¿Que significa ser evangelizador?

¿Que significa ser evangelizador?

Quizá vayamos teniendo claro ya lo que es evangelizar, pero ¿qué significa para nuestra vida el hecho de ser evangelizadores?
Puede ser que os parezca reiterativo que machaque tanto las mismas cosas. Pero sé, que hay que insistir en lo mismo, si queremos que cale muy dentro. Lo he copiado de S. Ignacio de Loyola -especialista en repeticiones- pues debe de ser que, de tanto tratar con la espiritualidad ignaciana, se me ha ido pegando.
Esas repeticiones que, seguro habrá gente a la que no le gusten, yo las encuentro totalmente necesarias porque, cada vez que se incide en un tema, se le ve desde un ángulo distinto y eso precisamente, es lo que ayuda a enriquecer y dar una visión global del mismo. Por eso os propongo insistir de nuevo en lo que significa evangelizar, porque es necesario trabajarlo para que nosotros seamos buenos evangelizadores.

Dicen los estudiosos que en griego, el verbo evangelizar se utiliza para resumir la expresión “anunciar una buena noticia” por lo que así, a simple vista, alguien “evangelizado” es, el que ha sido “puesto al corriente de algo especial”

Esto es peligroso, porque en la era del marketing –en la que nos encontramos-, los modernos vamos aprendiendo a desconfiar de quienes nos prometen cosas sugerentes, ya que realmente la mayoría de las veces solamente son, eso, –promesas- de ahí que a muchos, la palabra –evangelizar- repetida veces y veces en el Nuevo Testamento, nos pueda causar un poco de recelo.
Y claro, insertos en ello, descubrimos que a la hora de proponer la fe a otras personas, aparecen los prejuicios, las indecisiones… sentimos como si se tratara de ofrecer un producto que repele. Y estamos tan preocupados por quedar bien, por respetar al otro, por no quedar desfasados ante él… que no queremos dar la impresión de que tratamos de imponer nuestras ideas, ni convencerlo de lo que para nosotros debería ser algo primordial… y lo vamos dejando, lo vamos posponiendo; no nos preocupa que se trate de un tema tan esencial como el de la confianza en Dios.

Pero…  ¿Nos hemos parado a ver, lo que en el Nuevo Testamento significa evangelizar?

Podemos pensar que, si la palabra “evangelizar” es una palabra tan genérica que podría emplearse para anunciar cualquier cosa ¿por qué, fue la elegida por los cristianos para describir lo más preciado de su fe: el anuncio de la resurrección de Cristo?

Pero hay más. Resulta sorprendente que ya no digamos: “poner a alguien al corriente de la resurrección de Cristo”, sino simplemente “evangelizar a alguien” Y esto que podría hacernos pensar que es para ir más rápido -en esta sociedad de las prisas-, vemos que no es así, que el haberlo simplificado se debe, a que se le quiere dar un sentido mucho más profundo.

Por lo que vamos descubriendo que, anunciar la Buena Noticia de la Resurrección no es para los cristianos hablar de una doctrina que hay que aprender de memoria, ni se trataba de un comentario para hacer meditación. Evangelizar es ante todo: dar testimonio de una transformación en el interior de la persona: Los discípulos y, ahora nosotros, necesitamos hacer ver que, por la resurrección de Cristo, nuestra propia resurrección ya ha comenzado.

De donde se desprende que:

  • Evangelizar no es hablar de Jesús a alguien, sino hacerle valorar -lo que él personalmente significa ante los ojos de Dios-
  • Evangelizar es transmitir, esta palabras de Dios, que resonó cinco siglos antes de Cristo: “Eres precioso a mis ojos y te amo” (Isaías 43,4).
  • Evangelizar es ayudar a la gente a tomar conciencia del valor que cada uno tiene ante los ojos de Dios, porque Dios nos quiere como somos.

Por eso esto tenemos que decirlo los evangelizadores, porque la gente necesita saberlo. Cuando San Pablo toma conciencia de ello, no puede menos que exclamar: “¡Ay de mí si no evangelizase!” (1 Corintios 9,16) Pero es curioso que, ante una afirmación de tanta fuerza, no dé razones de por qué evangeliza; y no las da porque no las tiene, su única razón está en el amor que siente por Cristo. La evangelización para él, no es una razón, es la consecuencia de su adhesión personal a Cristo.

Por tanto nadie puede sentirse excluido de evangelizar. El problema surge cuando nos preguntamos: ¿cómo podemos comunicar, esta gran noticia a un mundo apartado de Dios, a gente que no conoce nada de Dios y a gente que parece no esperar nada de él?
Pero hay una segunda pregunta mucho más profunda y que rara vez nos hacemos: ¿cómo evangelizar a los que estamos en la iglesia y nos creemos estar evangelizados y saber todo sobre Dios?

No nos engañemos. Solamente el conocimiento de Cristo, la adhesión personal a Él, el experimentarlo en nuestra vida, el compartir sus alegrías y padecimientos… nos hará ser esos evangelizadores que la iglesia necesita, para que Jesucristo llegue a ser creíble en todos los rincones de la tierra.

Por tanto, lo que realmente necesitamos descubrir, es que para ser buenos evangelizadores, -además de tener un buen conocimiento del evangelio de Cristo- necesitamos sentir: a Dios presente en vuestra vida, porque cuando lo descubramos,

NADA NOS FALTARÁ.
TENDREMOS TODO ABUNDANTEMENTE.
Y ya no lo podremos guardar, saldremos a
mostrarlo desde el amor.

 

 

 

Ponte en pie

Ponte en pie

No hace falta explicar cómo nos quedamos, cuando un golpe inesperado nos hace tambalear la vida. Todos hemos pasado por ello. Y todos sabemos que para salir de ese desmoronamiento, lo primero que hay que hacer es ponerse en pie.

Eso es precisamente, lo que hacen los apóstoles después de recibir el Espíritu Santo -Ponerse en Pie-. Jesús ha muerto y ellos quieren hacer lo que Él les dijo que hiciesen. Pero ¿a qué se refería? ¿Por dónde empezar?

Pedro y Juan, todavía con los pies pesados y el corazón entumecido se dirigen al templo para asistir a la oración de la tarde, -era la hora de la oración- y si hay algo que han aprendido bien de Jesús es el valor de la oración. Por eso ellos continúan siendo fieles a la liturgia del templo, ya que todavía no eran capaces de comprender el alcance de la muerte de Jesús, ni del ceremonial del pan y el vino.

Pero lo que no podían imaginar era, que tendrían un encuentro inesperado. Un cojo de nacimiento, les pide limosna.

¡Sorprendente! ¿Qué puede dar alguien que no tiene nada? Ellos, todavía asombrados, fijando los ojos en él, le dicen: ¡Míranos! –Era lo que le habían visto decir y hacer a Jesús- El cojo les mira atentamente, esperando que le diesen algo. Entonces Pedro le dice: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” –todos conocemos el relato-

De lo que quizá no nos hayamos dado cuenta es, de que estamos ante un suceso que une perfectamente lo del discipulado y la evangelización.

Un hecho que nos grita, lo que con tanta frecuencia la iglesia trata de decirle a la humanidad paralizada: ¡Levántate! ¡Ponte en pie! ¡Se activa! ¡Toma las riendas de tu vida! Porque la iglesia de Jesucristo, es eso precisamente lo que busca: la grandeza del ser humano y el que sea capaz de enderezarse.

Pero para hacerlo realidad, necesita personas como los apóstoles, como tú y como yo, capaces de continuar su obra. Y aquí estamos nosotros los que queremos ser o ya somos evangelizadores.

Que importante que esta semana la dediquemos a preguntarnos ante el Señor:

  • Y yo que llevo ya años evangelizando ¿contribuyo a “levantar” a la humanidad caída? ¿Contribuyo a curar sus heridas?
  • ¿Soy capaz, de apoyarme en la fuerza de la resurrección, para ponerme en pie de nuevo, cada vez que las contrariedades me paralizan?
  • Soy capaz de ponerme ante el Señor y permanecer en su presencia hasta poder escuchar: “En nombre de Jesucristo, ¡levántate y anda!”

Pedro tampoco tenía las cosas demasiado claro.  Pero lo que sí tenía claro era, que el autor de todo lo que había sucedido era Jesús, por eso toma la palabra para gritar: “Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud?” Y es tan fuerte su convicción de lo que dice, que al escucharle se les agregan -según dice el texto- unos cinco mil hombres.

Esta es la verdadera evangelización, la que es capaz de convertir una acción en signo de fe y anuncio del evangelio, en medio de tantos alejados de Dios, recelosos y equivocados. La evangelización tiene que ser siempre signo del amor de Dios, que se hace realidad en medio de los ambientes más adversos y para ello se necesita tener la convicción de Pedro de que el que, evangeliza es Jesús aunque lo haga por medio de ellos y ahora de nosotros.

Yo creo que este es el camino que va marcando el Papa Francisco. “La iglesia no es una ONG, nos dice” Pero es que acaso son malas las ONG. ¡Para nada! Todo el que hace un bien en digno de ser reconocido. En el evangelio encontramos referencias a este hecho y es el mismo Jesús el que lo aplaude: “no se lo impidáis, el que no está contra vosotros está de vuestra parte” (Lucas 9, 50) ¿Entonces dónde encontramos la diferencia?

En que la inmensa mayoría de las ONG, o de las personas que van a sitios asistenciales para ayudar, cubren las necesidades materiales, algunas incluso de relación, afecto, formación… -algo formidable- pero vemos que, a veces, incluso se jactan de no ser ni siquiera creyentes.  Sin embargo, para el evangelizador, para el cristiano la persona es mucho más. El evangelizador ve a la persona: como un ser creado por Dios, como un hermano… por eso para el evangelizador -el hacer el bien- no solamente es atender las necesidades apremiantes que encontramos, sino ofrecer –además- el testimonio del evangelio, de la fe y del camino hacia el Señor.

Por eso, ahora que ya tenemos las cosas un poco más claras, nos damos cuenta de que no podemos quedarnos en nuestra cómoda butaca aceptando –lo de “siempre se ha hecho así”-, pongámonos en pie, trabajemos por hacer, que el Señor sea conocido en este ambiente hostil –en el que vivimos- que trata de sacarlo de su realidad.

Pero sin olvidar que, el evangelio no se trasmite por contagio, nosotros tenemos que participar activamente para hacerlo llegar a todos. Porque si nosotros podemos considerarnos dichosos de ser cristianos es porque muchos creyentes –que existieron antes que nosotros- han mantenido viva la llama de la fe y han ofrecido al mundo –su opción por el Señor- cómo una apuesta atrayente que llenaba todas sus aspiraciones.

Rompamos la inercia, superemos los miedos a ser señalados como cristianos. Démonos cuenta de que, -el que nos llamen cristianos- tiene que ser un gran orgullo para un evangelizador.

Pues evangelizar

es arriesgarse a luchar, por todo aquello

que en el mundo no se aplaude.

Evangelizar la muerte

Evangelizar la muerte

Este año el calendario se va encargando se asignarnos los temas a tratar. Pues, si hoy es el día de difuntos, parece que resulta imposible pasarlo por alto sin detenernos en él. Porque, ¿quiénes de los que vais a acercaros al tema no lleva a seres muy queridos en el corazón?

Sin embargo estamos todos al tanto, de que en el mundo de hoy estorba la muerte y estorba tanto, que queremos borrarla de la manera que sea. Vemos de modo reiterativo, que en este momento de la historia, a nuestros muertos se les maquilla -de manera sorprendente- para que no impacten al personal. A los jóvenes no se les deja que los vean para que no se traumaticen, se les incinera para que dejen de molestar, pues es costoso tener que estar pendientes de ir al cementerio… y, en el funeral, -si es que lo hay, -aunque gracias a Dios todavía son frecuentes- no se habla de la realidad de la muerte para no herir la sensibilidad de los asistentes. Más, con tanto aderezo, vemos que estamos perdiendo el verdadero sentido de la situación más cierta que tenemos: la muerte.
Sin embargo, las circunstancias nos dicen, que la muerte convive con nosotros. Y, aunque es verdad que la existencia humana es algo insondable, inexplicable y misteriosa, no por eso deja de mostrarnos su realidad.

Pero para morir, antes hay que nacer y hay que vivir, aunque lamentablemente, la gente de hoy haya equivocado lo que eso significa.
De ahí la necesidad de anunciar, que el ser humano es un ser para la vida, para la verdadera Vida. Siendo conscientes de que esta realidad es una tarea -eclesial y evangelizadora- apremiante, sobre todo ahora, cuando la visión de la muerte está plagada de indiferencia, desconfianza y recelo.
Los cristianos no podemos permitir que la resurrección de Cristo y con ella la nuestra –la de toda la humanidad- se desdibuje. La vida no es un absurdo ni una utopía, la vida tiene un sentido –un sentido profundo- no hemos sido creados para la nada, hemos sido creados desde el amor y para el amor; por tanto para Dios, para el Dios de la Vida. Este es el misterio de nuestra fe y la referencia gozosa y esperanzadora de que un día dejaremos esta carne mortal para pasar a la eterna.

Por lo que conviene recordar que, enterrar a los muertos y rezar por vivos y difuntos son dos obras de misericordia que siguen vigentes. El Papa no dejó de recordárnoslas en el año de la Misericordia.

Por eso, este día de difuntos es una ocasión propicia para pensar serenamente en que, el tema de la muerte es una realidad que nos interesa y nos afecta a todos. Y es verdad que, aunque hoy se trate de convertir el hecho de la muerte en una especie de quimera, la persona –aunque sea de forma inconsciente- busca algo en lo que esperar, pues en lo profundo de su ser detecta que está creada para la inmortalidad.
Me impactó leer la frase que, el Cardenal Spidik, dijo en el momento de morir:”Durante toda la vida he buscado el rostro de Jesús y ahora estoy feliz y sereno porque me voy a verlo”
¡Qué fantástico sería que todos pudiésemos decir esas palabras a la hora de la muerte! Seguro que pudo expresarlo así, porque había grabado en su alma las palabras del evangelio de Juan 17, “Padre, quiero que los que Tú me has dado, estén conmigo allá donde yo esté”

Jesús no habla de oídas. Jesús se hizo hombre como nosotros -semejante a sus hermanos- entró en nuestra vida y en nuestra historia y Jesús murió con la muerte más ignominiosa que conocemos. Pero el sepulcro era un sitio provisional, el autor de la vida no podía quedar sepultado en él; Jesús resucita para que también nosotros pudiésemos resucitar. Por eso es, por lo que Él puede decir con fuerza. “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá” Pero ¿De verdad creemos esto?

Hemos llegado a una conclusión, para evangelizar la realidad de la muerte, es necesario evangelizar la realidad de la vida. Así nos lo pide el Papa Francisco.

Más, no puedo concluir el tema sin que aparezca María, la Madre. Ella es la portadora de esperanza, la que engrandece nuestra fe en la vida eterna, la que recogió –los despojos de su Hijo- en su seno maternal y la que le vio Resucitado al estallar alba.

Planteémonos en serio todo esto que nos afecta de forma tan directa. No banalicemos algo de tanta trascendencia. Evangelicemos la muerte desde la vida, en ello está en juego la Vida, la verdadera Vida y eso nos atañe de verdad. Pensemos que morir significa haber vivido. Y aceptar la vida es aceptar la muerte. Vivamos agradecidos porque Dios nos la regaló.  S. Francisco de Asís, el gran amante de la vida, hablaba con cariño de la hermana muerte y esto a todos nos resulta entrañable.

No vivamos inquietos pensando lo qué allí encontraremos o pensando que no encontraremos nada. La Palabra de Dios nos lo dice así de claro:

“Ni ojo vio, ni oído oyó, ni criatura alguna puede suponer lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Corintios 2, 9 – 10)

Por eso, aunque lloremos a los que se han ido, que nada nos ponga tristes. En el lugar que Dios nos tiene preparado no se admiten las tristezas, ni el dolor, ni las lágrimas… No pidamos cuentas a Dios por esas muertes inesperadas, sorpresivas y duras; por las muertes de niños, de personas jóvenes… nadie puede entrar en la mente de Dios, ni reprocharle su manera de proceder.
Dejemos los pensamientos negativos, esos que nos inquietan y nos dañan. Quedémonos en silencio hasta que seamos capaces de decir al Señor: ¡Que se haga tu voluntad Señor! Tú, me hiciste un día un magnífico regalo, pero sabía que te pertenecía a Ti

Recordemos solamente el amor que nos dimos. Y escuchemos como ese ser querido nos dice, desde la distancia:
Siempre estaré a vuestro lado. Os amo. No perdáis el tiempo preparando el equipaje, aquí solamente se trae lo que se ha sembrado en la tierra, lo que compartimos con los demás y las marcas que dejaron nuestras huellas. Porque, como escribió Tagore:

La muerte, no es apagar la Luz,
es… apagar la lámpara
porque ha llegado el alba.

 

Con título de Apóstoles

Con título de Apóstoles

Los discípulos ya le han cogido “gustillo” a eso de estar con Jesús, pero hay algo que no acaba de encajar en sus planes. Ese Mesías -salvador de Israel- que les iba a sacar de apuros no acababa de consolidarse.

Hemos llegado al núcleo del discipulado. Y nosotros –los que queremos evangelizar- ¿A qué Mesías queremos seguir? Porque, lo primero que tenemos que tener seguro -al plantearnos el tema de la evangelización- es a qué Mesías seguimos, si seguimos al Mesías-Siervo o seguimos al Mesías-Rey.

Pero ya veis, no hay nada nuevo. Este fue el gran dilema que se cernía entre sus discípulos y este es el dilema que se nos presenta a nosotros -como iglesia de hoy-. Ellos seguían al Maestro creyendo que un día triunfarían, que serían la élite de la sociedad y resulta que se encuentran con un Jesús acabado que les habla de “ser entregado en manos de los hombres” (Lucas 9). Y sigue diciendo el evangelio que “cuando Jesús se lo dijo, ellos no entendían ese lenguaje, no captaban el sentido y les daba miedo preguntarle sobre el asunto” Y ¿No será eso mismo lo que nos pasa a nosotros?

¡Qué lección tan importante para los evangelizadores de este momento! Llevamos evangelizando un año, dos, tres… veinte, cuarenta… pero ¿nos hemos preguntado a qué Jesús seguimos? ¡Cuántos han abandonado al encontrarse con el Mesías-Siervo! ¡Ellos que habían comenzado la evangelización esperando algo extraordinario de ella!

A todos nos gustaría tener medios y dominio para evangelizar a lo grande siendo mejores que los demás. Sin embargo Jesús, entendió bien, que eso no era lo que quería el Padre. Que mirándolo desde fuera puede parecer razonable, pero que le falta el amor.

Sin embargo, aquí no acaban las sorpresas. Los discípulos todavía tendrán que enfrentarse a otras de mayor calado. Antes de lanzarse a evangelizar, tendrán que ver morir a Jesús en unas condiciones deplorables. ¡Suceso demasiado fuerte para esos rudos pescadores que se quedaban sin recursos, sin trabajo y sin un proyecto de vida! Y, que además, tendrán que sortear a los soldados del gobernador para no seguir la misma suerte que su Maestro.

Ahí los tenemos. No hay sorpresas. Lo mismo que nosotros,  deciden elegir el camino fácil y abandonar. Jesús está muriendo y sus amigos más íntimos lo han abandonado, han huido –dice el evangelio que junto a la cruz estaba solamente Juan- ¿Cómo iban a imaginarse, que tuviesen que esperar a que muriera el Maestro, para ser capaces de comenzar la misión?

“Os digo de verdad, que os conviene que yo me vaya, porque si no me voy el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy os lo enviaré” (Juan 15, 7)

Acaba de comenzar la gran aventura. Al morir Jesús, aunque hundidos y temerosos, los discípulos ya están preparados. Han conseguido el título. El Título de Apóstoles. Porque no es lo mismo ser discípulo que ser apóstol:

  • El discípulo es, el que recibe enseñanza de su maestro, en este caso de Jesucristo.
  • Mientras que, un apóstol es el enviado a propagar la Buena Noticia, la Fe cristiana y el Poder del Amor de Dios.

Y ese título de apóstol, tenía que ser El Espíritu Santo el que lo sellase. De ahí que ahora, ya con el “título en el bolsillo” les ha llegado la hora de salir.

Y… con lo que han aprendido del Maestro y la fuerza del Espíritu que habita en ellos, ya no hay quien los pare, son capaces hasta de dar su vida para salvar el nombre de su Señor.

Este es nuestro camino y no hay otro. Si queremos ser evangelizadores primero tendremos que formarnos como los discípulos –junto al Maestro- Y después pedir con fuerza –al Señor- el Espíritu Santo para que nos llene y nos conceda el título de Apóstoles.

Pero si nosotros creíamos que ya teníamos la decisión tomada, que ya estábamos en marcha ¿cómo es que ahora tenemos que volver al comienzo?

Ya ves. Hoy nos repite Jesús:

  • ¿Quieres venirte conmigo?
  • ¿Quieres renovar tu opción?
  • ¿Quieres formar parte del grupo de mis discípulos?
  • ¿Quieres recibir el título de apóstol?

Porque Jesús, no elige una vez para siempre, ni nosotros damos el sí una vez para siempre; Jesús nos sigue eligiendo cada día y nosotros hemos de renovar nuestra opción diariamente.

Más no esperemos que Jesús nos dé charlas sobre las diversas claves de cómo hemos de realizar nuestro trabajo, ni un libro de instrucciones para cuando las cosas se pongan difíciles… No. Jesús lo que nos enseña no son conocimientos, Jesús nos enseña un modo de vida nuevo. Porque la verdad de Dios no se aprende, se guarda y se vive de manera que lo que quede en nuestro fondo, lo que perdure sea nuestra manera de vivir ante el mundo, que no se basa solamente en el saber, se basa sobre todo en el sabor a Dios y en el SER. Por tanto, el discipulado consiste en la relación personal con el Maestro, obedeciendo su mensaje y aprendiendo a ser como él, para luego poder llevar –esa forma nueva de vivir a los demás.

Es posible que, después de ponerse ante esta realidad, haya evangelizadores que se sientan desanimados cansados… que vean que las cosas nos son como se imaginaban. Que les gustaría que cambiase la iglesia, la pastoral, la liturgia… pero quizá después de leer esto se den cuenta de que, lo que realmente la iglesia necesita y nosotros necesitamos no son cambios, sino recibir de nuevo la efusión del Espíritu del Señor. Recibir al Espíritu Santo.

Hasta que seamos capaces de decirle al Señor:

 Aquí estoy ante ti, Señor.

Aquí estoy para que me ayudes a mirar hacia delante a fin de contemplar el horizonte que me espera.

Tú sabes, que me encuentro más cómodo quedándome en lo fácil para no complicarme la vida.

Hacer, como que hago. Decirte SÍ y convertirlo en NO si las cosas se poner difíciles.

Tú sabes de antemano que mi respuesta no siempre es sincera.

Pero a pesar de todo… Yo quiero comprometerme contigo, Señor.

Quiero poner todo mi esfuerzo para que la tarea que nos encomendaste siga a delante.

Quiero llevar la fe y la esperanza, a los que necesitan razones sólidas para seguir caminando.

Quiero llenarme de tu amor y tu perdón.

Se valiente, la misión te espera

Se valiente, la misión te espera

Evangelizadores y evangelizados

Cuando los carteles de DOMUND llegan a mis ojos, -el lema elegido- me grita en lo más hondo. = SE VALIENTE LA MISIÓN TE ESPERA =

Y, es que este año el DOMUND tiene para mí una connotación muy significativa por dos motivos:
• Primero.- Por la persecución que están sufriendo los evangelizadores en el momento actual. Algo que me lastima y me indigna.
• Y en segundo lugar, porque este año estemos entrando a fondo en el tema de la Nueva Evangelización.
De ahí que, -El DOMUND: domingo Mundial de la propagación de la Fe- me haya parecido, un momento privilegiado para solidarizarnos con cada evangelizador, para plantearnos nuestra responsabilidad de evangelizados, para ponernos de frente ante nuestra tarea de evangelizadores, ante nuestra responsabilidad de envío, de entrega, de solidaridad… Un momento que convierta nuestra rutina en una respuesta y un compromiso.
Y aquí está, un año más, este día tan señalado en el que se nos invita, no sólo a trabajar -cada uno- allá donde nos encontremos, sino a llevarles a todos la fe. Pero ¿por dónde empezar?

Bien sé que el protagonismo de esta jornada es para los misioneros y es curioso que en un mundo donde todo se cuestiona, se debate, se enjuicia… en el tema de los misioneros, estemos casi todos de acuerdo. Es, por tanto un momento precioso para felicitar a esas personas, hombres y mujeres, que dejándolo todo, se ponen en camino hacía rumbos desconocidos, sin más avales que su fe, su confianza en el Señor y sus ganas de regalar vida por doquier. Ellos dan todo a cambio de nada y, tan sólo, para que la gente conozca a Dios y sepan que los ama inmensamente.
A simple vista todo parece fácil y bonito. Pero cuando se nos llena la boca hablando de ellos, deberíamos preguntarnos: ¿a mí me importa algo el qué los misioneros no duerman mientras yo estoy en mi confortable cama? ¿Me molesta que ellos coman al día un plato de arroz mientras yo estoy en un lujoso restaurante eligiendo a la carta? ¿A mí me afecta el que tengan que andar kilómetros y kilómetros por parajes peligrosísimos, mientras yo voy en un lujoso coche con todas las prestaciones? Porque, si todo esto no nos incumbe, quizá deberíamos guardar todas esas palabras bonitas que decimos.
Pero, la mi¬sión es cosa de todos los que seguimos a Jesús, de todos los que somos creyentes. El mismo Papa Francisco lo ha dicho con estas palabras: “La Iglesia es misionera por naturaleza; porque si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo”

Por lo tanto, nosotros somos misioneros y nadie puede escapar a esta realidad. Es misionero:
• El sacerdote.
• El religioso-a.
• El padre – la madre de familia.
• Los esposos.
• Cada persona en particular…

Todos somos misioneros y, por lo tanto evangelizadores, trasmisores de la fe, portadores de la Buena Noticia del Evangelio. Y, lo queramos o no, a todos se nos pedirá cuenta de cómo hemos llevado a cabo nuestra misión. De ahí que, el Papa Francisco, nos esté invitando constantemente a ser testigos valientes, alegres y generosos del mensaje de Jesús y a llevarlo hasta los últimos confines de la tierra, sin límites ni fronteras. Él nos lo dice así en:(Evan¬gelii gaudium, 20): “Es necesario sa¬lir de la pro¬pia co¬mo¬di¬dad y atre¬ver¬se a lle¬gar a to¬das las pe¬ri¬fe¬rias que ne¬ce¬si¬tan la luz del Evan¬ge¬lio”

Pero para evangelizar tendremos que estar evangelizados y tendremos que conocer el Evangelio; porque el mundo necesita el Evangelio de Jesucristo, como algo esencial.
Sin embargo la realidad nos dice que cada vez estamos más lejos de esta situación. Se han pasado los años en los que había que evangelizar fuera de nuestra tierra, ahora hay que evangelizar también dentro y no sólo a los demás, sino que también tenemos que evangelizarnos nosotros.

Sé bien, que esto que digo con tanta reiteración -de evangelizarnos a nosotros mismos- puede causar cierta sorpresa, pero hemos de ser conscientes, de que no podemos llevar el evangelio si nosotros no lo hemos interiorizado y no lo hemos hecho vida. Me causa cierta inquietud el oír: “yo por el mero hecho de estar bautizado ya soy evangelizador” Muy bien, pero ¿qué evangelio anuncias, el tuyo o el de Jesucristo?
Porque en este momento de la historia no podemos ir con divagaciones, hemos llegado a prescindir de Dios de tal manera, que necesitamos una evangelización profunda y efectiva.
• ¿Qué piensan nuestros jóvenes sobre, lo de tener fe o no tenerla?
• ¿Qué piensan los matrimonios sobre la fidelidad?
• ¿Qué piensan los sacerdotes sobre su compromiso y perseverancia?
• ¿Qué piensan nuestros políticos sobre la responsabilidad, el servicio y la justicia?…

Sabemos que, hay cosas en la vida que nadie puede hacer por nosotros y esta de evangelizar, es una de ellas. Por tanto será bueno que nos examinemos particularmente ya que se nos pide una respuesta personal y nadie podrá responder por otro.
• ¿Cuál es mi realidad como misionero –evangelizador-?
• ¿Qué me exige esta responsabilidad?
o ¿Cómo la trabajo?
o ¿Cómo respondo a ella?
• ¿Voy al núcleo de donde parten las circunstancias?

Desde que Jesús, eligiese a los doce y los mandase a evangelizar, no ha dejado de optar por personas de todos los tiempos para confiarles, -como a ellos-, la misión de predicar la Buena Nueva del Evangelio. Sin embargo, es bueno darse cuenta de que, cuando Jesús llama a seguirle no nos pide que sepamos mucho, ni que tengamos buena presencia, ni don de gentes, ni modelos de última moda… ¡No! Jesús no hace casting. Jesús, sólo quiere oír de nuestros labios ¡Aquí estoy!

Porque lo que a Jesús le preocupa el cambio del ser humano; pues, solamente cuando la persona cambie, empezará a cambiar nuestro mundo recuperando los valores perdidos y será capaz de hacer, cada día, un hueco mayor para que vaya entrando en él el Reino de Dios. Reino de justicia, de paz, de verdad, de amor…
Pero no nos olvidemos de que, el verdadero evangelizador es Cristo. Y es Él, el que -a través de su Iglesia- continúa su misión de -Buen Samaritano-, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y -de Buen Pastor-, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta.

Tomemos conciencia de ello y pidámosle su gracia para ir cambiando nuestro corazón, renovándonos lo más posible. Pero siempre con la seguridad de que Dios nos quiere como somos. A nosotros, solamente nos toca responder a tantas gracias, con nuestro sí incondicional salido de lo más profundo de nuestro ser.
Terminemos pidiéndole a María que nos ayude a ser misioneros, a llevar la Buena Nueva de Jesús allí donde estemos –como ella lo hizo- Y ella, la Reina de los Apóstoles, nos guíe en nuestro caminar.

Pues la misión nos espera
y nosotros, queremos optar por ella
con auténtica valentía.

 

Ante el pilar de la Virgen

Ante el pilar de la Virgen

Siendo hoy la Virgen del Pilar, no podría escribir nada que no fuese dedicado a María. Pues ella, no sólo es la primera evangelizadora, sino que es la que alienta y sostiene a cualquier evangelizador.
Por otro lado, he vivido muchos años en Zaragoza y no puedo dejar de alegrarme y entrar en fiesta cuando llega esta emblemática fecha.
A mi mente vienen tantos “pilares” vividos con mis padres, -que están ya con el Señor-; la devoción que sentían a la Virgen. Mi padre era Caballero del Pilar y algunos años nos levantaba para ir a misa de Infantes a las seis de la mañana, a la que él asistía siempre.
Estuve hace poco en Zaragoza y al bajar a ver la Virgen, llegaba hasta mis ojos aquel reclinatorio donde mi padre la velaba. ¡Velar a la Virgen! ¡Me entusiasma!
Además, quiero invitaros a acercarnos a la Madre en este mes, porque Octubre es un mes que rezuma sentido mariano al conjugarse dos fiestas de la Virgen: la del Rosario el día 7 y la del Pilar el día 12.

EN ORACIÓN ANTE LA VIRGEN
Empiezo mi artículo vistiéndome, por dentro, de gala con todo Zaragoza que canta a María, diciendo con fe:
“Este pueblo que te adora,
de tu amor favor implora,
y te aclama y te bendice,
abrazado a tu pilar.
Hago extensivo mí canto a la Virgen, a toda la Hispanidad y a toda la Iglesia; pidiéndole a la Madre una bendición muy especial para todos sus hijos.

EL PILAR DE LA VIRGEN
Decía la semana pasada que, para ser un buen discípulo hay que llegar a Dios y hoy os digo que, para llegar a Dios hay que acercarse a la Madre.
Por eso ella, que conocía como nadie el papel que jugaba en la ingente tarea de la evangelización, al ver la angustia que siente el apóstol Santiago ante la imposibilidad de evangelizar España, decide alentarle aproximándose a él y al resto de sus hijos para ser: nuestro punto de referencia, nuestro sosiego, nuestra mediadora. Ella quería tener un lugar de cita y encuentro donde siempre pudiésemos encontrar su presencia; y así, cuenta la tradición, que a orillas del Ebro los ángeles nos trajeron un pilar.

La Virgen podía haber buscado una manera más majestuosa para hacerse presente, pero elige esta: -Una columna alta para invitar a todos a mirar a Dios-
Una columna firme que refleja una fe fuerte, contra la que no pueda la desconfianza, el escepticismo, ni la increencia de nuestro tiempo. Y, encima de ella, una Virgen pequeña, humilde y hermosa, cuya imagen ocupa el centro de la majestuosa Basílica, esperando a sus hijos para compartir con ellos sus añoranzas, sus proyectos, sus fracasos… Ella, con su amor de Madre, comparte angustias, dolores, gozos y esperanzas de cuantos llegamos a su altar. Ella, con su presencia callada, rezuma olor a evangelio ofrecido desde la verdad de Dios.
No dejéis hoy de silenciaros y cerrar los ojos para contemplarla. No dejéis de mirarla en silencio, de pedirle que nos dé fuerza para volver a mostrar a su Hijo, a este mundo tan falto de Dios.

En Zaragoza esto se entiendo con facilidad. Cuando te encuentras con alguien que conoces y le preguntas a dónde va, la gente responde con normalidad: “voy a ver la Virgen” porque no necesitan más. Todos saben que la Madre, con sólo mirarnos, ya ha entendido todo lo que se funde en nuestro fondo.
Por eso la gente va al Pilar a orar, aunque sea, simplemente con una mirada; pues, ¿quién mejor que la Madre puede entender el lenguaje de la mirada? ¿Quién mejor que la Madre, para enseñarnos la manera de comunicarnos con el Señor?
Si hay una oración brotada de la disponibilidad de -una pobre de Dios- es la de María. Nos lo deja plasmado en el Magníficat, en el que ella se sitúa ante su Señor, desde la libertad de un ser creyente y entregado a realizar en todo, los designios de su Señor.

La oración de María es única. Solamente una madre puede llegar al corazón del hijo de manera tan singular; por eso su oración destilaba certeza, fe, confianza… y cuando estos ingredientes se juntan, toman esa fuerza capaz de convertir la súplica, en gratuidad, siendo capaz de decir:”Engrandece mi alma al Señor”
Ella sabe que ha sido escuchada, ha sido elegida, ha sido sellada. En sus labios no hay engaño y su súplica ha subido hasta Dios. El Omnipotente ha puesto la vista en la humildad mayor de todo lo previsible y por eso todas las generaciones celebramos esas obras grandes que en su persona ha hecho la misericordia del Señor.
De ahí que, los días en los que conmemoramos una festividad de la Virgen deban de ser una invitación a mirar a María, a hablar con ella, a escuchar lo que nos dice, a interiorizar su deseo de que mejoremos nuestras vidas… y a escuchar –de nuevo- de sus labios: ¡Haced lo que Él os diga!

Por eso, ante este derroche de gracias, os invito a llegar a su presencia -en este día tan especial- para decirle:

Madre: a Ti acudimos porque queremos llegar a Jesús de tu mano.Pídele que nos dé la gracia de parecernos a Ti: recibiéndolo como tú lo recibiste, siguiéndolo como tú lo seguiste, mostrándolo como tú lo mostraste y amándolo como -sólo tú- supiste amarlo.

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