La Oración del siervo

La Oración del siervo

Dentro de tres días comienza la Semana Grande, la semana Santa. Y para todo evangelizador, el Triduo Pascual, tiene que ser algo muy especial en su vida. Sin embargo el ambiente no nos lo pondrá fácil, allá donde nos encontremos la gente estará de vacaciones y no se acordará de lo que estos días suponen para un cristiano. Es más, posiblemente algunos podamos encontrarnos con gente que va en contra de todo ello.
Y ante esta realidad ¿qué hacer?

Primero evangelizar desde el testimonio.

Y después orar.

Orar mucho, incluyendo en nuestra oración a estas personas tan equivocadas, que quizá, además de no acercarse ellas a Dios, no tengan a nadie que rece por ellas.
Por eso el artículo de esta semana lo voy a mandar en clave de oración.

Momento de Oración
Jesús va llegando a la etapa final. Él lo sabe mejor que nadie. En sus entrañas se mezclan dos tipos antagónicos de abandono:
• El de sus seguidores: que lo abandonan, pasando por alto, la realidad que les presenta y sin importarles, lo más mínimo lo que les va diciendo.
• Y su propio abandono –totalmente distinto al anterior-: Su entrega voluntaria y total, en las manos del Padre ¡Qué se haga sólo tu voluntad, Padre!

Jesús se presenta como El siervo. Y en esta auto-presentación carga en sus hombros todos los dolores del mundo mientras su alma se llena de una esperanza capaz de iluminar el sufrimiento.
Jesús quiere llegar al abatido, al triste, al que sufre… Jesús quiere alentarnos, decirnos que Dios está con nosotros, que todo lo que está pasando tiene sentido, que a su lado podremos descubrirlo… Pero:
• ¿Será esta realidad la que marque nuestra Semana Santa o la viviremos como los que “están de vacaciones”?

Padre: Tú conoces mis decisiones y mis ansias.
Conoces los retos, a los que me enfrento cada día
y sabes que siempre quiero conseguirlos por mi cuenta,
sin contar en absoluto contigo.
Pero dentro de mí hay algo que no me deja satisfecho,
hay un vacío que no logro llenar ni aunque me ría a carcajadas
Por eso, hoy, quiero pedirte perdón Señor.
¡Perdóname! Pues sé que necesito tu espíritu
para que me de fuerza y sabiduría
a fin de saber acoger tu voluntad.
Y si lo que quiero que suceda en mi vida,
-no es tu voluntad que sea así-,
lo pondré en tus manos y, solamente, te pediré
la paz necesaria para no preocuparme más por ello.

TOMANDO LA CONDICIÓN DE ESCLAVO
Jesús, conociendo mejor que nadie esa realidad, se hace esclavo queriendo pasar “por uno de tantos”
Jesús podía haber vivido la gloria: Su Gloria; pero prefirió compartir la tragedia humana para salvarnos, aunque eso no nos guste demasiado.
Y, vemos con tristeza que, llegando al momento cumbre, al final… vamos siguiendo de cerca a Jesús -como los discípulos-, pero como ellos, no queremos saber nada de sufrimiento, ni de las expectativas que Jesús nos muestra; evitamos los problemas y huimos de la Cruz.
• Pero ¿todavía no hemos sido capaces de darnos cuenta, de que Jesús puede convertir nuestras muertes en Redención?

Escuchando al Profeta Isaías:

“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento.
El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he revelado ni me he echado atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mi mejilla a los que mesaban mi barba.
No oculté el rostro a insultos ni salivazos. Mi Señor me ayudaba por eso no quedé confundido” (Isaías 50, 4 – 7)

Jesús no ha venido para que busquemos tragedias y las superemos, Jesús ha venido para enseñarnos y ayudarnos a vivir eso que, no nos gusta demasiado, para devolvernos la alegría que habíamos perdido y para enseñarnos a ser felices con nuestra, propia, historia de salvación.
Por eso:
“Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre” (Filipenses 2)
Aquí está la grandeza de Dios, que no consiste en eludir lo adverso sino en sublimarlo, no consiste en esquivar lo negativo sino en volverlo positivo, no consiste en quedarse en la muerte sino en convertirla en Resurrección.
Por eso, “ante el nombre de Jesús: toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo. Y toda lengua proclame ¡Jesucristo es Señor! Para gloria de Dios Padre”
• Y yo ¿soy capaz de doblar la rodilla ante Jesús?
• ¿Soy capaz de arrodillarme ante el hermano que sufre?
• ¿Soy capaz de hacer míos los sufrimientos de los demás?

Señor:
Pero yo confío en Ti,
porque sé que eres mi Dios y te amo.
En tus manos pongo mi pobre destino,
ábreme e indícame la senda por donde caminar.

Alumbra mi rostro con la luz
de tu amor y tu misericordia
y no te olvides de mí.

¡Qué grande es tu bondad, Señor,
¡qué maravillosa tu ternura!
Tú me brindas el perdón
y me siento lleno de gozo,
como un hijo tuyo que regresa
para entrar en la fiesta.

LA GRANDEZA DE DIOS
Jesús se ha negado a ser un “superhombre” lo acabamos de ver con claridad. Él se angustia ante la pasión, siente miedo, suda sangre, el tedio lo abarca… y, solamente podrá salir airoso de tanta angustia tras una prolongada oración.
Cuando uno llega aquí, sólo le cabe: Mirar Jesús en silencio, y hacer desfilar en su presencia: nuestras soledades, nuestras carencias, nuestro dolor.
Hagamos silencio.

Dios, desde siempre, ha puesto sus esperanzas en el ser humano; pero el ser humanos le ha fallado.
Nosotros le hemos fallado a Dios.
Dios tenía proyectos ambiciosos para todos. Nos creó en el amor, en la concordia, la justicia, la libertad, el perdón… y ahí está lo que cada día le devolvemos: injusticia, muerte y lamentos… porque no dudamos en volver a entregarlo si la cosa se pone mal.
Por eso este año, en esta semana Santa, vamos a suplicarle que siga haciendo previsiones para su Iglesia; que siga mandando operarios a su mies; que no se canse de volver a darnos su amor incondicional. Vamos a decirle que nosotros –sus evangelizadores- nos comprometemos a revisar nuestra vida, a cambiar nuestras actitudes y a morir con Él, a todo lo que nos aplasta, para poder resucitar con Él en la Vigilia Pascual.

PADRE TE NECESITO
¡Padre te necesito. Te necesito porque soy débil pero quiero resistir!
• Te necesito; no para que me ayudes a que mi vida sea fácil, sino para que me des facilidad para seguir adelante.
• Te necesito; no para que me ayudes a ganar la batalla, sino para que me des fuerza para buscar la paz.
• Te necesito; no para que me saques de los apuros, sino para que me des valor para afrontarlos.
• Te necesito; no para que la gente me apoye, sino para que me recuerdes que mi apoyo eres Tú.
• Por eso, Señor, no te pido tu mirada complacida en mi triunfo, sino tu mano apretada en mi fracaso.

¿Qué valores deben acompañar a un evangelizador?

¿Qué valores deben acompañar a un evangelizador?

Cuando se ponen frente a frente, el mundo actual y la época en la que, los apóstoles son mandados a evangelizar, parece un sinsentido tratar de aunarlos y sacar de ello recomendaciones provechosas, para trabajar nuestra historia de salvación. Sin embargo cuando alguien se sitúa ante cualquier trabajo realizado por ellos, nota que no pueden serle indiferentes, que hay algo en esa realidad que llega a los resortes más íntimos de su ser.

Como no puede ser de otra manera, hasta inconscientemente, comentamos –una y otra vez- la realidad de la sociedad en que vivimos, dándonos cuenta de cómo está asentada en el dinero, en el éxito… de cómo tira de nosotros ante lo cómodo y lo placentero, de cómo se valora la fama y la notoriedad… sin darnos cuenta de que no dista demasiado –por ejemplo- de la sociedad corintia del siglo primero, donde Pablo llegó a evangelizar. Los ciudadanos de aquel tiempo también tenían la vida montada sobre unos valores, que cualquier cristiano de hoy no podría admitir y que además, estaban influyendo negativamente en aquella comunidad que Pablo acababa de fundar.
Por eso el apóstol no se anda por las ramas; expresa con claridad el mensaje que quiere trasmitir y creo que nosotros deberíamos hacer lo mismo. El lenguaje que Jesús ha querido inculcarnos – nos dice – es muy distinto al nuestro, ha invertido nuestra escala de valores.

Por eso, si nosotros queremos vivir lo que Jesús proclama, hemos de prescindir de cualquier condición que nos esclavice para pasar a esos valores de liberación que nos ofrece:

  • El valor de la esperanza, contra toda esperanza.
  • El valor de la entrega generosa, frente a sacar utilidad de lo que hacemos.
  • El servicio humilde y desinteresado, frente a exigir que nos sirvan y nos reverencien.

Porque, estos sí; estos son los valores que, todo evangelizador debería predicar y, no sólo de palabra sino con su testimonio. Pues estos son los valores que cambiarían nuestra sociedad y nuestro mundo De ahí que no es extraño, que el mismo Pablo al mostrarnos a Jesús –que fue el único que, vivió de verdad este estilo de vida- nos diga: “Jesús abrazó la Cruz escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (1 Co 1, 18)

Nos vamos acercando a la semana Santa, a la semana Grande por excelencia y vamos observando lo poco que se habla de ella, solamente se comentan las “vacaciones de semana Santa” pero nada más. Un momento propicio para evangelizar, para presentar –como Pablo- a cuantos nos rodeen, a ese Dios que muere por amor, que da su vida para salvar la nuestra.
Qué importante sería que, ante esta realidad orásemos, que importante que pusiésemos todo ello en manos del Señor. Que mirásemos a la Cruz sin bajar los ojos al contemplar tanto deterioro.

Para ello, os ofrezco este texto de S. Pablo en Corintios 1, 18 y que tanto cuestiona:

“Hermanos: ¡Dios me es testigo!
La palabra que os dirigimos no fue primero “sí” y luego “no” Cristo, Jesús, el Hijo de Dios, el que os hemos anunciado, no fue primero “sí” y luego “no”; en él todo se ha convertido en un “sí” y por él podemos responder “Amén” a Dios, para gloria suya.

Aquí lo tenemos, el SÍ de Dios, salvando redimiendo, dando vida… ¡Imposible que se presente ante nosotros algo de esta magnitud!
De ahí que, al mirar a Cristo, lo primero que descubramos sean:

  • Nuestras promesas incumplidas.
  • Nuestro dolor adornado de palabras sugerentes.
  • Nuestras decepciones acumuladas en el alma…

¡Tantas veces hemos dicho sí y se ha convertido en un no al llegar el momento de la exigencia!

Por eso, quizá sea este un buen momento para examinar nuestras respuestas y tomar conciencia de nuestros “sies”, convertidos en “noes”
Nosotros, los evangelizadores, hemos decidido llevar a todos el evangelio de Jesucristo, acercar a todos cuantos nos sean posibles a Dios, lo tenemos claro y llenos de:

  • Esperanza dijimos si a nuestras responsabilidades. Pero al pasar el tiempo nos llegó el desencanto, el cansancio, el no ver los frutos deseados, el acumular desengaños… y llega el no buscando una excusa para dejarlo todo.
  • Dijimos si, cuando se nos propuso trabajar por el Reino, porque sabíamos que eso era lo nuestro; pero llegó el conformismo, la rutina, la falta de estímulo… y se convirtió en un no, dada nuestra falta de creatividad y nuestra vejez de espíritu.
  • Respondimos si cuando se nos propuso evangelizar y anunciar la Buena Noticia, pero pronto entramos en el triunfalismo de apoyarnos en la fuerza y el poder, en el privilegio, en la seguridad económica, en la búsqueda de influencias…y todo se convirtió en un no.
  • Ello nos llevó a la ausencia de Dios, a la debilidad en nuestra fe, a pensar que Dios no nos oye, a no saber dar testimonio y a vivir nuestra vida como si Dios no existiera.

Por eso os pediría que no desaprovechemos este momento tan especial en el que vamos a revivir la muerte y resurrección de Cristo, para tomar conciencia de estas pautas y trabajar sobre ellas, a fin de que nuestra vida se convierta en su SÍ auténtico que, responda a Dios con un sincero testimonio de vida, abriendo nuestros corazones para que, el Señor, ponga en ellos su amor, su entrega y su verdad.

Aquí os dejo estas sencillas preguntas por si pueden ayudarnos:
• ¿Qué valores han cambiado en mi vida desde que opte por seguir a Cristo?
• ¿Cómo manifiesto en mi modo de actuar que la verdadera fuerza y sabiduría la encuentro en el Crucificado y no en los valores que me brinda el mundo?
• ¿Cuál quiero que sea hoy, mi respuesta a lo que el Señor me pide?

La valentía: característica de un evangelizador

La valentía: característica de un evangelizador

“Entonces dijo el Señor: Está bien, haré que salga de entre ellos un profeta como vosotros, uno que sea compatriota vuestro y repita lo que yo le mande”    (Deuteronomio 18, 17 -19)

LA VALENTÍA

Si nos acercamos al diccionario de la legua para ver el significado de valentía, encontramos los siguientes sinónimos:

Valentía.-  Esfuerzo, aliento, vigor.

Por tanto, decimos que es valiente la persona capaz de realizar empresas complicadas.

Pero cuando la valentía la vemos -además de con ojos humanos-, bajo el prisma de Dios, consideramos valiente al que es capaz de:

  • Dar sin calcular riesgos.
  • Optar, en serio por una determinada manera de vivir.
  • Realizar su vocación, con todas las consecuencias.
  • Hacer lo que se debe hacer, a pesar del riesgo y el peligro que comporte.
  • Y, de esta manera, ser signo, sacramento de bendición para cuantos le rodeen.

 

 EL RIESGO DE SER VALIENTE

A cualquiera le gusta que lo consideren valiente. Vivimos en un momento en que, todo lo que conlleva riesgo, es altamente valorado por la sociedad. Pero tenemos que ser sinceros y decir que, lo que hoy se presenta ante nuestros ojos atónitos es, que ser valiente es sinónimo de ser duro; de saltar por encima de los demás; de conseguir lo deseado; de devolver, al menos con la misma moneda y si puede ser con una crueldad mayor, pues mucho mejor.

En este contexto aparece, de nuevo insertado el evangelizador, metido en medio de este mundo que se ha dedicado ha degradar todo lo auténtico, haciéndonos ver que, la valentía sólo podríamos conseguirla, introduciéndonos en ese “progreso” que ha sido capaz de mancillar cualquier virtud, cambiándola por lo más burdo y grotesco, porque así viviríamos realmente felices.

Me causa risa, por no decir enojo, que esa gente que tanto alardea de progreso, repudiando todo lo que suene a religioso, siga instalada en el Antiguo Testamento: “ojo por ojo y diente por diente…”

Me gustaría decirles, que pagar con la misma moneda no tiene ningún merito. Cuando alguien nos hace daño, lo que nos pide el cuerpo es devolver el daño multiplicado, por lo que no parece necesaria la valentía para llevar a cabo el objetivo; sin embargo para lo que de verdad se necesita valentía es, para no devolver el daño, para no pagar con la misma moneda, incluso para ser capaces de devolver bien por mal.

Y aquí aparece el evangelizador. Defendiendo esos valores que quieren anular. Denunciando los antivalores que intentan imponer, especificando todo lo que dignifica a la persona, y demostrando, por medio de su testimonio, que todo esto es posible.

 

LA VERDADERA VALENTÍA

El evangelizador sabe muy bien que, en el ambiente que le rodea, no puede presumir de valentía. En su entorno no se considera valiente a:

  • Esa mujer que es capaz de cuidar a sus padres renunciando a cualquier comodidad.
  • Esa madre que se priva de cualquier cosa por mantener unida a la familia.
  • Ese padre que trabaja sin descanso para que en su casa no falte lo necesario.
  • Ese matrimonio que lucha por su relación en cada momento.
  • Esos sacerdotes, que sacrifican su vida para regalarla a raudales, en un pueblo sin ninguna comodidad.
  • Ni a ese religioso que siempre está disponible para salir de prisa cuando alguien precisa sus servicios.
  • Ni al misionero que deja todo a cambio, tan solo, de servir a los pobres…

 

Sin embargo esto no es nada nuevo, no tenemos nada más que dar un vistazo por la Biblia, para comprobar que los grandes profetas, se escondieron, huyeron, se camuflaron para no ser vistos por el Señor, porque les daba miedo realizar la misión que se les encomendaba. Pero Dios en su infinita misericordia, en su infinita bondad de Padre, siguió llamándolos, preparándolos y confortándolos, pacientemente y sin presiones, hasta que fueron capaces de responder a su llamada.

 

EL EVANGELIZADOR, UNA PERSONA ELEGIDA

El evangelizador, es por tanto, una persona elegida por Dios para que trasmita su Palabra y comparta su pan a fin de saciar el hambre de cuantos lleguen a él. Y todo, desde la gratuidad; sin esperar nada a cambio de su trabajo, ni elegir los destinatarios a los que ha de llevar el mensaje.

Por eso, el evangelizador necesita a la comunidad, para que le arrope, le acompañe, le proteja… No puede ser una persona aislada y encerrada en sí misma, su enseñanza tiene que ir dirigida por la comunidad en su conjunto, ya que se trata de una comunicación que no puede quedarse solamente para los más cercanos, su efecto ha de traspasar fronteras hasta llegar lo más lejos posible. Teniendo muy en cuenta que:

El evangelizador no está para ejercer de “dios”,

sino para “dar a Dios” a los demás.

 

El evangelizador ha de dar culto a Dios

El evangelizador ha de dar culto a Dios

Hay evangelios que nos parecen un poco desconcertantes. No nos resulta agradable sentirnos interrogados y en lugar de afrontarlos, tratamos de usar nuestros recursos, para escapar de ellos.

Pero creo que es necesario que, el evangelizador eluda, lo más posible, “todo lo que suene a ley” para centrarse en lo auténtico de Dios.

Porque cuando una persona escucha a Dios y le responde con generosidad, es capaz de dejar todos esos condicionamientos que le deslumbran para centrarse en el auténtico amor; pues solamente así comenzará a notar cómo comienza a llegar la luz a cuanto trata de evangelizar.

La tiniebla de angustia, el miedo, la ansiedad… que guardaba en su interior comienzan a aclararse,  percibiendo que lo positivo no está por encima de la persona, sino dentro de ella.

Nuestra vida de fe siente la certeza, de que es, el mismo Dios, el que nos busca, el que nos acoge, el que nos lleva a un camino de felicidad. Descubriendo entonces que, nuestra única tarea consiste en no poner obstáculos a la misión encomendada.

Hacer cada día, un acto de confianza en el Señor; como Pablo, como María, como los profetas, como los apóstoles… como tantos discípulos de Cristo que han venido después de ellos y que incluso viven entre nosotros; para dejar a un lado, todo lo que nos impide dar un auténtico culto a Dios; que reside en el interior de cada persona, al cual hemos de llegar, con respeto y dignidad.

¡CÓMO NOS GUSTA PONER CONDICIONES A DIOS!

Al ponerme ante la liturgia de esta semana de cuaresma, me daba cuenta de que, lo que pretende es llevarnos a descubrir esas veces que, también nosotros, ponemos condiciones a Dios para aceptar la salvación.

Como los judíos, queremos signos; como los griegos, sabiduría. ¿Quién no ha pedido, a Dios, algún milagro? ¿Quién no le ha pedido que se cumpliesen sus caprichos -aunque fueran disparatados- a la hora de evangelizar?

Pero no termina la cosa ahí. Todos conocemos a evangelizadores –muy metidos en las parroquias y quizá nosotros mismos-, que también le hemos exigido a Dios que: la revelación satisfaga nuestra inteligencia; que la Iglesia se ajuste a nuestros criterios y que el Papa diga siempre lo que nosotros queremos escuchar.

Sin embargo, aquí tenemos a Pablo, tan lejano en el tiempo y tan próximo en  la realidad; mostrándonos al verdadero Mesías. Al Cristo que él predica, al que encontró en el camino de Damasco y se adueñó de su vida, de forma singular.

  • Un Cristo crucificado que desinstala a cuantos deciden seguirle.
  • Un Cristo crucificado que nos muestra la salvación, no como obra humana llena de espectacularidad, sino como obra de Dios: pobre, humilde y… cautivadora.

Por eso la predicación de Pablo es valiente y decidida y muestra –sin ningún miedo- como el evangelio se opone frontalmente a lo que, judíos y griegos, reclaman.

El apóstol ha descubierto que la sabiduría y el poder salvador de Dios están en Cristo crucificado, donde el evangelizador puede percibir su debilidad y su absurdo, contemplando asombrado cómo, de todo eso que a nosotros nos parece negativo, Dios hace brotar la auténtica vida.

Pablo nos muestra que, la relación con el Señor, no es una dependencia mercantil de “compra y venta”, ni una relación de fuerza y poder… sino la antítesis de todo eso.

El apóstol quiere recordarnos que, lo que da valor a la fe no puede atribuirse a ningún ser humano, sólo a la fuerza de Dios, plasmada en Jesús de Nazaret que vino a traernos la Buena Noticia. Él mensaje liberador que rompe cualquier expectativa humana, para proyectarse más allá de nuestras propias conquistas.

Pablo nos invita hoy, a dejar de creer en la persona autosuficiente que sólo piensa en sí misma, para acercarnos al verdadero y auténtico Dios, que ha hecho de la Cruz un medio de santificación que, nos une a todos en:

  • Un mismo evangelio.
  • Un mismo bautismo.
  • Un mismo pan.
  • Una misma fe.
  • Y un mismo Señor.

Ahora sí, ahora ya podemos preguntarnos, y para nosotros:

¿QUÉ SIGNIFICA EL TEMPLO?

Jesús, quiere llegar al templo para encontrarse con Dios y se encuentra con gente que, en lugar de buscar a Dios mercadea con él. Y Jesús siente un inmenso dolor. No puede consentir que hagan eso en la casa de su Padre.

Veamos como Jesús, en esa precisa ocasión, llama Padre a Dios. Y nosotros ¿lo sentimos como Padre?

Porque esta una de las condiciones indispensables para un evangelizador; concienciarse de que, el verdadero templo no es un edificio de piedra, sino el corazón de cada persona a la que intenta evangelizar.

El Templo De Dios no es un edificio –más o menos suntuoso-, sino el fondo, el interior la persona; de ahí que el nuevo Templo de Dios sea su Hijo, el Mesías, Cristo Jesús al que la semana pasada nos invitaba a escuchar, desde el Monte de la Transfiguración.

Aquel al que fuimos capaces de decirle al verlo transfigurado:

Me  sedujiste, Señor, y me dejé seducir. Venciste las resistencias  de  mi  corazón,  como  la  luz  vence  la  oscuridad  de la noche. Me sedujiste, Señor y quiero entrar en un proceso de conversión.

Ayúdame a no  olvidarme, de que en Ti: vivo, me muevo y existo; para que pueda seguir repitiendo: Me sedujiste, Señor y me dejé seducir.

 

Llamados a renacer

Llamados a renacer

Después de vivir con los discípulos un tiempo, Jesús se da cuenta de que no han entendido nada de lo que les va diciendo.
Sabe que ellos –lo mismo que nosotros- necesitan: ver, oír y palpar… Sabe que su fe, todavía no está fuerte y andan, un poco, desconcertados; por lo que decide ofrecerles una nueva experiencia de vida. Decide citarlos en un Monte: El Monte de la Transfiguración.

Pero es curioso que en esta ocasión no invite a todos a subir al Monte; Jesús, para este nuevo empuje que quiere dar a los suyos, elije a tres de ellos -a los que quiere- Elige a Pedro a Santiago y a Juan y los invita, Jesús nunca impone, siempre propone.

Y hoy, quiere llamarnos a nosotros a renacer, a empezar una nueva vida, a dar un cambio a nuestro corazón. Y – lo mismo que a ellos- nos propone subir al monte con Él ¿Lo acompañaremos?

Y es que, la Transfiguración tanto para los apóstoles, como para nosotros, es la fuerza que nos afianzará en la fe, ante la pasión que se aproxima.

Pues la Cruz es un regalo del amor de Dios; pero Él antes del dolor nos muestra su amor; porque sabe que la Cruz, antes de experimentar el amor, ni se entiende ni se acepta.

De ahí que la subida al monte de la transfiguración, sea la que sirve de preparación para subir al Calvario.

Los evangelizadores de hoy, necesitamos ver que Cristo, cabeza de la Iglesia, es capaz de transfigurarse, de irradiar y manifestar esperanza… necesitamos descubrir su gloria entregada, por medio de todos los sacramentos.

Los evangelizadores de hoy necesitamos:

  • Abrirnos, a la  luz  de  Dios.
  • A la  majestad  que  su gloria produce en nosotros.
  • A esa  sorpresa que nos hace renovarnos.
  • A ese poder, del Señor, que es capaz de realizar; lo que a  nosotros, nos parece imposible.

Pero hay algo que fascina: Jesús los llama porque se fía de ellos y si hoy nos llama a nosotros para que evangelicemos, es porque también se fía de nosotros. ¡Dios fiándose del ser humano! Y por esa confianza que Dios tiene en nosotros: somos lo que somos.

Lo que no podían suponer los que acompañaron a Jesús es que, lo que iban a contemplar en el Monte cambiaría su existencia.

Al ver a Jesús transfigurado toman conciencia de lo que supone la misericordia de Dios y el oír la voz, del Padre, les hace sentirse personas amadas y perdonadas; por eso, en su corazón endurecido; brota, al instante, un inmenso agradecimiento.

   “Este es mi Hijo, el amado, ¡Escuchadle!”

¡Gran lección para los que han acompañado a Jesús! Acaban de aprender que, todo el que acoge, a Jesús, en su vida y es capaz de subir al Monte con Él, quedará transfigurado y podrá mostrar, a Cristo, a los hermanos.

La Transfiguración es una gracia, pero nunca una “gracia barata” el Señor impone sus reglas y sus condiciones. El Señor no actúa en atención a nuestros méritos por grandes que nos parezcan –pues a Dios no se le comprar- pero tampoco actúa caprichosamente.

De ahí que lo primero que nos mande sea: salir.

Dios dijo a Abraham. (Génesis 12 1 -4)

SAL.- Sal Abraham, sal de tu tierra de tu patria, sal de tu familia y de tus seguridades; sal de tus costumbres de tus comodidades, de tu tranquilo refugio y de tus convencimientos. Sal también de ti  mismo. No te apegues tanto a tus criterios y a tus puntos de vista. No te tengas tanto aprecio.

Vacíate del todo y mira tu propio vacío. Es bueno que te veas así: pobre pequeño. Porque, así podré darte la mayor de tus grandezas y llenar tus vacíos consiguiéndote la libertad más hermosa.

Pero, acompañar a Jesús no es fácil. Se trata de:

  • Ascender. De subir. Y subir siempre cansa.
  • De ir ligero de equipaje. Seleccionando lo que, de verdad, es imprescindible, y eso no siempre es sencillo.
  • De estar abiertos a la novedad de Dios.

Por tanto, un evangelizador tiene que subir.

Moisés sube al monte Sinaí para encontrarse con el Señor y allí Dios le habló. (Éxodo 19, 3)

SUBE.- Moisés, amigo, sube hasta la cima del  monte. No sigas los caminos cómodos y tranquilos del rebaño. Sube hacia metas más altas. En la montaña se respira mejor; subiendo te encontrarás más fuerte. El camino que sube es el que eleva, el que hace crecer, el que te lleva hacia la verdad más plena, a la fe más pura, al amor más grande.

Subid para escuchar la voz del Padre,  porque de lo que se trata es:

De acoger su Palabra.

La escucha ahora, va dirigida a Pedro.

ESCUCHA.– Escucha Pedro, amigo, y escuchad también vosotros: Santiago, Juan… y vosotros, evangelizadores del siglo XXI, vosotros que habláis demasiado y a penas sabéis lo que decís.

Escuchad, amigos todos, que no sois capaces de hacer silencio en vuestro corazón, que Habláis y no escucháis.

Incluso cuando os acercáis a Mí no paráis de hablar y no abrís el oído para escuchar mi palabra.

Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés y Elías –representantes de A. T.- no deben de confundir Su Palabra con esas otras palabras que llegan de una parte y de otra. Pero la voz añade algo más ¡Escuchadle!

Dice el relato que los discípulos al oír esto caen al suelo “llenos de espanto”  Están sobrecogidos por esa experiencia de Dios tan cercana, pero también por lo que han oído ¿Pero podrán vivir escuchando, solamente a Jesús? ¿Serán capaces de reconocer en él la presencia misteriosa de Dios? Y nosotros ¿podremos vivir de esta manera?

Jesús “se acerca y, tocándolos, les dice: ¡Levantaos! ¡No tengáis miedo! Jesús sabe que necesitan experimentar la cercanía humana, el contacto de su mano –no sólo el resplandor de su rostro.

Yo creo que si nos diésemos cuenta de todo esto. Si nos diésemos cuenta de que siempre que escuchamos a Jesús – en el silencio de nuestro ser- lo primero que nos dice es: Levántate y no tengas miedo, todo el mundo tendría tiempo para escucharle.

Por eso, no podemos quedarnos indiferentesj ante esta oportunidad que se nos ofrece. Subamos al Monte con Jesús por mucho que nos agote subir la cuesta. Escuchémosle. Dejémonos Transfigurar por el Señor, pues en este mundo donde estamos inmersos…

necesitamos resplandecer con fuerza

para que la gente

comience a percibir un poco de claridad.

El evangelizador y las tentaciones

El evangelizador y las tentaciones

En el proyecto de evangelización que se está trabajando en la Archidiócesis de Madrid –como los que se estén trabajando en cualquier otro sitio-, uno de los primeros temas propuestos fue el de las Tentaciones, contexto que nos presenta la liturgia en el primer domingo de cuaresma. Y es que todos sabemos que si Jesús pasó por ellas, nosotros no podemos eludir el ser tentados.

Es, cuanto menos sorprendente, el que Jesús, termine de ser ungido Hijo de Dios en el Bautismo- en el que se le proclama Hijo Predilecto- y sea precisamente en ese momento en el que Jesús es sometido a la prueba en cuanto Hijo de Dios.

Pero esto no es nada nuevo. El libro del Eclesiástico, en el capítulo dos, ya nos lo dice así:Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba…”

Jesús, comienza la misión que tiene encomendada y lo primero que encuentra es la prueba.

“No seas tonto, no te calles, diles quién eres, deja a todos boquiabiertos…” ¡Cómo nos hubiera gustado a nosotros un Dios así! ¡A lo grande…!

Sin embargo, Jesús, es fiel a la misión que ha recibido. Y vemos que mientras el pueblo de Israel ha ofendido gravemente a Dios intentando tentarlo, obligándole a hacer un milagro. Jesús se opone a ello quedando demostrado que, mientras Israel cae en el pecado, Jesús permanece fiel.

Esta es la gran lección para un cualquier evangelizador, la fidelidad de Jesús a Dios ante cualquier tentación.

Fijaos qué importante, para un evangelizador, el tema de la fidelidad. La queja, la murmuración, el descrédito… son frutos de la desconfianza y el evangelizador ha de ser persona que confía.

Sin embargo cuántas veces nos pasa esto a nosotros: tenemos que hacer una tarea y no es precisamente lo que más nos apetece; o aparece esa persona que siempre viene a fastidiar… y nos sentimos molestos, la desconfianza hacia los demás aparece en nuestro fondo, estamos siendo como ese pueblo que murmuraba contra Moisés, aunque en realidad, de quien de verdad desconfiaban, no era de Moisés sino de Dios –lo mismo que nosotros-.

Aquí aparece la grandeza de Jesús. Él venció las tentaciones para que nosotros no tengamos que quedarnos estancados en nuestra queja, sino que podamos acudir a Él para que vuelva a vencer en nosotros la tentación, una y otra vez.

Pero Jesús, no busca ser tentado, la tentación le llega -lo mismo que a nosotros- cuando menos la espera, por lo que nos conviene tener claras una serie de premisas antes de enfrentarnos a ella.

  • La tentación no es mala, lo malo es caer en ella.

Nada de lo que nos circunda es malo, si fuera malo Dios no lo habría creado, las cosas no son malas nosotros con nuestra actitud las hacemos buenas o malas.

Convertir las piedras en pan ¿es malo? ¡No! Si hubiera sido malo no habría realizado la multiplicación de los panes.

¿Entonces dónde está lo malo? En que Jesús hubiera querido mostrar que era Dios antes de haber llegado La Hora.

¿Qué es por tanto lo que nosotros tenemos que hacer ante todo esto? Descubrir las tentaciones que nos circundan para andar con cuidado de caer en ellas.

Es verdad que hay tentaciones que conectan con el mal, pero esas son más fáciles de descubrir. Sin embargo, las tentaciones de Jesús no tienen una raíz pecaminosa, pues convertir las piedras en pan hubiera sido sorprendente. Pero en estas tentaciones -que se le presentan a Jesús-, hay algo que debe alertarnos; ellas aparecen cuando Jesús está desprotegido, cuando la fe, la esperanza y el amor podían comenzar a oscurecerse porque el hambre y la soledad comenzaban a hacer mella en Él.

Cuando la fe, la esperanza y el amor empiezan a oscurecerse en nuestro fondo, cuando se van  desvaneciendo, cuando las vamos perdiendo y, a veces -hasta sin darnos cuenta-, nos vamos alejando de Dios, vamos entrando en lo fácil y nos vamos predisponiendo para caer en la tentación. ¡Va, total, tampoco es tan malo! ¡Total, todos lo hacen! Total… si ese que parecía bueno lo hizo… ¡aunque lo haga yo! Y vamos cediendo, cediendo…

Y así se le presenta la tentación a Jesús, con razones aparentemente buenas: apariencia de bien –tentación de los que nos decimos seguidores de Jesús

Porque esa es nuestra mayor tentación: poseer y dominar para evangelizar, que la iglesia sea rica para que los demás nos sigan, para que conozcan lo qué es la iglesia... -Cuánto más poseamos, más sepamos y más dominemos… mejor evangelizaremos y a más llegaremos-  Pero fijaos, Jesús entiende que no es eso lo que quiere el Padre. Y, ciertamente, mirándolo desde fuera, puede parecer lo razonable, no parece nada malo… ¡es verdad! Pero no es evangélico porque le falta amor.

Y Jesús tenía que ser =Semejante a sus hermanos=

        Por eso hemos de tener en cuenta, que estas tentaciones de Jesús relacionadas con el poder, con la soberbia y con creerse un dios, son tentaciones muy actuales en nosotros y en nuestra Iglesia. El diablo sabía muy bien cuales iban a ser los puntos flacos de los seguidores de Jesús.

Pero hay un segundo epígrafe en el evangelio de las tentaciones. Jesús es llevado al desierto. Y ¿por qué? Porque es más fácil caer en la tentación cuando la persona está sola, cuando está desamparada.

Sin embargo, aunque el desierto es el lugar de la prueba, también es el lugar de encuentra con Dios.

Por eso sería bueno que, de vez en cuando, visitásemos el desierto. ¿O acaso no necesitamos el silencio, el sosiego y la paz? ¿Acaso no necesitamos estar en un sitio que nos aparte de los ruidos de la vida cotidiana, de esos ruidos que nos alejan de nuestro interior y de la misma voz de Dios?

Un evangelizador, además de entrar en el desierto, tiene que tener muy claro que hay en él. Porque hay:

  • Desiertos planificados que, además de hacernos bien, puede gustarnos entrar en ellos, como pueden ser: unos ejercicios espirituales, irnos a algún país de misión para ver otras realidades, acudir aunque -sea de una manera más breve- a unas charlas cuaresmales…
  • Pero hay otro desiertos de los que nadie habla:

Los desiertos impuestos para algunos. Un desierto, que sí parece ser construido por el mismísimo demonio: un desierto que nace de la discriminación, del rechazo, de la expulsión, del fanatismo, del rencor… de tantos y tantos comportamientos excluyentes que los humanos vamos aprendido a lo largo de la Historia para separar a los que no nos gustan, a los que no piensan como nosotros, a los que son diferentes, a los que consideramos inferiores…

Y pasamos por ello sin querer ver que, ese desierto está lleno de dolor. De gente abandonada que no encuentra quien le ayude.

De ahí que, el evangelizador, ha de convertirse en esa persona fuerte, de piel curtida y superación en el cansancio, capaz –no sólo de cruzar el desierto- sino de ayudar a otros a cruzarlo con él; capaz de no quedarse instalado en ese lugar inhóspito sino de salir de él y ayudar a salir a los demás. Y ¿cómo? Pues:

Teniendo al Evangelio como plano de ruta, como GPS. Y a Jesús: como guía, como faro, como Luz… Sabiendo que Él será nuestro oasis cuando, en un momento inesperado, aparezca la sed.

Porque Jesús, es el camino y la verdad y la vida. Y justo, estas son las tres cosas que necesitamos para alcanzar nuestro objetivo.

 

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