Ante una nueva cuaresma

Ante una nueva cuaresma

El miércoles de Ceniza que vamos a celebrar, da paso a la cuaresma, camino que nos llevará a la Pascua. Y, aunque se ha perdido mucho el significado y el contexto de la cuaresma, todavía vemos que muchas personas se acercan a la iglesia a cumplir con el rito de la imposición de la Ceniza.
Pero todavía nos falta bastante para tomar conciencia de lo que encierra esta realidad. La gente sigue teniendo guardado el concepto de que la cuaresma es un tiempo triste llamado a la penitencia y a dejar todo lo que exige llevar una vida cómoda.
Por eso, a mí me gustaría invitaros, a que esta cuaresma dedicásemos un tiempo a profundizar lo que, en realidad nos regala este tiempo de gracia.

La cuaresma, lejos de lo que podamos pensar es una llamada a la santidad, una llamada a revisarnos por dentro, a llegar a lo más profundo de nuestro ser y a que todo esto nos lleve a Dios. Porque cuando nos alejamos de Dios, no sólo nos alejamos de Él, nos alejamos de los nuestros, de la comunidad parroquial, de los que comparten nuestra vida… y lo que es peor nos alejamos de nosotros mismos.

De ahí que la cuaresma sea, ese momento privilegiado de reencuentro que nos haga descubrir nuestras tinieblas y, sacándonos de ellas, nos lleve a buscar la auténtica Luz: Cristo.

Pero iremos poco a poco. Si no actualizamos lo que ya hemos escuchado tantas veces, corremos el riesgo de que la gente desconecte, pensando ¡ya estamos con lo de siempre! Cuaresma: igual a conversión, limosna, oración y ayuno, escuchando después una larga lista de consejos extraños que ya casi nos sabemos de memoria. Pero qué pasa Julia, ¿qué las cosas han cambiado y ahora eso ya no sirve? Pues mira no, no han cambiado –la Palabra de Dios no puede cambiar- pero hay que darle forma, ¿acaso alguno de nosotros, usamos la ropa que usaba nuestra abuela, se calienta en la lumbre que ella se calentaba o hacemos la vida que ella hacía? Sin embargo, seguimos vistiendo, calentándonos y comiendo. Y puede ser que, ahí esté la clave para vivir una cuaresma nueva, transformadora y llena de vida.
(Ya sé que esto ha podido quedar muy bonito, pero ahora veremos si soy capaz de plasmar todo lo que mi interior siente. Posiblemente no, pero quizá esto os dé pie para hacer vosotros algo valioso que merezca la pena)

Por mucho que cambien las cosas, lo que nunca podrá cambiar es, que a lo primero que se nos invita en este tiempo de cuaresma sea a la: CONVERSIÓN
El hecho de recibir la ceniza, quiere recordarnos que somos poca cosa, que no podemos estar orgullosos de nuestra manera de hablar, de actuar, de comportarnos… que hemos de dejar los resentimientos, la envidia, el egoísmo, el confort… Nos quiere llevar a darnos cuenta de nuestra fragilidad, a darnos cuenta de que vamos prescindiendo de Dios en nuestra vida y que, casi sin darnos cuenta vamos dejando de amar, tomando conciencia de que hemos de cambiar de actitud y de que necesitamos convertirnos.
Pero, el decir “yo quiero convertirme” no cambia a nadie, eso no nos va a transformar por dentro. Para convertirnos, lo primero que necesitamos es querer cambiar, pero:
• ¿Cambiar qué?
• Cambiar ¿por qué?
• Cambiar ¿para qué?
Solamente Jesús puede ayudarnos a resolver estos interrogantes, por lo que necesitamos, mirarle y escucharle, porque ahí encontraremos las ganas de ser mejores, a la vez que le pidamos la gracia de la conversión. Pues la persona que no quiere saber nada de Dios, la persona que le da la espalda… se condena a la nada, por eso nuestro Dios, rico en misericordia, nos da una nueva oportunidad para retornar a la casa del Padre.

Pero es realmente asombroso, que Dios no deje nada a nuestro antojo. Él conoce nuestra fragilidad y no escatima esfuerzos para ayudarnos a salir de ella.
Dios cuando nos pide algo, nos da el medio para llevarlo a cabo, Y si para cambiar se nos insta a pedir la gracia de la conversión, es ahora en este tiempo de gracia cuando se nos pide que escuchamos al Señor de manera especial. Por lo que, si necesitamos escuchar a Jesús, no os quedará más remedio que entrar en la:
ORACIÓN
De nuevo llegamos a lo familiar, a lo que llevamos oyendo una cuaresma tras otra. ¿Rezas, o no rezas? ¿Estás dispuesto a rezar más durante esta cuaresma? ¿Te esforzarás para progresar más en la oración? Y ahí estamos estrujando nuestra mente para ver si somos capaces de lograrlo.
Pero esto no es así. Para orar lo primero que necesitamos es tomar conciencia de que somos amados sin merecerlo –lo dice reiteradamente el Papa Francisco- Por eso la oración no es un deber, es una necesidad, la necesidad de corresponder al amor de Dios.
La oración es, adquirir esa experiencia de compasión y misericordia que se produce, en el “cara a cara” con el Señor que “nos amó primero y se entregó por nosotros” (Gal. 2, 20)
La oración ha de ser una exigencia, que nos lleve a hacer la voluntad de Dios, tratando de dejarnos tocar por Él para que vaya destruyendo las durezas de nuestro corazón. Por eso sería bueno pensar que quizá, el que tiene problemas con la oración es porque tiene problemas de fe. Lo vemos con claridad, si nuestra fe es fría, también lo será nuestra oración. Y si la fe es un añadido a nuestra vida, también lo será nuestra oración.
La oración es, fidelidad, entrega… es buscar el agua viva, es dejarse curar las cegueras… Es estar dispuestos a resucitar a tantas muertes como asolan nuestra vida.
La oración es el amor hecho vida. De ahí la dificultad de hablar de la oración. Pues nadie puede enseñarnos a manejar el amor, porque el amor: brota o no brota. Pero si tenemos un corazón orante, allí encontraremos la fuente.
De nuevo me diréis: pues enséñanos a hacer oración y os diré, no se puede enseñar a hacer oración, como no se puede enseñar a reír, ni a llorar, ni a amar… eso surge o no surge.
Se pueden enseñar prácticas de oración, pero nunca a hacer oración. Poe eso el encuentro con el Señor es imprescindible, porque Él es el único que puede enseñarnos a orar. De ahí que, el encuentro con el Señor haya que cultivarlo, haya que cuidarlo, haya que darle tiempo… para que surja de nuestro fondo, lo que Él va haciendo en nosotros, el amor transformante de Cristo, para que luego podamos ofrecerlo.

AYUNO
También hemos de plantearnos el ayuno una vez más, aunque sé que cuando hablamos de ayuno es como si nos produjese risa. Comer menos, comer ¿qué?, comer porque… ¡Tanta gente ayunando para adelgazar! Quizá esto del ayuno nos suene a “dieta barata” Pero eso no es lo peor. Lo peor es, que nos quedemos tan tranquilos.
Hace pocas semanas hablábamos de que Jesús se hizo semejante a nosotros para que, pasando por nuestra realidad, la conociese tan profundamente, que pudiese solidarizarse a nuestras realidades mucho mejor. Pues quizá esto mismo sea lo que realmente busque el ayuno. Ayunar para que, conociendo lo que es pasar hambre, sintiendo el estomago vacio, viendo el desprecio de los que “comen tanto que tienen que hacer dieta” y viendo a nuestros hijos llorar porque tienen hambre, nuestro ser se conmueva de tal manera que seamos capaces de dar hasta que nos haga daño (como decía Madre Teresa)
Pero esto del ayuno es mucho más amplio. No sólo hay que dar, hay que darse. Hay que tomar conciencia de que estamos hablando del ayuno voluntario, pero existe el ayuno involuntario, ese que no tiene alternativa, ese que presencia nuestro despilfarro, cuando algunos no tiene lo necesario para sobrevivir.
El ayuno no consiste en privarnos de un gusto, es dar gusto a los que no saben ni lo que es eso…
El ayuno tiene que ser una actitud de vida, tiene que formar parte de ella, tiene que llegar a surgir sin que, ni siquiera nos lo hayamos planteado.
¡Cómo necesitaríamos esta cuaresma ponernos delante de Dios para que, fuese Él mismo el que nos explicase lo que, realmente, es el ayuno!

LIMOSNA
Y llegamos a la limosna. El Antiguo Testamento, siempre ha hecho mucho énfasis en los beneficios de dar limosna. Las personas caritativas eran muy queridas y valoradas en el Antiguo Testamento, pero como todo, con el tiempo se ha ido deteriorando.
Lo mismo que el ayuno, la limosna también ha de ser una actitud de vida ha de formar parte de ella. La limosna “no es dar, es tener el monedero abierto” para que tenga acceso a él todo el que lo necesite.
Lo que pasa es que, el mundo en el que vivimos no nos lo pone fácil. Tanto abuso, tanto engaño, tanta gente explotada pidiendo y pasando dificultad para los que se aprovechan de ella.
Sin embargo, eso no puede adormecer nuestra generosidad. Nosotros sabemos bien que no sólo hemos de compartir lo que tenemos, hemos de saber que los bienes de la tierra son de todos. Que la tierra produce lo necesario para que nadie pase hambre y que, si hay personas que pasan hambre es porque, los sistemas injustos que nos hemos montado, les quitan lo necesario para sobrevivir.
Por eso es necesario que, en el silencio, miremos esas zonas de nuestro corazón que todavía están atadas a la comodidad, al consumo… y, muchas veces, al despilfarro. Miremos todo eso que nos ata y nos lleva a gastar para ser admirados y estar en los primeros puestos.

Y. después, preguntémonos:
¿Cómo querría Dios que viviese yo esta cuaresma?

Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados

Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados

No me importa repetirlo una vez más. No puede haber mejor comienzo para el tema que, reincidir en que el día 11 de febrero, conmemoración de la Virgen de Lourdes, es el –Día del Enfermo- y ante una realidad de este calado, no podemos pasar de largo sin decir que los enfermos tienen un lugar muy privilegiado en el corazón de la Madre, en el corazón de Cristo, en el mío propio y… creo que, en el de todos los demás, pues todos, en una u otra medida, hemos estado enfermos tenemos enfermos a nuestro lado y hemos pasado y pasaremos por la enfermedad.

También quiero decir a los enfermos que, precisamente el martes de 11 a 12, en la parroquia hay adoración y un grupo de adoradores estaremos ese día y todos los martes del año, pidiendo por todos los enfermos, pues lo creamos o no, junto al Señor todo adquiere sentido. La enfermedad comienza a aceptarse y… sin saber cómo, el Gran Sanador –Cristo- aparece con un poder desbordante.

LA ENFERMEDAD
A nadie nos gusta estar enfermo, ni sufrir, ni sentir carencias en nuestra vida… pero la enfermedad aparece cuando menos la esperamos; nuestro ser es quebradizo, limitado y todos de una manera o de otra hemos de pasar por el dolor.
Por eso al ponerme ante este tema, me daba cuenta de que si la semana pasada oramos con los desfavorecidos de la tierra y nos poníamos frente a la pobreza, no podemos dejar de ponernos ante la pobreza de la enfermedad, pues ¿quién más pobre que un enfermo?
La enfermedad, por muy leve que sea, nos impide seguir el ritmo de la vida cotidiana, nos hace dependientes de los demás, necesitados de otras personas. Primero de un médico, después la espera del diagnóstico; nos domina el miedo, aún sin darnos cuenta esclaviza nuestra voluntad… y sentimos una fuerte sensación de que algo comienza a deteriorarse.

La enfermedad, también puede llevar a la persona a replegarse sobre sí misma, a preocuparse solamente por ella, a sentirse como si fuese la única que sufre y, el verse dependiente de los demás, le hace modificar su manera de relacionarse con ellos.
En ese momento palpamos la fragilidad de nuestro ser, que nos hace preguntarnos y ¿esto por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? Y si nos dejamos llevar por esos sentimientos aparece la angustia, la incertidumbre, la necesidad de protección… y la necesidad de pedir ayuda, no sólo a las personas sino también a Dios. Pus ¿quién, por muy agnóstico o ateo que se manifieste, no levanta en momentos difíciles los ojos a Dios?
Sin embargo, quizá en esos instantes de desajuste a todos se nos olviden las palabras que nos brinda el mismo Jesús y que son las que se han tomado este año, para la Jornada del Enfermo.
Venid a Mí todos los que estéis cansados y agobiados
que yo os aliviaré (Mateo 11,28)
Unas palabras tan consoladoras que, solamente pueden salir del corazón de alguien que ha pasado por la prueba, de alguien que ha sufrido -como jamás persona humana podrá sufrir- de alguien con el pecho traspasado por una lanza… de Alguien con un corazón tan inmenso, que jamás podrá agotarse su misericordia y su compasión, pues ellas son el signo del amor de Cristo.

ANTE EL GRAN SANADOR
Aquí lo tenemos. Él es, el Gran Sanador, el Señor de la Vida, ante el que todos hemos de llegar como enfermos, como indigentes, como seres necesitados de salvación.
Por eso, además de poner ante el Señor a todos los enfermos, pondremos también, a tantos como ayudan en la enfermedad: médicos, enfermeras, cuidadores, familias, amigos, voluntarios… -los camilleros de la parábola-, ponemos a esos enfermos que conocemos y también, a los que no conocemos, ni conoceremos nunca.
Ponemos, a esos enfermos anónimos que no tienen quien los cuide, que nadie se preocupa por ellos- A los enfermos que pasan la enfermedad solos –personas, sobre todo ancianos, en residencias, hospitales… personas que viven en la calle…
Ponemos en manos del Señor, a nuestro mundo enfermo infectado de corrupción, de poder, de egoísmo, de mentira…
Ponemos a todos los que tienen una grave enfermedad de alma y ni siquiera se dan cuenta de ello.
Y… después vamos a ir poniendo, en manos del Señor, nuestras enfermedades tanto las del cuerpo como las del alma. A la vez que nos preguntamos:
• ¿Reconozco yo al Señor, como el Gran Sanador?
• ¿De qué quiero que me sane, hoy el Señor?
• ¿De qué querría que sanase a nuestro mundo?
• ¿Qué medicinas podríamos aplicar para sanar esos males de alma?

Vamos a acordémonos también y ponemos en manos del Señor, a todas esas personas que no tienen acceso al médico, ni a los medicamentos.
• ¿Qué sentiríamos nosotros si estuviésemos en su caso?

Pero ahora llega un nuevo interrogante: hablamos del gran Sanador, pero ¿lo conocemos? A veces da la impresión de que no lo conocemos puesto que no somos capaces de llegar hasta lo nuclear de la compasión.
Y es que hoy la compasión, es una virtud que está en desuso en este mundo que quiere pisar fuerte. Pero que se olvida de que, si hay una virtud necesaria para estar cerca de un enfermo es: la compasión.
El ser compasivo es un planteamiento del que la gente pasa y, el dejar que se compadezcan de nosotros se ha terminado. ¿Quién ve con bueno ojos que lo compadezcan?
Ante esta realidad yo me pregunto ¿Acaso tiene tiempo alguien para pararse hoy, a interiorizar lo que es la Compasión de Cristo?
Todos sabemos que, la compasión es: Padecer- con. Y ¡qué gratificante resulta padecer junto al Señor! ¿A quién no le gusta cuando está pasando un momento amargo, una enfermedad grave, una soledad prolongada… encontrar a quien esté dispuesto a padecer con él?
Pues estas son las palabras que hoy nos repite, una vez más el Señor: Venid a Mí todos los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré.

¡Que tranquilidad se experimenta al saber, que el Señor nos espera para aliviar nuestro dolor! ¡Qué importante comprobar que Jesús no nos está diciendo solamente palabras bonitas, sino que hace realidad, con obras, lo que dice!
Jesús siempre va, mucho más allá de lo que nosotros podamos imaginar. Como leemos en la carta a los Hebreos, quiere hacerse uno de nosotros, para que “al ser igual a sus hermanos, al haber tenido todos sus padecimientos, esté en condiciones de compadecerse de ellos”.

Sólo tenemos que acercarnos al evangelio para comprobarlo. Estas palabras son la constante de su predicación:
“No he venido a salvar a los sanos sino a los enfermos”
“El que venga a Mí tendrá vida y la tendrá en abundancia”
Y es que la compasión siempre produce vida. Porque Jesús se compadeció, volvieron a la vida un gran número de personas, que estaban muertas. Y devolvió la vida del alma, a tantos como se estaban alejando y muriendo por inanición.
¡Qué cosas tan sorprendentes puede hacer un corazón compasivo!
• Jesús, se compadece de su amigo Lázaro y le devuelve la vida.
• Jesús devuelve la vida a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, porque siente compasión.
Y no sólo les devuelve la vida física, les devuelve la fe, el amor, la integridad… haciéndolas personas compasivas.
Pero hay que llevar cuidado de no quedarnos estancado en las palabras del evangelio que nos gustan esquivando las demás. Porque podemos decir: Señor como Tú nos aliviarás, sana mi enfermedad, dame trabajo, salva mi matrimonio… pero dejando de leer lo que sigue, unas veces porque no nos interesa, otras porque no nos lo explican. Pero, el evangelio de Mateo nos dice la condición que se nos pone para ser aliviados: “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”

No podemos engañarnos, el Señor, no nos ha prometido que nos va a quitar la enfermedad ni las cruces de la vida. Él nos enseña cuál es el camino para llegar a Él. Y ahí está la condición que pone para ser aliviado: “Cargad con mi yugo…”
Él mismo podría haberse librado de la cruz si hubiera contestado a Pilatos de otra forma, pero Él fue fiel a la verdad y subió a la cruz para enseñarnos el camino de la felicidad.

Por eso si queremos recibir el alivio que Dios nos promete, tendremos que cargar con el “yugo” del amor de Cristo, tendremos que aprender a hacer su voluntad, cosa que no quiere decir que no nos complicará la vida, ni que tendremos más tiempo libre, ni que de los que se trata es de cuidarnos para ser más felices… El grano de trigo ha de caer en tierra y ser enterrado para dar fruto y cuando nosotros nos damos, entonces es cuando damos fruto, cuando encontramos la paz, la felicidad…
Esta es la gran paradoja, cuando entregamos lo que tenemos en lugar de estar cansados de tanto guardarlo, nos sentimos aliviados.
De ahí que, cuando una persona se encuentra con Dios irradia paz, esperanza… porque ha aprendido que es dando cuando se recibe y es perdonando cuando uno se siente perdonado.

Pues, no lo olvidemos:
Solamente el amor del Señor
es el verdadero descanso del alma.

Sintiendo con los necesitados

Sintiendo con los necesitados

Hemos venido, ante Ti Señor, para hablarte de los que pasan necesidad. Y, lo hacemos así, porque queremos reconocerte en cada uno de ellos, queremos ver en ellos tu rostro y ponernos a tu disposición. Pues… ¿quién mejor que Tú podrá decirnos cómo hacerlo?
Sin embargo, sabes bien que, aún teniendo buena voluntad, nos da un poco de pudor hablar de ello. Sabemos que tú ves lo de dentro y habrás observado que aquí, donde se valoran los proyectos de los más pobres, estamos muy calientes, se huele a perfume y se habla con educación, algo que confronta totalmente con lo que venimos a decirte. Pero, también sabes, que entre nosotros… también hay pobres, muy pobres.

Aquí hay pobres de certeza.
Mendigos de esperanza.
Pobres de ilusión.

Aquí hay gente que pide:

  • Una mirada de ternura.
  • Un gesto de misericordia.
  • Una palabra de perdón.

Por eso no podemos dejar de preguntamos:

¿acaso podríamos dar nosotros lo que nos sobra -de todas estas generosidades- o quizá tendríamos que tender la mano para pedir lo que nos falta?

TODOS JUNTOS
Señor, tú sabes que, un día:
Tuve hambre de compartir lo que tenía, pero mi dinero se invirtió en hacer grandes proyectos para que los admirase.
Sabes, que tuve hambre de conversar con los que estaban solos, pero me enseñaron que la “tele” tenía cosas mucho más interesantes.
Sabes… que, tuve hambre de libertad, pero no faltó quien apresara mi forma de pensar.
De pronto, aparecieron ante mí, tantos y tantos como tenían necesidades y quise unirme a ellos, a los que sufrían como yo, pero me dijeron que la gente no sufre, que son apreciaciones mías.
Entonces apareció, en lo más profundo de mí, el hambre de lo auténtico, pero me hablaron de paciencia y resignación.
Y Tú sabes… que, tuve hambre, mucha hambre de igualdad, pero me dijeron que vivía en un país inmensamente rico capaz de saciarla con otros recursos.
Mi hambre seguía y sentía necesidad de darme a los demás, pero me dijeron que lo importante era meterme en el consumismo, seguir la corriente e ir a la moda.
Mas… un día, al sentir que nada de lo que me ofrecían saciaba mi auténtica hambre, me acerque a Ti, Señor y escuché como me decías: “No sólo de pan vive el hombre; vive además: de fe, de consuelo, de esperanza, de donación, de amor… Por eso, la persona vive cuando deja que la acción de Dios se realice en su vida.

Sentirnos hermanos
Ahora comprendo, que al mundo de hoy le sobran razones y le faltan realidades. Que al mundo de hoy le faltan corazones de sangre caliente. Le falta sentir en el alma el abrazo de Dios.
Necesita, que sus labios sean capaces de decir la palabra Padre, y su vida rezume la grandeza de sentirnos todos hermanos.
Porque mientras esto no se haga realidad, podremos cubrir algunas necesidades de las que este año nos presenten (cosa fantástica), pero –sin contar contigo Señor- jamás podremos devolver a la persona la dignidad, que es precisamente la que nos grita desde el fondo del problema.
• ¿Cómo recibiré yo, este año, los proyectos de manos unidas?
• ¿Los recibiré con pasividad?
• ¿O los recibiré como algo que me interpela y me afecta?

Pedir perdón
Ante el mensaje que nos presenta Manos Unidas, vamos a pensar en primer lugar que, los bienes de la tierra son de todos, que nadie puede pasar hambre mientras la tierra siga produciendo bienes suficientes para que todos podamos vivir dignamente. Vamos a plantearnos un reto, vamos a compartir, a tomar una alternativa ante esta sociedad montada en el dinero y en el tener. Vamos… a pedir perdón:
– Perdón, por todas esas veces que cerramos los oídos, para no escuchar los gritos del pobre, pasando por alto la igualdad y la dignidad de las personas. PERDÓNANOS SEÑOR.
– Perdón, por las veces que nuestro corazón se refugia en lo fácil, en lo que no cuesta, olvidando las carencias y el sufrimiento de los demás.
PERDÓNANOS SEÑOR.
– Perdón, por las veces que olvidamos que los Derechos humanos, son el eje para ayudar y apoyar a las personas desfavorecidas.
PERDÓNANOS SEÑOR.
– Perdón, por las veces que sólo queremos figurar en primera página para que los demás nos vean, olvidándonos de las personas de otros países –sobre todo mujeres- que no tienen voz, ni independencia, ni seguridad…
PERDÓNANOS SEÑOR.
– Perdón, por las veces que no somos capaces de dejar a un lado nuestra situación, para reflexionar sobre la existencia de la igualdad –real- de oportunidades entre hombres y mujeres en todos los lugares del mundo.
PERDÓNANOS SEÑOR.
– Perdón, por las veces que almacenamos cosas y más cosas como si tuviéramos miedo al mañana, mientras los misioneros carecen de lo más elemental, por ayudar a los desfavorecidos. PERDÓNANOS SEÑOR.

TODOS JUNTOS
Señor, danos la gracia de compartir, de ser don para los demás, de llevarles tu alegría, tu firmeza, tu energía, tu paz.
Danos la gracia de ir sembrando a nuestro paso bondad, misericordia, felicidad… Haz que sepamos compartir, esos dones que derramas sobre nosotros a manos llenas.
Y, sobre todo, danos la gracia de saber que Tú eres nuestra única y gran riqueza, para que nuestro corazón se llene de gozo y se abra a la inmensidad del amor.

NOS AFECTA A TODOS
Ante nuestra sociedad materialista aparece un reto que nos afecta a todos, nadie puede dar la espalda ni escudarse en que esto no es cosa suya.
De ahí que os invite, a abrir las puertas de nuestro corazón de par en par, para dejar que entren todos los que van llegando porque necesitan algo de nosotros. Compartamos con ellos nuestros bienes, nuestro pan, nuestra comida, nuestro abrigo, todas nuestras cosas… Pero, sobre todo, regalémosles nuestra sonrisa, nuestro tiempo, nuestra bondad, nuestra delicadeza, nuestra paz… Y, como dice el Salmo 111 “Alzaremos la frente con dignidad”
• ¿Realmente, estoy dispuesto a acoger este reto que se me presenta? ¿O podrá más mi comodidad y mi bienestar?

En este rato de oración, vamos a tener un recuerdo muy especial para todos los que desinteresadamente entregan su vida a favor de los más necesitados. Pero nosotros también queremos paliar sus necesidades, aunque no podamos llegar a donde están. Por eso, después de leer en todas las parroquias los letreros de Manos Unidas pidiendo nuestra oración, nuestro compromiso y nuestra ayuda.
• ¿Queremos responder a ello, comprometiéndonos a ser misioneros?

TODOS
Queremos ser misioneros:
Llevando junto al hermano,
• La cruz de la enfermedad.
• La cruz de la pobreza y la soledad.
• La cruz del fracaso y la escasez.
Sufriendo con él,
• Su falta de recursos materiales,
• Su falta de educación y cultura.
• Su falta de compañía e incomprensión.
• La falta de cariño de unos padres.
• Y el que su piel no sea del mismo color que la nuestra.
Solidarizándonos con:
• Los que sufren las consecuencias de la guerra y el terrorismo.
• Con los que sufren las consecuencias del frío y del calor.
• Con los que están en el paro o tienen un salario insuficiente.
• Con los que son víctimas de la droga o el alcohol.
• Con los que sufren las consecuencias de la infidelidad matrimonial…

Porque así, podremos acercarnos a Dios para decirle: (Dos coros)

Que seamos, Señor, manos unidas
en oración y en el don.
Unidas a tus Manos en las manos del Padre,unidas a las alas fecundas
del Espíritu,
unidas a las manos de los pobres.
Manos de Evangelio,
sembradoras de Vida,
Unidas a tus Manos solidarias,
partiendo el Pan de todos.
Unidas a tus Manos traspasadas
en las cruces del mundo.
Manos abiertas, sin fronteras,
hasta donde haya manos.
Fieles al Tercer Mundo,
siendo fieles al Reino.
Manos que dan lo que reciben,
en la gratuidad multiplicada,
manos, manos siempre… más manos,
Pedro Casaldáliga
Bienaventurados, los que aman tanto y son tan libres, que se despojan de sus seguridades para vivir en plenitud.Porque ellos vivirán profundamente el riesgo de la fe y podrán decir al “otro”: me fío de ti, y he podido fiarme de esta manera, cuando he sido capaz de aceptar mis pobrezas.

• Canción a María.

Tratar con solicitud

Tratar con solicitud

Yo creo que nunca me había sentido tan pequeña y pobre como, en este momento, en el que me dispongo a ofreceros el tema sobre la Oración por la Unidad de los cristianos.
Y me siento así porque, al ponerme ante el texto que han elegido para este año, las iglesias de Malta y de Gozo (Cristianos unidos en Malta), me he dado cuenta de la grandeza que encierra su realidad. Ya que, ellos viven una situación que no podemos ni vislumbrar.

Ellos, acertadamente, han elegido para este año, unos versículos del libro de los Hechos en el capítulo 28, 2 que dice: “Nos mostraron una humanidad poco común” algo que habla mucho de su Fe y su agradecimiento a cuantos hicieron que esa Fe llegase a las islas cristianas.

Y han elegido estos versículos, del libro de los Hechos, porque en él se narra la tempestad que sufrió la nave que llevaba a Roma, a Pablo con algunos prisioneros y cómo fueron socorridos en Malta. Queriendo destacar, con este hecho, la verdadera humanidad de los nativos de esta isla poniendo como personaje principal a Publio, que acogió en su propia casa a los náufragos y los auxilió en todas sus necesidades.
Pero hay algo precioso en la narración. La autoridad y el poder la tienen el centurión y sus soldados, pero no les sirve de nada. Lo quieran o no, su vida depende de la habilidad y la experiencia de los marineros para solucionar la situación. Sin embargo algo les une, todos tienen algo en común, el miedo y su vulnerabilidad, aunque los prisioneros encadenados sean los más vulnerables de todos.

Y claro esta convivencia tan difícil, va haciendo aumentar la división entre los distintos grupos por la desconfianza y la sospecha; pero de nuevo aparece la sorpresa, Pablo se distingue de los demás en que va imponiendo paz dentro del alboroto y esto se debe a que Pablo sabe que su vida no está sujeta a la fuerza del destino, sino que su vida está en manos de Dios al que pertenece y da culto.

Pero, hay dos cosas significativas, que me parece hemos de tener en cuenta. Una de ellas es: “Que el temporal arreciaba y la tempestad no disminuía; sin embargo, lejos de arredrarse comienzan a echar al mar el aparejo de la nave para aligerar la carga”…

Que actual nos suena todo esto. ¡Cuántas cosas debemos desechar, nosotros, de nuestra vida para aligerar esa carga de prejuicios y obstáculos que nos impiden llegar a la verdadera unidad!
Pero hay una segunda digna de mención. Es “la recomendación de Pablo que, al ver que la tempestad no disminuía y que la esperanza se estaba perdiendo por momentos”, se pone en medio de ellos para decirles: ¡No perdáis el ánimo! Os aseguro que ninguno de vosotros perecerá aunque el buque se hunda. ¡Qué palabras tan alentadoras! Pablo sabe de quién se ha fiado y sacando fuerzas, en medio de tan difícil trance, comienza a dar gracias a Dios. Y, dice el texto que eso reconfortó a todos.

También nosotros debemos de estar muy agradecidos a que se nos ofrezca esta situación, en este momento que nos ha tocado vivir. Pues, ¿quién de nosotros no ve, que nuestra realidad hace aguas por todos los lados?

Es ahí donde llega la grandeza de contrastar la realidad de cada día, con una fuerte llamada a la unidad de los cristianos, a fin de ser capaces de responder con humanidad a cuantos piden nuestra ayuda. Solamente “la unidad hace la fuerza” ¡lo hemos oído tantas veces!
Los males sociales y los desórdenes de todas las clases se van instalando en nuestro mundo, viendo con dolor como obligan a la gente a buscar unas condiciones de vida mejor. Y ¿a qué es debido? A que los que intentan destruir se van uniendo porque han comprobado que es la única manera de conseguirlo.

¡Qué gran lección para nosotros! No pasemos por alto esta realidad. Necesitamos estar unidos, rezar unidos, vivir unidos… y juntos, ayudar a los países que los emigrantes abandonan. Ayudarles a promover en ellos el respeto a los derechos humanos, la libertad religiosa y el bienestar social para que tengan opción a una vida digna los que se ven obligados a emigrar, ya que la mayoría huyen de sus países de origen perseguidos por la fe y por sus ideas.

Pero la búsqueda de la unidad requiere abandonarse con fe a la Divina Providencia. Soltar tantas cosas a las que estamos atados. Saber que lo importante es la salvación de todos. Porque todos vamos en el mismo barco: La Iglesia. Todos nos dirigimos al mismo destino: Dios. Todos nos sentamos en la misma mesa: La Eucaristía.

Pero todavía nos falta algo que se hizo en esa travesía de la que venimos hablando. Cuando todos llegan a tierra, dice: “que hacen una hoguera para calentarse” para cantarse juntos alrededor de ella. Y allí están. Personas que no se conocen ni se entienden, pero que están viviendo una vicisitud idéntica, realidad que hace que las diferencias de poder, y el estatus social hayan quedado desvanecidos.
A través de la hospitalidad de los isleños, se van dando cuenta de que ya no están a merced de las fuerzas indiferentes, sino que son abrazados por la providencia amorosa de Dios que se hace presente a través de unas personas que los están tratando con “una solicitud poco común”

Y quizá sea esto lo que a nosotros nos falta. Reunirnos en torno a “la hoguera” Cristo, para que caliente nuestro frío corazón y nos haga sentir con los demás, hasta ser capaces de tratar a todos con “esa solicitud poco común”.

Pero no sólo es necesaria la virtud de la hospitalidad para buscar la unidad, es necesaria también la virtud de la generosidad. Hemos de tener en cuenta que los que ayudaron a Pablo y sus compañeros, no conocían aún a Cristo y gracias “a su trato poco común” el grupo dividido se fue uniendo.

Ya veis que son muchas y grandes las lecciones que todo esto nos deja y la responsabilidad que tenemos para que la unidad de los cristianos se logre. Hemos visto en la narración que “la autoridad y el poder la tienen el centurión y sus soldados, pero no les sirve de nada, porque su vida depende de la habilidad y la experiencia de los marineros para solucionar la situación” Es un calco de nuestra vida. No esperemos que los que tienen el poder solucionen la situación, somos nosotros los que debemos trabajarla poniendo todas nuestras cualidades, nuestro interés y nuestra oración.

Como veis, el tema es apasionante y parece no tener fin, pero como ya tengo que tratar de ir resumiendo os comparto las enseñanzas que a mí, me han llegado con más fuerza. Creo que será bueno orarlas desde el corazón.

  • Desechar de nuestra vida, esa carga de prejuicios y obstáculos que nos impiden llegar a la verdadera unidad. Reconciliación
  • Buscar y mostrar la luz de Cristo. Colaboración.
  • El mensaje de Pablo ¡no perdáis el ánimo! “Os aseguro que ninguno de vosotros perecerá aunque el buque se hunda” Confianza.
  • Pablo va imponiendo paz dentro del alboroto, porque sabe que su vida y la de sus compañeros, está en manos de Dios. Esperanza.
  • Partir el pan para el viaje, a fin de que llegue a todos. Fortaleza.
  • “Encontrar esa solicitud poco común” Hospitalidad.
  • Cambiar sus mentes y sus corazones tras la experiencia que habían vivido juntos. Conversión.
  • Y estar abiertos al dar y recibir. Generosidad.
Acuérdate de mi, Señor, cuando llegues a tu reino

Acuérdate de mi, Señor, cuando llegues a tu reino

Estamos ante la conmemoración de Jesucristo Rey del Universo. Y yo no sé si realmente este título de rey les gusta demasiado a los modernos,  para asignarlo a Jesús. Las imágenes de Jesucristo como Rey que, hace muy pocos años, presidían todas las estancias principales de las casas, han desaparecido y cuando se habla de Jesucristo como Rey, se buscan miles de recursos  para no herir sensibilidades. Pero ¿por qué?

¿Será porque también lo hemos desechado como Rey de nuestro corazón?

Por eso yo, este año, quiero mostrar una ruta nueva basada en un suceso real, capaz de demostrar que realmente Jesucristo es el Rey del Universo,  además de ser el rey de todos los corazones. El protagonista de ello, es un ladrón condenado a muerte, que fue capaz de “robarle” el corazón al a Dios, en el último suspiro de su vida.

  • Y yo que estoy aquí haciendo oración ¿Qué sitio doy a Dios en mi vida?
  • ¿Realmente, es Jesucristo el rey de mi corazón?

La verdad es que, es impresionante observar como la actitud y las palabras de Jesús fueron haciendo mella en aquel corazón machacado. Yo creo que, en ese momento, en el que la crueldad ha terminado y va cayendo sobre la persona -como un alivio al terminar un duro trabajo- una profunda aceptación; es cuando uno comienza a darse cuenta de que, como la tierra, su corazón está tan roto y desgarrado que ya no ofrece ninguna resistencia, sino que se ofrece abierto y dócil a la voluntad de Dios, para que ella lo penetre y lo llene.

Pues al darse cuenta de cómo Jesús está entregando su vida al Padre, él quiere entregar también la suya. “Padre todo está consumado” –El “fracaso” ha sido aceptado.

Es el instante en el que el ladrón, se entrega al Padre en un derrumbamiento total. El dinero, el querer sobresalir, el prestigio, el conseguir el mejor botín… se han borrado de su vida, han dejado de contar y se da cuenta de que solamente le queda una realidad: Cristo.

Por lo que ya, lo único que importa, lo único que basta es, el verse acogido por Jesús, después de haberle manifestado su arrepentimiento.

¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!”

  • Y nuestro corazón ¿cómo está en este momento?
  • ¿Van haciendo mella en nosotros las palabras de Jesús?

La escena la conocemos perfectamente. Las autoridades del momento temblaban pensando que Jesús podía quitarles el reino. Pero, este pobre hombre ¿qué clase de Rey puede ser? Sin embargo, lo que decían sus labios, no coincidía con lo que sentía su corazón. Por eso una y otra vez le preguntan ¿pero tú eres Rey? Pilatos, vaya pregunta estúpida que acabas de hacer ¿acaso tiene aspecto de rey este acusado? Sin embargo, en aquel silencio interminable, se oyen las palabras de Jesús “tú lo  has dicho: ¡Yo soy Rey! Y Pilatos mostrando una sonrisa irónica y con el rostro demacrado, tiembla de pies a cabeza ante tan grave afirmación.

Resultando que, ellos que estaban tan seguros de que no era rey, no solamente se lo preguntan constantemente, sino que para ridiculizarlo ponen un letrero en lo alto de la cruz que dice: “Este es el Rey de los Judíos”

Pero lo que allí se contemplaba no tenía nada de realeza, allí solamente había dolor, sangre, gritos… y los dos malhechores que le acompañaban cosidos a sus distintas cruces.

Ahí estaban los tres crucificados, en tres cruces distintas pero unidos por la misma suerte.

Me encantan las palabras de S. Agustín que dicen de ello algo precioso: Ahí tenemos tres hombres en cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe y un tercero que la desprecia. Pero, la pena es la misma para los tres, aunque mueran por diversas causas.

Aquí está la lección que esto nos deja en este momento. Cuando una persona está pasando por un momento duro, lo tiene que pasar igual si lo acepta, que si lo rechaza, ¡pero qué diferencia pasarlo de una manera o de otra!

  • Y yo ¿acepto os momentos duros de mi vida?
  • ¿Cómo cuál de los tres condenados reacciono?

Más, en este momento, hay un nuevo giro en los gritos de los dos crucificados que desconcierta a todos. Uno de ellos abre su boca para decir con palabras entrecortadas: “¿Ni siquiera temes a Dios tú que estás en el mismo suplicio? Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero este, no ha hecho nada malo. Para añadir seguidamente.

 “¡Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!”

La respuesta de Jesús no se hace esperar. Y sus Palabras retumban en el corazón de los presentes.

En verdad, en verdad te digo:

que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc.23-43)

       Aquí está la comprobación. ¿Acaso después de esto podemos seguir dudando de que Jesucristo sea Rey?

Dios siempre es más grande de lo que nosotros podemos abarcar e imaginar y aquí tenemos a un ajusticiado que, a la misma hora de morir, es capaz de “arrebatar” a Jesús el Paraíso.

Pero claro me imagino que no le costaría mucho entrar en el corazón de Jesús cuando se lo habían abierto de par en par.

  • Y yo que rezo cada día el Padrenuestro. Yo que digo “venga a nosotros tu Reino” ¿hago mías esas palabras de “Acuérdate de mí, ahí, en tu Reino”?

Esto es lo que hoy celebramos. Celebramos a Jesucristo Rey. Un rey  que no sale en televisión, ni en los medios de comunicación, ni se le reconocen mansiones, ni sequito, ni vasallos… un Rey que, con tan poca relevancia, no parece impactar mucho a su seguimiento, en el momento actual.

Sin embargo es grandioso conocer a un Rey que lo único que necesita para reinar son corazones liberados, disponibles, entregados… corazones abiertos –como el suyo- donde pueda encontrar un hueco pequeño para depositar esa pequeña semilla para hacerla fructificar.

  • Y nosotros, los que estamos aquí, en adoración ante el señor, ¿tenemos disponible nuestro corazón, para que el Señor pueda depositar en él, esas semillas de fe, de bondad, de misericordia… que Él desea que comiencen a producir?
  • ¿Somos capaces de gritar todo esto al mundo?

Nos hemos convencido de que, nuestro Rey, es un Rey con un corazón inmenso, capaz de acoger en su reino a todos los despreciados, abandonados, solos, desechados, relegados, sufrientes, desconcertados…

Con un corazón sin barreras; un corazón que no discrimina, ni juzga, ni condena…

Con un corazón, abierto a todas nuestras necesidades. Capaz de servir, de amar, de sufrir…

Con un corazón, que nos llama a hacer un mundo más humano, donde todos podamos ser felices.

De ahí que, sería importante que desde ahora, cuando digamos:

Venga a nosotros Tú Reino,

lo hagamos, estando dispuestos a aceptar

todo eso, a lo qué nos compromete”

 

¿Qué me apartará del amor de Cristo?

¿Qué me apartará del amor de Cristo?

En este tiempo que nos ha tocado vivir, nos encontramos rodeados de personas apartadas de Dios. Algunas de ellas se declaran ateas, otras agnósticas, la mayoría dice creer no practican… y nos quedamos perplejos al ver que, muchas de las que dicen estas cosas, vienen de familias cristianas, han estudiado en colegios religiosos y se han formado en ambientes elegidos cuidadosamente. Por lo que no nos queda más remedio que preguntarnos:

  • ¿Qué les ha pasado?
  • ¿Qué los ha llevado a prescindir de Dios?
  • ¿Qué necesitarían para comprobar su equivocación?

Quizá lo que necesiten sean personas, que muestren al verdadero Dios con su testimonio de vida.

 Al ponernos ante esta realidad nos damos cuenta de que, Posiblemente, nosotros estemos entre los no han sabido mostrar el rostro de Dios a los demás. Por eso te le suplicamos diciendo:

Ten compasión de nosotros Señor. 

¡No permitas, que se nos endurezca el corazón!

¡No permitas, que nos instalemos en la superficialidad!

Líbranos de tanta falsedad, de tanto fingimiento.

Y muéstranos tu rostro alegre, para que podamos compartir tu alegría

con los que crucen en nuestro camino.

 Pero, nada de esto puede hacernos perder la esperanza. Pues, un cristiano “de a pie”, un cristiano azotado, apaleado, encarcelado… un cristiano con una vida mucho más dura y difícil que la nuestra nos dejó escritas estas admirables palabras:

 TEXTO BÍBLICO

Entonces, ¿qué más podemos añadir?

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con Él?

¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva?

¿Quién será el que condene? Si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros

¿Quién nos separará del amor de Cristo?

¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?  Pero Dios que nos ama hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas.

Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados,

ni lo presente, ni lo futuro, ni los poderes de cualquier clase,

ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura

podrá separar del amor de Dios

manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Rom. 8, 35-39)

 Es posible que, después de oír todo esto nos preguntemos ¿y qué pudo llevar a esa persona, a que de su fondo salieran estas admirables palabras?

La respuesta es clara: Ese cristiano se dejó encontrar por Cristo. Y la persona que descubre a Cristo en su vida y se deja hacer por Él su existencia cambia de manera significativa. De ahí que podamos preguntarnos en este momento:

  • Y yo ¿me he dejado encontrar por Cristo?
  • ¿Cuándo y cómo descubrí a Cristo en mi vida?

De nuevo llega la súplica:

Señor, dame un corazón limpio que te pueda ver.

Dame un corazón misericordioso que derrame misericordia.

Dame un corazón que tenga hambre y sed de justicia.

 Guíame, Señor, tú que eres bueno y santo.

Guíame hacia la luz, y haz que camine en tu luz.

Guíame y allana mi camino para que te sea fiel.

 REFLEXIÓN

El texto que acabamos de leer, no es nuevo para nosotros, es uno de los que con frecuentemente hemos orado y han sido muchas las veces que nos hemos puesto ante este interrogante: ¿qué me apartará del amor de Cristo? Sin embargo, la mayoría de las veces, hemos pasado por alto los interrogantes anteriores.

Pablo, en cinco ocasiones llama nuestra a tención recordándonos los sorprendentes privilegios de haber optado por Jesucristo y desgraciadamente, los hemos pasado por alto como si no tuviesen nada que decirnos a nosotros.

De ahí que, hoy quiera invitaros a detenernos en ellos:

1.- Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros?

¡Qué impresionante! Dios está con nosotros. Y está ahora, en este preciso momento y nos está amando.

Y nos ama con un amor firme para protegernos de los que quieren separarnos de Él.

Y nos ama, con un amor especifico a cada uno en particular. Pero:

 2.- Y ¿cómo no nos va a conceder, también, con Él todas las cosas?

No queramos dar lecciones a Dios. Él conoce mucho mejor que nosotros como funciona el mundo, sabe nuestras necesidades y tiene un buen proyecto para nosotros. Pero parece que a  nosotros eso no nos sirve. Nosotros queremos actuaciones rápidas, tangibles… Y no nos damos cuenta de que, aunque Dios nos conceda todas las cosas, eso no va a quitarnos los problemas ni las dificultades de la vida, lo que hará es darnos fortaleza y esperanza para poder superarlas. Llevándonos a la confianza serena en el poder de Dios. Pero:

  • ¿Creemos sinceramente que nuestra vida descansa en manos de Dios?
  • ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar si nuestro plan es mejor que el Suyo?

3.- ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?

El mundo sufre la equivocación de creerse seguro, pero no acepta el cuidado que Dios tiene por cada uno de sus elegidos.

El mundo es incapaz de imaginar que la vida es tan sólo un punto luminoso en el gran universo de Dios.

  • Y yo ¿me siento segura o necesito ponerme en las manos de Dios para que me cuide?

4.- ¿Quién es el que condena?

Sólo Dios nos libra del orgullo para que podamos amar a los demás sin condenarlos. Por eso un mundo sin Dios es un mundo sancionador, que carga pesadas cargas y hace serviles a las personas.

  • ¿Confío –de verdad- que Jesús no vino a condenar sino a salvar?
  • ¿De verdad sigo pensando que merezco una vida feliz perdiendo el gozo de experimentar que cuanto se me ha dado es un don?

Después de haber experimentado el amor de Cristo sólo queda preguntarse: ¿Y qué podrá apartarme de este amor de Cristo?

(Todos)

  • ¿La aflicción?
  • ¿La angustia?
  • ¿La persecución?
  • ¿El hambre?
  • ¿La desnudez?
  • ¿El peligro?
  • ¿La espada?

Pues… en todo esto vencemos fácilmente, por aquel que nos ha amado.

 “Todos somos vencedores por aquel que nos amó

Dios es la esencia del amor y es, en ese amor donde está cimentada la Iglesia. Un amor –“ancho, largo y profundo”- que traspasa todo nuestro conocimiento.

Porque es verdad que creemos haber apostado por el Señor, pero nos falta la convicción de sentirnos amados por Él.

Vemos cristianos que viven en la soledad, en la tristeza, se consideran indignos de acercarse a Dios… no son capaces de ver su gran equivocación. Cuando la persona siente ese vacío, sin pretenderlo busca otros amores, otras diversiones, otras alternativas… que llenen su hueco.

Por eso hemos de gritar al mundo que Dios no nos ama porque seamos dignos sino por pura bondad. Él no pone condiciones, Él solamente quiere amarnos sin importarle lo que seamos. Si fuésemos capaces de acoger todo esto: las leyes nos sobrarían, las normas nos sobrarían, las legislaciones nos sobrarían, pues todo ello queda a un lado cuando la persona se siente llena de Dios. Por eso,

Cuando todo te falle en la vida

y solamente te quede Dios,

te darás cuenta que Él es lo único que necesitas.

 

 

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