Los parados en la plaza

Los parados en la plaza

 

 

Llegamos al momento de oración. Dejamos lo que estamos haciendo. Hacemos silencio, nos serenamos… dejamos a un lado todo eso que nos preocupa… respiramos profundamente… Tomamos conciencia de que estamos ante el Dios de la vida… y llenos de paz comenzamos la oración

 

 

 

 

Andando el camino, me encontré en una plaza, Señor, y todo lo que veía me interrogaba.

Miré fijamente… y comprobé la indiferencia de la gente, ante los que estaban pagando,

las consecuencias de la pandemia.

Me cuestiona lo poco que puedo hacer ante ello, por eso he decidido venir a Ti,

para ponerlos en tu corazón.

Conozco bien la abundancia de tu generosidad

y tu desbordante compasión.

Y… aunque sé que, no merezco nada,

abro mis brazos, para que me los llenes de tu magnificencia, a fin

de poder emplearla en favor de todos ellos.

Tú sabes mejor que yo, por dónde quieres que discurra mi vida, por eso en este momento, permíteme

que simplemente de diga Amén, a la manera con que Tú la guías.

 

CON ROSTRO DOLORIDO (Mateo, 20, 1 – 16)

Siguiendo el camino, las sorpresas llegaron antes de lo esperado. Allí, en aquella plaza, encontré gente que no hacía nada. Eran los parados. A muchos de ellos, les había parado la vida.

Unos no tenían trabajo porque nadie los contrataba. Otros, inesperadamente, habían perdido el que tenían y los terceros, estaban allí porque no querían hacer nada. Lo único que unía sus vidas, era el haber perdido la esperanza, debido a un diminuto virus que les apareció sorpresivamente.

Pero algo en ellos me conmovió, la característica más visible, era la del dolor que se descubría en sus rostros. Estaban tristes, algunos angustiados.

¡Quedé paralizada! ¿Cuánta gente estaría en esta situación por culpa de la pandemia? ¿Cuánto dolor habría escondido, sin que ni siquiera nos hayamos dado cuenta de ello? Y, con todo este desajuste que estamos viviendo ¿cuánta gente estará sobrellevando su problema, porque no somos capaces de hacer algo para que esto se solucione?

No podemos seguir instalados en nuestra comodidad. Será bueno que nos preguntemos:

  • ¿Me identifico yo, en alguno de los grupos de parados?
  • ¿Me siento preocupado, por todos los que están pasándolo mal, en este momento?
  • ¿Soy un desempleado, que no hago nada porque, solamente pienso en mí mismo?
  • ¿Siento que mi rostro refleja dolor, o refleja esperanza?

 

UNA LLEGADA INESPERADA

El tiempo de espera, siempre hace mella y entre los trabajadores quizá surgió la rivalidad –lo mismo que puede surgir entre nosotros, mientras esperamos que pase todo esto- Que, si tú has sufrido más que yo; que, si yo era mejor trabajador que tú; que, si a ti te dieron oportunidades y a mí no…

Pero, en medio de la discusión, aparece un personaje inesperado: El dueño de la Viña: Dios que, ante la sorpresa de todos les ofrece trabajo  indiscriminadamente. Todos están invitados a trabajar por el Reino. Se acaban de encontrar, con ese Dios pródigo, que no sabe cuándo, cómo, ni por qué, jamás puede dejar de amarnos.

¡Qué pocas veces nos paramos a pensar en el privilegio que supone ser llamados a trabajar en los “viñedos” del Padre! ¡Qué pocas veces vemos en ello, un privilegio, una gracia, un regalo…!

Lo que sí vemos es que, faltan personas que quieran trabajar por el Reino. Y pienso que:

  • Quizá sea este un momento precioso, para pedir al Señor que, mande trabajadores a su mies, porque la cosecha es mucha y los trabajadores pocos.
  • No nos olvidemos de incluir esta petición, junto con la de la erradicación de la pandemia, necesitaremos mucha gente que nos brinde el amor de Dios, para poder salir de tanto deterioro.

 

UN DIOS INCANSABLE

Pero, Dios es incansable. Ha llegado la última hora y Él sigue buscando trabajadores.

¡Cuándo aprenderemos que Dios nunca se cansa de dar oportunidades! Y que, aunque a veces, a nosotros nos molesta su manera de actuar, el evangelio está lleno de parábolas en las que, Jesús, espera pacientemente para ver si alguno más se convierte  y vive.

Ahí tenemos la parábola del trigo y la cizaña. ¡Esperad! Dejarlos crecer juntos… No deis nada por perdido… ¡Que generosidad la de Jesús! Él siempre va más allá de la justicia, Él se guía por la compasión. ¿Y nosotros?

  • ¿Soy yo, persona compasiva?
  • ¿Soy paciente?
  • ¿Sé esperar?

 

LA HORA DE LA COMPENSACIÓN

El problema ha llegado, cuando al recibir la recompensa del trabajo realizado, aparecen las discrepancias. El dueño ha pagado a todos lo mismo y eso no parece justo.

¡Cuántas veces hemos pensado nosotros lo mismo! ¡Cómo difieren nuestra justicia y la de Dios!

La recompensa de Dios es la Salvación, la felicidad, la plenitud… Y nosotros seguimos peleando por las “habitaciones” del Reino. Que si a ti que, has trabajado poco, te han dado las mismas que a mí… A este que hizo menos, le han dado también las mismas… Dios habla de otra cosa. ¿Acaso la Salvación, la felicidad, la plenitud… se puede repartir a trozos? O se da, o no se da. La verdadera Vida no puede repartirse, se regala y se regala entera.

  • ¿Cuántas veces he pensado yo que, a los demás –Dios- les daba más oportunidades que a mí?
  • ¿Me considero más digno de recibir los dones de Dios que los otros?
  • ¿Sigo todavía, con esa mirada miope de “contar la gracia”?

 

TODOS SOMOS IGUALES

Tenemos que concienciarnos de que, en el Reino de Dios todos somos iguales.

Es verdad que la parábola nos brinda un mensaje a tener en cuenta “Los últimos serán los primeros y los primeros últimos” pero eso es para este mundo, donde es imprescindible la humildad. A partir de ahí, no podemos juzgar con criterios humanos, los criterios de Dios.

Nosotros nos imaginamos que, el Reino tendrá una estancia grande llena de sillones confortables… donde unos “acomodadores” nos pondrán delante o detrás, arriba o abajo según hayan sido nuestros “méritos” Pero nada de eso sucederá.

En el Reino de Dios no hay primeros ni últimos, nadie ganará ni perderá… todos seremos iguales. ¿Acaso unos padres pueden tener hijos de primera, segunda o tercera… categoría?

Las cosas que nosotros primamos, no tienen importancia, ni valor en el Reino de Dios. Allí no habrá preferencias y, si las hubiese los primeros serán los desfavorecidos de la tierra. ¡Cómo nos descoloca el proceder de Dios!

  • ¿Qué siento al ponerme ante esta realidad?
  • ¿Qué escala de valores uso, cuando juzgo a los demás?
  • ¿Qué descubro al hablar de igualdad?

 

Para terminar, como estamos en Octubre, un mes eminentemente mariano, lo haremos con una canción a la Virgen.

María, mírame; María, mírame
Si Tú me miras, Él también me mirara

Madre mía, mírame; de la mano llévame
Muy cerca de Él, que ahí me quiero quedar

María, cúbreme con tu manto
que tengo miedo, no sé rezar.
Que por tus ojos misericordiosos
tendré la fuerza, tendré la paz

María, mírame; María, mírame…

Madre, consuélame de mis penas
es que no quiero ofenderle más.
Que por tus ojos misericordiosos
quiero ir al cielo y verlos ya

María, mírame; María, mírame…

 

Hacia un comienzo incierto

Hacia un comienzo incierto

Mensaje de la Autora:

Este año, voy a usar para la adoración, esta Custodia que, como muchos sabréis, es ante la que hicieron la adoración al Santísimo

los jóvenes en la vigilia que celebraron en la JMJ en Panamá.

Está hecha con la fundición de casquetes de bala, como un homenaje a la paz.

Nos situamos, en el camino de vuelta, a lo que nos gustaría que fuese la vida cotidiana. Pero nada nos muestra que va a ser así. Todo es inseguro, confuso, tenso… La gente no tiene certezas. Unos, no saben si podrán abrir sus negocios, otros… si les pagarán los ertes, si se encontrarán la casa habitada por okupas, si podrán mantener abiertos los colegios, si lo que se nos dice es cierto, si mejorará algo la economía… y la crispación comienza a hacer mella en lo habitual.

Es la realidad del momento. Y será, en ese camino incierto, donde cada uno iremos encontrando lo que vaya apareciendo sin pretenderlo… todo, absolutamente todo, estará esperándonos en cada recodo del camino y, aunque comenzar de nuevo a marchar, nos asusta más de lo que creíamos, compensa la alegría de ver cómo cada paso que vamos dando, es un avance hacia la salida de este sinsentido.

 

EN EL CAMINO DE LA VIDA

  • Momento de oración—

Aunque, hayamos estado un tiempo parados.

El camino sigue.

Y sigue, por mucho que, a veces queramos detenernos.

Y sigue… más allá de la duda y de la sombra,

más allá de los miedos y sospechas,

más allá del cansancio y el desaliento,

más allá del reproche y de la queja.

 

Por eso, acogeremos las palabras de los otros,

y cuando nos sintamos debilitados,

confiaremos en las fuerzas ajenas;

y si nos hundimos, o nos aplanamos…

buscaremos a alguien, para compartir las penas.

 

Esto es lo que nos pide la vida,

seguir el camino, junto al que llega,

acoger con arrojo sus propias dolencias;

aliviar… nuestro dolor, cansancio y tristezas

y compartir la vida, el pan y la mesa.

 

Pues hay que:

Seguir caminando,

atendiendo al que llama a la puerta.

Para descubrir a Dios hecho amigo,

hecho Pan… y Palabra cierta.

Hecho compañero de camino y estrella que nos alerta.

(Adaptada de una oración de Olaizola)

 

HACIENDO CAMINO

Siempre imaginamos que, hacer el camino consiste en andar sin desfallecer. Pero no es así.

En todo camino hay un tiempo para andar y un tiempo para descansar. Lo importante consiste, en ver cómo utilizamos cada uno de esos tiempos. Pero… ¿Nos lo hemos preguntado alguna vez?

  • Cuando ando ¿hacia dónde voy?
  • ¿Qué caminos me seducen?
  • ¿Hacía donde se encaminan mis pasos?

 Cuando paro,

  • ¿A qué dedico mi tiempo?
  • ¿Qué necesidades tiran de mí?
  • ¿Dedico algún tiempo para regalarlo a Dios?

 

NOS PONEMOS EN CAMINO

Al salir al camino, hemos comprobado que no vamos solos. Hay muchas personas  siguiendo nuestro mismo sendero. A algunas las conoceremos, a otras no, pero ahí estamos juntas, pasando las mismas incertidumbres y los mismas dudas. Por lo que hemos de procurar ayudarnos, apoyarnos, ir al unísono sabiendo que todos tenemos un mismo deseo: luchar para que todo esto se solucione.        Me paro un momento:

  • ¿Qué gente camina a mi lado?
  • ¿Cómo reacciona?
  • ¿Qué sentimientos desprende?

También tomo conciencia de que no solamente hay un camino, hay muchos más. Unos nos parecerán fáciles y nos dejaremos llevar. Otros serán más costosos y habrá gente que huya, prefiriendo no transitar por ellos. Posiblemente, haya tantos caminos como personas hay caminando… pero lo prudente consistirá no elegirlos al azar, sino ir conociéndolos para poder optar con sensatez.

De ahí que, de vez en cuando, nos iremos parando ante diversos caminos y nos detendremos –en oración- ante ellos.

Para hoy he elegido el camino:

  • De la Responsabilidad

Somos conscientes, de que tenemos una responsabilidad ante lo que acontece, qué de nuestro compromiso dependerá mucho de lo que suceda; pero no sabemos todo sobre lo que está pasando y necesitamos estar informados para dar a los demás lo mejor de nosotros. Sabemos que este momento es crucial y que, debido a lo que se nos ha planteado, tenemos que buscar caminos nuevos, dejar lo caduco y buscar otros modos de vivir, de desarrollarnos, de mostrar el mensaje del evangelio -dándole forma- sin que por ello pierda toda su grandeza y veracidad y hacerlo creíble con nuestra manera de vivir.

  • ¿En qué momento de mi vida me encuentro?
  • ¿Influye eso en mi manera de actuar ante tanta incertidumbre?

También será bueno que revisemos, en qué ha quedado todo lo que hacíamos:

  • Yo, frecuentaba la liturgia, pero ¿a qué me ha llevado esto que nos está pasando?
  • Yo, tenía labores de voluntariado, pero debido a lo que está pasando, ¿las he dejado?
  • ¿O he reinventado nuevas maneras de hacerlo?

No olvidemos que, nadie puede desarrollar la misión por nosotros, como nosotros no podremos tomar el camino del de al lado, pero que todo lo que no hagamos, se quedará sin hacer.

Por eso, cada uno tendremos que esforzarnos para llegar a los que nos necesiten sabiendo respetar su propia senda, su propia ruta, su paso… no podemos obstaculizar el ritmo que ellos lleven, ni el proceso por el que están pasando; aceptaremos sus limitaciones y debilidades –porque nosotros también tenemos las nuestras- pero trabajando con firmeza para que nada se quede sin hacer.

  • Ahora, en unos momentos de silencio- pondremos toda esta realidad en manos de Señor: con tranquilidad, con paz…
  • Después nos preguntaremos: ¿Sería esto, lo que el Señor haría, si estuviese en nuestro lugar?

Terminaremos poniéndonos en manos de la Virgen de la Merced –cuya fiesta celebramos hoy.

Mientras recorres la vida

tú nunca solo estás,

contigo por el camino

Santa María va.

 

Ven con nosotros a caminar

Santa María, ven.

 

Aunque te digan algunos

que nada puede cambiar,

lucha por un mundo nuevo,

lucha por la verdad.

 

Ven con nosotros a caminar

Santa María, ven.

 

Aunque parezcan tus pasos

inútil caminar,

tú vas haciendo caminos

otros los seguirán.

 

 

Felicidades María

Felicidades María

Queremos felicitarte, Madre.

Queremos felicitarte,

aunque nuestros abrazos y besos tengan que ser virtuales,

aunque tengamos que presentarnos con mascarilla,

necesitemos  guardar la distancia de seguridad

y limpiarnos las manos para acercarnos a ti.

Porque bien sabes que, nada podrá impedir

que te regalemos todo el amor que llevamos en el corazón,

que te demos el abrazo que guardamos en el alma,

ni que, podamos demostrarte el cariño que destila,

nuestro agradecimiento, ante tantos favores recibidos.

Queremos que nos estreches entre tus brazos,

porque esta pandemia no puede ser un obstáculo,

para que dejemos de sentir,

como late nuestro corazón al ritmo del tuyo.

Felicidades Madre.

Felicidades de tus hijos que te rezan y te cantan,

aunque sea sin guitarras y en soledad

–por el miedo de los grupos-

entonando tu nombre –calladamente-

desde lo profundo de su corazón.

Felicidades Madre.

Felicidades… desde esa distancia,

que quiere llenarse de ti,

aunque sea desde las redes.

Y no sólo para verte, sino también,

para aprender a vivir como tú viviste.

Aprender a darnos como tú te diste.

Y… aprender a aceptar como tú aceptaste,

esos silencios de Dios, donde no entendías nada.

Porque… con pandemia o sin pandemia,

con muertes o con dolor,

queremos que seas la Madre de nuestro pueblo,

nuestra guía y… nuestra bendición;

queremos que, nos fortifiques y guardes,

y… que nos acerques, a Dios.

Por eso, Madre querida, tus hijos de Maranchón

te piden ser evangelio, en tan grave situación;

pues quieren ir de tu mano, a mostrar, al mundo… a Dios.

 

María, sabiduría de Dios

María, sabiduría de Dios

Esta es la hora
en que rompe el Espíritu
el techo de la tierra,
y una lengua de fuego innumerable
purifica, renueva, enciende, alegra
las entrañas del mundo.
(Liturgia de las horas)

He elegido estas estrofas, de la liturgia de las horas, para comenzar la reflexión, porque creo que no puede haber un comienzo mejor.

“Señor, rompe el techo de la tierra y purifícanos, renuévanos, enciéndenos… alegra las entrañas de este mundo cansado y desalentado”

Pues, lo que en realidad necesita el mundo de hoy: no son leyes, ni decretos, ni órdenes, ni mandatos… necesita un nuevo Pentecostés, necesita recibir de nuevo… la efusión del Espíritu Santo.

Y eso, precisamente eso, es lo que vamos a celebrar este domingo: La Fiesta de Pentecostés. Pero no vamos a celebrarla como un recuerdo que pasó, sino como un presente. Porque el Espíritu Santo, no llegó y se fue. El Espíritu Santo llega -momento a momento- a dinamizar y fortificar nuestros corazones, nuestras acciones, nuestras decisiones, nuestras necesidades…

Aunque, por haber caído esta fiesta el último día de Mayo, seguiremos, una semana más, orando con María.

La verdad es que, cuando alguien se para a asimilar tantas virtudes como adornaban el alma de María, no puede desligarse del Magníficat ni puede dejar de lado, los versículos del evangelio que hablan de ella. Sin embargo, verla recibiendo el Espíritu –junto a los apóstoles- en Pentecostés, quizá se nos resulte un poco más sorpresivo.

Resulta fácil descubrir, a la Madre, en la Cueva de Belén, en las bodas de Caná o al pie de la Cruz; pero parece extraño encontrar -a la llena de dones y carismas- recibiendo los dones del Espíritu Santo –el día de Pentecostés- y sin embargo, nadie como ella fue capaz de recibirlos, de vivirlos y de experimentarlos con tanta profundidad. Por eso, me ha parecido que, la Fiesta de Pentecostés, sería un buen momento para volver a ofreceros uno de esos dones. Eligiendo para esta ocasión: El Don de Sabiduría.

Dice un autor que, el Don de la Sabiduría es el “buen gusto por las cosas de Dios” y me parece tan acertado que creo, que esa fue la clave por la que María pudo llenar de sentido todo lo que hacía.

Vuelvo a la realidad que nos acompaña. Me quedo en silencio. Veo que, todo lo que nos rodea carece de sentido. Las contradicciones entre lo que se dice y lo que se dijo; la impunidad con la que nos quitamos de encima lo que no nos gusta, el despotismo con que se habla, la falta de delicadeza hacía los que lo están pasando mal, la inmoralidad con la que nos gastamos el dinero que necesitaremos para seguir sobreviviendo…

Veo las imágenes de la televisión: la gente, -sobre todo jóvenes- incumpliendo las leyes; personas sin mascarilla, terrazas abarrotas sin guardar distancias… los dueños bloqueados, porque no pueden hacer nada y son los responsables y que, necesitan abrir para seguir viviendo… Es, realmente triste ver a donde hemos llegado. Pero no pensemos que esto es cosa de los demás, descubramos las veces que nosotros hacemos lo mismo. ¡Hay tantos que se han quitado “de encima”: responsabilidades! ¡Hay tantos padres “aparcados”! Y también hijos, y esposas, y maridos, y parejas… -que, incluso dan una apariencia perfecta ante los demás- Y… creo que al leer esto, nadie nos sentiremos capaces “de tirar la primera piedra” Entonces llega la gran pregunta: ¿Pero cómo hemos podido llegar a esto? Pues muy fácil. Hemos llegado a esto porque “hemos dejado de gustar las cosas de Dios” hemos dejado de vivir su evangelio, lo hemos sacado directamente, de nuestra vida…

Sin embargo, fijaos, María era capaz de gustar las cosas de Dios, de saborearlas, de saberlas mirar… porque usaba los ojos del corazón. De ahí que fuese capaz de agradar, de sufrir, de disfrutar, de discernir… realidades que son imprescindibles para nosotros, en este momento y que, sin embargo, no emergen por ningún lado, en el “tinglado” que nos hemos montado.

A María la marcaba el saber conjugar: la espontaneidad con Dios y la familiaridad con la gente. María, sabía –como nadie- llevar a su entorno la alegría y la confianza hechas vida. Y ahí estaba, poniendo en funcionamiento su sabiduría –aunque ni siquiera fuese consciente de ello-, allí estaba… dando siempre sabor: Buen Sabor.

¡Qué poco conocemos de todo esto, las personas que vivimos en la realidad actual!

Hoy, a pesar de toda la dureza que hemos vivido y estamos viviendo, queremos seguir pegados a la “sabiduría” que nos habíamos marcado: la que da prestigio y hace crecer la cuenta corriente; la que embota los sentidos y endurece el corazón. Parecía que estábamos cambiando pero, cuando hemos podido salir a la realidad, nos hemos dado cuenta de que seguimos siendo los mismos. Hoy, como antes, queremos cambiar:

  • La Sabiduría: don de saber gustar; por la sabiduría del consumismo.
  • La Sabiduría: don de disfrutar; por la del ruido que intoxica.
  • La Sabiduría: don de respetar; por la de “subir” pisando a los demás.
  • La Sabiduría: don de saber reposar; por la del mundo de las prisas.

¡Tanto que hablábamos en el tiempo del confinamiento! ¡Tanto que pensábamos hacer cuando terminase…! Pero, ya veis, seguimos queriendo hacer lo que nunca hacemos y llegar a donde nunca llegamos.

Realmente es una triste manera de vivir, pero desgraciadamente, parece que no hemos aprendido demasiado. Seguimos estando desconformes con la realidad que nos toca vivir y lejos de esforzarnos por cambiarla, buscamos cosas que nos ayuden a olvidar lo que hemos pasado.

Vamos a pararnos, en esta festividad de Pentecostés, -ubicada en el último día, del mes dedicado a la María- para observar cuál es nuestra realidad personal, pidiéndole con fuerza, al Espíritu Santo a través de ella, este valioso, Don de la Sabiduría.

Esa sabiduría escondida a los sabios de la tierra. Esa sabiduría que nos liberé de la indiferencia, de la falta de esperanza, de los prejuicios, del guardarnos los bienes para nosotros solos, de vivir para el tiempo… Esa sabiduría que nos lleve a gustar a Dios. Esa sabiduría… capaz de transformar nuestra vida haciéndonos capaces de compartir todos nuestros dones con los demás.

 Esa Sabiduría, de la que nos dice el Papa Francisco, que consiste: en verlo todo, con los ojos de Dios.

 

 

 

María, ciencia de Dios

María, ciencia de Dios

El mes de Mayo va pasando y quiero aprovechar estos días que faltan para dedicárselos María, nuestra Madre.

Al ponerme de nuevo, ante lo que nos rodea, veo que las cosas cambian despacio. Subidas y bajadas de muertos, de ingresos, de contagiados… Luchas por pasar de una fase a otra, si nos confinamos para no coger el virus, cae en picado la economía y si tratamos de salvar la economía, miedo a que suban los contagios. Total que ahí vamos buscando comités de expertos que siguen sin saber qué hacer, ni cómo moverse, para que todo el mundo esté contento. Por lo que de nuevo he decidido… acercarme a María.

Si alguno de los eruditos que están ahí, machacándose su inteligencia, para dar una solución acertada a la realidad que nos rodea leyese este título, creería que estaba de broma. María ¿Ciencia de Dios?

María, además de pobre e irrelevante, era una joven analfabeta a la que no se le permitía tener una cultura por el mero hecho de ser mujer, situación que hace impensable que poseyera el “Tesoro del Saber”

Sin embargo, aunque parezca sorprendente, María sabía lo que ignoran muchos de los grandes sabios de la tierra; lo que desconocen esas personas que se creen grandes y se nos presentan como superentendidos e ilustrados; esos que –de vez en cuando- se cruzan en nuestro camino mirando por “encima del hombro” Y es que los verdaderos tesoros y las auténticas respuestas están dentro, en lo profundo. Lo valioso ni tiene precio, ni se puede robar. Todo está en la entraña de la persona.

Si los “cacos” de nuestros días, cuyos procedimientos son cada vez más sofisticados, hubieran aparecido por aquellos parajes –donde María vivía-, jamás se hubieran fijado en su casa para llevarse algo que pudiera merecer la pena. Sus posesiones se ceñían a lo imprescindible para la subsistencia. Sin embargo ahí estaban sus verdaderos tesoros, en su interior, por lo que no podían ser robados ni desvalijados. Y ¡fíjate! Resulta que, al contrario de lo que se pudiese pensar, entre esos tesoros que adornaban la vida de María se encontraba: el “Tesoro del Saber”

María sabía que Dios la amaba desde la eternidad, conocía que era la hija muy querida del Padre y, por si fuera poco, sabía que había sido elegida para ser la Madre del mismo Dios. Ella poseía el gran DON de sentirse querida por toda la Trinidad y trataba de saborearlo y disfrutarlo, en su interior, con paz y alegría.

María sabía pronunciar la palabra “Padre” de manera especial; se lo había inspirado el Espíritu Santo; el que hace sentir por dentro, el que hace sagrada la Palabra de Dios, el que ayuda a “gustar” –íntimamente- el sabor de la Fe.

María escuchaba a Dios, con toda la creación. Todo le hablaba de Él. Recordaba, constantemente, que el mismo Dios la había creado y se sentía llena de la profundidad generosa de sus Dones.

María sabía que no le bastaba con rezar y socorrer a los desfavorecidos, sabía que además tenía que estar dispuesta a no entender.

      • Los planes de Dios.
      • Los silencios de Dios.
      • Las maneras de actuar de Dios
      • Su abandono…

Por eso sabía que necesitaba contemplar los acontecimientos con los ojos del corazón y la ciencia de Dios.

Acabamos de quedar descolocados. ¿Con que ojos y qué ciencia, miramos nosotros los acontecimientos que se nos van presentando? Todo lo indescriptible que nos iba asolando lo tapábamos. Nos habían dicho que esto era “un poco más que una gripe” y que cuando pasase, saldríamos para volver a la vida de antes. Pero nos hemos ido dando cuenta que no es así. Nos iban presentando, los aplausos, los cantos, las ocurrencias de muchos… pero no nos presentaban los dramas que existían detrás de los balcones, entre otras cosas, porque muchos ya no tenían ni para comer. Y ¿qué ha pasado? Que cuando hemos comenzado a salir, nos hemos ido dando cuenta de que mucha gente –sobre todo jóvenes- hacen lo que quieren, incumpliendo las reglas que se les van dando. Y… que es ahora cuando, los médicos y enfermeras han tenido que comenzar a alertarnos de la peligrosidad a la que estamos expuestos.

¡Qué distinto todo esto a lo que nos presenta María, aunque no nos paremos a pensarlo! Es fácil apreciar que, si por el Don de Consejo se le había permitido -a María- el  saber optar por lo recto, lo bueno, lo justo… lo que le agrada a Dios; por el Don de Ciencia se le concedió –lo mismo que a nosotros- valorar rectamente, las realidades que se le iban presentando, en el discurrir de su existencia. La diferencia está en cómo lo utilizó ella y cómo lo utilizamos nosotros.

Estamos hartos de ver que, los juicios de valor que nos ofrecen los políticos, los medios de comunicación, los “entendidos”… sobre los acontecimientos y vicisitudes que nos van apareciendo, están todos afectados por ideologías, partidismos, intereses y deformación; sin embargo Jesús nos advierte -muchas veces- que debemos rechazar todos esos criterios humanos, e ir a la luz de la Palabra que ilumina a todo ser humano y que tantos no conocen porque no la han querido recibir. –Es ya el prólogo del evangelio de Juan, el que lo dice de esta manera- “Vino a los suyos y los suyos no la recibieron”

De ahí, la necesidad de situarnos en la verdad. De permanecer firmes en esos criterios diferentes que nos hacen resultar incómodos -en este ambiente hostil y enrarecido en el que estamos inmersos- pero que son los que la gente necesita escuchar para saber por dónde debe seguir caminando.

Pidámosle al Señor que, como a María, nos conceda el Don de Ciencia. Ese Don que nos ayude a discernir entre la sinceridad y la falsedad que se mezclan ante nosotros como si fuese lo más normal. Que nos conceda, ese Don que nos haga valientes para denunciar la injustica; para ver lo que se funde detrás de las aparentes verdades; para descubrir la belleza y la armonía que contiene todo lo creado y que nos dé un conocimiento nuevo que, nos permita rehacer nuestra vida desde lo auténtico, tomando conciencia de nuestra identidad como Hijos de Dios.

Porque queremos que Él nos infunda esa ciencia de los niños, de los pequeños, de los que la gente deja relegados… pues sólo así podremos ver la altura, la grandeza, la sabiduría y la inmensidad de Dios. Solamente así dejaremos de ver grande lo que para Dios es insignificante.

Pidamos a Dios sin cansarnos, este magnífico Don

 

 

San Pascual bailón

San Pascual bailón

Me vais a perdonar que, de repente, cambie la continuidad de mis reflexiones, para presentaros a un santo que, quizá muchos, ni siquiera conozcáis. Pero todo tiene su por qué.

San Pascual Bailón, es el patrono del pueblo donde he nacido y por lo tanto muy querido por mí. Es verdad que, nunca había hablado de él, pero este año es obligado. Hoy 17 de Mayo, festividad de S. Pascual, por la circunstancia que estamos pasando, no se puede celebrar su fiesta –como viene siendo costumbre- por lo que muchos se alegrarán de poder recordarlo.

De ahí que, aunque nunca haya escrito sobre él, os aseguro que es alguien con una vida tan apasionante que, quedaréis sorprendidos al terminar de leer, ya que no solamente haré la reflexión sino que la intercalaré con curiosidades del pueblo y pasajes de su biografía, para que todos podamos conocer un poco más la vida de este singular santo. (Perdonarme si es un poco más extensa que de costumbre)

UNA FIESTA EN HONOR DE SAN PASCUAL

Cuando te adentras en la vida de un Santo tan cercano como S. Pascual, te quedas sorprendido. ¿Qué tiene de extraordinario San Pascual como para que, un pueblo se fije en él y lo nombre su Patrón?

Al llegar la fiesta de San Pascual -día 17 de Mayo- parecía que el pueblo empezase a florecer. Hablo de Maranchón, (aunque sepa que, es patrono de otros muchos pueblos) un pueblo con clima extremadamente árido, que esperaba ansioso esta fecha para comenzar su primavera.

El día de San Pascual, era una fiesta grande. Había, cómo no, Misa con procesión. Algunos niños aprovechaban ese día para tomar la primera Comunión. También había música en la plaza, donde repartían torta y limonada y se ponían tenderetes de confites y variedades.

Al pasar los años y disminuir los habitantes de los pueblos, esto se fue perdiendo. La gente emigró a ciudades grandes y cuando la fiesta caía entre semana, apenas había gente.

Pero, hace ya bastantes años, se decidió recuperar la fiesta y ahora se celebra el tercer domingo de Mayo. Por supuesto, se mantiene intacta la Santa Misa seguida de la procesión, que al llegar a la plaza mayor, se detiene para bailar “El Pollo” delante de la imagen. -Esto se debe, a que años atrás bailaban “el pollo” delante del Santo los que querían que les concediese una gracia, echando después caramelos “a repelea” para los niños-  De ahí que se ha adaptado al tiempo presente, para no perder su esencia.

Al salir de misa se sigue repartiendo la torta y la limonada, mientras se rifan los rollos del Santo y se saca el número de una rifa, algo que se hacía para sacar fondos y pagar la fiesta. Sin embargo, aunque ahora se sigue haciendo, la fiesta ha tomado mayor relevancia y viene una dulzaina para acompañar los actos religiosos y hacer baile en la plaza. Acompañándola, también -por la noche- un conjunto musical, algo que tiene muy buena acogida por el pueblo y, todo ello se debe a que ahora, se cuenta con los fondos del Ayuntamiento que la paga o ayuda a pagarla.

Hasta aquí os cuento, escuetamente, lo que ofrece la fiesta de San Pascual, no sólo a los que viven en el pueblo, sino también, para los que desean acudir a pasar el fin de semana. (Espero no haberme dejado algo que debiera compartir, pero me he ajustado a lo esencial para no alargarme)

Sin embargo, yo me sigo preguntando: ¿Habrá leído alguno, de los que celebramos la fiesta, la vida de San Pascual? ¿Qué nos dice a cada uno, en nuestra realidad, la existencia del Santo?

Puedo decir que, ese día en la Eucaristía, comulga mucha gente pero ¿Cuántos saben que San Pascual es el Patrono de la Eucaristía? ¿Qué implicación tiene todo esto en nuestras vidas?

Me cuestiona pensar que si un reportero llegase a grabar la fiesta, para sacarla en algún medio de comunicación, grabaría todo lo que os relato en la primera parte, pero quizá, ni siquiera daría una pincelada a la faceta religiosa. Y, ¿por qué? Muy sencillo, porque lo que el reportero busca es audiencia y, desgraciadamente, lo religioso, “hoy no vende” pero nos hemos preguntado ¿qué le parecería a S. Pascual esta situación? Porque es a él a quien estamos honrando.

Realmente es triste comprobar esta realidad, por lo que quizá sería bueno preguntarnos ¿qué está pasando? ¿Qué es lo que verdaderamente importa? ¿Amamos a Dios a través de los Santos, o utilizamos a los santos para comprar a Dios?

SAN PASCUAL, UN SANTO CARCANO

Quizá desencante a muchos, saber que el nombre de Pascual Bailón, no le vino porque bailaba ante el Sagrario –como se suele pensar- le vino por haber nacido en Pascua y porque Bailón era el apellido de su padre, pues eso que pensamos de que se derivarse de bailar, no parece tener mucha certeza, ya que Pascual era una persona, realmente tímida y parece que el bailar no era lo suyo.

Así dicen de él sus biógrafos: “Su nombre era el de Pascual, por haber nacido en la vigilia de Pentecostés. Fue hijo de Martín Bailón, con cuyo patronímico se le conoce; y está bien lejos de ser llamado por este nombre, como algunos, sin ningún fundamento, afirman, por haber bailado ante el Sagrario”

Sin embargo nadie puede negar que la virtud característica de S. Pascual, era la de amar la Eucaristía.

Pascual nació en una familia pobre, por lo que estaba abocado a vivir olvidado y sin relevancia; pero, por si fuera poco, al no tener recursos tuvo que ejercer el oficio de pastor, desde los siete años.

Al llegar a esta situación, entran en juego las palabras pronunciadas por Jesús, y que tanto se alejan de nuestra realidad: “Bienaventurados los pobres…” ¡Cómo entender esto, en un mundo donde lo que prima es la riqueza y el bienestar!

La Gracia siempre llega a quien Dios elige. La gracia no se adquiere a base de “puños” ni sabiendo mucho sobre Dios. La gracia se adquiere cuando la persona es capaz de abandonarse en sus manos, siendo capaz de decir desde lo profundo del corazón: aunque no sé nada, aunque no veo nada… sé bien, que Tú eres mi Señor y mi Dios.

En el tiempo en que vivió Pascual, año 1540 – 1592, no había Eucaristía todos los días, ni a diversas horas, ni había un medio de transporte para poder acudir a ella cuando se estaba en el campo…; pero nada de esto impidió a Pascual enamorarse de la Eucaristía.

Sin embargo, lo que Pascual sentía en su corazón, era algo inexplicable -pero que existía- Dentro de su ser escuchaba a Jesús diciéndole, como a cada uno de sus seguidores: ¿A quién buscas? Y Pascual sabía bien a quién buscaba: buscaba a Cristo. A Cristo Eucaristía. Por eso, el momento de la Consagración, era lo más grandioso que podía encontrar. Cuando, el sacerdote elevaba la Sagrada Forma, todo su cuerpo se estremecía de gozo, pareciéndole que tanta dicha le iba a hacer explotar de un momento a otro.

Por eso estaba tan alegre. Por eso servía sin reproche. Por eso acogía a los demás con tanta dulzura.

Porque es imposible acercarse a Dios, sin que el alma se te llene de una ternura hasta entonces desconocida. Y esa ternura es la que recibían, cuantos se le acercaban; esa ternura es la que les hacía ver que estaba inundado de Dios.

PEDIR PARA PODER DAR

La vida de San pascual desborda a cualquiera. Él pide para dar. Pero ¿Qué pide? ¿A quién le pide?

Al mundo de hoy no se le puede hablar de este tema. ¡Qué degradación tener que pedir! Por eso hoy no se pide nada, ni a nadie, incluyendo en ese “nadie” a Dios. La gente lucha, con todas sus fuerzas, por sobresalir y cualquier indicio de pobreza hunde a la persona en una gran depresión. Todos queremos valernos por nosotros mismos, por lo que hemos dejado de necesitar nada de Dios.

Y estos somos los que, precisamente, tenemos como patrono a San Pascual y lo festejamos, pero ya veis estamos muy lejos de imitarlo.

Sería preciso que oyésemos, al menos, alguna vez lo que el Santo nos grita con su vida: Bienaventurados los que conocen y aceptan su propia pobreza, los que eligen ser pobres, los que prefieren servir a ser servidos, los que quieren caminar por las sendas del amor, los que son capaces de regalar retazos de su vida para que puedan vivir los que se van muriendo, porque nadie se acuerda de ellos.

Esa es la pobreza de Espíritu que, Pascual quiere compartir con nosotros. La pobreza:

  • Del descenso.
  • De la interioridad.
  • La de bajar a nuestra nada.
  • La de llegar, a ese fondo, donde podamos encontrar el principio infinito de la vida:

La pobreza… que, lleva a la persona, a la grandeza de saber vaciarse para llenarse de Dios. Y para eso no se necesita ser teólogo; ni estar horas discutiendo con la gente sobre Dios, ni creer saberlo todo sobre Él. Para ello se necesita adentrarnos en la vida de un santo como San pascual y ver su infinita sencillez. Él no sabe, él gusta; él ha conseguido la sabiduría saboreando el evangelio. Es más, él ni siquiera sabe leer, ni escribir y se auto enseña para poder leer la Palabra de Dios, aunque sea torpemente.

Vuelvo a mostraros un retazo de su biografía:

“El oficio de pastor era duro, pero dejaba mucho tiempo libre que podía degenerar en ociosidad. Yo lo empleaba rezando, hablando y cantando con los amigos y labrando objetos de madera, como suelen hacer los pastores. En el cayado grabé una cruz; e hice también una pequeña Virgen que me servía para concentrar mi oración cuando no encontraba una ermita donde dirigir la mirada. Pero aún así, me sobraba tiempo, y mi carácter reservado se compensaba con la necesidad de conocer más cosas, de saber más. ¿Por qué no aprendía a leer?

Mi madre Isabel que, además de lindo parecer, era muy buena cristiana, tenía un devocionario que heredó de mi abuela. Como tampoco sabía leer me lo dejó; y yo, con mucha constancia y cabezonería -por algo era aragonés- empecé a preguntar a los compañeros que sabían algo por el nombre de las letras. Después, con el mismo método, aprendí a juntarlas formando palabras, hasta que logré no sólo entender lo que leía sino escribirlo también.

Todavía queda por ahí un «cartapacio» que me hice, siendo ya fraile, con las cosas que iba escribiendo.

Pero la verdad es que no resultó fácil aprender a leer y escribir; y mucho menos conseguir papel, tinta y pluma. Sin embargo la compensación fue muy grande. Además del rabel, podía llevar en el zurrón el rosario de junco y las horas de Nuestra Señora para rezar.

Más tarde, se escribiría de él: Pascual compuso varias oraciones muy hermosas al Santísimo Sacramento y el sabio Arzobispo San Luís de Rivera al leerlas exclamó admirado: “Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo. Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría divina que Dios concede a los humildes”

No puede estar más claro. San pascual, con su forma de vivir, nos muestra como la pobreza, de la que habla Jesús en las Bienaventuranzas, es el ascenso a la verdadera vida. Con ella llegan la libertad, la paz, el sosiego… la certeza, la esperanza… Pues cuando la persona logra quitarse todas esas ataduras que le aprisionan y deja de complacerse en las riquezas que le esclavizan, es capaz de entrar en esa verdadera paz que solamente puede darla el Señor.

LA EUCARISTÍA SACRAMENTO DE MI FE

Pascual necesitaba acercarse más a Dios, vivir más cerca de Él y el Señor, siempre rico en misericordia, pone en su camino a los Franciscanos. Nos lo sigue diciendo de esta manera:

“En los cuatro años que pasé trabajando como pastor por estas tierras hice grandes amigos, pero, sobre todo, me encontré con los frailes Alcantarinos que estaban fundando convento en Orito y en Elche. Estos religiosos pertenecían a la Orden Franciscana y, para ser más consecuentes con la vida de S. Francisco y con el Evangelio, habían hecho una Reforma -los Descalzos- de mayor austeridad y contemplación, siguiendo los pasos de S. Pedro de Alcántara.

Trabé una gran relación con ellos y pude comprobar que era la forma de vida que siempre había deseado vivir, hasta el punto de pedirles que me admitieran. Sin embargo las cosas grandes necesitan cierto tiempo para madurar; y mi decisión de hacerme fraile Alcantarino era para mí una cosa grande.

Como religioso franciscano sus oficios fueron siempre los más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero… Pero su gran especialidad fue siempre un amor inmenso a Jesús en la Santa Hostia, en la Eucaristía. Durante el día, cualquier rato que tuviera libre lo empleaba para estarse en la capilla, de rodillas con los brazos en cruz adorando a Jesús Sacramentado. Por las noches pasaba horas y horas ante el Santísimo Sacramento. Cuando los demás se iban a dormir, él se quedaba rezando ante el altar. Y por la madrugada, varias horas antes de que los demás religiosos llegaran a la capilla a orar, ya estaba allí el hermano Pascual adorando a Nuestro Señor”

          Pascual ya se había dado cuenta de que, la Eucaristía no termina nunca. Que ella está con cada uno de nosotros hasta la consumación de los siglos. Y sabía que, mientras el mundo sea mundo, la mesa se abrirá y se servirá la comida: Cuerpo y Sangre de Cristo entregados en la Cruz para la salvación del mundo ¡Si nos parásemos a pensarlo!

Pero nosotros, al tener tan fácil el acudir a la Eucaristía no la valoramos, es más, hasta la sustituimos por otras cosas con el pretexto de que son más importantes.

Sin embargo esas personas que lo han vivido, como lo más grandioso de la vida, la han orado y la han experimentado han sido unos enamorados de la Eucaristía. Sólo tenemos que fijarnos en San Pascual, ¡Cómo buscaba el momento de fundirse con el Señor!

De su corazón salían las más bellas formas, de decirle al Señor, lo que su corazón sentía. Y, así sin ninguna cultura podía escribir cosas tan bellas como las que os dejo para terminar esta reflexión:

“Jesús, dulce enamorado,
del alto cielo ha venido,
a ser Pastor del ganado,
que anda en el mundo perdido:
y como de amor herido
está el divino Pastor,
con silbos de amor la llama,
y, ¡ay Dios, qué fuerza de amor!

También la Virgen tiene un lugar muy privilegiado en su vida. Lo plasma así:

“Está una Virgen y Madre
y un Niño, que es hombre y Dios;
y en el seno de los dos
reposa el Eterno Padre:
quien busca bien que le cuadre
contra la mortal herida,
en Belén está la vida”

Espero que, después de esta vida tan sensacional, hagáis en vuestro corazón un lugar muy predilecto para La Sagrada Eucaristía. Que el momento de Comulgar sea algo vivido y experimentado; y, que os acordéis, de ahora en adelante, que El Papa nombró a San Pascual –un pobre pastor analfabeto- patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna.

                                                                          

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