Ay de mí si no anuncio el Evangelio…

Ay de mí si no anuncio el Evangelio…

Pablo, después de conocer a Jesús, se da cuenta de qué ha llegado a él -algo tan grande- que no se lo puede guardar, tiene que ofrecerlo, que gritarlo, que regalarlo…Y así lo deja plasmado. Es un suspiro salido de lo profundo de su corazón: ¡Ay de mí si no evangelizará! (1 Co. 9,16) Pero eso no queda ahí, él sigue diciendo algo que nos interesa mucho a los evangelizadores “porque evangelizar no es gloria para mí, sino necesidad…”

·         Y para nosotros –evangelizadores- ¿es también necesidad evangelizar?

 Evangelizar.- ¡Ahí está la gran tarea! Hay que evangelizar.

Hace unos días volví a recibir un correo -de esos que corren, reiteradamente, por Internet- cuya certeza es muy cuestionable, en él que se decía que, en un lugar concreto de España, se va a aprobar una ley de actividades religiosas. Quizá muchos de vosotros también lo habréis recibido, pero para los que no lo hayan visto copiaré uno de sus párrafos: “para reunirse en un lugar religioso se necesitará licencia; una licencia que la dará o la quitará el ayuntamiento. Naturalmente el ayuntamiento podrá quitarla en el momento que lo considere oportuno; y si se aprueba la ley, cualquier alcalde podrá cerrar una parroquia porque no tiene licencia para realizar actividades religiosas, o porque a él no le parezca bien el que la tenga”  Sigue mucho más, pero lo dejaré aquí.

¡Me quedé perpleja! No por la veracidad del hecho, que la desconozco, sino porque alguien intenta sembrar desconcierto y destrucción, de la peor manera que puede hacerse, dejando en los corazones un poso de resentimiento, para que mientras la discordia se adueñe de la situación, el evangelio quede relegado, olvidado y enterrado.

Parece increíble que, en un mundo tan culto todavía no nos hayamos dado cuenta de que, la Palabra de Dios, jamás podrá ser callada ni anulada por nadie. Lo dice el mismo evangelio: “Mis Palabras no pasarán” (Mat. 24,35) Y me parecía increíble que, en este momento de la historia, sea precisamente ese mundo tan ilustrado, el que más necesite de evangelización.

De ahí que os invite a pararnos ante estas palabras que Pablo nos regalada y que quizá necesitemos interiorizar:

“Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío es que me han encargado este oficio. Entonces ¿Cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación de esta buena noticia. Porque siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a todos.

Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos.

Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (Corintios 9, 16 – 19. 22 – 23)  

No se puede plasmar de una manera nítida, la importancia que ha tenido para Pablo su encuentro con Jesucristo.

La fascinación que le dejó ese encuentro, lo lleva a pregonar las maravillas que puede proporcionar el caminar en busca del Rostro de Dios.

Pero no olvidemos que Pablo era una persona preparada; había estado formándose para ello un tiempo considerable; por eso, de lo profundo de su corazón salen esas enseñanzas que plasma con la mayor sencillez y sinceridad. Sin embargo, lo que quiere dejar claro es que ya no se busca a sí mismo, si no a Cristo con quien se había encontrado. Y lo dice así “el hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia” ¡Cómo va a haber soberbia en anunciar lo que ocupa el corazón!

De ahí que sus palabras nos estén diciendo hoy a nosotros, que:

  • El enuncio del evangelio ha de hacerse desde una gratuidad total.
  • El anuncio del evangelio, ha de ser para llevar a los demás la Buena Noticia de Jesús, no la nuestra. Buscando la mayor gloria de Dios, no queriendo la gloria de nosotros mismos.
  • Y que es importante tener en cuenta que, unas veces será fácil y otras complicado, pero en ambos casos nuestra única pretensión ha de ser, llevar el mensaje de salvación, a cualquier rincón de la tierra.

 

Sin embargo, no es menos elocuente y cuestiona profundamente el que pueda decir el apóstol a una sociedad montada en el consumo: Mi paga es anunciar el Evangelio de balde, sin beneficio alguno, ni personal ni económico, valiéndonos sólo de la gracia del Señor. Porque esto hace personas libres.

¡Qué claridad la de Pablo! Si no cobramos al hacerlo, nada puede cuestionarnos; pues cuando no hay en ello ningún condicionamiento, es el mismo corazón el que trasmite, encontrando a los hermanos en tu mismo plano, iguales a ti. Es el momento en que puedes ser:

  • Esclavo, con los que viven en esclavitud.
  • Débil con los que, se han instalado en sus debilidades.
  • Pobre, con los que se han sumido en su pobreza.
  • Alegre, con los que viven la alegría.
  • Bondadoso con los que necesitan compasión…

Y esto ¿para qué? Para ganar a todos –nos lo dice Pablo- Porque si, para cada uno de nosotros, participar en el evangelio es lo mejor que nos puede pasar, no podemos escatimar esfuerzos, para que el resto de las personas puedan participar, también de todos estos bienes.

Ante nosotros acaba de aparecer una realidad que no podemos leer de pasada. Orémoslo largamente. Solamente en la oración encontraremos esa respuesta que el Señor nos dará a cada uno personalmente.

Y para entrar en ella, os dejo esta oración del Cardenal Martini, tan específica, para cualquier momento de oración.

 “Te damos gracias, Señor, por este tiempo que nos concedes para escuchar tu Palabra.

Te pedimos que hagas en nosotros oyentes atentos, porque en tu Palabra está el secreto de nuestra vida, de nuestra identidad, de nuestra verdadera realidad a la que somos llamados.

Aleja de nosotros, Señor, todo prejuicio, toda prevención, todo preconcepto que nos impediría acoger libremente la Palabra de tu Evangelio.

María, Madre de Jesús que meditabas en tu corazón las palabras y los hechos de tu Hijo, haz que te imitemos con sencillez, con tranquilidad y con paz.

Quita de nosotros todo esfuerzo, ansia o nerviosismo y haznos atentos oyentes para que nazca en nosotros el fruto del Evangelio”

 

 

 

 

El evangelizador ha de saber convertirse

El evangelizador ha de saber convertirse

No es casual que, la semana de Oración por la Unidad, termine invitándonos a la conversión. Pues para ser personas de unidad necesitamos convertir nuestros pensamientos, sentimientos, afectos, deseos, actitudes, frustraciones, desilusiones… y también nuestros logros y triunfos, para no creernos poseedores de la verdad, ni mejores que los otros.

De ahí que, esta emblemática semana, termine con la conversión de San Pablo que, creyéndose un auténtico cumplidor, es encontrado por Cristo en su camino equivocado. ¡Qué gran lección para todo evangelizador, que –como él- quiera ser de verdad cristiano y apóstol!

Pablo, no busca a Jesús, es Jesús quien sale a su encuentro. Y, ese encuentro con Jesús, le deja tan fascinado que se compromete a llevar la Buena Noticia a todos los pueblos y a entregarse por la unidad y la concordia de los cristianos. De ahí la importancia de que nos ayude a nosotros en la búsqueda humilde y sincera de llevar a todos el mensaje de Jesús sin hacer acepción de personas.

Todo evangelizador, ha de tener muy claro que, lo que distingue a los seguidores de Jesús es el haber tenido una experiencia fuerte, de encuentro personal con Él. De haber vivido a su lado, de haber escuchado su Palabra, de haber dialogado con Él y de haber compartido su mesa. Pero Pablo nos demuestra que, para que esto sea realidad, no se necesita haber vivido físicamente con Jesús, -como algunas veces pensamos-, Pablo tampoco vivió a su lado, como los apóstoles, pero tuvo la experiencia del encuentro y desde ese momento comenzó a vivir esa realidad apasionante.

Sin embargo, hemos de tener muy presente que, para hacerlo posible, Pablo tuvo que Convertirse.

CONVERSIÓN DE PABLO

A medida que Pablo va conociendo a Jesús, su mundo se descoloca.

El Dios que conocía Saulo era un Dios juez, temible, al acecho de nuestras equivocaciones y errores.

Y Jesús le muestra un Dios Padre siempre dispuesto a la misericordia y el perdón.

El Dios que Saulo había estudiado, era –el Dios motor del mundo- que vivía sentado en su trono, mientras nosotros convivíamos con los problemas de la tierra y Jesús se lo muestra como Alguien próximo y cercano, compañero de todos los caminos e implicado en todas nuestra vicisitudes –por pequeñas que sean-

Jesús revoluciona la idea que, Pablo tiene sobre Dios; él nunca podría haber intuido lo que Jesús le presenta.

Jesús empieza a llenar y a satisfacer los deseos que Pablo tiene de Dios y él comienza a darse cuenta de que, todo aquello que había aprendido en la escuela de Gamaliel, no saciaba su corazón; es ahora cuando su corazón late de forma diferente y, cuando empieza a vislumbrar el auténtico Rostro de Dios.

Pablo lo entiende a la perfección y se compromete en cuerpo y alma. Ya no parará hasta que haya mostrado el Reino de Dios a cuantos se crucen en su camino.

Este debe de ser el camino de todo evangelizador. Volver al primer encuentro con el Señor, a ese encuentro donde vislumbramos la luz, donde reconocimos el auténtico Rostro de Cristo y notamos que nuestro corazón latía a ritmo diferente. A ese encuentro donde fuimos capaces de comprometernos con Él, para llevar la Buena Noticia del Evangelio por todos los lugares donde nos movamos.

Por tanto ¡Convertiros! Esta es la palabra clave.  Sin embargo todos sabemos que nos cuesta demasiado: agradecer, cambiar, crecer, pensar antes de actuar, ser honestos con nosotros mismos, discernir…

Es necesario, por tanto, que nos hagamos criaturas nuevas –como dice S. Pablo- y eso solamente es posible en Cristo y desde Cristo.

De ahí que la conversión no sea cuestión de esfuerzo, ni de hacer meritos para tener contento al Padre; sino de procurar vencer las resistencias que nos impiden dejarnos abrazar y besar por Él. Pues la conversión, no se realiza cuando cambiamos de aspecto, sino cuando somos capaces de cambiar de corazón.

Es por tanto importante, darnos cuenta de que hoy se nos presenta una nueva oportunidad: La oportunidad de cambiar nuestra existencia.

Lo que pasa es que, a veces, comenzar a vivir de una manera nueva, después de haber vivido tantos años aferrados “a lo de siempre”, da un poco de vértigo; nos resulta más fácil seguir agarrados a lo viejo; limpiar nuestra cárcel, pintar los barrotes, pero permanecer en ella; pues nos asustan, demasiado, las promesas del Padre y nos agarramos a las reivindicaciones que nos puedan librar de ellas.

Pero no lo olvidemos. Convertirse,  es  comprometerse con el Señor a seguir mostrando su Reino a los hermanos. Y para ello hemos de morir –un poco cada día- a nosotros mismos para ir resucitando para los demás.

Y yo creo, que con esta actitud de conversión, solamente nos queda acercarnos al salmista, para decirle al Señor:

Me  sedujiste, Señor, y me dejé seducir.

Venciste las resistencias  de  mi  corazón,

como  la  luz  vence  la  oscuridad  de la noche.

Me sedujiste, Señor

y quiero que mi vida, sea en todo momento,

 un proceso de conversión.

 

El evangelizador ha de amar la unidad

El evangelizador ha de amar la unidad

Estamos en la semana de la Unidad y a cualquier evangelizador que se precie de serlo, esto ha de cuestionarle; pues, el evangelizador, ha de ser una persona que ame la unidad.

De ahí que esta semana os invite a orar, a orar por la Unidad de los Cristianos, uniéndonos a todos los que –durante esta semana- orarán por el mismo fin. Y orar en nombre de Jesús, porque:

  • La oración fortalece la unidad.
  • La oración, siempre, es escuchada.
  • La oración siempre tiene respuesta.
  • La oración nace del amor y el amor “viene de Dios”

Pues el don más preciado del, ser humano, es: su capacidad de amar y su capacidad de orar.

  • Y para mí, que me precio de ser evangelizador ¿es la oración el don más preciado o siempre voy poniendo escusas para no orar?

 

Para insertarnos en esta oración, me ha parecido conveniente, elegir estos dos símbolos: el del camino y el del agua –imprescindibles para todo evangelizador- como imágenes de la unidad visible de la Iglesia por la que oramos.

Una Iglesia en camino, una iglesia peregrina, una iglesia en salida para llegar a todos los que no vienen a ella.

Y una iglesia sedienta que busca pozos donde saciar su sed y que, como la Samaritana va en busca del agua viva –aún a veces sin saberlo-.

Por eso, como evangelizadores que somos, nos apremia el reflexionar durante toda esta semana sobre estos interrogantes:

  • ¿Cuál creo yo que es, el camino hacia la unidad?
  • ¿Cuál creo que es la ruta que debemos tomar –como evangelizadores-, para que el mundo pueda beber -de la fuente de la vida- que es Jesucristo?
  • ¿Cuál creo que es, el camino hacia esa unidad, que respeta debidamente nuestra diversidad?

 

Lo primero que cualquier evangelizador ha de dejar a un lado es el ansia de fama y poder. Y digo esto, porque son dos tentaciones que frecuentemente, se infiltran en la Iglesia de Jesucristo. Se infiltraron en su tiempo, se infiltran ahora y se seguirán infiltrando en el futuro, de ahí la necesidad de estar atentos a ello.

Todos sabemos que los que buscan cualquier forma de poder saben que no pueden depender de los demás, ya que pronto o tarde, los destruirán, por eso necesitan desconectar de cualquier persona que no piense como ellos, que no reaccione como ellos, que no vea las cosas bajo su prisma; y, como es lógico, tienen que apartarse también de Dios, para que no les cuestione.

Pero Jesús, al contrario que ellos, nos llama a ser evangelizadores en unidad, no pretende que vivamos aislados para adquirir y conservar el poder, sino que estemos unidos, para engrandecernos, poniendo en común nuestros dones. Sabiendo que, todos pertenecemos a:

  • Un mismo Señor.
  • Una misma fe.
  • Y un mismo bautismo.

 

De ahí que, esta Semana de Oración por la Unidad, tenga como objetivo ayudar -tanto a los evangelizadores como a las comunidades-, a que nos demos cuenta de la dimensión de diálogo que necesita el proyecto de Jesús que llamamos El Reino de Dios.

Esta semana nos insta, a que interioricemos la importancia  que tiene el que cada persona -conozca y comprenda su pro­pia identidad- para que la identidad del otro no la perciba como una amenaza.

¡Cómo nos facilitaría, a los evangelizadores, esta tarea de utilizar el procedimiento de Jesús en el camino de Emaús!:

  • ¿Qué os pasa?
  • ¿De qué estáis hablando?
  • ¿Cuál es vuestra realidad

 

Si nos sentimos amenazados, seremos incapaces de percibir la complemen­tariedad del otro. Por eso la imagen que surge de las palabras “dame de beber” es una imagen que habla de complementariedad: beber agua del pozo de otra persona es el primer paso para experimentar el modo de ser del otro. Para llegar a un inter­cambio de dones que enriquece. Cuando se rechazan los dones del otro se hace mucho daño a la sociedad y a la Iglesia.

Si nos fijamos en el encuentro de Jesús con la Samaritana, nos daremos cuenta de que ese encuentro les ofrece a los dos una oportunidad inesperada. Jesús no deja de ser judío por haber bebido el agua que le ofrece la mujer samaritana y la samaritana sigue siendo ella misma al abrazar el camino de Jesús. Por eso, necesitamos reconocer que tenemos ne­cesidades recíprocas, y que, precisamente ahí, es donde tiene lugar la complementariedad en nuestras vidas de un modo más enriquecedor. «Dame de beber» supone que tanto Jesús como la samaritana piden lo que necesitan del otro. “Dame de beber” nos empuja a reconocer que las personas, las comunidades, las culturas, las religiones y los distintos grupos étnicos nos necesitamos unos a otros. Pero yo:

  • ¿Soy capaz de pedir de “beber” a otros como lo hizo Jesús?
  • Y… ¿en qué ocasiones considero que soy capaz de dar de beber a los demás?

 

Este “Dame de beber” implica una acción que reconoce la necesidad que tenemos los unos de los otros para vivir la misión de la Iglesia. Nos obliga a cambiar nuestra actitud, a comprometernos en buscar la unidad en medio de nuestra diversidad: a través de una apertura, a una variedad de formas de orar y de espiritualidad cristiana.

No dejemos, durante esta semana de la Unidad, de trabajar esta realidad que nos propuso el mismo Jesús, la noche en que le dijo al Padre:

Padre que sean uno como Tú y yo lo somos”

 

Oremos por la unidad. No dejemos nunca de hacerlo. Es sorprendente, que Dios nos haya dado una capacidad tan grande de orar. Dios hace posible que podemos orar, en medio del dolor y la alegría, en medio del triunfo y del fracaso, en medio de la adversidad y el éxito; de orar en la prueba, en la oscuridad, la humillación, la duda… orar con la seguridad de que el Padre, siempre escucha lo que le decimos desde lo profundo del corazón.

Por eso, digámosle a Jesús: Ruega al Padre por nosotros. Ruega por todos los que hemos decidido seguirte, por los que nos hemos comprometido a evangelizar, por los que están y por los que ya han pasado; por los presentes y por los que vendrán. Porque, solamente Tú, sabes poner a todos tus hermanos, como una piña, en manos del Padre.

Y hoy, como no puede ser de otra manera, terminaremos orando.

Señor:

Sé que  estás ahí, en medio de los que rezamos, en tu nombre.

Que estás, aunque me cueste entender, las razones que lo han permitido.

Ahí estás, con el corazón abierto para acoger al que te busca.

Estás… para dar vida, a lo que a nosotros nos parece oscuro y mortecino.

Bien sé, que el Padre ha puesto, en tus manos, el poder.

Bien sé que Tú has levantado del polvo a los humildes e indigentes.

Bien sé, que has hecho que los pobres, oprimidos y marginados tuvieran pan y dignidad.

Bien sé, que no nos dejarás solos en esta apasionante tarea de la evangelización.

 

 

Jesús el primer evangelizador

Jesús el primer evangelizador

Jesús, ya está entre nosotros. Él no sólo ha venido a anunciar la Buena Noticia. Él es la buena Noticia. Es… el gran evangelizador. Y lo es, porque en Él la noticia de la salvación es evidente, lo avala con su vida y eso siempre es creíble.

Pero hay algo muy santificativo. En ese mensaje de salvación que Jesús quiere hacer presente a todos los seres humanos, están incluidos los últimos, los pobres, los desfavorecidos… esos que a veces nos estorban y procuramos alejarnos de ellos. Y los hace presentes, porque quiere dejar muy claro que, el amor de Dios se manifiesta cuando alcanza a todos, de ahí la importancia de observar dónde se sitúa el que anuncia.

Hace dos semanas, dejábamos claro que Juan el Bautista era el micrófono del que había de venir. Pero ese ha venido y Él es ahora el micrófono de Dios: “…quien me ve a mi ve al Padre…” 

Que Jesús es el primer evangelizador Lo dijo Pablo VI en su encíclica “Evangelii Nuntiandi”. Encíclica del 8 de diciembre de 1975 que se presenta con este epígrafe: Al episcopado, al clero y a los fieles de toda la iglesia acerca de la evangelización del mundo contemporáneo. ¡Sugestivo enunciado!

Por eso, para saber evangelizar hay que mirar a Jesús. Hay que escuchar a Jesús, hay que empaparnos de su vida… pues, solamente así podremos acercarnos lo más posible a lo que Él vivió.

Acabamos de celebrar la Navidad y hemos visto de manera palpable la humanidad de Cristo. Pero esto no terminaba ahí, la liturgia nos lo mostraba el domingo pasado en el Jordán para ser bautizado por Juan a la vez que comenzaba a proponer la llamada a sus seguidores. Un hecho que nos hace darnos cuenta de que, hemos de volver a Galilea para encontrarnos con Él. Porque Dios, ha querido manifestarnos quién es, a través de su amado hijo Jesús.

Los evangelios sinópticos nos lo presentan como el evangelizador que nos va marcando cuál es la voluntad de Dios para con nosotros. Marcos en 1,39 lo muestra así: “y fue predicando por aquellas sinagogas, por toda Galilea, y expulsando los demonios”… (Mc.1, 39)

También Mateo nos dice:

“Jesús recorría Galilea entera, enseñando en aquellas Sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad del pueblo”… (Mateo 4, 23)

… “Recorría Jesús todos los pueblos y aldeas, enseñando en las Sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad”… (Mateo 9,35) 

Quedando claro que, el anuncio del Reino de Dios, se hace presente como salvación y la salvación se hace presente cuando nosotros vivimos como vivió Jesús: 

Pero hay algo que no podemos perder de vista. La evangelización es fruto del Espíritu.

Nos lo ha dicho Juan Bautista, mientras bautizaba en el Jordán: “Yo bautizo con agua pero el que viene detrás de mí bautizará con Espíritu Santo y fuego” Por eso, todo evangelizador que se precie, no puede negarse a estar abierto a la fuerza de ese Espíritu. Pues en ese Espíritu está, el mismo Jesús.

De ahí, que cuando la persona es capaz de abrirse a la fuerza del Espíritu Santo, para él  Evangelizar es una urgencia. El mismo S. Pablo nos lo dice de esta manera: El Amor de Dios nos urge. (2 Corintios 5, 14)

Porque evangelizar, no es un anuncio meramente verbal. La evangelización va acompañada de gestos liberadores; esta es la noticia central, este es el contenido del evangelio: El reinado de Dios y su acción liberadora en la historia, creando en ella comunión y fraternidad.

Pero, para evangelizar de esta manera se precisa –que todo evangelizador- haya hecho una experiencia profunda de encuentro con  Jesucristo.

Estamos en los primeros días del año en los que la Palabra nos muestra el encuentro de Jesús con los primeros discípulos y en esos encuentros descubrimos, que el camino de la amistad es una manera admirable para propagar la Buena Noticia.

Hemos visto que en Jesús no hay campañas publicitarias, simplemente existe el entusiasmo que es capaz de trasmitir el contagio, la proximidad y el calor del afecto.

El entusiasmo que despierta la persona de Jesús no se puede sustituir por cosas que no sacian. Nada puede suplantar la efusión de los encuentros con Él y la novedad que se trasmite en ellos.

Es lógico, por tanto, que esta manera de presentarse desestabilice el orden establecido El reino es algo totalmente gratuito, es una llamada urgente a la conversión y exige un cambio en nuestra forma de vivir, hecho realmente opuesto a lo que la sociedad nos invita.

El encuentro con Jesús es “Don” y es “Tarea” Dios no nos deja nunca fuera de su proyecto. Cuenta con nosotros. Actúa a través nuestro y nunca directamente. Él actúa por medio de personas y de cuanto ocurre a nuestro alrededor, sean signos positivos de nuestro tiempo o negativos; pues (los signos negativos son el clamor del sufrimiento que muestra el grito de Dios que nos llama en la historia) Dios se hace nuestro compañero de camino asignándonos una tarea, a la vez que nos apremia a trabajar.

 Por eso, aprovechemos este tiempo en que la liturgia nos muestra la llamada de Jesús, el encuentro con Él, la fascinación de los que le encuentran… examinemos qué implica eso en nuestra vida de evangelizadores y, sobre todo veamos si estamos dispuestos a seguirle con el desprendimiento que lo hicieron los que oyeron de sus labios “Ven y Sígueme”

Ahora os invitaría a que comenzásemos el año preguntándonos:

  • ¿Siento yo la urgencia de evangelizar?
    • Si mi respuesta es afirmativa, ¿por qué si?
    • Si es negativa ¿por qué no?
  • ¿Cuales creo que son las razones, de la escasa acción evangelizadora de los cristianos, en la Iglesia de Jesucristo?
Evangelizar la Navidad

Evangelizar la Navidad

Vivimos en un momento de la historia en la que la Navidad se ha quedado en un simple recuerdo, en un mero símbolo…
El otro día oí a una persona decir que “la navidad es un festival de márquetin para que los comercios vendan juguetes y toda clase de artículos negociables” Y mirándolo fríamente, pues parece que es verdad. La gente se dedica a comprar, a regalar, a celebrar cenas y comidas de empresa, de amigos, de clubes sociales… Y lo que es más triste, para muchos son unos días nefastos en los que no querrían entrar; se llenan de deudas para seguir el ritmo que les marca la sociedad y terminan las “navidades” con un regusto a frustración, a infelicidad, a sufrimiento…
Sin embargo cuando se habla con ellos aflora algo que llevan guardado muy dentro, quizá en el subconsciente, pero todos evocan las navidades pasadas, las que vivieron en su familia, las que de verdad llegan al fondo.
Intentan quitar los belenes y en sus casas han desaparecido, pero añoran el belén de casa de sus padres. Han suprimido los villancicos –les parecían una tontería- pero añoran el oírlos por la calle, o al ir a comprar, o en el transporte público…
Por eso yo creo, que este es un momento oportuno de evangelizar la Navidad. Para decir a la gente, que la Navidad es un regalo de amor; pues todavía queda mucho dentro, todavía la verdadera Navidad habita en los corazones de las personas y es preciso que alguien les devuelva lo que van buscando por un camino equivocado.

EL RIESGO DE HACERSE HUMANO

La Navidad es el Dios-con-nosotros. Dios –todo un Dios- tomando la naturaleza humana, naciendo como un bebé cualquiera, para salvarnos. El Hijo de Dios naciendo de una mujer del pueblo para ser semejante a sus hermanos. ¿Cómo va a gustar esto a la sociedad? ¿Cómo va a gustar a la gente que Dios, al hacerse hombre, rompa nuestros pobres esquemas prefabricados?
En la sociedad de hoy, un nacimiento es algo banal comparado con los grandes proyectos, acontecimientos y logros de las amplias empresas. No es capaz de caer en la cuenta, de que hay más gente atrapada y aplastada por ellos de la que podíamos imaginar y que, quizá gente muy allegada a nosotros, sean los primeros damnificados. Vemos, con pena, que no piensan en otra cosa que no sea ampliar beneficios, incrementar el capital y sobresalir por encima de las demás, sin ser conscientes de que se están perdiendo lo más esencial, lo más notable, lo más importante… Pues se niegan a recibir la liberación y la salvación, que tanto necesitan y que, solamente pueden encontrar en ese “Recién Nacido”, pequeño y pobre en el que, lo quieran o no, reside el mismo Dios.

Sin embargo admira ver que unos pastores, gente irrelevante y sin techo, son los primeros adoradores, los primeros cristianos, los fundadores de lo nuevo que acaba de nacer. A ellos no les importa que los Ángeles hablen de recién nacido, de pañales, de pesebre… ellos cogen lo que tienen y acuden raudos para ver el acontecimiento. Ellos no han visto nada más sobresaliente en su vida; mejor dicho ellos, no han visto nada importante en toda su existencia; solamente el sol de día y las estrellas de noche pues, por no tener, no tienen ni lo imprescindible; ellos no saben lo que son las “cenas y comidas de empresa, ni los acontecimientos especiales”
Por eso encuentran a Dios, Al mismo Dios. Un Dios que ha roto todos los esquemas, todo lo previsible “Es la sabiduría que Dios oculta a los sabios y entendidos”, es la sabiduría del corazón que, en el mayor silencio sabe cantar “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama…” Es la humildad que sabe entregar su pobreza para empezar a saborear a Dios.
Por eso, si nosotros queremos acercarnos a Dios también hemos de correr todos los riesgos, pues Él los corrió para hacerse hombre. Pero claro eso parece pedir demasiado. Sin embargo ahí tenemos a María, ella ha dicho SÍ a Dios y ya nada le asusta, sabe de quien se ha fiado y eso le basta. Ahí tenemos a los profetas, ellos dejaron: casa, tierra, comodidad… Ahí tenemos a Francisco de Asís –mucho más cercano a nosotros, él también corre todos los riesgos para acercarse a Dios. A la Madre Teresa de Calcuta… y tantos y tantos como conocemos, que se dan a Dios incondicionalmente.

Pero claro, lo nuestro es distinto. Estamos instalados en un mundo difícil ¡Qué miedo nos da, hoy día, ser hombre o ser mujer! ¡Qué riesgos se corren al serlo! No hemos entendido que Dios, siendo Dios, decide hacerse hombre y correr todos los riesgos, para salvarnos a nosotros de ellos ¡Realmente la grandeza de Dios sobrepasa nuestra mente humana, por eso tratamos de ignorarlos, pues si los reconociéramos nos exigirían demasiada gratitud!
Hemos olvidado que ante la cueva de Belén sólo queda callar y admirar; pero el silencio nos asusta. La gente huye del silencio, no se atreve a darle cobijo en su corazón, porque el silencio pone al descubierto nuestros conflictos internos: los personales, los familiares, los que nos gustaría olvidar y los que ya teníamos aparcados. El silencio nos hace encontrarnos con nuestros sufrimientos, nuestras carencias, nuestras soledades… pero el silencio, cuando es fecundo nos lleva a sanar tanto desorden y nos trae la calma, la paz y el sosiego que tanto ansiamos.

Por eso Dios vuelve de nuevo a traernos la Salvación. Ahí tenemos a Dios nuestro Redentor, que descansa en un, humilde y pobre, pesebre para llenarnos de dones, para mostrarnos las cosas bellas que habitan en nuestro interior y que, todavía, no hemos sido capaces de reconocer.
No nos guardemos tanto bien. Gritémoslo al mundo. Que se enteren todas las personas del universo. No nos dé miedo. El mundo necesita saber estas cosas, le hará bien al ser humano ponerse al corriente de que alguien lo ama desde la mayor gratuidad y lo ama como es, sin poner condiciones. Le hará bien saber que el amor de Dios sobrepasa toda nuestra mente humana, porque el amor de Dios es infinito.

Este año, vamos a dedicar un tiempo largo a hacer oración, en los días de Navidad. Acerquémonos al Portal, contemplemos al Niño en brazos de su Madre; démonos cuenta del amor que refleja José en su semblante, miremos como cuida al Niño y a su Madre; observemos su silencio, su delicadeza, su humildad para ocupar el último lugar. Y después tengamos una plegaría especial por todas esas personas que han despreciado la gracia que, un año más, se les ofrecía; por todas esas que no quieren saber nada fuera del consumo y el despilfarro.
Es verdad que podemos pensar lo mismo que decía Kabi: ¿Qué se le puede decir a la gente que no ve lo que está mirando?
Pero no importa, a esa gente vamos a tenerla muy presente en nuestra oración y como, a veces no podemos decirles nada, este año rezaremos de una manera especial por ellos y les diremos, por si alguno nos puede oír o leer: Tened la seguridad de que la técnica puede fallar, los interlocutores pueden fallar, los que se decían amigos pueden fallar… Pero, el único que nunca fallará a nadie, ese es: DIOS.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

 

El Mensajero que anuncia

El Mensajero que anuncia

Si quieres ser voz para el mundo, tendrás que hablar a cada persona desde lo concreto de su situación particular, desde la verdad de su ser.
Más, para transmitir el mensaje de esta manera, antes tendrás que haberlo acogido, en lo profundo de tu corazón.

En la segunda semana de Adviento, aparece en la liturgia un personaje muy singular. Su nombre: Juan Bautista. Él mismo nos alerta de que ha recibido una misión de parte de Dios. Dice ser el precursor. Intuimos que ante sí tiene una tarea ardua y difícil. Nos damos cuenta de que es “la voz de la Voz” y eso conlleva una situación poco confortable le esperan la: soledad y la persecución.
Su fortaleza, contrasta con su sosiego y su paz capaces de contagiar a todos. Se adivina en él una confianza inquebrantable. Por su semblante, su rara manera de vestir y sus palabras, demuestra que es un hombre que vive a la escucha. Y vive a la escucha porque ha sido designado para hablar.
Estamos ante, el precursor, ante el instrumento de la Palabra, ante el puente de la comunicación con Dios.
Su encargo no se hace esperar “Preparad el camino al Señor”. Sois, como yo: mensajeros de Dios; los encargados de gritar a todos que se acerca la salvación. Pero no olvidéis los dos requisitos, necesarios para hacerlo realidad:
• Vivir a la escucha.
• Trasmitir con nitidez.

Su coherencia impresiona, Juan, sabe que no es Jesús, sabe que su predicación tiene otros acentos y otras llamadas. Juan, sabe bien, cuál es su lugar, su misión, su papel… en relación a la Buena Noticia de Jesús. Para Juan, Jesús es: “El que puede más que él” y “al que no es digno de desatarle las sandalias” Él no esconde que no es el evangelizador esperado, él anuncia al gran evangelizador, sin embargo parece que sus recomendaciones son importantes para los que pretendemos evangelizar. Es más, yo creo que aún sin saberlo, es nuestro modelo de evangelizador, pues clama en el desierto de quienes no prestan oídos a la Salvación que ya llega; tal y como nos pasa ahora a nosotros. Y me parece, sumamente importante, copiar de su perseverancia, pues aún en medio de tantas dificultades, él no desespera; él necesita llamar a todos los que tienen el corazón abierto y necesitado de salvación.
Él nos dice sin rodeos –lo que he venido plasmando en artículos anteriores- : No podéis pretender ser “voz de Dios” si antes no lo habéis escuchado en el silencio. Y no podéis dar un mensaje veraz, si el mensaje difiere de la Buena Noticia del Evangelio.
Vosotros tenéis que sacar de su dolor, a los que viven en el desánimo y tenéis que devolver las ganas de vivir y de compartir a los que se han replegado sobre sí mismos.
Tendréis que demostrarles: la grandeza de la fe, el poder de la esperanza y la fuerza del amor.
Tendréis que ser los mensajeros que lleven a todos la alegría de saber que ante ellos se abre una nueva oportunidad.

EL TESTIMONIO MARCA
Por eso, en este tiempo de Adviento, querría invitaros a ir por este camino, por el camino del silencio interior que habla de otra clase de necesidades y otra clase de respuestas. Un silencio que marca, que predica con la vida y llega con fidelidad a los destinatarios; pues, el mundo de hoy, está ávido de testimonios de vida y no de palabrería inútil, que no satisface el deseo de los que buscan.

Es significativo que aquel hombre, al que la gente veía extraño y, de quién Jesús diría más tarde “que era el más grande nacido de mujer”, se declare no sólo el precursor, sino el esclavo del Salvador; pues, al decir “que no era digno de desecharle la correa de sus zapatos” estaba diciendo que, -en aquel tiempo- solamente los esclavos se rebajaban a quitar las sandalias de los pies de sus amos para lavárselos y él ni siquiera era digno de ello. Un signo que debió gustar a Jesús ya que, Él mismo, lo usaría más tarde con sus discípulos.
Por eso, no deja de causar sorpresa, que a pesar de todo esto, la autoridad de Juan no perdiera ni un ápice de su esencia. Yo creo que todas las personas de Dios tienen una autoridad innata, es la autoridad de dejar transparentar al que representan, que es el mismo Dios.

No pasemos por alto -esta nueva oportunidad- que se nos brinda. No lo demos por sabido. Hagamos productiva esta etapa de nuestra vida.
Aprendamos a escuchar con atención la voz. Esa Voz que supera a todas las voces escuchadas. Incluso a esas que tanto nos habían sugestionado. Porque esta es la Voz del Señor.
Vamos a acercarnos a su Palabra. Vamos a salir de nuestro letargo, de nuestra rutina, de nuestra insensibilidad. Vamos a ponernos de pie nuevamente, para caminar por la vida atentos, a las llamadas que nos llegan desde cada persona que se cruza en nuestro camino; desde cada situación; desde cada acontecimiento.
Porque cuando creamos en la Voz, cuando escuchemos la Voz, cuando sepamos detectar la Voz, no dudaremos en vivir abiertos a la novedad de Dios y decirle desde lo profundo de nuestro corazón.

Señor:
Tú quieres que sea tu mensajero, quieres que sea tu voz para cuantos se cruzan en mi camino. Por eso, ayúdame a ser:
• Voz de consuelo: diciendo al abatido una palabra de alivio.
• Voz de esperanza: capaz de preparar tus caminos.
• Voz liberadora: amortiguando las cargas pesadas de los demás.
• Voz que sana: perdonando las ofensas de los otros.
• Voz que interpela: dando testimonio desde la vivencia del evangelio.
• Voz que alegre: regalando a todos la sonrisa y el buen humor.
• Voz que pacifique: ayudando, desde la serenidad y la calma.
• Voz para los demás: para los sin voz, para los tímidos, para los que se han encerrado en sí mismos.
• Y, sobre todo, voz que sepa romper el silencio de los que no tienen nada que decir.
Porque quiero, Señor, ser voz para los demás, llevándoles el mensaje que me brindas; llevando tu luz a los que andan en tinieblas y dejando como Juan:

..que Tú crezcas y yo disminuya.

 

Para la oración personal

Mi vida está saturada de voces que me mandan mensajes sin cesar:…

• Empezaré por todas las voces que llegan, calladamente, a mi ordenador.

¿Qué clases de mensajes me mandan?
¿Me resultan sugerentes?
¿Estoy “enganchado” a ellos?

• También recibo mensajes en la prensa, en las revistas, en la propaganda.
¿Cómo repercuten en mi manera de vivir?
¿Qué consecuencias me traen?
¿Se adueñan de mi mente?
¿Me quitan la paz?

• Mi mayor fuente de mensajes, a veces, “subliminales” que me “trago” con tranquilidad vienen del: televisor.
¿Cuánto tiempo veo la “tele”?
¿La antepongo a cualquier otra cosa?
¿Qué dejo de hacer por verla?
¿Cómo influye en mi vida?

• Observa como reaccionarías si, un día, llegases a casa y no pudieses acceder a todos esos medios.

• Toma conciencia de cómo interfieren en tu vida, cosas que te parecen tan normales.

• Date cuenta de, todas las veces, que te distorsiona, te angustia, te quita la paz.
¿Qué sientes al comprobar esta realidad?

• Busca soluciones para salir de todo esto. Piensa que, quizá este sea un momento privilegiado, que puede llevarte a que te liberes de ello.

• Busca un buen libro. Observa la repercusión que tiene para ti.

• Lee, cada día, un rato la Palabra de Dios. Déjala interiorizar en tu corazón. Vive con valentía su mensaje.

• Eres voz para los demás.
¿Qué mensaje les brindas?
¿Lleva luz a los que andan en tinieblas?
¿Dejas, como Juan, que Dios crezca y tú disminuyas?

• Aprende esta lección de silencio y recogimiento, que nos ofrece Juan, para poder dar testimonio. Sé valiente y honesto a la hora de hacerlo llegar a los demás.

• Pídele al Señor la gracia de llevar, siempre a todos, mensajes de liberación y consuelo.

 

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