Donde está tu tesoro, allí está tu corazón

Donde está tu tesoro, allí está tu corazón

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mateo 13, 44)

Antes de pasar adelante me ha parecido oportuno situarnos ante nuestra realidad, darnos cuenta de ese Tesoro que se nos ha entregado. Tomar conciencia de que somos portadores de -esa Joya-, inmensamente valiosa, que se nos ha dado para regalarla y compartirla. Y sobre todo, para descubrir, que ese Tesoro es el mismo Cristo, ofrecido como -La Buena Noticia- la mejor noticia que el mundo jamás conocerá.

Y me ha parecido oportuno hacerlo así, porque en este tiempo tan lleno de actividad y activismo, resulta difícil encontrar un momento para preguntarnos:

  • Qué Tesoro poseemos.
  • Si es el auténtico el que ofrecemos.
  • En nombre de quién lo ofrecemos.
  • Y si, realmente es a Cristo a quién mostramos…

Pues quizá nos falte aquilatar todo eso para llegar a lo que pretendemos hacer. De ahí que hoy os invite a profundizar un poco más sobre este aspecto.

Al ponerme ante la realidad veía que, como en todo lo de Dios, siempre hay dos vertientes; y la persona -desde esa libertad que Dios le ha regalado- tiene que escoger una de ellas.

Así nos encontraremos evangelizadores que han encontrado el Tesoro escondido del que habla el evangelio, pero también otros que siguen buscando esa Perla preciosa de la que también nos habla. Lo que ya no tengo tan claro es que, unos y otros tengamos una experiencia de encuentro con el Tesoro y la Perla –que es el mismo Dios- y si no se tiene esa experiencia, lo del Tesoro y la Perla queda devaluado y el Tesoro escondido en el campo –o sea Cristo- relegado a un lugar secundario.

Por tanto, esta realidad nos alerta de que, este encuentro con el Tesoro y la Perla, se puede dar de muchas maneras: se puede dar, incluso sin proponérnoslo y sin buscarlo -porque Él se hace el encontradizo en el camino de la vida-. Pero también se puede dar, buscando sin cesar el preciado bien.

Quedando demostrado que, si en el artículo anterior veíamos a grandes santos a los que Jesús había salido a su encuentro, en este vemos la figura de María en su impresionante caminar para encontrar a su hijo perdido cuando iban en peregrinación –por Pascua- al Templo de Jerusalén.

Y esta experiencia de María buscando sin desfallecer a su hijo, tiene que ser la experiencia de fe del creyente y sobre todo la del evangelizador: aprender a dejar las rutinas que tenemos, con ese Dios al que nos hemos acostumbrado -para aprender a contemplarle- a fin de entrar en todo lo que hay en Él, de nuevo y sorprendente.

Por tanto, como oí decir en una ocasión a un jesuita: “Lo que María aprende en esa experiencia -del Niño perdido- es que, un Dios al que podemos perder, es un Dios al que hay que cuidar” ¡Qué gran lección para los que poseemos o buscamos el Tesoro y la Perla!

Pero hay algo precioso en estos versículos del evangelio de Mateo -que posiblemente hayamos pasado por alto- y es, la actitud que tiene el hombre que encuentra el Tesoro. Nos dice que lo vuelve a esconder y ¿por qué? Lo más normal es creer, que era para que no se quitasen. Sin embargo, hay en ello algo mucho más profundo. ¡Es fantástico! Cuando se da cuenta de la grandeza y la maravilla que posee lo encontrado, cuando percibe lo significativo que va a ser para su vida –lo esconde- y lo hace porque necesita asimilar lo sucedido; necesita hacer un tiempo de silencio, necesita hacer suyo lo encontrado… No es que sea una actitud de egoísmo, de no querer compartirlo con los demás, ¡no! Pues todos sabemos que el amor siempre es generoso y ese Tesoro que ha encontrado -lleva implícito el Amor de Dios- por lo que debe de ser contemplado, asimilado, puesto en oración… Pues es necesario dar tiempo “para –como dice el texto- vender todo lo que se posee y poder comprarlo” o lo que es lo mismo, es necesario dar tiempo, para ir relativizando todo lo que nos esclaviza. Más, ¡cómo entender esto en el mundo de la competitividad! ¡Cómo entrar en la lógica de Dios! ¡Cómo entender el hacer, el pensar y el elegir de Dios!

Ahí lo tenemos, ¡Tanta gente buscando algo más grande y mejor en su vida, sin ser capaces de ver que todo eso está en el Evangelio de Jesucristo! ¡Cuánta gente buscando a Dios, en medio de oscuridades que son las que le ocultan la hermosura de la perla, que es el mismo Cristo! Esta es nuestra tarea, no podemos escatimar esfuerzos, tenemos que llevar el Tesoro y la Perla a tanta gente ávida del encuentro con el Señor y que no tienen a nadie que se lo muestre.

Miremos al Señor, contemplémosle, Él tiene la respuesta, Él es la respuesta.

Cuando todo estaba sin contaminar en el principio de los tiempos, nos dice el libro del Génesis que Dios creó al ser humano y cuando lo vio ante Él, cuando contempló ese tesoro que Él mismo había creado, nos dice el autor estas admirables palabras “Y vio Dios que era muy bueno

Dios, había elaborado su Tesoro, su Perla y quiso que su tesoro fuera perfecto, que viviera en plenitud, que no tuviese ningún defecto, ningún fallo… pero llegó la condición humana y lo estropeó todo. Pasó el tiempo y cada vez, el ser humano fallaba más a su creador, cada vez le ofendía más… sin embargo Dios enamorado de su tesoro no duda en mandar a su hijo, a su único Hijo al mundo, para rescatarlo. Y lo hace entregando su vida para recuperar su “gran tesoro”

Ahora solamente cabe ya que nos preguntemos: y si Dios ha hecho eso por nosotros ¿qué debemos hacer nosotros por ese Tesoro que hemos encontrado y que es el que dio su vida a cambio de la nuestra?

Después de haber descubierto todo esto, no tenemos más opciones que la de hacer silencio y preguntarnos:

Si, realmente, Dios es mi Tesoro,

¿tengo puesto, ciertamente, en Él mi corazón?

 

 

Foto por N. en Unsplash

 

Nuestra Misión es … cambiar el mundo

Nuestra Misión es … cambiar el mundo

Acabamos de celebrar el día de DOMUND, con un lema precioso para trabajarlo, no solamente el día del Domund, sino durante todo el año. Y ese lema dice “Cambia al mundo”

Pero, este lema no está pensado, solamente, para aquellos que han decidido abandonar su tierra y su casa para evangelizar en lugares de Misión. Está pensado para todos, pues todos somos misioneros, sea cual sea nuestra realidad y nuestra situación.

Sin embargo todos sabemos que el mundo no cambiará si no cambiamos las personas que lo habitamos. Lo que pasa es que, para cambiar hay que ser muy valientes, muy humildes y personas de oración.

Y esto es lo que hoy nos interpela a nosotros. A cada uno personalmente. Y esta es nuestra realidad personal, una realidad de la que nadie puede responder por nosotros. Por tanto:

  • ¿Qué le digo al Señor de esta exigencia que se me plantea de conversión y cambio?

Nadie cambia por lo que el otro le diga, cambiar en una actitud y solamente cambiaremos, cuando seamos capaces de ponernos en pie y decir: ¡Señor quiero cambiar! ¡Ayúdame a cambiar! Pues esa afirmación será la que marque el momento en el que el corazón comience a reentonarse.

Pero no nos equivoquemos. Cambiar no es aparcar los problemas, ni disimularlos; nadie puede esperar que lo que está pasado se diluya como un azucarillo. Hay realidades que solamente puede sanarlas el que las ha producido, porque es muy fácil decir “olvida el pasado” ¡No! No olvides el pasado soluciónalo.

El pasado ha tenido unas connotaciones en nuestra vida y en la de los demás. Y ese pasado tiene que servirnos para crecer, para aprender, para formarnos… pero también para ver que ha dejado lesiones, huellas, destrozos… que salen a flote aunque no los queramos ver y eso no se cura echándole tierra encima, eso se cura afrontándolo y pidiendo a Dios su gracia para sanarlo. ¡Cuánto ganaríamos si aprendiésemos a sanarnos!

De ahí que os invite a contemplar, todo ese deterioro que vemos en este momento, tanto en el “tercer mundo”, como en nuestro ambiente, en nuestra familia, en nuestro mundo tan civilizado… para preguntarnos ante el Señor:

  • ¿Qué tendría yo que cambiar en mi vida, para que todo esto mejorase?

Al ponernos ante esta realidad podemos decir: No podemos ser pesimistas, hay cosas que han cambiado. Hay gente entregada que va a darlo todo por los demás y ¡Es verdad! Pero también hemos podido observar que en muchos casos los cambios han sido superficiales, han sido un lavado de imagen para dejar todo como estaba o todavía peor. Que esos cambios han venido de acciones injustas y se han hecho desde la indiferencia y la apatía. Nosotros mismos hemos dicho cantidad de veces “las cosas son como son” ¿Qué puedo hacer yo ante esta realidad que me sobrepasa? ¡Qué lo arreglen los que tienen el poder! Y nos hemos quedado tan tranquilos.

Pero esto no es así. Esto nos está alertando de que, somos nosotros, los que necesitamos un cambio profundo y real, pues lo que se nos pide es que seamos una referencia para los demás, en especial para los jóvenes y eso solamente puede hacerse desde Dios.

Se nos pide que seamos un referente de compromiso y esperanza, pues esa sería la prueba palpable de que, en nuestro corazón ha entrado Dios con toda su novedad y su creatividad. Y nosotros seríamos los primeros asombrados, pues observaríamos con emoción que eso sí podría cambiar el mundo.

  • Y yo ¿quiero ser un referente de compromiso y esperanza para los demás?
  • ¿Sé, a lo que eso me compromete?

Por eso, este año os invito a estar alerta, a no darlo todo por sabido. Pues cuando, cada año, el día del DOMUND llama nuestra atención, nos conformamos con hablar de los misioneros y misioneras -a los que admiramos y ayudamos-, pero no somos capaces de aceptar que, el mensaje nos llega como si sólo necesitasen evangelización los que viven en culturas todavía subdesarrolladas; o los que no han oído hablar de Dios; nos llega como una cuestión de tenerles que ayudar económicamente para tranquilizar nuestra conciencia. Hablamos de ello como si eso no fuera con nosotros, como si la Buena Noticia del evangelio hubiese sido acogida por nuestra sociedad y hubiese calado en nuestro entorno, como si solamente hubiera que llevarla a países lejanos.

Desgraciadamente, vemos con pena, que los términos se han invertido y que, es precisamente lo más cercano a nosotros lo que más misioneros necesita para ser evangelizado.

De ahí, la importancia de preguntarnos delante del Señor:

  • ¿Qué lugares, actitudes, personas… creo yo que tendrían necesidad de evangelización en este momento?
  • ¿Me afectan a mí directamente?
  • ¿Qué medios tendría de poder ayudarles en este sentido?
Y este… ¿Es de los nuestros?

Y este… ¿Es de los nuestros?

Estamos recorriendo nuestro camino. Cada uno el suyo. Y me parecía oportuno invitaros a detenernos en algunas realidades que nos acompañan -a todos- y que por estar tan oídas nunca nos paramos a observar.

Esta primera que quiero plasmar la hemos escuchado recientemente; nos llega del Evangelio de Marcos, y es una expresión que un evangelizador no puede pasar por alto, pues en él aparece una indicación de Jesús sumamente necesaria para nosotros, ya que se nos plantea, que el haber decidido seguir a Jesús de cerca, puede llevarnos a dos errores:

  • El primero, a pensar que Dios es solamente nuestro.
  • Y el segundo a relajarnos, prescindir de Dios y hacer lo que hacemos para satisfacer nuestro deseo.

Y ¿qué es lo que me ha llevado a tomar esta decisión? Pues el ver que, al aparecer estos versículos del evangelio, todo lo que oí sobre ellos estaba referido a ese “que no era de los nuestros” pero nada se habló de los que iban a hacer el bien en nombre de Jesucristo.

Y claro tanto hablar de ello nos puede hacer pensar, que tampoco tenemos que preocuparnos tanto -a la hora de ir a evangelizar en nombre de Jesucristo-, ya que, simplemente con hacerlo, basta. Pero, el evangelio nos dice mucho más, nos previene de todo eso que queremos eludir porque nos compromete, dándome cuenta una  vez más, de que el Evangelio no está solamente para ser leído –que sería fantástico que todo el mundo lo leyese- sino además, para ser orado.

De ahí que, lo primero que vino a mi mente, al llegar a mí estos versículos, es que Dios no otorga “derechos de propiedad” que por mucho que hagamos nunca seremos merecedores de ser elegidos.

Por eso Jesús elige a quien quiere, no a quien se lo merece. Pues ¿acaso pueden pesar alguna vez, tanto nuestros méritos, como para que Dios se fije en nosotros?

Pero los discípulos, lo mismo que nosotros, al ver que Jesús les daba  poder para sanar, para expulsar demonios… se creyeron que “era solamente suyo” y que nadie más tenía derecho a Él.

Por lo que creo que es importante tomar conciencia, de que somos elegidos pero que, el que elige es Cristo y puede hacerlo con un cristiano, con un –no cristiano- incluso con pecadores que nosotros siempre dejaríamos relegados. Ahí tenemos la llamada de S. Pablo, de S. Agustín, de S. Ignacio, de S. Francisco de Asís… pecadores ¡sí! Como nosotros, pero hijos muy amados y queridos de Dios. Porque Dios no excluye a nadie, Dios hace su trabajo a través de personas y, es posible, que algunos pertenezcan a otra religión, o vayan “por libre” pero lo importante es que ellos creen en la importancia: de la verdad,  de la justicia, la libertad, del amor, del servicio, de la paz, de la no violencia y, a veces, con tanta fuerza que quedaríamos avergonzados cualquier católico.

Por eso, lo realmente importante para nosotros no es lo que hacemos, sino el ver si lo que estamos haciendo es obra de Dios o nuestra, pues hemos de ser conscientes de que –el que nos llamemos cristianos- no es garantía de que lo seamos. Cuántas veces hemos oído decir: pues ¡vaya cristiano! Hace las mismas cosas que la gente que no lo es. De ahí, la importancia de esa advertencia que Jesús hace, para decirnos sin paliativos que, impedir que otros se acerquen a Dios, es un pecado.

Pero llegamos a la segunda parte, a esa que nos lleva a prescindir de Dios sin plantearnos a lo que nos compromete ser enviados por Él, pues yo creo que alguna diferencia tiene que existir entre los discípulos de Jesús y los que hacen todo eso porque les gusta o porque les parece bien.

Los que seguimos a Jesús, hemos de tener en cuenta que no solamente estamos llamados a ser buenas personas, sino que estamos llamados a ser personas buenas, personas que sepamos ser justos con los otros, siendo misericordiosos y compasivos; siendo profetas –que no tienen miedo a las consecuencias, ni al qué dirán- siendo capaces de proclamar la Buena Noticia del Evangelio con palabras y con hechos, amando a todos, siendo justos, solidarios… perdonando, pues quien ama perdona y quiere que la vida de los demás se enriquezca a todos los niveles. Y esto solamente puede lograrse, estando conectado al Señor.

Lo que el pasaje nos muestra es que todo el que hace bien es merecedor de reconocimiento; pero los discípulos dan un paso más. Ellos viven con Jesús, están con Él, van a Él para que los envíe, para que les diga lo que tienen que hacer y cómo hacerlo y luego… vuelven a informarle de los resultados –una actitud que nosotros pasamos por alto con la mayor tranquilidad- ¡Qué diferente la conducta de los enviados por Jesús, a la nuestra!

Pero claro, nosotros vivimos en el siglo XXI, somos esclavos de la eficacia y la programación. Tenemos un mando para cada cosa. Podemos pasar de una realidad a otra sin moverlos del sillón; de un programa a otro, con tan sólo apretar un botón… y lo triste es, que todo eso lo llevamos luego a nuestra vida como lo más normal.

Así lo vemos. Pasamos de la eucaristía al partido de fútbol; de una reunión en la parroquia al centro comercial; de ayudar en un comedor social al polideportivo… No hay un tiempo entre una cosa y otra para cambiar el Chip. Por lo que la pregunta no puede hacerse esperar: Y yo, evangelizador, ¿Me veo identificado en esta manera de actuar?

De nuevo, en este momento de la historia, Jesús nos manda a evangelizar y a sanar. Pero ¡cuántas veces hacemos oídos sordos a su mandato y nos relajamos pensando que hacemos demasiado por los demás!

El Papa nos lo deja claro. Lo importante de lo que hacemos no depende de la cantidad sino de la calidad. Una Cáritas de una parroquia –nos dice- no puede ser una ONG, ni visitar a un enfermo puede ser una visita de cortesía, ni dar catequesis puede ser algo para ocupar el tiempo libre…

Nosotros tenemos que hacer todo eso en nombre de Jesús de Nazaret y para ello es imprescindible estar conectado a Él, para pedirle su ayuda, la fuerza de su Espíritu.

Sin embargo es sorprendente, que cuando hablas de “estar conectado con Jesús”, a gente de iglesia y realmente comprometida, te digan: es que yo no puedo perder el tiempo orando ¡tengo la agenda tan llena! “perder el tiempo” ahí está la clave, en que cuando obramos así, somos católicos que hacemos lo mismo que los demás. No puedo hacer oración, tengo reunión de grupo, tengo catequesis, tengo despacho de cáritas… y quizá procure, de vez en cuando, -preparar un poco el tema- pero no tengo tiempo de hacer una oración pidiéndole a Dios que me dé luz para hacerlo cómo a Él le gustaría que lo hiciese y, por supuesto, mucho menos para después de ello, volver a contarle cómo me ha ido.

Entonces, para fundamentar su opinión, aparece la tan reiterada pregunta ¿qué es más importante, hacer oración, ir a misa o visitar a un enfermo? Acabamos de caer en la trampa.

El que hace oración, el que va a misa… seguro que saca tiempo para ir a visitar al enfermo o hacer cualquier otra caridad, pues ni siquiera se tendrá que plantear si va o no, ya que le surgirá de la vida.

Por tanto hemos llegado a lo nuclear, no se puede coger un trozo de evangelio para tranquilizar la conciencia. Es necesario acercarse a Jesús de Nazaret, como lo hicieron los discípulos para que sea Él el que nos aleccione y nos envíe. No escatimemos esfuerzos. “perdamos” tiempo con el Señor.

Pues hay una cosa clara, que:

El que no “pierde” tiempo con Dios

pierde a Dios con el tiempo.

 

Foto de Helena Lopes en Unsplash.

Estamos en camino

Estamos en camino

Aunque hayamos vuelto a retomar el camino nosotros ya llevamos una trayectoria recorrida, una trayectoria que un curso más, queremos retomar.

Sabemos bien que, lo que nos ha hecho tomar esta decisión ha sido una llamada, pues todos nos hemos visto interpelados por Su llamada. Unos de una forma, otros de otra, pero todos llamados por el Señor.

Y, sabemos bien que, tampoco Jesús se libró de  hacer este camino que le había asignado el Padre, un camino difícil, espinoso, arduo… un camino que recorrió hasta el final, para revelarnos al Dios que salva dando su vida por todos.

De ahí que nuestra atención llegue hoy a, ese mismo Jesús que nos dice: “El que quiera venir conmigo, que “se ponga en camino y me siga” Y nosotros le preguntamos:

  • ¿Qué debo hacer Señor?
  • ¿Cuáles son tus caminos??

“El Señor llama a Abran y le dice: Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, para que vayas a la tierra que yo te indicaré” (Génesis 12, 1)

Abrahán no lo duda. Lleno de incertidumbres y acarreando su avanzada edad, se pone en camino y parte hacia lo desconocido.

También María siente el vértigo de esa llamada, pero tampoco duda. Ella, una muchacha joven y además embarazada también se pone en camino hacia lo desconocido.

De ahí que: tanto Abrahán, como María, como los que en todos los tiempos han decidido seguir al Señor y como ahora nosotros lo primero que tenemos que hacer para marchar, es ponernos en pie y: Partir.

PARTIR

Por experiencia sabemos que partir no es fácil. Y no es fácil porque ponerse en marcha siempre supone salida. Salir de nuestro ambiente, de nuestras comodidades, nuestros apegos, nuestras rutinas, nuestras seguridades… Salir para lanzarnos a lo desconocido, a lo nuevo, a lo imprevisible… salir para volcarnos al riesgo de la fe.

Y, sobre todo, cuando ya se tienen años estas seguridades las llevamos pegadas como lapas. Por lo que deberíamos preguntarnos:

  • ¿Qué realidades tendré yo que dejar, en este momento, para ponerme en marcha y partir?

Al ponernos en camino la sorpresa no se hace esperar. En él hemos encontrado a mucha gente que como nosotros, ha tomado la decisión de ser Iglesia en Salida.

Los hay de diversos países, de distintas lenguas, de variedad de razas, y todos estamos juntos en el camino, sin conocernos, sin vernos… pero sintiéndonos cercanos, apoyándonos los unos en los otros, sabiendo que todos tenemos un mismo deseo: llevar a otros la Buena Nueva del Evangelio de Jesucristo.

Sin embargo ninguno puede llegar a su destino por el camino del de al lado; cada uno tendremos que llegar por nuestra vereda, por nuestra ruta, a nuestro paso, sin obstaculizar el ritmo de los demás, respetando el proceso de los otros y esto no es fácil. De ahí la obligada pregunta, que debemos hacernos durante este año, una y otra vez:

  • ¿Tengo claro cuál es el camino que Dios ha marcado para mí?
  • ¿Respeto el camino de los demás?

Entre la cantidad de gente que nos espera, nos ha sorprendido ver a tantos pobres, solos, tristes, desesperanzados, deprimidos… ahí están son: los marginados, los despreciados, los pequeños, los que tan cerca están del corazón de Cristo.  ¡Qué importante debe ser hacerse poca cosa para llegar a ellos!

También hemos encontrado personas perdidas, sin rumbo, les daba igual llegar a un sitio que a otro, ellas no se sentían esperadas por nadie. Eran los que no tenían fe, los que han abandonado, los que no han encontrado razones sólidas para seguir esperando.

  • ¿Qué he sentido al ponerme frente a ellos?

Después de haber conocido todo esto, ya no nos importará atravesar montañas, ni subir cerros, ni andar por caminos escabrosos… el miedo al riesgo habrá desparecido y tan sólo nos importará llevar a todos el mensaje, yendo de la mano con María y llevando a Dios en lo más profundo del alma. Pues:

Dios nos enseñará el camino por el que debemos andar

y sobre nosotros fijará sus ojos”

Ante un nuevo inicio

Ante un nuevo inicio

Cuando después de un tiempo de descanso hay que volver a comenzar es lógico que cueste un poco retomar la actividad.

Por eso, a los modernos que todo lo exageramos, se nos ofrecen unas pautas para que lo de volver al trabajo no afecte demasiado a nuestra susceptibilidad.

Pero, no sólo a nosotros, hay pautas también de cómo han de adaptarse los niños al colegio comenzando por pocas horas y alargando el horario progresivamente. Mas, si aún así nos sentimos muy afectados siempre queda el sicólogo para ayudarnos en tan “ingente tarea”

No voy a entrar en detalles pero me gustaría que preguntásemos a un parado de larga duración si necesitaría todos estos requisitos para volver a trabajar. O a unos padres que trabajan los dos, si les parece bien lo de las horas de adaptación de los niños.

En fin, sea como sea, la verdad es que volver a retomar la actividad siempre inquieta un poco. Saber a dónde nos llevará la tarea de este año, volver a esa “vorágine”, conjugar horarios… Lo que el cuerpo nos pide y lo que la sociedad nos dicta, es abandonar y seguir el camino fácil pues al fin y al cabo tampoco merece la pena esforzarse tanto.

Nada de esto es ajeno a nosotros, que hemos optado por ser evangelizadores. Cuando menos lo esperamos nos asaltan las dudas, nos pesan las responsabilidades y una pregunta surge insistentemente: Y nosotros ¿qué podemos hacer en medio de una tarea tan ingente? ¿Quizá esto sea solamente producto de nuestro orgullo? ¿Quizá nos hayamos equivocado de ruta? y, sin saber cómo, ahí estamos tratando de convencernos de que es mejor vivir sin complicaciones.

Pero, aunque no lo hagamos, en el fondo sabemos que, lo que realmente necesitamos es contarle todo esto al Señor; acudir a nuestro “psicólogo particular” –Cristo-, lo que pasa es que nos da miedo que nos haga ver que estamos cayendo en una trampa.

Por eso, lo primero que tenemos que hacer es tomar conciencia del Tesoro que se nos ha dado, de cómo hemos de hacerlo llegar a los demás, de que no estamos solos, que contamos con muchas personas que han hecho nuestra misma opción, que necesitamos del grupo, de la parroquia… y que como dice el Evangelio: “El grupo de creyentes viven y creen lo mismo, se alimentan de la Palabra de Dios y todo lo tienen en común”

Porque lo creamos o no, Dios confía en nosotros y nos abre un curso lleno de posibilidades. Pero ¿confiamos en Dios para hacerlas posibles o todavía estamos aferrados a nuestros criterios y a contar solamente con nuestras propias convicciones?

De momento, una cosa está clara: Dios ha contado con nosotros, se ha fiado de nosotros y ha depositado en nosotros ese valioso Tesoro: El evangelio de Jesucristo. Pero

  • ¿Qué haremos con él?
  • ¿Cómo lo utilizaremos?
  • ¿Cómo lo haremos producir?

Sólo una cosa es segura: Contamos con su gracia y una cosa es cierta: que eso nos basta.

Por eso, no podemos dudar en ponernos en camino, en ir a encontrarnos con Jesús. Pues, aunque es verdad que tenemos conocimiento de Él, siempre necesitamos refrescar y purificar nuestra mente para poder verlo como nuestro Dios y Señor.

Vamos a desprogramarnos, vamos a abrirnos a lo nuevo, a lo original de su persona. Necesitamos saber que Él tiene siempre una palabra personal para cada uno y nos espera para tener un encuentro de tú a tú.

Es muy importante esta preparación para poder llegar a los demás. Vamos a elaborarla con el mayor esmero.

Y antes de ponernos a ello, vamos a decirle al Señor desde lo profundo del alma:

“Señor, porque yo te he visto y quiero volverte a ver, quiero creer.
Tú sabes, que están mis ojos cansados de tanto mirar sin ver;

porque la oscuridad de este mundo, me hace un ciego que ve.
Por eso, Tú, que diste vista al ciego y quieres dármela a mí también,

toca mis ojos cansados y aumenta en ellos la fe”   (De la Liturgia de las Horas)                         

Que el miedo no nos paralice

Que el miedo no nos paralice

Estábamos, un grupo de la parroquia, dándonos los pertinentes saludos, al encontrarnos después de las vacaciones y una de las personas dice: “Os digo de verdad que me da miedo meterme en un nuevo curso. Me planteo si tengo fuerza para volver a empezar” Después de un rato compartiendo me dirigía a casa y, sin saber por qué, algo tan normal como ese comentario no dejaba de darme vueltas por la cabeza: “Tengo miedo a comenzar de nuevo”  Y ¿no será eso mismo lo que nos pasa a muchos de nosotros?

TENER MIEDO

Quedé pensando. Yo creo que, esto del miedo, es algo que no miramos de frente, algo que no nos solemos plantear con asiduidad, sin embargo es una realidad que acompaña nuestra vida con más frecuencia de la que esperamos; por lo que, quizá sea una cuestión que tendríamos que vigilar si no queremos que la vida nos juegue malas pasadas.

Al pensar en ello, me daba cuenta de que no era nada nuevo, nada por descubrir, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo nos dan buena cuenta de ello. Ni los grandes profetas, ni los que eran designados por Jesús para una misión, ni los mismos apóstoles… se libraron del miedo. El problema reside en que el miedo paraliza, detiene, interrumpe… y así los encontramos a ellos, huyendo a refugiarse a un sitio tranquilo donde poder vivir con comodidad. ¡Qué poco se diferencia su realidad de la nuestra!

Nosotros también nos preguntamos una y otra vez: ¿Qué voy a hacer yo? ¿Qué voy a hacer solo? ¿No será más prudente quedarme quieto donde estoy sin complicarme la vida? Somos incapaces de darnos cuenta de que, lo mismo que ellos, también nosotros vamos huyendo de la realidad, tratando de convencernos de que es mejor limitarse a vivir en la comodidad.

Sin embargo, lo mismo que a todos ellos: lo mismo que a Elías, que a Jonás, que a Moisés… llega la tormenta, el huracán, el desierto, la zarza ardiendo, la playa… Todo eso que jamás hubiéramos imaginado para terminar con la Misión asignada.

  • Elías, come y bebe que el camino es largo… “ Señor, con tanta gente como hay mejor que yo, más preparada y resulta que me pides a mí que siga el camino…
  • “Jonás vete a Nínive y predica por las calles…” Pero Señor ¿qué dices? ¿Cómo puedes pedirme esto? Si sabes que no tengo valor.
  • “Moisés saca a mi pueblo de la esclavitud” Señor ¿Quién soy yo para hacer esto? ¿Por qué no envías a otro en mi lugar?

Y ya vemos, la vida avanza y la realidad del miedo persiste. Llega Jesús y vuelve a plantearnos la cuestión del miedo. Y nos damos cuenta de que, lo que nos dice no es menos sorprendente que lo anterior. Ante nosotros presenta el miedo de ese criado holgazán y perezoso, que nos ofrece el evangelio y que todos conocemos.

Ese criado, lo mismo que nosotros recibe un Talento para negociar con él, pero el miedo le impide ponerlo a producir. ¡Tuve miedo! ¡Cuántos Talentos enterrados -sin hacer el bien- por comodidad y apatía! ¡Cuántos criados holgazanes y perezosos por miedo a lo nuevo, al riesgo, a la dificultad, al qué dirán…! ¡Cuántos criados holgazanes e inútiles por miedo a las consecuencias de trabajar en el seno de la Iglesia!

De ahí que, el Papa, que entiende mucho de esto diga en su exhortación Gaudete et exúltate “Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a caminar sólo dentro de los confines seguros” Porque todos sentimos alguna vez la tentación de huir a un lugar seguro. Y el Papa pone nombres a todo  esto: “individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas” Todo ello tiene un denominador común, resistimos a salir de nuestro confortable territorio donde todo nos es conocido y manejable.

Ya vamos deduciendo que el miedo es para todos, que llega hasta las esferas más altas de la Iglesia. No necesitamos esforzarnos mucho para llegar al miedo de los Apóstoles. ¡Cuántas veces tuvo que decirles Jesús que no tuviesen miedo!

Ven el mar embravecido y se hunden; ven las barcas sin pescado y se rinden ¿para qué seguir?; ven que las cosas se ponen mal y se cierran en el Cenáculo…

Pero de nuevo nos llegan las palabras del Papa “cuando los Apóstoles sintieron la tentación de dejarse paralizar por los temores y peligros, se pusieron a orar juntos pidiendo la parresía”

Ellos sabían, porque Jesús se lo había dicho, que necesitaban la llegada del Espíritu Santo para dar muerte al miedo.

Quizá sea esta la clave para que nosotros volvamos a ponernos en marcha: Esperar el Espíritu en oración con María.

Por fin, todas las piezas han encajado. Esperar con María en este año jubilar del 25 aniversario de la Catedral.

Y cumplir nuestra misión: ser Santos, como dice el Papa Francisco. Por eso ánimo: “No tengamos miedo a ser Santos” (S. Juan Pablo II)

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