Dichosos los que son fieles a su promesa

Dichosos los que son fieles a su promesa

El día 9 de Mayo, se celebró la fiesta de Nuestra Señora de los Desamparados a la que se añade y de los inocentes y mártires… ¡Me encanta! Por eso, me ha parecido que no podía pasar por alto tanta grandeza, ya que si hay alguien que pueda decirnos algo valioso sobre nuestra manera de vivir, en la sociedad, en la familia, en nuestra comunidad de creyentes… es la Madre. Y pensaba, que si ella se acercase a nosotros, en este momento de la historia –en el que nos ha tocado vivir-, lo primero que nos hablaría sería de misericordia, de bondad, de acogida, de ternura…
Pues hoy día, parece que da un aire de prestigio el rodearse de gente “importante y privilegiada” aunque para ello haya que incumplir los compromisos, ponerse por encima de los demás y devolver un daño multiplicado… pero no nos basta con eso, además, nos quieren hacer ver que ese comportamiento es signo de coraje y valentía.
Sin embargo yo creo que, lo que hoy le gustaría decirnos a la Madre, sería: Dichosos los que son fieles a su realidad de vida, los que son fieles a su promesa, los que son fieles a Dios, porque ellos serán capaces de atender la miseria del mundo, acogiendo a los que nadie quiere aproximarse.

MAGNIFICAT
Si María fue capaz de proclamar el Magníficat, se debió a que entendió como nadie lo que había en el corazón de Dios. Entendió como nadie, lo que Dios tenía de acogida, de entrega, de ayuda, de auxilio al despreciado… De ahí que:

El Magníficat sea la lección más elocuente, que un alma puede recibir, sobre el modo de corresponder al amor de Dios.
Pues el Magníficat nos lleva a oír en el interior esa voz que nos dice: “Deléitate, profundamente, en tu Señor, porque solamente Él es capaz de dar cuanto desea tu corazón”

María sabe mucho de esto. No tenemos nada más que ver las palabras salidas de su fondo: “Porque ha mirado la humillación de su esclava” Solamente alguien que sabe ofrecerse puede hacer esta categórica afirmación, sólo los que se sienten poca cosa, los “anawin”, los pobres de Yahvé pueden dirigirse así a su Señor y ella pertenecía a esa familia.
Ella conoce que la donación concierne al canto del Siervo, en el que se sugiere una actitud de entrega, de no violencia, de valentía… para aceptar el ser tratado injustamente.
Ella sabe mejor que nadie, que entregarse a Dios, quiere decir que la vida hay que asumirla con ánimo de fortaleza, uno de los dones del Espíritu Santo que vamos olvidando porque, en nuestro entorno, ya no se habla de esas cosas.
Y para demostrarlo, aquí está ella, la Madre, porque ¿hay alguien que supiera soportar tanto y con tanta dignidad?
Por eso ya no nos queda la menor duda de que ella es la Madre de los desamparados, de los inocentes, de los mártires… y de los que tienen el corazón abierto para recibir a cuantos vienen magullados del camino y a cuantos, ya no les queda ni un motivo para esperar.
Y por eso puede seguir diciendo:

PORQUE EL PODEROSO HA HECHO OBRAS GRANDES EN MÍ…
María, cuando pronunció el Sí más fértil de la historia de la humanidad, ya había aprendido de todas las mujeres de la Biblia, que su maternidad era una vocación al servicio de la Vida. “Aquí está la esclava del Señor” son las palabras salidas de su boca. Aquí estoy dispuesta a recibir la Buena Noticia, porque mi corazón desborda de gozo al saberme elegida por mi Dios.
Estoy disponible, como tierra fértil para dar lo mejor de mi cosecha. No escuchemos, todo esto, de pasada. Detengámonos en ello. Dejemos que nos interpele hoy a nosotros. Que nos empujase a dar una respuesta, a adquirir un compromiso de vida. El compromiso de dejar tanto deterioro, como nos invade, para lanzarnos a la novedad de Dios, que nos dice:
Renueva el amor a los tuyos, a los que se cruzan en tu camino, a esos que te incomodan, a aquellos que te parece imposible amar.
Pídele que te haga dócil a su voluntad; esa voluntad que se manifiesta a través de su palabra.
Y junto a la Madre, abandónate en las manos de Dios.

de la abundancia del corazón hablan los labios

de la abundancia del corazón hablan los labios

Hemos dicho muchas veces como nos hubiera gustado que Jesús hubiese bajado de la Cruz y hubiese puesto a todos en su sitio dejándolos boquiabiertos, pero yo creo que, nos hubiera gustado de la misma manera, que después de resucitar se hubiera aparecido al Sanedrín, a los que realizaron la ejecución, a los verdugos y a todos los que tuvieron algo que ver en la crucifixión para decirles: ¡Mirad, aquí estoy yo, he resucitado! ¿Ahora que tenéis que decir?
Sin embargo Jesús, una vez más vuelve a darnos una lección de humildad, de respeto, de fidelidad al plan de Dios y en vez de deslumbrar, hace alarde de su porte, de su valor, de su serenidad… y vuelve para calmar las necesidades de esos que tanto le necesitan en ese momento: Los suyos. Y lejos de venir a darles lecciones y adiestramiento para sobresalir ante sus perseguidores, viene para ofrecerles su ayuda, para preocuparse de cómo están, de qué necesitan, de qué sienten e su corazón… irrumpe en su vida de una manera que nadie lo hará nunca. Va de uno en uno, les hace sentirse especiales, les responde a sus preguntas, les muestra un horizonte de vida que nunca habían soñado… les va invitando a vivir sencillamente lo que le habían visto vivir a Él.

A María Magdalena la busca personalmente y entra hasta su fondo para decirle: “Mujer ¿qué te pasa? ¿Cuál es el motivo de tu tristeza? ¿A quién buscas?” Y llega hasta el Cenáculo para alentar a Tomás en su falta de Fe “Tomás, aquí estoy, compruébalo por ti mismo. Te entiendo. No te preocupes que sigues siendo mi amigo lo mismo que lo eras antes” ¡Señor! Tú eres mi Señor y mi Dios, ¿a quién iremos fuera de Ti?
Pero Jesús no se conforma con llegar a los cercanos, Él quiere estar cerca de todos los que lo buscan de cualquier manera. De los que lo buscan sin encontrarlo y de los que lo encuentran sin buscarlo. De los que se van decepcionados y de los que siguen, aunque sea sumidos en la resignación. Jesús no hace acepción de personas, Jesús ha muerto y ha resucitado para todos.
Por eso sale a los caminos para seguir buscando a los que quieren abandonar y lo mismo que lo hacía cuando estaba con ellos, se acerca a dos que caminan tristes y desalentados; los sucesos acaecidos los han desinstalado y han decidido poner fin a la pesadilla.
Y lo mismo que con los demás: Jesús vuelve a conversar con ellos.
Yo creo que Jesús debe de ser un buen conversador, ¡aunque los modernos no tengamos tiempo de hablar con Él demasiado!

Hay un libro de Sergio Ledesma que se titula “Somos lo que Conversamos” Y es que la mejor manera de conocer a una persona es escuchándole, viendo su manera de expresarse, su vocabulario, su compartir… De tal manera que, una buena conversación siempre gusta a todos, ella produce sosiego, serenidad… ella hace la vida más agradable.
Pero por desgracia esto se ha perdido. Hoy ya no se habla, Hoy se “Chatea” Es verdad que chatear sigue siendo una conversación, aunque sin vernos, sin sentirnos, sin mirarnos a los ojos, sin escucharnos… En fin, me atrevería a decir que es una conversación “descafeinada” pero conversación al fin y al cabo.
Pero lo importante no es eso. Lo importante es, que cuando los discípulos valoran lo que han compartido con Jesús lo primero que surge es el sosiego que les produce, lo que sintieron en su fondo… ¡Cómo ardía nuestro corazón! Dirán los que van camino de Emaus. Y ahí está la clave en observar lo que nuestra conversación con los demás produce en su fondo.
De ahí que fuese bueno que hoy nos preguntásemos: ¿nos producen sosiego esas conversaciones que plasmamos al chatear o a veces nos producen ansiedad e incluso vergüenza? ¿Nos hemos preguntado alguna vez si estaríamos dispuestos a que nuestras conversaciones escritas pudiera conocerlas todo el mundo, como se puede airear lo que Jesús compartió con los que iban caminando? ¿Estaríamos dispuestos a que nuestras conversaciones con los amigos las pudieran saber nuestros hijos? Y lo que es peor ¿nos importaría que lo que conversamos fuera de casa o con los compañeros de trabajo lo pudiera conocer nuestra mujer, nuestro marido? ¿De qué conversamos? ¡Qué importante que nuestras conversaciones sean siempre edificantes! ¡Cómo debemos cuidarlas!
Pero todavía hay algo de mucho más calado. ¿Hablamos con el Señor? ¿De qué hablamos con el Señor? ¿Cómo hablamos con el Señor?
¿Nosotros rezamos? ¿Cómo lo hacemos? Porque a veces pasamos un tiempo rezando y ni siquiera sabemos lo que hemos dicho, eso no es hablar con el Señor y mucho menos orar.
Orar es conversar con el Señor es decirle cosas bonitas, es alabarlo, es agradecerle, es expresarle todo lo que nos sale del corazón… pero claro para hacer eso es necesario amarlo.
Y sé bien que, a veces no sabemos hacerlo, pero podemos pedírselo al Espíritu Santo porque Él siempre está dispuesto a ayudarnos. Podemos pedirle que sea Él el que nos diga cómo hacerlo, qué decir… porque cuando la persona se pone delante de Dios tal y como es no necesita fórmulas, ni hojas para leer, ni repetir oraciones que otros han hecho… De su corazón brota el agradecimiento, el pedir perdón, el decirle al Señor lo frágiles que somos, el pedirle que nos ayude a perdonar a cuantos nos han causado dolor.
Pedirle perdón por nuestras infidelidades, nuestras tristezas, nuestras envidias, nuestras angustias…
Y darle también gracias por todo lo que nos ha dado: la vida, la familia, la comunidad de hermanos… la fe, la esperanza, la libertad… Sin terminar habiéndole dicho que se cumpla su voluntad, porque sabemos que su tiempo no es nuestro tiempo ni su manera de hacer las cosas la nuestra. Y ahora sí, ahora callemos y pasemos un tiempo preguntándonos:
• ¿Qué hablamos con el Señor?
• ¿De qué hablamos con el Señor?
• Cómo hablamos con el Señor?

Pero esto no termina aquí. Todavía falta un pequeño detalle. Y nosotros ¿escuchamos a Dios? ¿Habla con nosotros? ¿Dé que habla? Él sí que tiene siempre una palabra hermosa que decirnos: “eres bello a mis ojos, ¡te necesito! Te llevo tatuado en la palma de mi mano; aunque todos te dejen, yo nunca me olvidaré de ti…” Y esa conversación de Dos con nosotros dura todo el día, lo que pasa es que no tenemos tiempo de escucharle, cada uno estamos pensando en nuestras cosas, en nuestras ocupaciones, en nuestras preocupaciones y no somos capaces de entender, que ni siquiera hay que estar muy atento para darnos cuenta de todo los que nos dice.
La creación ¿no nos está diciendo algo de Él? Las personas, las circunstancias, la Sagrada escritura que leemos en la liturgia… ¿no nos están diciendo algo de Él? El amanecer, los de nuestra casa, la enfermedad que nos ha sobrevenido, ese empleo que acaba de llegar sin esperarlo, ese viaje que estamos preparando, esa muerte que nos ha sobresaltado, ese nieto que ha nacido, esa palabra de Dios… ¿no nos está diciendo algo de Él? Dios está hablando con nosotros todo el día, no sirve la pregunta de ¿Señor por qué no me hablas, por qué no me escuchas? Sino hijo ¿por qué no escuchas a Dios? ¿Por qué no escuchas a tu Padre?

Prestemos más atención a ese Dios que nos acompaña y nos habla siempre. Dejemos que irrumpa en nuestra vida, que nos diga el plan que tiene preparado para cada uno de nosotros. Dejémonos transformar por Él como lo hicieron los apóstoles y sobre todo no pasemos por alto su invitación a vivir sencillamente su evangelio.

El perdón – La adúltera

El perdón – La adúltera

Después de este periodo de conversión, llega el momento de la Reconciliación. Reconciliación con:
• Nosotros mismos.
• Con los hermanos.
• Y con Dios.
Para ello es preciso silenciarnos, detenernos y bajar a nuestro fondo, para desde lo más profundo:

  • Descubrir la posibilidad que tenemos de sanarnos.
    • Dios no quiere personas resentidas, irritadas, quejosas…
  • Reconocer la herida que nos produce daño.
    • ¿Qué heridas nos dañan y nos paralizan?
  • La herida que hemos producido y daña a los demás.
    • Nuestra indiferencia, nuestro silencio…
  • Para descubrir que es lo que nos impide dar y pedir perdón.

En toda reconciliación el que toma, siempre la iniciativa es Cristo. Él es el gran protagonista y no nosotros.
Así, cuando nos encontramos de nuevo, ante su gran misericordia, llega a nuestra mente la actitud de Jesús que, sin negar la gravedad del pecado, se acerca al pecador para regalarle la confianza.

El pasado ya no cuenta, lo que cuenta es el “renacer“, lo que cuenta es el: “de ahora en adelante”

Por eso lo que tendremos que hacer de ahora en adelante será:

  • Estar atentos para reconocer a quienes hemos herido.
  • Tendremos que escuchar sus sufrimientos, sus reproches,
  • Tendremos que arrodillarnos a pedirles perdón.
  • Y, sobre todo, tendremos que abrirnos a su confianza y su acogida.

Sabiendo que, solamente, seremos capaces de sanar a los demás, cuando hayamos sido capaces de curarnos a nosotros mismos, y para ello tendremos que dejarnos sanar nuestra herida, acogiendo el perdón que se nos ofrece y abriéndonos a la confianza de los que nos rodean.

EL PERDÓN
Entrar en el perdón que Cristo nos ofrece supone dejar de creernos justos, dejar la arrogancia, la presunción; dejar de ser meros cumplidores creyéndonos mejores que los demás.

Porque solamente es posible acercarse a la novedad del perdón cuando nuestras manos estén vacías, pobres, disponibles… Más, si por el contrario, están llenas de piedras, esas mismas piedras oscurecerán todas las posibilidades de ver las actitudes de los demás con nitidez. Ya que para perdonar hay que vivir en la luz, hay que ver con claridad; hay que detectar, que uno está limpio x no cuando denuncia una culpa, sino cuando consigue mirar al culpable con respeto y caridad.

Pues lo que mancha a la persona es el desprecio, la acusación, el orgullo, el implicar al que se equivocó… Jesús nos enseñó lo que era el perdón, saliendo a buscar y a sanar a todos los que se habían desviado, entrando en el dolor de los desfavorecidos, llegando hasta lo más profundo de sus sufrimientos, regalándoles su afecto… sanando sus heridas, no sólo del cuerpo, sino también del alma, haciéndoles ver que Dios los amaba y devolviéndoles a cada uno la dignidad de hijos muy queridos de su Padre: Dios.

Más, la moneda del perdón tiene dos caras: Perdonar y pedir perdón. Y ¡qué difícil resulta ponerlo en práctica! Es verdad que cuesta pero merece la pena intentarlo. Por eso os invito a que seamos valientes, a que tratemos de ansiarlo. Es preciso amar más allá de la herida que nos hayan hecho y decidir amar por encima del dolor recibido, pues si lo hacemos así, os aseguro que quedaremos sorprendidos del sosiego y la paz que comenzaran a inundar nuestro corazón. Ya que vivir el perdón está por encima de dar y recibir. Está por encima de la simple disculpa, del “lo siento” Es un largo proceso necesario para que la herida cicatrice. Es un don recibido del Señor que tiene una doble finalidad: Curarnos a nosotros mismos y curar a los demás.

También puede llegar ese momento en el que creamos que alguien debe pedirnos perdón y no lo ha hecho; sin caer en la cuenta de que la persona humana es muy limitada, de que no todos tenemos la misma capacidad de perdonar y de que ninguno podremos entrar en la intimidad del otro para ver cual es el motivo que lo ha llevado a tener un determinado comportamiento.
Sin embargo hemos de darnos cuenta de que, algunas veces, todo esto pasa desapercibido para nosotros. Nos parece bonito el planteamiento pero:

• ¿Soy capaz de pedir perdón por esa herida que hice?
• ¿Por qué me cuesta tanto pedir perdón y perdonar?
• ¿Tengo heridas cerradas en falso?
• ¿Qué veo en los otros que me ayuda a pedir perdón?
• ¿Qué ven ellos en mí, cuando no son capaces de pedírmelo?

Nos adentraremos en el evangelio para comprobarlo:

“Los letrados y fariseos le traen, a Jesús, una mujer cogida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adulteras Tú ¿qué dices? (Juan 8, 1 – 11)

Aquí está. Un grupo de escribas y fariseos irrumpe bruscamente donde se hallaba Jesús, trayendo a “una mujer sorprendida en adulterio” Jesús mira la escena, ve a una mujer aterrada y al resto de los curiosos expectantes. Nadie se ha preocupado de llegar a su intimidad, nadie se ha preocupado de sus sentimientos, de lo que le ha llevado a esta situación… simplemente se detecta que esta humillada, horrorizada y condenada por todos. A ninguno de los presentes le preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le ha preguntado nada. Ha sido condenada de antemano. Los acusadores se han preocupado de airear “La Ley de Moisés que mandaba apedrear a las adúlteras” y le piden a Jesús una respuesta en nombre de esa Ley. Pero Él calla.

Jesús no niega la gravedad del pecado pero no cesa de acercarse al pecador para regalarle su confianza, su acogida, su perdón. El pasado no cuenta lo que cuenta es el renacer, el “de ahora en adelante”

“Entonces, incorporándose les dijo: el que esté sin pecado que tire la primera piedra. Ellos al oírlo se fueron escabullendo, empezando por los más viejos” (Juan 8, 7 – 10)

¡Qué belleza! Cuando Jesús perdona tiene dos actitudes: primero el silencio, Él calla. “No he venido a juzgar al mundo…” nos dirá en el evangelio, por eso huye de ese debate que tanto nos gusta a los que queremos justificarnos.

Jesús calla porque con su silencio quiere gritarnos que sus leyes son distintas a las nuestras, que su ley se basa solamente en la misericordia. Y sigue callado hasta conseguir que esa misericordia se grave en ese corazón de carne que cada persona llevamos dentro. Él sabe muy bien que la misericordia es fecunda, crea, hace vivir….

Y, después del silencio, una mirada de bondad. Una mirada nueva, distinta a la nuestra; una mirada capaz de ver todo lo que se esconde bajo la costra de cada persona; una mirada para observar sus errores, sus defectos, sus infamias… Pero Jesús, con esa mirada, quiere llegar hasta el santuario de cada persona donde anida el deseo de abrirse a la gracia para encontrarse con Dios.

Y ahora sí, llegan las palabras esperadas, las palabras que inundan el corazón, las palabras que te devuelven a la vida: ¿Nadie te ha condenado? Pues Yo tampoco. ¡Estás perdonado!, perdona tú del mismo modo, luego vete no peques más.

La vuelta a casa

La vuelta a casa

Volvemos a estar ante unos versículos del evangelio que nos desbordan ¡pero nos gustan! Los personajes nos seducen y parece que anhelamos volverlo a escuchar, sin embargo quizá no hayamos profundizado en él debidamente, no hayamos sido capaces de preguntarnos qué es lo que –esos personajes- nos dice a cada uno en particular. Por eso, os invito a que este año, con nuestra realidad presente, con las circunstancias actuales que se nos van presentando… nos preguntemos:
• ¿Qué me quiere decir a mí, el Señor, con esta parábola?
• ¿Qué quiere enseñarme este año y en este momento concreto?

A mí este año, me gustaría detenerme más en las actitudes que en los hechos, me gustaría observar lo que alberga el interior de cada personaje, pues las verdaderas razones por las que se toma una decisión importante, se desarrollan en el interior de la persona, en lo más profundo de su ser.
Al hacerlo así, lo primero que observo, es que este relato está construido en forma de ida y vuelta; algo que coincide con la manera que tenemos de actuar en este momento de la historia. Los compromisos serios duran poco y asustan tanto, que raramente se suelen acoger, preferimos ir y venir de un sitio a otro, que instalarnos en el proyecto salvador que Dios ha pensado para cada uno de nosotros, pues es mucho más fácil quedarnos apegados a nuestras razones, que ceder a ellas. ¡Qué bueno sería, tomar en ese momento una dosis de humildad!
Pero claro, si se trata de volver, es porque antes nos hemos tenido que ir. ¿Y quién puede decir que no se ha ido nunca? ¡Nos hemos ido tantas veces!
Sin embargo no siempre nos hemos ido por el mismo motivo, ni todos nos vamos por la misma circunstancia, por lo que tampoco volvemos todos de la misma manera, pero lo realmente importante es volver.
Podemos comprobarlo en el mismo evangelio, el hijo pródigo vuelve arrepentido y desandando sus malos pasos; mientras los discípulos de Emaús hacen el camino de vuelta, decepcionados ¡hay tantas maneras de volver!

Pero llegamos a la gran enseñanza para todos existe la misma manera de ser esperados. El Padre en persona, sale a esperar a cada uno en particular, para recibirlos con los brazos abiertos.

Más, volvemos a la parábola. El relato comienza diciendo que el hijo menor “pide a su padre la parte de la herencia que le corresponde” De todos es conocido este requerimiento del hijo, pero lo que quizá no nos hayamos parado a preguntarnos es: ¿qué le llevo a tomar esta decisión? ¿Qué había en la casa del Padre que a Él le desbordaba? ¿Qué sentía en su corazón?
Al detenernos simplemente, en la actitud que toma, podemos ver un hijo osado, atrevido, con modales que no son recomendables… lo que se vive de amor y ternura en la casa del Padre no puede soportarlo, la incoherencia de los que le rodean le repele y… poco a poco, su corazón se va endureciendo, la tristeza se va apoderando de él, su frialdad va llenando de vacío su interior, se siente asfixiado y aparecen las ganas de huir… No puede aguantar la mirada del Padre, ni sus caricias, ni su comportamiento…, tampoco le gusta la manera de vivir de los otros: su egoísmo, su orgullo, su presunción… se siente relegado, incomprendido, despreciado… A él le gusta deambular por el camino fácil, por lo que no cuesta, por lo que le hace pensar solamente en él… le gusta sobresalir y solamente vive para acumular riqueza y darse todos los gustos posibles… Él no ignora el daño que su actitud va a hacer a su padre, pero no es capaz de comprender que su padre quiere lo mejor para él y no le importa tomar la decisión equivocada.

Pero no tenemos que irnos tan lejos para detectar este comportamiento. Vemos con tristeza, que también se ha ido mucha gente de nuestras iglesias y aunque lo hayamos comentado, no hemos sido capaces de preguntarnos: ¿Qué buscaban en ellas que no encontraron? ¿Qué daños les produjo en el alma: nuestro egoísmo, nuestra indiferencia, nuestro comportamiento, nuestros ritos vacíos…? ¿Fuimos capaces de intentar llegar a su fondo, de detectar lo que se fundía en su corazón: su dolor, su sufrimiento, su necesidad de afecto…? ¿Qué daños se llevaron en su fondo? ¿Qué nos impidió el arrodillarnos para curar sus heridas?

Mas, ¡qué tristeza que nos resulte tan familiar esta manera de vivir del pródigo! No podemos obviar, que es esto mismo lo que le pasa hoy a nuestra sociedad. Quiere huir de la moralidad, de la exigencia, de la honradez, de la verdad, de la honestidad… Y para ello, lo primero que tiene que hacer es alejarse de la mirada del Padre. Así vemos como se han ido quitando las imágenes religiosas de nuestro ambiente. No hace mucho, en los lugares emblemáticos de nuestra actividad: en nuestra casa, en hospitales, colegios, en sitios oficiales… siempre había un Cristo presidiéndolos pero dañaba su presencia y -como el pródigo tiene la osadía de apartarse de su Padre- nosotros hemos tenido la osadía de quitarlo, de prescindir de Dios.
Lo que nadie dice es, que sin Dios la vida se vuelve un problema, que el ser humano termina perdido y que cuanto emprende acaba mal –como dice el Salmo-, porque al final lo queramos o no, todo lo habremos perdido, todo lo habremos malgastado… pues lo mismo que el pródigo malgasta la herencia, las personas sin Dios malgastan las fuerzas, los dones, las capacidades que Dios les ha dado… malgastan la vida.

Pero cuidado, cada uno somos responsables de nuestros actos y, aunque como el pródigo, sigamos huyendo y abandonando la casa del Padre -porque creamos que se nos pide demasiado, porque se nos pida un compromiso que no estemos dispuestos a aceptar, o porque lo que hoy prima sea el amarse a sí mismo sin pensar en los demás… lo queramos o no, tendremos que acatar los efectos de nuestros actos , pues nadie pagará las consecuencias por nosotros por muy allegados que sean; las pagaremos nosotros mismos.

Sin embargo vemos, que el pródigo no tarda mucho de experimentar otra clase de vacío. El vacío provocado por el hambre y es esta clase de vacío la que se convierte en el punto de partida en su deseo de volver a casa. Se da cuenta de que él que lo tenía todo, solamente desea comerse la comida de los cerdos (Lucas 15, 11 -16)
Y esta experiencia del hambre, es la que le da la fuerza suficiente para ponerse en pie y la humildad para volver. ¡Qué bueno sería que también nosotros tuviésemos la experiencia de sentir hambre de Dios! Sin embargo, vemos con dolor, que la gente se instala en su hundimiento y se queda metida en el socavón. Con lo fácil que le resultaría ser capaz de decir como el pródigo ¡me he equivocado! ¡He fallado! Pero lo reconozco.

Y el hijo vuelve en una disposición de humildad. “No merezco ser hijo tuyo…” “Trátame como a uno de tus jornaleros…” En su camino equivocado ha sido capaz de dejar entrar en su vida el gran don de la disponibilidad, no solamente se ha arrepentido, sino que además vuelve con la experiencia de la disponibilidad. Ya no viene exigiendo, viene pidiendo perdón.

Esta es la gran lección que nos está dando esta parábola. La tarea de saber arrepentirnos y pedir perdón. Porque si queremos vivir la misericordia de Dios, necesitamos transitar por el camino del arrepentirnos, sabiendo pedir perdón con humildad y disponibilidad.

Pero es necesario traer también a nuestra reflexión, a esa otra clase de hijos que, como el mayor de la parábola no pueden entender la generosidad del Padre y son incapaces de pensar en el perdón.
Son, esos hijos, que se han quedado en casa viviendo una fría honradez; teniendo una conducta virtuosa pero tan estrecha que los separa de todos; reducen la vida, de la casa del Padre, a una cuestión de reglas y prohibiciones, pero se quedan sentados cómodamente, sin ser capaces de dar un pasos por los demás
Y es que, el hijo mayor se ha quedado con el Padre, no porque lo ame sino porque le interesan sus bienes. Se queda, porque cree que le pertenecen esos bienes que el padre consiguió con su trabajo, ya que al parecer, él no había trabajado en su vida.

El hijo mayor se cree merecedor de todo, ha perdido el sentido de la gratuidad y es incapaz de ver que cuanto tiene es un regalo, porque el Padre no tiene ninguna obligación para con él. Que los bienes son del Padre y nadie puede venir a pedirle cuentas de cómo ha de usarlos.

Es aquí donde entramos nosotros, los que somos incapaces de ver, cuántas veces nos encontramos pendientes de lo que Dios perdona a los demás. Cuántas veces criticamos si una persona era de tal manera, de tal otra… y Dios la ha perdonado. Cuántas veces no entendemos que en la casa del Padre haya sitio para todos. Incluso nos permitimos criticar que haya un puesto privilegiado para el que vuelve arrepentido.
Pero el amor del Padre, está por encima de nuestra miserable conducta, hasta el punto de que es capaz de preparar un suntuoso banquete para celebrar la vuelta a casa del hijo.

Es asombroso que antes de que, el hijo, pruebe el cordero cebado y los manjares suculentos, tenga que probar el abrazo del Padre, su perdón, su acogida, sus signos: sandalias nuevas, anillo, el mejor traje… porque antes de saciar el hambre, el Padre se encarga de: hacernos recuperar la dignidad perdida y la condición de hijos. Antes de gozar de los alimentos, el Padre quiere que gocemos de la música y la fiesta, porque el Padre entiende como nadie, que lo primero que hay que sanar sea el interior de la persona.

Y sorprende comprobar, que la parábola del “hijo pródigo” nos sobrecoja o nos resulte tan atractiva, cuando este hecho se repite cada día, en cada Eucaristía celebrada y nosotros asistimos a ella sin haber percibido sus signos, sin dejar que el padre nos calce las sandalias, sin dejar que nos ponga el anillo y sin recibir el abrazo del Padre. Y… lo que es peor, que asistamos a cada Eucaristía, sin gozar de la música y la fiesta,

que es lo que da al corazón,
el contacto con la auténtica Vida.

llamados a cuidar el don

llamados a cuidar el don

La liturgia de este tercer domingo de cuaresma del ciclo “C”, quiere ponernos ante nuestra propia existencia, ante la verdad de nuestra situación personal para que tomemos conciencia de qué cosas deberíamos cambiar en nuestra vida y qué cosas nuevas deberíamos acoger en ella. Pues una vez que hemos revisado nuestra interioridad y nuestra experiencia de Dios, lo que ahora se nos pide es que revisemos qué papel juega Él en nuestra forma de vivir y en nuestra manera de comportarnos con los demás.

De ahí que, la parábola que se nos presenta para alertarnos de ello, nos esté mostrando la precariedad del ser humano y del mundo, para que nos detengamos en la maldad que nos rodea y en la culpa que vamos rechazando cada uno en particular, pues aunque nuestras faltas personales nos parezcan insignificantes, lo importante es descubrir en ellas nuestra condición de pecadores y nuestra necesidad de conversión.

Por eso, es preciso que no olvidemos, que la higuera que nos muestra el evangelio y que nos representa a cada uno de nosotros, está dentro de una viña: La Iglesia. Esa iglesia a la que todos pertenecemos y a la que todos amamos con mayor o menor intensidad. Una iglesia, a la que a mí me parece que se le ha colado el conformismo y que no le está haciendo ser la iglesia que Jesús había soñado al crearla.
Por eso sería bueno que hoy nos pusiésemos ante esas dos propuestas que Jesús plantea al pronunciar esta parábola. La primera: ¡cortarla de raíz! Pues ¿pues para qué la queremos si no da fruto? ¿Qué hace ahí ocupando sitio? La segunda, la opción del viñador –Jesús- dejarla un poco más, Él en persona se encargará de ella: la cavará, la podará, la abonará…
No puede estar más claro. Dios nos ha llenado de dones a cada uno de nosotros -que formamos la iglesia- para que juntos, llenásemos de carismas a su iglesia, pero con dolor vemos que la iglesia se va quedando improductiva, porque nosotros no hemos sido capaces de trabajarlos. Por eso ¡qué importante sería que hoy nos planteásemos esta realidad y procurásemos buscar la manera de salir de ello!

La verdad es, que aunque la iglesia se haya quedado improductiva, al mirarla su apariencia todavía es frondosa, se le ven bastantes hojas, su apariencia es –más o menos- boyante… pero se nos ha olvidado de que, lo que en realidad se nos pide no es la frondosidad, sino el que realmente dé fruto; por lo que, si vemos que no da fruto tendremos que preguntarnos qué hemos hecho con los dones que Dios depositó en ella al crearla.
Al ponernos ante esta situación, lo primero que percibimos es que se nos está apoderando el cansancio, el desaliento, la rutina…
Toda la vida en el mismo cargo, con la misma gente, en el mismo grupo… Entra muy poca gente nueva, siempre somos los mismos. Nos vamos muriendo por inanición. Somos conscientes de que nos vamos anquilosando, de que vamos perdiendo la libertad… pero nos resulta mucho más cómodo seguir pintando los barrotes de nuestra cárcel que dar un brinco y salir de ella.
También nos vamos Adaptando. Es verdad que hay gente que llega con ganas, que quiere vivir desde Dios… pero los que la rodean no se lo ponen fácil de ahí que elija el camino cómodo y se adapte al ritmo que llevan los demás.
Hay otros con un entusiasmo infantil. Siempre gozosos rodeados de los que les alagan, de los que les dan la razón… Discurriendo cómo aumentar las reuniones, cómo propiciar el dar a la gente eso que les gusta… y contando los éxitos por el número de seguidores, pero sin preocuparse de la calidad de lo que se ofrece.
Y caemos, en el conformismo. A mí me gusta así y no me pienso esforzar, mientras haya gente que le guste lo que hago ¿para qué quiero complicarme la vida?
Podría seguir poniendo más y más actitudes, lo mismo que las podéis seguir apuntando vosotros. Pero es curioso que en ninguno de los casos nos hayamos parado a discernir y descubrir por qué hemos llegado a esta situación y a ser capaces de preguntarnos: ¿Y, al dueño de la higuera, le gustará lo que sigue viendo en ella?
¿Quedará todavía alguien valiente como Jesús, capaz de abonarla, cavarla, quitarle las malas hierbas…?

Bien sé que, aunque se nos llame a ponernos ante esta realidad que tanto dolor nos produce, a nosotros no nos corresponde juzgar sobre la esterilidad o fecundidad de los demás y, aun menos, excluir a los que a nosotros nos parece que son productivos.
Necesitamos aprender del viñador y descubrir que, ante la falta de frutos se nos está haciendo una invitación a trabajar más en ella hasta conseguir las condiciones necesarias para que sea fecunda. El viñador nos alerta de que, lejos de caer en la tentación de endurecer el corazón al ver su esterilidad, decidamos cuidarla con mayor esmero, mayor amor, mayor dedicación… apostando siempre, como Él, por todo lo bueno que esconde el ser humano en su interior.
Nos lo dice con claridad el evangelio: ¿acaso pensáis, que vosotros sois mejores que los que ya han vivido esta realidad? ¡Pues os digo que no! Por tanto, qué importante será que no desoigamos esta llamada que se nos hace hoy a la conversión.
No dejemos pasar el tiempo sin hacer nada. Curemos nuestras impaciencias, mirando la paciencia de Dios. Bebamos de esa lealtad y ternura que Dios ofrece a su higuera, esa paciencia que sabe respetar el tiempo que necesita para madurar.
Miremos como nos lo muestra, el acontecimiento que nos ofrece el libro del Éxodo en la primera lectura. Esa Zarza ardiendo que no se consume, como imagen de ese Dios misericordioso, lleno de bondad, con un corazón que arde sin apagarse nunca. Aquí lo tenemos el “YO Soy” Soy el que se revela, el que actúa, el que libera, el que nos invita a mirar a la luz de la fe, a reconocer en nosotros y en el mundo su tarea salvadora, el que nos mueve a actuar ante tanta injusticia y tantos desajustes, el que hace posible que pasemos de la muerte a la Vida.
Pero esto no son palabras bonitas para leer, esta es una cuestión que ha de movernos por dentro. Porque:
• ¿De verdad creo, que Dios sigue salvando hoy?
• ¿De qué nos salva? ¿Cómo nos salva?
• ¿Y… qué papel jugamos los cristianos en esta salvación?

Pues ya veis. Ser cristiano no significa tener firmada una póliza que nos asegure la salvación, sin que nosotros tengamos que preocuparnos de nada. Por lo que sería fantástico que esto nos cuestionase y nos llevase a descubrir, qué forma concreta de compromiso queremos adquirir y cómo podemos mantener ese fuego encendido en nuestro corazón.
No pasemos por ello sin profundizar. Estamos en cuaresma, caminamos hacia el ciclo Pascual…

Simplemente, hagamos silencio miremos a Cristo y convenzámonos de que:
El “Don” más grande que poseemos,
nos lo regalaron desde una Cruz

Sé de quién me he fiado

Sé de quién me he fiado

Un año más llegamos al día 19 de marzo, día de S. José, en el que la iglesia celebra el día del seminario. Este año, con el precioso lema: “Sé de quién me he fiado” y posiblemente por ser día laborable tendrá menos incidencia que otros años. Por eso creo, que no puede pasar inadvertido para nosotros, ha de llevarnos a hacer un inciso, para pedir por los sacerdotes y ser generosos para ayudarles en sus necesidades.

No podemos olvidarnos de pedir por ellos, no podemos olvidarnos de pedir por las vocaciones, no podemos relajarnos ante una realidad que tanto nos afecta. Pidamos al Señor que siga enviando obreros a su mies.

Hoy más que nunca necesitamos estar a su lado, pues aunque nos parezca que es lo habitual entre nosotros, quizá no hemos dedicado el tiempo suficiente a preguntarnos ¿quién acompañaría nuestro camino hacia Dios si no hubiese sacerdotes? ¿Quién podría perdonar nuestro pecado si no hubiese sacerdotes? ¿Qué sería de nosotros si no hubiese un sacerdote para celebrar la Eucaristía? ¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos recibir al Señor en nuestro corazón?… Sin embargo se nos olvida el orar por las vocaciones; se nos olvida ayudar para que puedan vivir dignamente; se nos olvida que, como personas que son, necesitan nuestra compañía, nuestro cariño, nuestra comprensión, nuestra apoyo…

También es necesario tener presentes a tantos sacerdotes como acompañan a los cristianos perseguidos, para que no les falte nunca nuestra oración y nuestra ayuda, a fin de que puedan perseverar en la fe y mantener su testimonio de fidelidad incondicional a Cristo.

Por tanto, recemos hoy, día del seminario, por todos los sacerdotes del mundo, por los que se preparan para serlo y por todos los que responderán a la llamada del Señor.
Y… valoremos a los sacerdotes. No olvidemos nunca su dignidad, su valentía, su dedicación… no dejemos de ver, como los ama Dios y cómo nos ama Dios a nosotros, a través de ellos.

Valoremos lo que junto a ellos hemos vivido y aprendido y estimemos lo que significa para nosotros, el que un día, al decirles Jesús ¡Ven y verás! lo dejasen todo y le siguieran.

Y, sobre todo, seamos agradecidos. Demos gracias por cada uno de ellos, desde el corazón.
Demos gracias por los de nuestra parroquia –cada uno la suya- que nos acompañan a diario, estando disponibles todas las horas del día para responder a nuestras necesidades.

Gracias por perdonar nuestros fallos en nombre de Dios.
Gracias por alimentarnos, cada día, con el Cuerpo y Sangre de Cristo.
Gracias por preparar con entusiasmo la liturgia, tratar con esmero la homilía y poner un gran cariño en las catequesis, gracias por preocuparse de manera muy especial, en la preparación bautismal, de juventud, del matrimonio… Sin olvidar la acogida y ayuda a los necesitados.

Y, sobre todo, gracias porque han tenido la valentía de ser:
Sacerdotes de Cristo

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