como nosotros están aisladas- y sale al encuentro de ellas en balcones y terrazas ofreciendo cada uno lo mejor que tiene, para hacer felices a los demás… La esperanza comienza a aparecer. El personal sanitario responde con alegría al pequeño gesto que recibe… y nos vamos dando cuenta de que es, en esa dinámica donde tenemos que entrar cada uno de nosotros.

La Luz va llegando y lo inundará todo, pues cuando muchos fósforos se unen por pequeños que sean hacen desaparecer las tinieblas. Pues como nos dice el prologo del evangelio de Juan, “la Luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no pudieron vencerla”

Por eso, os invito a llegar al corazón de cada ser humano para decirle. Ten Fe, las tinieblas no tendrán la última palabra porque la Luz va llegando. Sal de todo eso que te tiene oprimido, no te dejes vencer por la enfermedad, hay alguien que quiere liberarnos de lo que nos abruma… Esto tiene salida y la puerta nos la abrirá: nuestro Dios.

  • ¿Qué situaciones de las que se nos han ido presentando, me han llevado a dejar de ver con claridad?
  • ¿Qué acontecimientos o personas me han llevado a descubrir mis cegueras?
  • ¿He sido capaz de acercarme a Jesús, para decirle: Señor, quiero ver?

Y pensemos que, si para un ciego el color no significa nada, la peor ceguera no está en la vista, sino en el corazón. Por eso, los acontecimientos de la vida, cada uno los verá, del color que tenga en el corazón.

 

Beber en la fuente de Dios

Beber en la fuente de Dios

Cada tres años, cuando la liturgia nos presenta el ciclo “A”, nos encontramos en el tercer domingo de cuaresma el evangelio de la Samaritana y, año tras año, comentamos el suceso sacando de ello numerosas lecciones de vida.

Pero este año me inquietaba volver a lo mismo, incidir en lo que ya se ha dicho. Me cuestionaba no darle un nuevo giro, ver qué encierra tanta verdad como pregona, mirar a la mujer, pensar cómo se sentiría por dentro, que mociones tendría al dialogar con Jesús… y me daba cuenta de que, quizá lo que el evangelista pretendía con este pasaje, era ponernos frente a nuestra propia realidad, ante nuestra situación.

Así percibía una mujer sin nombre, señalada por su nacionalidad –era samaritana- con un interior lleno de recovecos, ansiosa de bienestar y felicidad a cualquier precio… cargada cada día con su cántaro –repleto de dificultades- pero sin conocer a Dios, sin creer en nada, adorando a dioses falsos y llena de una desesperanza que trataba de ocultar.

Me daba cuenta de que, su vida como la nuestra, era un proceso en el que nada se nos da hecho, nuestro camino es una incógnita por descubrir y, en ese descubrimiento, van apareciendo las necesidades fundamentales de la persona: el ser querida, el ser tenida en cuenta, el no depender de los demás. ..

Aparecen: el frío, el calor, el hambre, la sed…, a y cada uno en particular, no nos queda más remedio que buscar la forma de remediarlas. De ahí que nos encontremos ante una carrera, honda y lenta, que nadie puede hacer por nosotros. Pero también aparecen necesidades más profundas que, como las anteriores, exigen una respuesta personal. Aparece la incertidumbre, el miedo, la indecisión, la duda, la turbación…

Sabemos por experiencia, que muchas veces esas necesidades tratamos de saciarlas por medios inadecuados, en sitios erróneos… y, así vamos intentando saciar nuestra sed, con sorbos de cualquier fuente que se nos vaya presentando.

Es verdad que, quizá en un primer momento, puede parecer que nuestra sed de fama, poder, grandeza, gloria… quedan satisfechas, pero enseguida necesitamos buscar otros “pozos” más hondos, porque nuestra sed ha vuelto a aparecer de nuevo.

Y pasamos, tiempo y tiempo sin admitir que solamente Dios, puede saciar nuestra verdadera sed. Solamente Él puede calmar todas nuestras ansias. Solamente Él puede aplacar todas nuestras aspiraciones… “Nos hiciste, Señor para Ti y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta que descanse en Ti” (San Agustín)

Es entonces, cuando nos damos cuenta de que, eso mismo es lo que le pasaba a la mujer de Samaria. Un día más, tiene que entrar en la rutina de buscar el agua que necesita para saciar su sed, sin embargo, lo que no podía imaginar, es que ese día iba a ser distinto a todos los anteriores.

Y ahí está, caminando con su cántaro cargado de certezas –como nosotros-, pero sin poderse quitar de encima, el peso de su equivocación, sus caídas, su manera de ceder a lo fácil…  aunque ni siquiera lo sepa.

Ella pensó un día, que Dios era el enemigo que le quitaba su felicidad, su libertad… pensó que, solamente servía para deshacer sus planes… y eso la llevó a separarse de él y buscar la manera de vivir la vida bajo su criterio. Una realidad demasiado frecuente en nuestra sociedad y, posiblemente, incluso entre nosotros mismos.

Pero al contrario de lo que pensaba, en su corazón seguía anidando la tristeza, la soledad, la desazón… y no por lo que no tenía, sino por lo que en realidad ansiaba… dándose cuenta de que, eso que anhelaba, no podía adquirirlo por sí misma e, incluso ni siquiera era capaz de saber expresar como reclamarlo. Situación, que le hace llevar su desdicha de la manera más cómoda y placentera que puede, aunque en lo más profundo de su ser, haya una voz que le alerte de que, por ese camino que va, nunca llegará a la plenitud para la que ha sido creada. Tiene miedo a vivir sin encontrar el sentido y el valor de la vida, pero no es capaz de pararse a pensar, que es precisamente eso, lo que le impide afrontar los acontecimientos que se le van presentando.

Mas, al llegar al pozo, descubre que la persona más impensable la está esperando. La conversación con el desconocido va surgiendo poco a poco y con mucho miramiento, pues ¿acaso un judío podía hablar tranquilamente, con una mujer, -que por si fuera poco el hecho de ser mujer- encima era samaritana?

Sin embargo ella, que al llegar intenta imponer su superioridad sobre Él, porque estaba en desventaja, comienza a darse cuenta de que, esa persona es distinta a las demás. Esa persona con quien habla no la juzga, no la condena. Percibe que, es alguien que conoce toda su vida, que sabe todo sobre ella. Y, comienza a darse cuenta de que, ese que habla con ella, se va revelando, sutilmente, a su corazón.

Pero ahora necesitamos darnos cuenta de que la mujer del pozo somos tú y yo. De que Jesús, nos espera cada día. De que, no nos juzga, ni nos condena y de que conoce lo más íntimo de nosotros mismos.

Es verdad, que nosotros al contrario que la mujer de Samaria, somos católicos, vamos a misa el domingo, rezamos nuestras oraciones, comulgamos… Pero,  eso no nos libera de llevar a cuestas nuestra mochila que cada vez es más pesada. Por lo que, Jesús nos dice también a nosotros, tráeme tu problema, contestando con rapidez ¡no tengo problemas Señor! Has dicho bien, -nos dice- porque, tú eres el problema. Pero llegará el tiempo en que los adoradores, adorarán en espíritu. Y ya no servirán los rituales que nos digan cómo hemos de descargar “el problema”, pues comprenderemos –como la mujer de Samaria- que Dios se revela al corazón.

Hemos llegado a lo nuclear. Es fantástico tener sed de Dios. Es fantástico comprobar que, ha sido esa sed, la que ha puesto de manifiesto el grito del Espíritu en lo más hondo de nuestro ser, para que nos conformemos con una vida mediocre, para que trabajemos por vivir una vida en plenitud.

Realmente sorprende que, esa misma sed, fuese la que resonó en el grito de Jesús en la Cruz. “Tengo sed” (Juan 19, 28)

Acabamos de recibir la respuesta. Nuestra sed, solamente puede encontrar alivio y descanso en Jesús ¡Sólo en Jesús! Ese pobre sediento que sale al encuentro de la mujer samaritana “Si conocieras el Don de Dios…” (Juan 4, 10) “Tú le pedirías y Él te daría…” Porque Jesús sabe que, el Don, siempre conduce al encuentro personal con el Señor, en una comunicación única, pero que afecta a nuestra vida concreta, a nuestra historia y a nuestro aquí y ahora.

 “¡Tengo sed!”

Todos sabemos el esfuerzo tan inmenso que Jesús tuvo que hacer, para decir ¡Tengo sed! Pero creemos que ¿merecía la pena, esforzarse tanto para pronunciar esas “banales” palabras? ¿O acaso, lo que quería decirnos, era mucho más profundo que el pedir algo de beber? ¿De qué podía tener sed Jesús?

Jesús tenía sed de justicia, de comprensión, de redención… Jesús tenía sed de amor. Y, en este momento de la historia, Jesús sigue teniendo sed, en cada uno de los desfavorecidos de la tierra.

Pues, aunque no queramos darnos cuenta de ello, en el siglo XXI, Jesús sigue teniendo sed de comprensión, de misericordia, de calidez, de compasión… Pero Jesús, también tiene sed de que todos nos salvemos, de que vayamos por el camino que conduce a la vida, de que seamos felices… Y en esa sed de Jesús no hay excepciones. Él está muriendo por todas las personas de todos los tiempos: presente, pasado y futuro. En la Cruz no hay “enchufes”, en el corazón de Cristo estamos todos, porque mucho antes que, nuestra adscripción, de pertenecer a una determinada observancia, somos hijoshijos muy queridos- aunque Él sepa muy bien, que muchos no quieren saber nada de esto. Aunque sepa que hoy se pretenden otras cosas, aunque observe que nosotros solamente queremos retazos de bienestar adquirido a cualquier precio.

Jesús no ignora que nosotros queremos tener todo controlado, manejar los hilos de la vida a nuestro antojo y que nos dejen de tonterías que no se ven ni se palpan.

Sin embargo, a pesar de todo, ahí está el mismo Dios amando incondicionalmente y llegando a derramar hasta la última gota de su sangre para salvarnos.

Pero, esto no ha acabado, queda una segunda parte en la que estamos implicados. Y Yo –cada uno prsonalmente-:

  • ¿De qué tengo sed?
  • ¿Tengo sed de Dios?
  • ¿Se habrá sentido Jesús amado por mí?
  • ¿Se sentirá amado por nosotros, personas del siglo XXI?
  • ¿Qué clase de sed tengo?
  • ¿Qué clase de sed tenemos?

Hay un salmo precioso –el Salmo 42- que dice “tengo sed de Dios del Dios vivo ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?”

Pero, esto no es lo novedoso. La novedad está en que Jesús, también nos dice: Tengo sed de ti. ¡Cómo tendría que conmoverse nuestro ser al escucharlo! Lo que pasa es, que esto no se predica, no se comparte… es más, si alguna vez se hace referencia a ello cae en el vacío porque a la gente tampoco le interesa mucho. Nuestros parámetros son distinto, nosotros decimos voy a misa porque necesito comulgar; pero nunca decimos “voy a misa porque Jesús necesita de mí, me ha elegido –por pura gracia- para que colabore en su proyecto”

Esto no me resta un ápice, para saber que, el que necesito de Dios soy yo, pero es un gran regalo el que Él haya querido necesitar de mí. De mi persona concreta y no porque sea “buenísimo”, sino porque Él acoge a mediocres y pecadores…  Lo hemos visto más veces: ¿Que tenéis en la bolsa? Este muchacho tiene cinco panes y dos peces ¡Sacadlos! ¿Para qué quería aquella nimiedad para hacer un milagro tan sorprendente? Porque Dios cuenta con nosotros para hacer su obra.

Por eso, si creyéramos de verdad que Dios existe, si creyésemos de verdad que en el sagrario y en la Eucaristía hay un ser vivo que tiene un corazón de carne que está latiendo por nosotros, todo esto sobraría pues nuestra respuesta sería totalmente diferente, lo que pasa es que, en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro fondo nos falta la fe.

De ahí que, hoy caigamos de rodillas, ante el Señor, para decirle:

Tú habías dicho “El que tenga sed, que venga a mí y beba…” Y yo, hoy, quiero decirte que: ¡tengo sed!

¡Tengo sed de Ti, Señor!

Y quiero llegar a tu fuente porque:

Me he convencido de que otras fuentes no me satisfacen.

Porque, he visto mi pobreza y busco, el agua que se ofrece sin cobrar.

Porque, necesito ese agua, que apaga la sed para siempre.

Porque quiero que seas Tú el que me des de beber.

Y porque… ciertamente, ¡Tengo sed de Ti, Señor!

 

Contemplar la Gloria en momentos de crisis

Contemplar la Gloria en momentos de crisis

A los discípulos de Jesús también les llegó la crisis. Ellos que veían, que seguir a Jesús les podría traer buenos beneficios, se quedan descolocados ante lo que acaban de escuchar.

Jesús, los ha llamado para subir a Jerusalén. Y, aunque saben bien que Jerusalén no era un lugar seguro, deciden seguirlo sin reproches. Lo que no podían esperar era que, Jesús comenzase a hablar de esa manera.

Con total franqueza, Jesús empieza a decir que ha de ser apresado, entregado, condenado a muerte, ser escupido, azotado… para terminar muriendo.

No pueden dar crédito a las palabras que estaban oyendo. Están espantados. Por eso Jesús, al ver sus rostros despavoridos, se da cuenta de que no han entendido nada de lo que les ha dicho. Se da cuenta de que, ellos –lo mismo que nosotros- necesitan: ver, oír y palpar… Sabe que su fe, todavía no está fuerte y andan, un poco, desconcertados; por lo que decide ofrecerles una nueva experiencia de vida. Decide, citarlos en el Monte de la Transfiguración.

Para este nuevo empuje que quiere darles, elije a tres de ellos  y los invita a subir al Monte con Él.

Y, es precisamente aquí donde entramos nosotros en juego. Nosotros, que vamos descubriendo como la crisis también va llegado a nuestra vida. Nosotros que, lo mismo que los discípulos no nos gusta lo que vemos, ni lo que oímos, ni lo que palpamos… porque los acontecimientos que suceden nos dejan desconcertados. Nosotros que, todavía no nos hemos repuesto de un problema cuando nos llega otro, todavía no hemos salido de nuestro asombro ante un suceso, cuando llega otro dejándonos todavía más paralizados. Y, lo queramos o no –lo mismo que en los discípulos- aparece veladamente, en nuestro interior, un sentimiento de desaliento e impotencia que nos encoge el corazón. Quién no se ha preguntado alguna vez, ante tanto desconcierto ¿no es posible un mundo más humano? ¿No es posible vivir felices y en paz?

De ahí que Jesús, quiera llamarnos hoy a nosotros: a renacer, a empezar una nueva vida, a dar un cambio a nuestro corazón. Por lo que, aquí está proponiéndonos el subir al monte con Él.

Pero claro mirado así, puede parecer que, la transfiguración sea una huida cobarde, de las complicaciones que nos van llegando. “Nos vamos al Monte con Jesús y nos quitamos de encima el problema”

Nada más lejos de la realidad.  La Transfiguración, tanto para los apóstoles como para nosotros, es la fuerza que nos afianzará en la fe, ante las dificultades y ante la pasión que se aproxima.

Pues la Cruz es un regalo del amor de Dios, y la subida al monte de la transfiguración, es la que sirve de preparación para subir al Calvario.  Los cristianos de hoy –lo mismo que los discípulos- necesitamos ver, que Cristo es capaz de transfigurarse, de irradiar y manifestar esperanza… necesitamos descubrir su gloria entregada, por medio de todos los sacramentos.

Pero, ya veis, aquí seguimos nosotros, en este momento de la historia, instalados en otra situación de crisis. Nuestro futuro es incierto y, es cuando menos sorprendente, que después de más de dos siglos de andadura, parezca que las cosas no han cambiado tanto como esperábamos. Seguimos situados, en este tiempo de Cuaresma, con nuestra debilidad, nuestras tentaciones, nuestras incertidumbres… sumergidos, en un mundo, que trata de sofocar la Luz de Dios y su proyecto salvador; un mundo, en el que no tienen cabida, las actitudes que Jesús marca en el evangelio… por lo que, no le queda más remedio que, mostrarnos de nuevo, su camino, su proyecto… su nueva realidad.

Y nos marca una meta de altura. Una meta a la que no se puede acceder con “esas maletas” cargadas de seguridades y rutinas.

Una meta a la que no se puede acceder con la mochila llena de tradiciones y prácticas pegadas, como lapas, a nuestro interior.

De ahí, que sea necesario pedirle su gracia. “La gracia del Camino” Un camino en cuesta, cuya subida está llena de retos, de dificultades y de utopías.

Un camino que, para escalarlo es preciso creer, en que arriba hallaremos: un mundo nuevo y una tierra nueva; donde habrá diferentes estructuras y una mejor justicia; una eminente política y una insigne Iglesia.

Un camino y un mundo donde, no haya, mapas ni rutas, marcadas de antemano, sino que todo se deje guiar por la fuerza del Espíritu.

Y es ahora, cuando aparecen en el relato unas palabras preciosas, en las que no solemos pararnos, que nos dicen así: “Llegó una nube que los cubrió” –De nuevo la nube- El Antiguo Testamento está repleto de escenas donde aparece la nube y nosotros vemos la nube como cuando miramos al cielo, pero eso no es así. La nube significa la presencia de Dios, una presencia velada, porque a Dios no le podemos ver con nuestros ojos posesivos. Significa que la manifestación de Dios es personal, la persona y Dios quedan en sintonía cubiertos “por esa nube” que oculta a los demás lo que está pasando entre ellos. Y es aquí donde se ve con claridad. Los presentes escuchan la voz “Este es mi Hijo, el elegido ¡escuchadle! Pero la experiencia solamente la está viviendo Jesús. Y es, en ese encuentro interior con su Padre, donde surge la llamada y la respuesta. La escucha de la Palabra del Padre engendró nuevos seguidores y la escucha del Evangelio de Jesús dará vida a la Iglesia.

Jesús, comprende –en ese momento- sin ninguna clase de duda que, la apertura a Dios no puede ser nunca una huida del mundo, que quien ama inmensamente a Dios, tiene que amar inmensamente a la tierra. Por eso, quien se encuentra con el Dios de Jesucristo siente con más fuerza las injusticias, el abandono y el desánimo de los seres humanos.

Y es en esta experiencia precisamente, donde Jesús toma conciencia, de que ya no pueden seguir en el Monte. Percibe que cuando la persona se ha dejado penetrar, por la gloria de Dios, ya no puede seguir en lo alto, tiene que bajar; bajar a lo profundo de su ser, bajar al mundo, a la vida cotidiana. Porque la experiencia del Tabor nos prepara para luchar con esperanza y, sin hundirnos en el desaliento, para transformar el mundo.

Es un trabajo arduo y constante; un esfuerzo que nos va cincelando y haciendo crecer. En él, nos desgastamos y cansamos, pero nos vamos afianzando en hacer un mundo más humano y fraternal.

La gloria que, Jesús, manifiesta en el monte, es la que nos ayuda a asimilar:

  • Nuestras derrotas y tropiezos.
  • La que nos enseña a aceptarnos, tal como somos.
  • La que nos ayuda a acoger el sentimiento de que somos efímeros y estamos de paso.
  • Y la que nos afirma para aceptar que nuestra realidad es provisional

Dios mío, ¡cómo necesitaría contemplar, nuestro mundo de hoy, la gloria de Dios en estos momentos de crisis!

De ahí que, Jesús, no se quede en el monte gozando de la gratitud y la amistad de los “escogidos” Jesús, baja para enfrentarse a la realidad del sufrimiento, de la oposición de cuantos le rodean y de la perspectiva de la muerte. Por lo que, puede decirnos con fuerza, a sus seguidores:

Bajad del monte, también vosotros, para compartir con los hermanos lo que allí habéis vivido.

Mirad todos los que os esperan en las ciudades, en los pueblos, en los caminos… Hay muchas personas que solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre a veces les resulta familiar, pero no han pasado de         algunos recuerdos de la infancia.

Es verdad que se llaman cristianos y muchos se definen así, pero viven sin escuchar en su interior a Jesús y sin esa experiencia, imposible conocer: su paz, su fuerza alentadora y su soporte para nuestra vida.

Bajad, porque hay demasiadas personas que sufren, esperan y trabajan y es necesario llevarles un poco de la luz y del consuelo que allí recibisteis. No olvidéis que no puede encenderse una luz para guardarla, como tampoco se puede almacenar la dicha porque se pudre.

Nadie puede ser feliz a solas, ni amar a solas, ni servir a solas… Mas, no tengáis prisa en compartirlo.

Mis Palabras hay que madurarlas, lentamente, en el silencio de la oración, hay que interiorizarlas en la paciencia y en la espera, hay que hacerlas pasar por la prueba del sufrimiento.

El Tabor y el Calvario nos muestran que hay una relación muy estrecha entre transfiguración y Pascua de Jesús. Pues si la transfiguración es una experiencia de amor, el verdadero amor exige muerte. El que de verdad ama, se vacía de sí mismo para darse a los otros y está dispuesto a dar la vida, como lo hizo Jesús. ¡Cómo entienden esto los padres!

Y este es el amor que Jesús llevó a cabo hasta el final. Este es el amor que Jesús nos enseña, amando.

Lo leemos en la carta a los hebreos, Jesús es: humano y humanizante; semejante, en todo, a sus hermanos hasta identificarse con ellos en las situaciones más duras de la vida.

Por tanto, el grito de Jesús hoy, será para repetirnos que también a nosotros nos espera:

  • Un mundo desestructurado e individualista.
  • Un mundo, en el que los cristianos, están en crisis de evangelización.
  • Un mundo, donde nos resulta difícil, mirar desde Dios la realidad.
  • Donde consideramos arduo, identificarnos por amor, con todas las víctimas que sufren.
  • Un mundo donde, se complica demasiado el vivir el evangelio, hasta las últimas consecuencias.

Vivimos en un mundo que necesita escuchar a Dios. Porque cuando el creyente se detiene para escuchar en el silencio a Jesús, en su interior percibe que le dice: ¡No tengas miedo! Abandónate, con toda sencillez, al misterio de Dios. No importa tu poca fe ¡eso basta! No te inquietes. Si me escuchas descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y si crees esto tu vida cambiará y conocerás la paz en tu alma. Porque,

Mi Padre es capaz de, Transfigurar un corazón,

por muy resistente que sea.

Ante una nueva cuaresma

Ante una nueva cuaresma

El miércoles de Ceniza que vamos a celebrar, da paso a la cuaresma, camino que nos llevará a la Pascua. Y, aunque se ha perdido mucho el significado y el contexto de la cuaresma, todavía vemos que muchas personas se acercan a la iglesia a cumplir con el rito de la imposición de la Ceniza.
Pero todavía nos falta bastante para tomar conciencia de lo que encierra esta realidad. La gente sigue teniendo guardado el concepto de que la cuaresma es un tiempo triste llamado a la penitencia y a dejar todo lo que exige llevar una vida cómoda.
Por eso, a mí me gustaría invitaros, a que esta cuaresma dedicásemos un tiempo a profundizar lo que, en realidad nos regala este tiempo de gracia.

La cuaresma, lejos de lo que podamos pensar es una llamada a la santidad, una llamada a revisarnos por dentro, a llegar a lo más profundo de nuestro ser y a que todo esto nos lleve a Dios. Porque cuando nos alejamos de Dios, no sólo nos alejamos de Él, nos alejamos de los nuestros, de la comunidad parroquial, de los que comparten nuestra vida… y lo que es peor nos alejamos de nosotros mismos.

De ahí que la cuaresma sea, ese momento privilegiado de reencuentro que nos haga descubrir nuestras tinieblas y, sacándonos de ellas, nos lleve a buscar la auténtica Luz: Cristo.

Pero iremos poco a poco. Si no actualizamos lo que ya hemos escuchado tantas veces, corremos el riesgo de que la gente desconecte, pensando ¡ya estamos con lo de siempre! Cuaresma: igual a conversión, limosna, oración y ayuno, escuchando después una larga lista de consejos extraños que ya casi nos sabemos de memoria. Pero qué pasa Julia, ¿qué las cosas han cambiado y ahora eso ya no sirve? Pues mira no, no han cambiado –la Palabra de Dios no puede cambiar- pero hay que darle forma, ¿acaso alguno de nosotros, usamos la ropa que usaba nuestra abuela, se calienta en la lumbre que ella se calentaba o hacemos la vida que ella hacía? Sin embargo, seguimos vistiendo, calentándonos y comiendo. Y puede ser que, ahí esté la clave para vivir una cuaresma nueva, transformadora y llena de vida.
(Ya sé que esto ha podido quedar muy bonito, pero ahora veremos si soy capaz de plasmar todo lo que mi interior siente. Posiblemente no, pero quizá esto os dé pie para hacer vosotros algo valioso que merezca la pena)

Por mucho que cambien las cosas, lo que nunca podrá cambiar es, que a lo primero que se nos invita en este tiempo de cuaresma sea a la: CONVERSIÓN
El hecho de recibir la ceniza, quiere recordarnos que somos poca cosa, que no podemos estar orgullosos de nuestra manera de hablar, de actuar, de comportarnos… que hemos de dejar los resentimientos, la envidia, el egoísmo, el confort… Nos quiere llevar a darnos cuenta de nuestra fragilidad, a darnos cuenta de que vamos prescindiendo de Dios en nuestra vida y que, casi sin darnos cuenta vamos dejando de amar, tomando conciencia de que hemos de cambiar de actitud y de que necesitamos convertirnos.
Pero, el decir “yo quiero convertirme” no cambia a nadie, eso no nos va a transformar por dentro. Para convertirnos, lo primero que necesitamos es querer cambiar, pero:
• ¿Cambiar qué?
• Cambiar ¿por qué?
• Cambiar ¿para qué?
Solamente Jesús puede ayudarnos a resolver estos interrogantes, por lo que necesitamos, mirarle y escucharle, porque ahí encontraremos las ganas de ser mejores, a la vez que le pidamos la gracia de la conversión. Pues la persona que no quiere saber nada de Dios, la persona que le da la espalda… se condena a la nada, por eso nuestro Dios, rico en misericordia, nos da una nueva oportunidad para retornar a la casa del Padre.

Pero es realmente asombroso, que Dios no deje nada a nuestro antojo. Él conoce nuestra fragilidad y no escatima esfuerzos para ayudarnos a salir de ella.
Dios cuando nos pide algo, nos da el medio para llevarlo a cabo, Y si para cambiar se nos insta a pedir la gracia de la conversión, es ahora en este tiempo de gracia cuando se nos pide que escuchamos al Señor de manera especial. Por lo que, si necesitamos escuchar a Jesús, no os quedará más remedio que entrar en la:
ORACIÓN
De nuevo llegamos a lo familiar, a lo que llevamos oyendo una cuaresma tras otra. ¿Rezas, o no rezas? ¿Estás dispuesto a rezar más durante esta cuaresma? ¿Te esforzarás para progresar más en la oración? Y ahí estamos estrujando nuestra mente para ver si somos capaces de lograrlo.
Pero esto no es así. Para orar lo primero que necesitamos es tomar conciencia de que somos amados sin merecerlo –lo dice reiteradamente el Papa Francisco- Por eso la oración no es un deber, es una necesidad, la necesidad de corresponder al amor de Dios.
La oración es, adquirir esa experiencia de compasión y misericordia que se produce, en el “cara a cara” con el Señor que “nos amó primero y se entregó por nosotros” (Gal. 2, 20)
La oración ha de ser una exigencia, que nos lleve a hacer la voluntad de Dios, tratando de dejarnos tocar por Él para que vaya destruyendo las durezas de nuestro corazón. Por eso sería bueno pensar que quizá, el que tiene problemas con la oración es porque tiene problemas de fe. Lo vemos con claridad, si nuestra fe es fría, también lo será nuestra oración. Y si la fe es un añadido a nuestra vida, también lo será nuestra oración.
La oración es, fidelidad, entrega… es buscar el agua viva, es dejarse curar las cegueras… Es estar dispuestos a resucitar a tantas muertes como asolan nuestra vida.
La oración es el amor hecho vida. De ahí la dificultad de hablar de la oración. Pues nadie puede enseñarnos a manejar el amor, porque el amor: brota o no brota. Pero si tenemos un corazón orante, allí encontraremos la fuente.
De nuevo me diréis: pues enséñanos a hacer oración y os diré, no se puede enseñar a hacer oración, como no se puede enseñar a reír, ni a llorar, ni a amar… eso surge o no surge.
Se pueden enseñar prácticas de oración, pero nunca a hacer oración. Poe eso el encuentro con el Señor es imprescindible, porque Él es el único que puede enseñarnos a orar. De ahí que, el encuentro con el Señor haya que cultivarlo, haya que cuidarlo, haya que darle tiempo… para que surja de nuestro fondo, lo que Él va haciendo en nosotros, el amor transformante de Cristo, para que luego podamos ofrecerlo.

AYUNO
También hemos de plantearnos el ayuno una vez más, aunque sé que cuando hablamos de ayuno es como si nos produjese risa. Comer menos, comer ¿qué?, comer porque… ¡Tanta gente ayunando para adelgazar! Quizá esto del ayuno nos suene a “dieta barata” Pero eso no es lo peor. Lo peor es, que nos quedemos tan tranquilos.
Hace pocas semanas hablábamos de que Jesús se hizo semejante a nosotros para que, pasando por nuestra realidad, la conociese tan profundamente, que pudiese solidarizarse a nuestras realidades mucho mejor. Pues quizá esto mismo sea lo que realmente busque el ayuno. Ayunar para que, conociendo lo que es pasar hambre, sintiendo el estomago vacio, viendo el desprecio de los que “comen tanto que tienen que hacer dieta” y viendo a nuestros hijos llorar porque tienen hambre, nuestro ser se conmueva de tal manera que seamos capaces de dar hasta que nos haga daño (como decía Madre Teresa)
Pero esto del ayuno es mucho más amplio. No sólo hay que dar, hay que darse. Hay que tomar conciencia de que estamos hablando del ayuno voluntario, pero existe el ayuno involuntario, ese que no tiene alternativa, ese que presencia nuestro despilfarro, cuando algunos no tiene lo necesario para sobrevivir.
El ayuno no consiste en privarnos de un gusto, es dar gusto a los que no saben ni lo que es eso…
El ayuno tiene que ser una actitud de vida, tiene que formar parte de ella, tiene que llegar a surgir sin que, ni siquiera nos lo hayamos planteado.
¡Cómo necesitaríamos esta cuaresma ponernos delante de Dios para que, fuese Él mismo el que nos explicase lo que, realmente, es el ayuno!

LIMOSNA
Y llegamos a la limosna. El Antiguo Testamento, siempre ha hecho mucho énfasis en los beneficios de dar limosna. Las personas caritativas eran muy queridas y valoradas en el Antiguo Testamento, pero como todo, con el tiempo se ha ido deteriorando.
Lo mismo que el ayuno, la limosna también ha de ser una actitud de vida ha de formar parte de ella. La limosna “no es dar, es tener el monedero abierto” para que tenga acceso a él todo el que lo necesite.
Lo que pasa es que, el mundo en el que vivimos no nos lo pone fácil. Tanto abuso, tanto engaño, tanta gente explotada pidiendo y pasando dificultad para los que se aprovechan de ella.
Sin embargo, eso no puede adormecer nuestra generosidad. Nosotros sabemos bien que no sólo hemos de compartir lo que tenemos, hemos de saber que los bienes de la tierra son de todos. Que la tierra produce lo necesario para que nadie pase hambre y que, si hay personas que pasan hambre es porque, los sistemas injustos que nos hemos montado, les quitan lo necesario para sobrevivir.
Por eso es necesario que, en el silencio, miremos esas zonas de nuestro corazón que todavía están atadas a la comodidad, al consumo… y, muchas veces, al despilfarro. Miremos todo eso que nos ata y nos lleva a gastar para ser admirados y estar en los primeros puestos.

Y. después, preguntémonos:
¿Cómo querría Dios que viviese yo esta cuaresma?

Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados

Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados

No me importa repetirlo una vez más. No puede haber mejor comienzo para el tema que, reincidir en que el día 11 de febrero, conmemoración de la Virgen de Lourdes, es el –Día del Enfermo- y ante una realidad de este calado, no podemos pasar de largo sin decir que los enfermos tienen un lugar muy privilegiado en el corazón de la Madre, en el corazón de Cristo, en el mío propio y… creo que, en el de todos los demás, pues todos, en una u otra medida, hemos estado enfermos tenemos enfermos a nuestro lado y hemos pasado y pasaremos por la enfermedad.

También quiero decir a los enfermos que, precisamente el martes de 11 a 12, en la parroquia hay adoración y un grupo de adoradores estaremos ese día y todos los martes del año, pidiendo por todos los enfermos, pues lo creamos o no, junto al Señor todo adquiere sentido. La enfermedad comienza a aceptarse y… sin saber cómo, el Gran Sanador –Cristo- aparece con un poder desbordante.

LA ENFERMEDAD
A nadie nos gusta estar enfermo, ni sufrir, ni sentir carencias en nuestra vida… pero la enfermedad aparece cuando menos la esperamos; nuestro ser es quebradizo, limitado y todos de una manera o de otra hemos de pasar por el dolor.
Por eso al ponerme ante este tema, me daba cuenta de que si la semana pasada oramos con los desfavorecidos de la tierra y nos poníamos frente a la pobreza, no podemos dejar de ponernos ante la pobreza de la enfermedad, pues ¿quién más pobre que un enfermo?
La enfermedad, por muy leve que sea, nos impide seguir el ritmo de la vida cotidiana, nos hace dependientes de los demás, necesitados de otras personas. Primero de un médico, después la espera del diagnóstico; nos domina el miedo, aún sin darnos cuenta esclaviza nuestra voluntad… y sentimos una fuerte sensación de que algo comienza a deteriorarse.

La enfermedad, también puede llevar a la persona a replegarse sobre sí misma, a preocuparse solamente por ella, a sentirse como si fuese la única que sufre y, el verse dependiente de los demás, le hace modificar su manera de relacionarse con ellos.
En ese momento palpamos la fragilidad de nuestro ser, que nos hace preguntarnos y ¿esto por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? Y si nos dejamos llevar por esos sentimientos aparece la angustia, la incertidumbre, la necesidad de protección… y la necesidad de pedir ayuda, no sólo a las personas sino también a Dios. Pus ¿quién, por muy agnóstico o ateo que se manifieste, no levanta en momentos difíciles los ojos a Dios?
Sin embargo, quizá en esos instantes de desajuste a todos se nos olviden las palabras que nos brinda el mismo Jesús y que son las que se han tomado este año, para la Jornada del Enfermo.
Venid a Mí todos los que estéis cansados y agobiados
que yo os aliviaré (Mateo 11,28)
Unas palabras tan consoladoras que, solamente pueden salir del corazón de alguien que ha pasado por la prueba, de alguien que ha sufrido -como jamás persona humana podrá sufrir- de alguien con el pecho traspasado por una lanza… de Alguien con un corazón tan inmenso, que jamás podrá agotarse su misericordia y su compasión, pues ellas son el signo del amor de Cristo.

ANTE EL GRAN SANADOR
Aquí lo tenemos. Él es, el Gran Sanador, el Señor de la Vida, ante el que todos hemos de llegar como enfermos, como indigentes, como seres necesitados de salvación.
Por eso, además de poner ante el Señor a todos los enfermos, pondremos también, a tantos como ayudan en la enfermedad: médicos, enfermeras, cuidadores, familias, amigos, voluntarios… -los camilleros de la parábola-, ponemos a esos enfermos que conocemos y también, a los que no conocemos, ni conoceremos nunca.
Ponemos, a esos enfermos anónimos que no tienen quien los cuide, que nadie se preocupa por ellos- A los enfermos que pasan la enfermedad solos –personas, sobre todo ancianos, en residencias, hospitales… personas que viven en la calle…
Ponemos en manos del Señor, a nuestro mundo enfermo infectado de corrupción, de poder, de egoísmo, de mentira…
Ponemos a todos los que tienen una grave enfermedad de alma y ni siquiera se dan cuenta de ello.
Y… después vamos a ir poniendo, en manos del Señor, nuestras enfermedades tanto las del cuerpo como las del alma. A la vez que nos preguntamos:
• ¿Reconozco yo al Señor, como el Gran Sanador?
• ¿De qué quiero que me sane, hoy el Señor?
• ¿De qué querría que sanase a nuestro mundo?
• ¿Qué medicinas podríamos aplicar para sanar esos males de alma?

Vamos a acordémonos también y ponemos en manos del Señor, a todas esas personas que no tienen acceso al médico, ni a los medicamentos.
• ¿Qué sentiríamos nosotros si estuviésemos en su caso?

Pero ahora llega un nuevo interrogante: hablamos del gran Sanador, pero ¿lo conocemos? A veces da la impresión de que no lo conocemos puesto que no somos capaces de llegar hasta lo nuclear de la compasión.
Y es que hoy la compasión, es una virtud que está en desuso en este mundo que quiere pisar fuerte. Pero que se olvida de que, si hay una virtud necesaria para estar cerca de un enfermo es: la compasión.
El ser compasivo es un planteamiento del que la gente pasa y, el dejar que se compadezcan de nosotros se ha terminado. ¿Quién ve con bueno ojos que lo compadezcan?
Ante esta realidad yo me pregunto ¿Acaso tiene tiempo alguien para pararse hoy, a interiorizar lo que es la Compasión de Cristo?
Todos sabemos que, la compasión es: Padecer- con. Y ¡qué gratificante resulta padecer junto al Señor! ¿A quién no le gusta cuando está pasando un momento amargo, una enfermedad grave, una soledad prolongada… encontrar a quien esté dispuesto a padecer con él?
Pues estas son las palabras que hoy nos repite, una vez más el Señor: Venid a Mí todos los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré.

¡Que tranquilidad se experimenta al saber, que el Señor nos espera para aliviar nuestro dolor! ¡Qué importante comprobar que Jesús no nos está diciendo solamente palabras bonitas, sino que hace realidad, con obras, lo que dice!
Jesús siempre va, mucho más allá de lo que nosotros podamos imaginar. Como leemos en la carta a los Hebreos, quiere hacerse uno de nosotros, para que “al ser igual a sus hermanos, al haber tenido todos sus padecimientos, esté en condiciones de compadecerse de ellos”.

Sólo tenemos que acercarnos al evangelio para comprobarlo. Estas palabras son la constante de su predicación:
“No he venido a salvar a los sanos sino a los enfermos”
“El que venga a Mí tendrá vida y la tendrá en abundancia”
Y es que la compasión siempre produce vida. Porque Jesús se compadeció, volvieron a la vida un gran número de personas, que estaban muertas. Y devolvió la vida del alma, a tantos como se estaban alejando y muriendo por inanición.
¡Qué cosas tan sorprendentes puede hacer un corazón compasivo!
• Jesús, se compadece de su amigo Lázaro y le devuelve la vida.
• Jesús devuelve la vida a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, porque siente compasión.
Y no sólo les devuelve la vida física, les devuelve la fe, el amor, la integridad… haciéndolas personas compasivas.
Pero hay que llevar cuidado de no quedarnos estancado en las palabras del evangelio que nos gustan esquivando las demás. Porque podemos decir: Señor como Tú nos aliviarás, sana mi enfermedad, dame trabajo, salva mi matrimonio… pero dejando de leer lo que sigue, unas veces porque no nos interesa, otras porque no nos lo explican. Pero, el evangelio de Mateo nos dice la condición que se nos pone para ser aliviados: “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”

No podemos engañarnos, el Señor, no nos ha prometido que nos va a quitar la enfermedad ni las cruces de la vida. Él nos enseña cuál es el camino para llegar a Él. Y ahí está la condición que pone para ser aliviado: “Cargad con mi yugo…”
Él mismo podría haberse librado de la cruz si hubiera contestado a Pilatos de otra forma, pero Él fue fiel a la verdad y subió a la cruz para enseñarnos el camino de la felicidad.

Por eso si queremos recibir el alivio que Dios nos promete, tendremos que cargar con el “yugo” del amor de Cristo, tendremos que aprender a hacer su voluntad, cosa que no quiere decir que no nos complicará la vida, ni que tendremos más tiempo libre, ni que de los que se trata es de cuidarnos para ser más felices… El grano de trigo ha de caer en tierra y ser enterrado para dar fruto y cuando nosotros nos damos, entonces es cuando damos fruto, cuando encontramos la paz, la felicidad…
Esta es la gran paradoja, cuando entregamos lo que tenemos en lugar de estar cansados de tanto guardarlo, nos sentimos aliviados.
De ahí que, cuando una persona se encuentra con Dios irradia paz, esperanza… porque ha aprendido que es dando cuando se recibe y es perdonando cuando uno se siente perdonado.

Pues, no lo olvidemos:
Solamente el amor del Señor
es el verdadero descanso del alma.

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