Acuérdate de mi, Señor, cuando llegues a tu reino

Acuérdate de mi, Señor, cuando llegues a tu reino

Estamos ante la conmemoración de Jesucristo Rey del Universo. Y yo no sé si realmente este título de rey les gusta demasiado a los modernos,  para asignarlo a Jesús. Las imágenes de Jesucristo como Rey que, hace muy pocos años, presidían todas las estancias principales de las casas, han desaparecido y cuando se habla de Jesucristo como Rey, se buscan miles de recursos  para no herir sensibilidades. Pero ¿por qué?

¿Será porque también lo hemos desechado como Rey de nuestro corazón?

Por eso yo, este año, quiero mostrar una ruta nueva basada en un suceso real, capaz de demostrar que realmente Jesucristo es el Rey del Universo,  además de ser el rey de todos los corazones. El protagonista de ello, es un ladrón condenado a muerte, que fue capaz de “robarle” el corazón al a Dios, en el último suspiro de su vida.

  • Y yo que estoy aquí haciendo oración ¿Qué sitio doy a Dios en mi vida?
  • ¿Realmente, es Jesucristo el rey de mi corazón?

La verdad es que, es impresionante observar como la actitud y las palabras de Jesús fueron haciendo mella en aquel corazón machacado. Yo creo que, en ese momento, en el que la crueldad ha terminado y va cayendo sobre la persona -como un alivio al terminar un duro trabajo- una profunda aceptación; es cuando uno comienza a darse cuenta de que, como la tierra, su corazón está tan roto y desgarrado que ya no ofrece ninguna resistencia, sino que se ofrece abierto y dócil a la voluntad de Dios, para que ella lo penetre y lo llene.

Pues al darse cuenta de cómo Jesús está entregando su vida al Padre, él quiere entregar también la suya. “Padre todo está consumado” –El “fracaso” ha sido aceptado.

Es el instante en el que el ladrón, se entrega al Padre en un derrumbamiento total. El dinero, el querer sobresalir, el prestigio, el conseguir el mejor botín… se han borrado de su vida, han dejado de contar y se da cuenta de que solamente le queda una realidad: Cristo.

Por lo que ya, lo único que importa, lo único que basta es, el verse acogido por Jesús, después de haberle manifestado su arrepentimiento.

¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!”

  • Y nuestro corazón ¿cómo está en este momento?
  • ¿Van haciendo mella en nosotros las palabras de Jesús?

La escena la conocemos perfectamente. Las autoridades del momento temblaban pensando que Jesús podía quitarles el reino. Pero, este pobre hombre ¿qué clase de Rey puede ser? Sin embargo, lo que decían sus labios, no coincidía con lo que sentía su corazón. Por eso una y otra vez le preguntan ¿pero tú eres Rey? Pilatos, vaya pregunta estúpida que acabas de hacer ¿acaso tiene aspecto de rey este acusado? Sin embargo, en aquel silencio interminable, se oyen las palabras de Jesús “tú lo  has dicho: ¡Yo soy Rey! Y Pilatos mostrando una sonrisa irónica y con el rostro demacrado, tiembla de pies a cabeza ante tan grave afirmación.

Resultando que, ellos que estaban tan seguros de que no era rey, no solamente se lo preguntan constantemente, sino que para ridiculizarlo ponen un letrero en lo alto de la cruz que dice: “Este es el Rey de los Judíos”

Pero lo que allí se contemplaba no tenía nada de realeza, allí solamente había dolor, sangre, gritos… y los dos malhechores que le acompañaban cosidos a sus distintas cruces.

Ahí estaban los tres crucificados, en tres cruces distintas pero unidos por la misma suerte.

Me encantan las palabras de S. Agustín que dicen de ello algo precioso: Ahí tenemos tres hombres en cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe y un tercero que la desprecia. Pero, la pena es la misma para los tres, aunque mueran por diversas causas.

Aquí está la lección que esto nos deja en este momento. Cuando una persona está pasando por un momento duro, lo tiene que pasar igual si lo acepta, que si lo rechaza, ¡pero qué diferencia pasarlo de una manera o de otra!

  • Y yo ¿acepto os momentos duros de mi vida?
  • ¿Cómo cuál de los tres condenados reacciono?

Más, en este momento, hay un nuevo giro en los gritos de los dos crucificados que desconcierta a todos. Uno de ellos abre su boca para decir con palabras entrecortadas: “¿Ni siquiera temes a Dios tú que estás en el mismo suplicio? Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero este, no ha hecho nada malo. Para añadir seguidamente.

 “¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!”

La respuesta de Jesús no se hace esperar. Y sus Palabras retumban en el corazón de los presentes.

En verdad, en verdad te digo:

que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc.23-43)

       Aquí está la comprobación. ¿Acaso después de esto podemos seguir dudando de que Jesucristo sea Rey?

Dios siempre es más grande de lo que nosotros podemos abarcar e imaginar y aquí tenemos a un ajusticiado que, a la misma hora de morir, es capaz de “arrebatar” a Jesús el Paraíso.

Pero claro me imagino que no le costaría mucho entrar en el corazón de Jesús cuando se lo habían abierto de par en par.

  • Y yo que rezo cada día el Padrenuestro. Yo que digo “venga a nosotros tu Reino” ¿hago mías esas palabras de “Acuérdate de mí, ahí, en tu Reino”?

Esto es lo que hoy celebramos. Celebramos a Jesucristo Rey. Un rey  que no sale en televisión, ni en los medios de comunicación, ni se le reconocen mansiones, ni sequito, ni vasallos… un Rey que, con tan poca relevancia, no parece impactar mucho a su seguimiento, en el momento actual.

Sin embargo es grandioso conocer a un Rey que lo único que necesita para reinar son corazones liberados, disponibles, entregados… corazones abiertos –como el suyo- donde pueda encontrar un hueco pequeño para depositar esa pequeña semilla para hacerla fructificar.

  • Y nosotros, los que estamos aquí, en adoración ante el señor, ¿tenemos disponible nuestro corazón, para que el Señor pueda depositar en él, esas semillas de fe, de bondad, de misericordia… que Él desea que comiencen a producir?
  • ¿Somos capaces de gritar todo esto al mundo?

Nos hemos convencido de que, nuestro Rey, es un Rey con un corazón inmenso, capaz de acoger en su reino a todos los despreciados, abandonados, solos, desechados, relegados, sufrientes, desconcertados…

Con un corazón sin barreras; un corazón que no discrimina, ni juzga, ni condena…

Con un corazón, abierto a todas nuestras necesidades. Capaz de servir, de amar, de sufrir…

Con un corazón, que nos llama a hacer un mundo más humano, donde todos podamos ser felices.

De ahí que, sería importante que desde ahora, cuando digamos:

Venga a nosotros Tú Reino,

lo hagamos, estando dispuestos a aceptar

todo eso, a lo qué nos compromete”

 

¿Qué me apartará del amor de Cristo?

¿Qué me apartará del amor de Cristo?

En este tiempo que nos ha tocado vivir, nos encontramos rodeados de personas apartadas de Dios. Algunas de ellas se declaran ateas, otras agnósticas, la mayoría dice creer no practican… y nos quedamos perplejos al ver que, muchas de las que dicen estas cosas, vienen de familias cristianas, han estudiado en colegios religiosos y se han formado en ambientes elegidos cuidadosamente. Por lo que no nos queda más remedio que preguntarnos:

  • ¿Qué les ha pasado?
  • ¿Qué los ha llevado a prescindir de Dios?
  • ¿Qué necesitarían para comprobar su equivocación?

Quizá lo que necesiten sean personas, que muestren al verdadero Dios con su testimonio de vida.

 Al ponernos ante esta realidad nos damos cuenta de que, Posiblemente, nosotros estemos entre los no han sabido mostrar el rostro de Dios a los demás. Por eso te le suplicamos diciendo:

Ten compasión de nosotros Señor. 

¡No permitas, que se nos endurezca el corazón!

¡No permitas, que nos instalemos en la superficialidad!

Líbranos de tanta falsedad, de tanto fingimiento.

Y muéstranos tu rostro alegre, para que podamos compartir tu alegría

con los que crucen en nuestro camino.

 Pero, nada de esto puede hacernos perder la esperanza. Pues, un cristiano “de a pie”, un cristiano azotado, apaleado, encarcelado… un cristiano con una vida mucho más dura y difícil que la nuestra nos dejó escritas estas admirables palabras:

 TEXTO BÍBLICO

Entonces, ¿qué más podemos añadir?

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con Él?

¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva?

¿Quién será el que condene? Si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros

¿Quién nos separará del amor de Cristo?

¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?  Pero Dios que nos ama hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas.

Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados,

ni lo presente, ni lo futuro, ni los poderes de cualquier clase,

ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura

podrá separar del amor de Dios

manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Rom. 8, 35-39)

 Es posible que, después de oír todo esto nos preguntemos ¿y qué pudo llevar a esa persona, a que de su fondo salieran estas admirables palabras?

La respuesta es clara: Ese cristiano se dejó encontrar por Cristo. Y la persona que descubre a Cristo en su vida y se deja hacer por Él su existencia cambia de manera significativa. De ahí que podamos preguntarnos en este momento:

  • Y yo ¿me he dejado encontrar por Cristo?
  • ¿Cuándo y cómo descubrí a Cristo en mi vida?

De nuevo llega la súplica:

Señor, dame un corazón limpio que te pueda ver.

Dame un corazón misericordioso que derrame misericordia.

Dame un corazón que tenga hambre y sed de justicia.

 Guíame, Señor, tú que eres bueno y santo.

Guíame hacia la luz, y haz que camine en tu luz.

Guíame y allana mi camino para que te sea fiel.

 REFLEXIÓN

El texto que acabamos de leer, no es nuevo para nosotros, es uno de los que con frecuentemente hemos orado y han sido muchas las veces que nos hemos puesto ante este interrogante: ¿qué me apartará del amor de Cristo? Sin embargo, la mayoría de las veces, hemos pasado por alto los interrogantes anteriores.

Pablo, en cinco ocasiones llama nuestra a tención recordándonos los sorprendentes privilegios de haber optado por Jesucristo y desgraciadamente, los hemos pasado por alto como si no tuviesen nada que decirnos a nosotros.

De ahí que, hoy quiera invitaros a detenernos en ellos:

1.- Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros?

¡Qué impresionante! Dios está con nosotros. Y está ahora, en este preciso momento y nos está amando.

Y nos ama con un amor firme para protegernos de los que quieren separarnos de Él.

Y nos ama, con un amor especifico a cada uno en particular. Pero:

 2.- Y ¿cómo no nos va a conceder, también, con Él todas las cosas?

No queramos dar lecciones a Dios. Él conoce mucho mejor que nosotros como funciona el mundo, sabe nuestras necesidades y tiene un buen proyecto para nosotros. Pero parece que a  nosotros eso no nos sirve. Nosotros queremos actuaciones rápidas, tangibles… Y no nos damos cuenta de que, aunque Dios nos conceda todas las cosas, eso no va a quitarnos los problemas ni las dificultades de la vida, lo que hará es darnos fortaleza y esperanza para poder superarlas. Llevándonos a la confianza serena en el poder de Dios. Pero:

  • ¿Creemos sinceramente que nuestra vida descansa en manos de Dios?
  • ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar si nuestro plan es mejor que el Suyo?

3.- ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?

El mundo sufre la equivocación de creerse seguro, pero no acepta el cuidado que Dios tiene por cada uno de sus elegidos.

El mundo es incapaz de imaginar que la vida es tan sólo un punto luminoso en el gran universo de Dios.

  • Y yo ¿me siento segura o necesito ponerme en las manos de Dios para que me cuide?

4.- ¿Quién es el que condena?

Sólo Dios nos libra del orgullo para que podamos amar a los demás sin condenarlos. Por eso un mundo sin Dios es un mundo sancionador, que carga pesadas cargas y hace serviles a las personas.

  • ¿Confío –de verdad- que Jesús no vino a condenar sino a salvar?
  • ¿De verdad sigo pensando que merezco una vida feliz perdiendo el gozo de experimentar que cuanto se me ha dado es un don?

Después de haber experimentado el amor de Cristo sólo queda preguntarse: ¿Y qué podrá apartarme de este amor de Cristo?

(Todos)

  • ¿La aflicción?
  • ¿La angustia?
  • ¿La persecución?
  • ¿El hambre?
  • ¿La desnudez?
  • ¿El peligro?
  • ¿La espada?

Pues… en todo esto vencemos fácilmente, por aquel que nos ha amado.

 “Todos somos vencedores por aquel que nos amó

Dios es la esencia del amor y es, en ese amor donde está cimentada la Iglesia. Un amor –“ancho, largo y profundo”- que traspasa todo nuestro conocimiento.

Porque es verdad que creemos haber apostado por el Señor, pero nos falta la convicción de sentirnos amados por Él.

Vemos cristianos que viven en la soledad, en la tristeza, se consideran indignos de acercarse a Dios… no son capaces de ver su gran equivocación. Cuando la persona siente ese vacío, sin pretenderlo busca otros amores, otras diversiones, otras alternativas… que llenen su hueco.

Por eso hemos de gritar al mundo que Dios no nos ama porque seamos dignos sino por pura bondad. Él no pone condiciones, Él solamente quiere amarnos sin importarle lo que seamos. Si fuésemos capaces de acoger todo esto: las leyes nos sobrarían, las normas nos sobrarían, las legislaciones nos sobrarían, pues todo ello queda a un lado cuando la persona se siente llena de Dios. Por eso,

Cuando todo te falle en la vida

y solamente te quede Dios,

te darás cuenta que Él es lo único que necesitas.

 

 

Somos piedras vivas

Somos piedras vivas

Como bien sabéis, mañana día 9, la Iglesia conmemora la dedicación de la Basílica de Letrán, hecho que ocurrió el 9 de noviembre del año 324, cuando el Papa Silvestre, la dedicó al Salvador; cuya imagen, dada a conocer a los fieles después de las persecuciones, fue un acontecimiento de gran relevancia.

Pero ese mismo día también se celebra en Madrid, la festividad de la Virgen de la Almudena, cuya tradición nos dice que: el 9 de noviembre del año 1085, en la muralla de la Puerta de la Vega apareció una imagen de la Virgen que los cristianos habían ocultado en tiempos de persecución y que Madrid, con singular devoción la nombró Patrona de la Provincia Eclesiástica.

Como yo vivo en Madrid, aunque no vaya a incidir en la festividad de la Almudena –ya que muchos de los que lo leéis no vivís en Madrid- si quiero dejar un pequeño apunte del parangón que guardan ambas festividades.

  • Observamos a María como, el Primer templo de Dios. La primera en albergarlo en su seno.
  • Después, observaremos la suntuosidad que tiene el templo, del Salvador, para acoger al mismo Dios. Contemplando su fortaleza, su fastuosidad, su esmerada construcción…
  • Pero todavía queda otro templo que, suele pasar inadvertido. Es, el templo que alberga cada persona en su interior, para poder ocultar en él al mismo Dios; pues si María fue la primera piedra de ese magnífico Templo, nadie puede quedar excluido, de ser piedra viva, perteneciente a él; ya que todos somos hijos de la Virgen sin importar la advocación por la que queramos llegar a Ella. Y eso, precisamente, es lo que nos llevará a acercarnos, al Señor: desprendidos, abiertos, libres… siendo, como Él quiso que fuésemos al crearnos: Templos vivos del Espíritu Santo.

MARÍA TRONO DE DIOS

“Otro Ángel vino y se puso sobre el altar. Le entregaron perfumes, para que aromatizase las oraciones de todos los santos, que estaban en el trono.

Y los aromas, junto con las oraciones, subieron al trono de Dios”               (Apocalipsis 8, 3 – 4)

 El Ángel llevó a Dios, los perfumes y las oraciones, ofrecidas. Cómo cambiaría nuestra vida si fuésemos conscientes de que, en cada vida humana, siempre hay un mensajero de Dios, para ayudarnos a realizar nuestra misión.

Es, realmente impresionante que, el Ángel del Señor, sea el encargado de aromatizar nuestras oraciones y subirlas al Trono de Dios.

No podemos obviar, por tanto, la grandeza que supone, que nuestra vida esté llena de “los ángeles del camino” para ayudarnos y protegernos del mal.

Por eso sería bueno que, delante de Dios, recordásemos algún hecho en el que aquella persona, quizá hasta desconocida, nos ayudó a salir de apuro en el que nos encontrábamos. Después tratemos de recordar:

  • ¿Cómo reaccionamos?
  • ¿Vimos, en ella, un ángel de Dios?
  • ¿Lo eludimos, pensando que era una simple casualidad?

Vamos a recordar, también, alguna vez en la que nosotros hemos sido, “ángeles” del camino, para alguien:

  • ¿Fuimos conscientes de ello? ¿Qué sentimos?
  • ¿Dimos gracias a Dios por habernos elegido?

Sería bueno que esta oración se prolongase en, largos ratos durante la semana, recordando sucesos que, por cotidianos, los dejamos pasar desapercibidos.

LA ELOCUENCIA DE LA PALABRA DE DIOS

Ciertamente es muy fructífera la lectura, que se plasma entre las escogidas para conmemorar la Dedicación del Templo, porque es el parangón perfecto para presentar a María como: El Gran Templo de Dios.

Lo vemos con nitidez ante estos espléndidos versículos:

“El Ángel, entrando en su presencia dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.

Concebirás y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”

                           (Lucas 1, 30 -34)

 María, que conocía como nadie, lo que es sentirse mirada por Dios; se retira para entrar, en ese silencio que sabe a Dios y conduce a la grandeza. Era el momento dulce, del día; era ese regalo, que se saborea en lo más profundo del corazón; era ese tiempo en el que, desprendida de todo: alababa, contemplaba y adoraba a Dios desde lo más profundo de su ser. ¡Se sentía tan dichosa! ¡Añoraba tanto la salvación! ¡Se sentía tan unida a su Señor!… que toda su esencia estaba abierta al infinito de Dios.

María no podía imaginar que estaba llegando hasta ella, un emisario de Dios ¡era una joven tan normal! ¿Quién podría fijarse en ella? Sin embargo, ante su sorpresa, la estancia se llena de luz y el Ángel, del Señor, se hace presente “¡Alégrate María!” Las palabras, lejos de interrumpir su silencio, lo colmaron, para llenarlo de asombro, ante la presentación oficial:

Porque has hallado gracia delante de Dios” Los interrogantes golpean como dardos su mente:

  • ¿Se habrá confundido de persona?
  • ¿Será, ciertamente, para ella el mensaje del Señor?
  • ¿No podría haber sido la misiva, un poco más coherente?
  • María, un poco turbada pregunta: ¿Y cómo será esto?

El Ángel no aclara demasiado, tan sólo responde: “La fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra” y, ante la admiración de todos cuantos nos acercamos a la escena, María ni duda, ni cuestiona, ni reprocha. De sus labios salen estas admirables palabras: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”

A mi me da la impresión de que el Ángel iría saltando al llevar la respuesta al Señor; pues indudablemente, tenía un aroma especial.

También se nos hace, hoy, a nosotros lo mismo que a María, un ruego, una súplica y es el mismo Dios, el que nos la hace. Nos pide que vivamos nuestra realidad, como verdaderos cristianos, pertenecientes a la Iglesia de Jesucristo:

  • ¿Qué le respondemos?
  • ¿Somos capaces de responder como lo hizo María?

No es necesario que demos la respuesta con prisa. Oremos largo rato sobre esta realidad. Oremos todo el tiempo que sea necesario, hasta que seamos capaces de decir: ¡Hágase en mí según tu palabra! Como lo dijo Ella.

 LA  BASÍLICA DE LETRÁN

“Acercándoos al Señor, piedra viva desechada por los hombres, pero escogida por Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu”                        (Pedro 2, 4 – 9)

 La Basílica de San Juan de Letrán, en Roma es un edificio fuerte. Su construcción fue esmerada y segura. Para construirla, se elegirían piedras seleccionadas y de alta calidad.

En ella, cada piedra cumple su función y es necesaria para dar consistencia al edificio; incluso, esas que no tienen ninguna belleza, porque están escondidas y no se ven, o aquellas que parecen innecesarias a los ojos de los inexpertos, son fundamentales para su solidez.

La Basílica está dedicada al Salvador y su descripción parece tomada, en la lectura de S. Pablo, en la que nos habla: del “Templo del Cuerpo de Cristo” Cuerpo Místico integrado por muchos miembros.

Gran lección, que nos invita a revisarnos, personalmente, como miembros pertenecientes al Cuerpo Místico de Cristo: La Iglesia.

  • ¿Me considero, yo personalmente, miembro del Cuerpo Místico de Cristo?
  • ¿Veo a los demás, miembros activos, lo mismo que yo?
  • ¿Los valoro, en su justa medida, o los considero de categoría inferior?
  • ¿Cumplo mi misión, sin interferir en la de los demás?
  • ¿Qué servicio desempeño?
  • ¿Me considero honrado-a, con el “miembro” que me ha tocado ser, o querría haber sido otro de mayor relevancia?

MARÍA TEMPLO DE DIOS

Sorprende, sin embargo, observar que no podríamos celebrar, la resistencia de la Basílica de Letrán; sin elogiar al unísono que, en el silencio más absoluto y sin ninguna suntuosidad, se hubiera puesto la primera piedra, al edificio de nuestra Redención.

Porque fue, en el preciso momento de la Anunciación, cuando todos pasamos a ser piedras vivas y entramos a formar parte del Templo del Espíritu.

       Todos sabemos que, María era una muchacha de corta edad, cuando Dios le pide permiso para tomar, en su seno, carne mortal. Ella sería, el Templo, que Dios había elegido para que reposase en su seno, el Hijo de Dios ¡Imposible que esto cupiese en cabeza humana!

María, no era una persona relevante, solamente contaba con su gran fe, su profunda esperanza y la gracia de Dios.

María, no estaba hecha de piedras firmes, como la Basílica de Letrán; su cuerpo era frágil, estaba hecho con la misma carne que el nuestro: con los mismos interrogantes, las mismas dudas y los mismos riesgos. Ella no tenía una naturaleza especial, sencillamente era: “La esclava del Señor”

       Sin embargo había aceptado, la misión más difícil, de la historia de la humanidad y, para ello, no le han dado ni un libro de instrucciones, ni las primeras pautas de comportamiento. Simplemente contaba, con aquella pregunta de: ¿Cómo será esto? Y aquella respuesta sorprendente de: “Todo es posible para Dios”

       Pocas palabras para tranquilizarla; sin embargo ella, no pone condiciones, ni pide seguridades; con su fe al descubierto y su alma llena de confianza en el Señor, firma un cheque en blanco; del cuál sólo conoce al depositario, pero ella sabe que puede fiarse de Él y se fía.

Acababa de ponerse la primera piedra del Templo. La Piedra Angular, que tantos arquitectos desecharían, pero que ella sabía bien, de su autenticidad.

El Cuerpo de Cristo, acababa de instalarse en su seno. El Sagrario de la Basílica había sido estrenado, aunque no hubiera dedicaciones ni aplausos. Todos ignoraban lo sucedido, solamente ella tenía la certeza de haber sido inundada por el Señor.

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

“Mi casa es casa de oración, dice el Señor, en ella: quien pide recibe; quien busca halla y al que llama se le abre”  (Mateo 21, 13 – 15)

       La Basílica es casa de oración. En ella Cristo espera a cada apersona que llega para: suplicar, alabar, pedir perdón, dar gracias…

Estoy segura, que la inmensa mayoría de los peregrinos, que visitan la ciudad van a contemplar, también, su suntuosidad.

Su esbeltez nos muestra, como cada piedra tiene su misión y, como nosotros, dentro del Cuerpo de Cristo, tenemos la nuestra.

Me parece asombrosa la Visión profética de Ezequiel 47, 1 – 2; 8 – 9; 12 que nos adentra en la oración.

El profeta, con su descripción, nos está mostrando como mana el agua de la vida, por medio de la Palabra y los sacramentos, así como brotó el agua por el costado de Cristo en la Cruz. La sangre y el agua símbolos del Bautismo y la Eucaristía, sacramentos que forman la Iglesia.

No menos significativo es el Salmo 45 que nos dice: “El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada”

Nos pararemos, también, a observar la solidez de la Basílica, sin que nada pueda hacerla tambalearse; para darnos cuenta de si, realmente, se asemeja a nuestra solidez de cristianos: Piedras vivas de la Iglesia de Jesucristo.

Después, en un clima de silencio e interioridad, tomamos conciencia de que somos obra de Dios, arcilla de su mano y privilegiados de su corazón.

Para decirle:

Aquí estamos, Señor, tenemos hambre de Ti; hambre de tu misericordia, tu acogida y tu bondad.

         Aquí estamos para dejarnos hacer por Ti, para que nos hagas como Tú quieras, Señor.

  • Crea en nosotros, un corazón capaz de darse.
  • Crea en nosotros, esa palabra oportuna de consuelo y aceptación.
  • Crea en nosotros ese empuje, que ayude a los que están tristes y cansados.
  • Crea en nosotros, esa dulzura que trasmita, aunque sea de manera opaca las, dulzuras de tu corazón.

Porque queremos, Señor, ser Piedras Vivas que sostengan el edificio que Tú soñaste al crearnos. Un edificio capaz de acoger a los demás, de servirlos, de protegerlos…   

Ese edificio capaz de resplandecer en su belleza interior; ese edificio capaz de ser signo y sacramente, donde los demás, puedan ver que Tú habitas.

 

 

 

 

Orar en fariseo o en publicano

Orar en fariseo o en publicano

Si nos detenemos ante la Palabra de Dios nos damos cuenta, de que el tema de la Oración parece ocupar un lugar muy privilegiado. Y si, realmente,   hay algo que a un grupo de adoradores ha de interesarle, es precisamente eso, el tema de la oración. Por lo que, si el martes pasado nos deteníamos ante la necesidad de “orar sin desfallecer”, será bueno que la siguiente pregunta sea: ¿cómo orar?

Lo tenemos cercano. Es el mismo Jesús, el que en el evangelio del domingo nos ofrecía la parábola del Fariseo y el Publicano, una parábola que Jesús eligió para que se interrogasen, tanto los que le acompañaban, como el resto de oyentes que se acercasen a oírlo. Aunque, lo que a nosotros ha de importarnos, sea preguntarnos cómo la recibimos y cómo la acogemos.

Yo creo que todos, o al menos una gran mayoría, al escuchar este pasaje del evangelio, solemos imaginarnos una iglesia vacía con dos hombres uno en el primer banco y otro en el último, orando solos. Pero probablemente estos personajes podían están mezclados entre la gente e incluso uno al lado del otro. Sin embargo hay una cosa clara: los dos habían elegido hacer oración –como nosotros- Pero,

  • ¿Realmente yo, he elegido hacer oración?

          Aquí lo tenemos. Jesús, es el que opta por estas dos posturas  contrapuestas para explicarnos la autenticidad de la oración.

TEXTO EVANGÉLICO

“Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros… ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” En cambio el publicano se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” os aseguro que este bajó a su casa justificado y aquel no.

Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lucas 18,9 -14)

Por un lado, el texto nos presenta a un fariseo, personaje ejemplar donde los haya, que cumple todas las leyes y alguna más –por si acaso- sin embargo se advierte en él algo que no cuadra: quizá ese pequeño gesto, o el tono de su voz, o la manera de sonreír, quizá su mirada, o esa palabra inoportuna… En él se aprecia un planteamiento equivocado, poco creíble… se aprecia que la verdad que proclama tiene poco que ver con el mensaje de Cristo.

  • Y esto ¿qué me dice a mí, en relación a mi manera de orar?

La parábola nos advierte de que, hay virtudes que no desprenden buen olor. Él fariseo está presumiendo de ser familiar con Dios, pero no es capaz de advertir que Dios, aunque a él lo acoge bondadosamente, a su manera de actuar no. A su manera de actuar, no sólo la mantiene a distancia, sino que la aparta y la rechaza.

Porque Dios no soporta las virtudes que se llenan de presunción, de autocomplacencia, de vanagloria, de jactancia, de desprecio a los demás….

  • ¿Le gustará a Jesús, mi manera de utilizar mis virtudes?
  • ¿Qué me diría de mi modo de proceder con ellas?
  • ¿He olvidado que los dones que tengo son pura gracia de su amor?

Por otro lado encontramos al publicano ciertamente no se presenta como modelo de vida, su conducta no es mejor que las prestaciones virtuosas del fariseo. Su ética es bastante dudosa y bastante discutible, en cualquier caso no es un campeón de honestidad.

Más lo que le hace ganar frente al fariseo es la actitud de no pretender esconder la miseria que lleva encima. Quizá ese se el detalle que presentan sus palabras entrecortadas:

  • ¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador.
  • Con ello aparece el gesto: se golpea el pecho.
  • Y descubrimos su mirada: no se atrevía a levantar los ojos…

Cualquier detalle resulta decisivo. Porque el amor se nutre de detalles y uno sólo bastaría para indicar si nosotros somos “verdaderos ante Dios”

  • ¿Cuál es mí detalle en esta mañana? Puede ser que no logre hallarlo, pero no pasa nada; Dios es paciente y sabe esperar
  • Y todavía más. Si no soy capaz de descubrirlo puedo pedir su gracia para que me ayude a encontrarlo.

Nos queda un último apunte ante los dos comportamientos a los que nos hemos referido. Los dos anidan en cada uno de nosotros, unas veces actuamos con uno y otras con el otro.

De ahí que precisemos estar alerta, para renunciar a sentirnos satisfechos de nosotros mismos, de ir a la oración buscando solamente que Dios satisfaga nuestros deseos; de estar rato y rato hablando solamente de lo nuestro sin acordarnos de las necesidades de los demás; de buscar recitar frases bonitas como si Dios necesitase de nuestra locuacidad…

La verdadera oración tiene dos componentes esenciales: la humildad y la pobreza y eso no se improvisa al entrar en la iglesia, ni se compra con arrogancia.

Nuestra vida tiene que tener una manera de realizarse que al llegar ante el Señor, aún sin pretenderlo, nuestra rodilla se doble ante su grandeza, mientras nuestro corazón se sienta necesitado de su amor.

Porque yo creo que, lo que más necesitemos los que estamos en oración ante Él, es arrodillar nuestro corazón y regalarle ese gesto de acción de gracias ante tantos bienes como recibimos.

No cerremos nuestro corazón a esta enseñanza que, por medio de estos dos personajes, quiere hacernos llegar el mismo Jesús.

Dejemos de intentar comprar a Dios con nuestros gestos –por muy buenos que sean- dejemos de hacer planes cuando llegamos ante el Señor, dejemos de tomar decisiones de cómo llegar a Él para agradarle… Cuando lleguemos ante Él para orar, abandonémonos por entero en su presencia; dejemos que Él ore por nosotros; aceptemos, sin poner condiciones, su designio de salvación personal, para cada uno y, luego, callemos, Callemos, hasta que seamos capaces de sentir su presencia en lo más íntimo de nuestro ser.

Acojamos su gracia, su fuerza salvadora, su empuje… Dejemos de conquistarle, de convencerle de nuestros planes… Dejémonos, mejor, “convencer” por Él que, siempre guarda para nosotros, unos bienes que jamás habríamos sido capaces de imaginar.

Y vaciémonos. Vaciémonos de condicionamientos y prejuicios cuando queramos llegar ante el Señor para orar, pues no olvidemos que,

Jamás podremos hacer sitio a Dios,

si estamos llenos de nosotros mismos

 

 

Orar sin desalentarse

Orar sin desalentarse

“Que nada os preocupe. Orad y pedid a Dios todo lo que necesitéis y sed agradecidos”  (Filipenses 46, 7)

 La Palabra de Dios es directa, no usar evasivas, no da rodeos… Nos dice directamente que: Oremos sin desfallecer.

       Pero ¿por qué orar? ¿Cómo orar? Y en realidad ¿yo quiero orar?

Si nos ponemos ante nuestra realidad vemos que hay muchas personas que rezan –cosa fantástica- pero cuando se les habla de hacer oración huyen, es como si se les estuviera hablando en un idioma desconocido, se asustan, no son capaces de aceptarlo y, tristemente, hasta son capaces de juzgar a la persona orante.

Pero yo sé que, en su fondo buscan a Dios desde lo profundo, lo que pasa es que nunca han sido capaces de entrar en esa experiencia donde Dios aparece de una manera nueva y sorprendente.

La oración es simplemente dejarse MIRAR por Dios. (La palabra mirar que en la biblia significa amar) Por eso, la oración tiene que estar lejos de los condicionamientos, las estructuras, las normas… ¿Acaso alguien se plantea, las veces que besa a su hijo al día? ¿Acaso alguien hace un discurso para hablar con los suyos? Pues si Dios es uno de los nuestros y el más importante ¿Cómo buscar formas absurdas para llegar a Él? Pero:

  • ¿Yo? Yo que voy con asiduidad a la parroquia, que busco a Dios… ¿soy, realmente persona de oración?
  • ¿Me dejo mirar = amar por el Señor?

 Cuando nos detenemos a observar a los grandes profetas: Moisés, Elías, Isaías… nos damos cuenta de que todos se pusieron de pie ante el Señor. ¿Para qué? Pues para que les mirase. Pero ¿por qué se nos presenta una cosa tan irrelevante para nosotros? Pues para que nos demos cuenta de que todos se dejaron mirar por Él. Se pusieron ante Él “para ser vistos” porque esta actitud confirma que Dios ve el corazón de la persona, su fondo, su profundidad… De ahí que el orante tenga por misión, el ponerse “en pie” en presencia de Dios, para dejarse mirar por Él.

Fijaos con que precisión nos lo dice el Salmo 138 “Antes de formarme en el seno materno, Dios ya me conocía…” Dios ya me había mirado, ya se había fijado en mí.

Y conocer a Dios, o ser conocido por Él, supone:

  • Ponerse en relación.
  • Experimentar su presencia.
  • Participar de su vida.

Porque Tú Señor me ves, pones a prueba mi corazón y estás conmigo. Esta es la clave. Dios está cerca, atiende mi queja, me escucha, me oye, me acoge… Y porque estoy cerca de Él, soy visto, escuchado, amado… Hasta el punto, de que “Dios es capaz de concederme, hasta lo que no me atrevo a pedir”

 Por eso la oración de Jesús impactaba, porque sentía todo esto como nadie. De ahí que los discípulos, testigos de ello, se quedasen embelesados al verle dirigirse a su Padre.

Así, un día, en el que ya no podían seguir viéndole, con esa actitud de intimidad, dirigirse a su Padre, se atreven a decirle ¡enséñanos a orar!

Me imagino que, Jesús, los miraría con mucho cariño y, lejos de apabullarlos con una disertación que les impresionase, les va diciendo pacientemente, mirad:

Cuando os pongáis delante de mi Padre no utilicéis muchas palabras. Él sabe al instante todo lo que os pasa.

La oración ha de ser insistente, como la de la pobre viuda.

Ha de ser perseverante. Siempre sabiendo esperar, porque Dios llega siempre: a su tiempo y a su modo.

La oración ha de ser confiada. ¿Quién no tiene confianza con su padre? Pues Dios, es el Padre Bueno que nos espera siempre.

A la oración se ha de llegar con una profunda humildad. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa, es el mismo Espíritu el que “ora por nosotros”, cuando somos capaces de disminuir para que Él crezca.

A la oración hemos de llegar sabiéndonos pecadores, imperfectos… necesitados del amor del Padre para que nos regenere.

A la oración hemos de llegar, con la fe suficiente, como para poder exclamar: Señor yo creo pero aumenta mi fe.

  • ¿Es, realmente, así mi oración?

 Pero, a pesar de tanta resistencia, yo creo que todos sentimos necesidad de orar, de llegar a Dios, de decirle nuestros problemas, de expresarle nuestras necesidades y esto es lo que se necesita para hacer oración, de ahí que a veces me pregunte ¿por qué queremos complicar una cosa tan evidente? Para hacer oración, -como nos dijo Jesús- tan solo se necesita:

  • Querer orar.
  • Gustar el silencio.
  • Estar abiertos a la escucha.
  • No desanimarnos.

Es triste escuchar que algunas personas han dejado la oración: porque no les dice nada, porque se aburren, porque su esfuerzo no ha estado en consonancia con los frutos esperados…

Os aseguro que, si los frutos fueran en proporción directa al esfuerzo y al tiempo empleado y pudiésemos descubrir un termómetro que midiera sus frutos, todo el mundo sacaría tiempo para hacer oración. Pero la oración no es una línea recta; el tiempo de Dios no es nuestro tiempo ni su manera de actuar la nuestra, por eso nos resulta tan difícil caminar por sus sendas. La oración es gratuidad, regalo, entrega, donación.

La oración es dejar a Dios manejar tu vida. Es dejarnos hacer por él, entregarle las riendas de nuestros asuntos… Pero esto requiere una fe grande y un total desprendimiento.

  • ¿Qué dice esto a mi manera de hacer oración?

Después de observarlo, me parece que queda claro que un día sin oración es como un día sin sol, donde la mirada queda retenida en nosotros mismos.

Por eso necesitamos darnos cuenta de que, cuando no damos suficiente tiempo a la oración y caemos en el activismo, tropezamos con las personas que nos rodean como meros bultos que tan solo nos estorban. Somos incapaces de ver sus rostros, de percibir su misterio, de darnos cuenta de que están habitadas por ese Dios, por medio del cual: “somos, nos movemos y existimos

De ahí que, sólo cuando seamos capaces de acoger en nosotros, esa presencia de Dios que nos llene y nos envuelva, podamos sentir la riqueza del encuentro.

Cuántas cosas más querría decir, pero creo que hoy es imprescindible terminar orando.

Señor: Te necesito.

Sé que Tú, no eres solamente parte de mi vida, sé que Tú, eres mi vida.

Eres mi pozo, mi sed, mi agua… El que me refresca, me lava, me riega, me empapa…

No permitas, Señor, que abandone esta vida de intimidad contigo. Tú sabes, mejor que nadie, que el sol de la vida calienta demasiado y no quiero que, la necesidad de agua, me arrastre a pozos equivocados.

Pero, a pesar de todo, sé Señor, que legues cuando llegues… ¡Yo te estaré esperando!

No tengamos miedo de que Dios se manifieste

No tengamos miedo de que Dios se manifieste

Hace dos semanas, hablábamos del encuentro con Dios. Pero, aún queriendo encontrarnos con Él, no estamos acostumbrados a dejar que sea Él el que elija, ni el que nos manifieste su voluntad. No le damos oportunidad. Nos envolvemos en proyectos, reuniones, presupuestos, estadísticas… No somos dados a  esperar esas manifestaciones que nos llegan de Dios y que, una y otra vez, tratamos de no dejarle hacer su trabajo en nosotros.

Sin embargo, Dios no cesa, de manifestarse al ser humano como  siempre se ha manifestado.

Por eso sería bueno que hoy recordásemos, alguna de las veces,  en la que el Señor se nos ha manifestado. Pero no de una manera global, sino buscando esa vez en que nuestro cuerpo tembló al contemplarle:

  • ¿Qué hecho recuerdo, en el que vi a Dios presente sin ninguna duda?

 

En el libro del Éxodo vemos que, cuando Dios se manifiesta a Moisés, él asombrado, se inclina, se echa rostro en tierra y adora.

Dios llama a Moisés desde la zarza:

— ¡Moisés! ¡Moisés! —Aquí estoy —contestó Moisés.

Entonces Dios le dijo: —No te acerques.

Descálzate. Porque el lugar donde estás es sagrado.

Después añadió:—Yo soy el Dios de tus antepasados.

Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Moisés, al oírlo se cubrió la cara,

pues tuvo miedo de mirar a Dios.

 

Moisés no puede ver a Dios. Su rostro ha tapado al hundir su cabeza sobre la tierra, pero pronuncia el nombre de Dios y encuentra su rostro. Porque el amor siempre está por encima de las palabras, por encima de la inteligencia.

Las palabras, a veces, tan sólo esconden lo esencial de lo que queremos manifestar. Por eso os invito a pedir perdón:

Señor: Perdóname, por las veces que voy a ti con la cabeza demasiado elevada, como si fuese yo el portador de la verdad.

       Perdóname, cuando te aturdo con palabras huecas, que me tapan lo esencial de lo que querrías decirme.

       Perdóname, por las veces que me quejo de que nadie me tiene en cuenta, cuando soy yo el que tengo que preocuparme por los demás…

 

Sin embargo, esa actitud humilde de Moisés, le hace descubrir a ese Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”; descubre el verdadero rostro de Dios, un rostro paciente, un rostro sereno, un rostro de perdón infinito.

Moisés, como todos los adoradores que han existido después de él, sabe muy bien que a Dios hay que rendirle honor en silencio, dejando que el misterio cale dentro del corazón.

Pues cuando el misterio cala, el corazón empieza a llenarse; mientras las palabras van callando, los pensamientos se van evaporando de nuestra mente y ya sólo queda sitio para la sorpresa, para el asombro, para la adoración a ese Señor, que hace maravillas en los corazones disponibles y entregados, como el de María.

¡Ay si la gente decidiera acercarse así al Señor! ¡Si fuese capaz de acceder al sagrario para quedar en silencio y adorar! Porque:

Cuando el silencio habla, la vida se transforma.

Cuando el silencio del amigo habla, la vida se llena de ternura.

Cuando el silencio del corazón habla, la vida se transforma en amor.

Cuando el silencio del amor habla, la vida se hace comunión.

Cuando el silencio del dolor habla, la vida se hace misterio.

Cuando el silencio del misterio habla, la vida se transforma en adoración.

 

Dios, revela sus secretos a los que han sabido hacerse pequeños, a los que han sabido en el silencio llegar a Él. Cuántas veces caemos en la curiosidad de saber cosas sobre Dios, de discutir cosas sobre Dios, de demostrar cosas de Dios; pero enseguida comprendemos que esto no nos lleva a nada concreto. Dios no se deja capturar por la mente. A Dios se llega en un eterno descubrimiento, dejando al Espíritu que nos conduzca hasta la verdad plena.

Por eso, el lugar donde podemos descubrir el amor de Dios es el corazón. “El amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Y ese amor que Dios pone en nuestro corazón es el que nos traerá los frutos salidos de su esencia: la bondad, la ternura, la benevolencia, la alegría… y veremos que todo este derroche de amor es la rúbrica de Dios en nuestra vida. Porque:

Cuando el silencio del alma habla, nuestra vida se transforma en oración.

Cuando el silencio de Dios habla, la vida se transforma en misterio  de Dios

Cuando el silencio de la luz de Dios habla, la vida se llena de transparencia de Dios

      Porque… cuando el silencio habla, la vida se transforma.

Y entonces notaremos… que, a nuestro interior llega esa esperanza que no defrauda, esa paciencia en medio de las tribulaciones, esa paz cuando las cosas son adversas, y sentiremos de nuevo la presencia de Dios, y nuestro corazón saldrá transformado. Acogeremos el Don desde la libertad más plena y comprenderemos lo que es su gratuidad.

Pudiendo decir con las palabras de Isaías:

“En la noche te desea mi alma y en verdad mi espíritu, dentro de mí te busca con diligencia; porque cuando la tierra tiene conocimiento de tus juicios, quedan sobrecogidos todos los habitantes del mundo” (Isaías 26:9)

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