Los Besos de la Virgen

Los Besos de la Virgen

Tenía claro que esta semana nuestra oración tendría que estar dedicada a María. La semana abre con la fiesta de la Virgen del Rosario y se cierra, con la de la Virgen del Pilar y ¿cómo pasar por alto algo tan singular?

Pero mi empeño no era fácil. Todo lo que intentaba poner ya lo había plasmado en otras ocasiones y en lugar de conseguir escribir, borraba sin parar lo escrito.
Tenía que viajar y, como tanta gente en el autobús aproveché para orar un rato y, sin dar crédito a ello, de repente, me encuentro con esta preciosa leyenda que me conmovió. Estaba claro que la usaría en la oración de esta semana.

“Cuenta que, un acróbata y payaso, hastiado de recorrer el mundo, llegó a una abadía de monjes con la intención de recogerse allí y dedicarse por entero al servicio de Dios. Muy pronto, sin embargo, cayó en la cuenta de que no estaba preparado para vivir la vida de los monjes. No sabía leer ni escribir, era muy torpe para los trabajos manuales y los ratos de oración se le hacían interminables. A medida que pasaban los días, se veía cada vez más deprimido, como si tristeza cubriera su alma. Una mañana muy temprano, mientras los monjes estaban en oración, el payaso acróbata se puso a vagar por la abadía y llegó a la cripta de la iglesia, donde descubrió una imagen de la virgen. El payaso observó con atención su rostro cariñoso y sintió que no había hecho nada en su vida para demostrarle a la virgen su amor de hijo. Como lo único que sabía hacer bien era brincar y bailar, se despojó de su pesado hábito y empezó a ejercitar para la virgen sus mejores saltos, muecas y cabriolas, mientras le rogaba que aceptara su actuación como prueba de su amor. Desde ese día, mientras los demás monjes se entregaban a sus oraciones, el payaso bailaba y brincaba con toda devoción para la virgencita de la cripta. Un día, lo sorprendió un monje haciendo sus payasadas y, muy escandalizado, corrió a contárselo al abad. Bajaron los dos en silencio a la cripta y, ocultos detrás de una columna, presenciaron atónitos la actuación del acróbata hasta que cayó exhausto sobre el piso. Entonces, apenas pudieron creer lo que veían: la virgen se levantó, llegó hasta él, enjugó la frente sudada del payaso y depositó en ella un largo beso de agradecimiento y amor”

Después de leerla, me sentía pobre y necesitada ¡cuánto hemos crecido me decía! Nos hemos hecho tan altos y tan anchos, que ya no somos capaces de hacer “payasadas” para la Virgen, ahora solamente la miramos y le rezamos con palabras rebuscadas y oraciones que puedan impactarla. ¡Qué equivocación la nuestra!

Acababa de llegar en ese autobús para recoger a mi nieta de la guardería y al llegar a casa ella me escenificó, una y otra vez, la canción que ese día le habían enseñado en la guardería, yo me la comía a besos… y, en ese momento, volvió a mi mente la imagen de la Virgen besando al Payaso.

¡Qué complicados somos los mayores –pensé-! Tanto hablar de la Virgen y no se nos ha ocurrido pensar los besos que daría a Jesús cuando acabase de nacer; cuando de pequeño hiciese “payasadas”; cuando, después de aquel sobresalto, lo encontrase en el Templo. Y nosotros –mentes pensantes- lo único que se nos ha quedado, es el reproche que le hicieron sus padres: “cómo nos has hecho eso, ¿no sabías que tu padre y yo te andábamos buscando…?”

Los besos que le daría cuando se fuese a jugar con los niños del pueblo… y al irse a la cama; y cuando de mayor se despidiese de ella, para comenzar su vida pública… ¡Cuántos besos encogerían el alma de María al verlo partir…! Y ¡cuántos besos al darle ánimo para que no desfalleciese! Pero…, sobre todo, ¡qué largo aquel beso al recogerlo destrozado bajando de la cruz!

• Y yo ¿he sido capaz de pensar, alguna vez, en los besos de María?

Los besos de María no son algo del pasado, ni son exclusivos para Jesús. María sigue besando a cada hijo que se acerca a ella magullado por las caídas del camino. Sigue besando a cada hijo que ha equivocado la manera de vivir y… sigue besando a los que se encuentran en la soledad, en los que están postrados en la cama con una dolencia y en los que están a punto de partir.
Pero María, también sigue besando a los que tienen herida el alma, a los que no se sienten queridos, a los solos, a los que se sienten relegados y a los que despreciamos porque decimos “que no son como nosotros…”
Porque ¿sabéis? aquí entramos todos. En estas circunstancias se encuentra el mendigo y el poderoso; el que está lejos y el que está cerca; el que tiene muchos años y el que está en la flor de la vida… Sin embargo, lo triste es que, pocos advertimos cómo nos besa la Madre en esos momentos determinados. Pues,
• ¿Sentimos, realmente, los besos de María, cuando llegan los momentos duros a nuestra vida?

Fijaos cómo nos sentiríamos, si nos dejásemos besar por María cuando nos llegan los contratiempos de la vida.
Cómo se sentirían, si los que están en paro o atados a alguna adicción, se dejasen besar por María.
Y… ¡ay!, si nos dejásemos besar por María los que vamos a la iglesia, los que creemos “haber cumplido” los que abrimos la mano –a medias- para no complicarnos la vida.
¡Ay! si María pudiese besar a los políticos, a los de las grandes fortunas, a los que pueden engrandecer o destruir “de un plumazo” la humanidad.
Madre de los besos. Bésalos, aunque no se dejen. Hazles saborear la dulzura de tus caricias y la ternura de tu corazón…

Pero llega la segunda parte.

Y Jesús ¿no besaría a su madre? ¿Cómo la besaría?

La iconografía se ha encargado de demostrarnos esta realidad. El tema afectivo entre la madre y el hijo nos lo muestran los iconos del arte bizantino. Ellos manifiestan con delicadeza, la unión total de “Dios con su madre”

¿Quién no ha visto en cantidad de ocasiones, el icono en el que la Virgen aparece sentada, mientras que el Niño la abraza, juntándose las dos mejillas; y rodeándole el cuello con uno de sus bracitos, muestra la complicidad de amor, que hay entre ambos?

Y qué puede decir la gente, de la costumbre que se mantiene en Zaragoza, desde la Edad Media, de besar y tocar el Pilar de la Virgen.
Es impresionante la fila que se encuentra siempre para besar el Pilar. Y ¿quién no se admira al ver la oquedad -que beso a beso- se ha hecho en el jaspe de la columna?
Ni las alertas sanitarias han podido con esta centenaria tradición. Allá por el año 2009, el Ministerio de Sanidad que entonces dirigía Trinidad Jiménez, desaconsejó este tipo de ritos ante el riesgo de contagio de la gripe A. Sin embargo, la fe pudo más que los consejos de Sanidad y aún en aquellas fechas era habitual ver a los fieles postrarse ante la Virgen para besar la columna donde ella descansa.

Porque la Madre, también necesita besos. Necesita el beso de sus hijos, aunque estén perdidos, aunque se alejen de ella, aunque se aparten de su Hijo, aunque renieguen de Dios…

Y nosotros, los que decimos amarla:
• ¿Qué besos damos a la Virgen?

Más, no sólo eso. Hoy deberíamos preguntarnos: Y yo ¿a quién beso? ¿Cuánto hace que no beso a nadie? ¿Beso a los míos?
Y… ¿cómo los beso? Porque un beso puede sellar un amor para siempre, pero también una traición.

Por eso, hoy quiero invitaros, a regalar nuestros besos a los carentes de amor, a los solos, a los que sufren, a los que no se sienten comprendidos por nadie…
No olvidemos que los besos, los abrazos, la ternura… son curativos. Fijaos cuántos han vuelto a Dios al saborear la calidez de la Madre.
Porque la Madre siente, mejor que nadie, el beso que sale de una lágrima, de un dolor, de una espera, de una satisfacción, de una lucha…

Por eso, aprendamos de ella y sigamos descubriendo esos besos callados que tantas veces hemos recibido y han pasado inadvertidos en nuestra vida. Pensemos que,

El día que no besemos o no nos dejemos besar
será, porque
se nos habrá hecho viejo el corazón

Encontrarse con Dios

Encontrarse con Dios

Durante estas semanas anteriores, hemos ido viendo que, todo lo que ha sucedido hasta ahora ha sido gracia de Dios.
Las Lámparas encendidas, la entrada al Banquete, el puesto que hemos ocupado, la invitación a trabajar para el Reino… Pero, lo realmente importante es, si de verdad nos hemos encontrado con el Señor o no, pues es ahí donde está la esencia de todo: En el Encuentro.

Por eso es importante preguntarnos:
• Y yo, ¿me he encontrado con el Señor?
• ¿O todavía sigo encendiendo lámpara y buscando el puesto adecuado, sin advertir su presencia?

Porque, lo primero que necesitamos, es tomar conciencia de que es -el mismo Dios- el que nos espera. Y nos espera para hacernos sentir su mirada llena de amor, de ternura. Nos espera para regalarnos una mirada que habla, que da paz, que estimula a llevar una vida que merezca la pena.
Pues Él quiere –para su Reino- personas capaces de tomar una opción seria: de esfuerzo, de entusiasmo, de fortaleza… para no abandonar; ya, que las circunstancias y los avatares de la vida, intentarán hacer que nos rindamos una y otra vez.
Y vemos que, la vida se repite que esto ya les pasó a sus discípulos. Que ellos, a pesar de estar con Él, a pesar de compartir sus conversaciones, su comida, a pesar de vivir una vida itinerante a su lado, tampoco eran capaces de arriesgarse de verdad. Por eso, un día les dijo:

Mirad:
“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra, lo esconde de nuevo y vende todo cuanto tiene, para comprar el campo”
(Mateo, 13, 44)

Y ahora nos llega la pregunta. Y para nosotros –para mí- que hago oración, que comulgo cada día, que quiero vivir a su lado:
• ¿Soy consciente de haberlo encontrado?
• ¿Qué significa haber encontrado el Tesoro?
• ¿Vendería todo lo que tengo para adquirirlo?

Vamos dándonos cuenta de que, cuando decidimos encontrarnos con Dios, escucharle con atención, intentar descubrirle en nuestra vida… no nos queda más remedio que acercarnos a la oración, a la Eucaristía… llegar a su presencia, quedar callado, escucharle, hablarle… regalarle un rato de nuestro tiempo… Pues, ¡Cómo tranquiliza saber que Dios está ahí!
Sin embargo, muchas veces lo hacemos con la misma impaciencia con la que realizamos las actividades de nuestra vida. Con el tiempo controlado y buscando resultados inmediatos a lo que nos preocupa.
Necesitamos acostumbrarnos:
• A saborear este tiempo que estamos con el Señor.
• A dejar que su Palabra vaya calando poco a poco en nuestro corazón.
• A disponernos para que Dios pueda entrar en nuestro fondo a su ritmo, sin forzar las cosas, a su manera…

Por eso hoy, querría invitaros a que, en lugar de apabullar a Dios con palabras e ideas, intentemos mirarle. Que nos dejemos mirar por Él, que le sintamos… que gustemos internamente lo que nos va diciendo, lo que intenta transmitirnos, lo que quiere indicarnos…
Escucharlo, como lo han escuchado en los momentos de calma los grandes orantes. Dándonos cuenta de que nos dice –nada más y nada menos- eso mismo que les dijo un día a sus apóstoles:

Os daré el Espíritu de la verdad para que esté siempre con vosotros. Ese Espíritu que el mundo no puede recibir, porque ni lo ve, ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque mora con vosotros, y está en vosotros.
(Juan 14,16)

• ¿Qué he sentido al escuchar estas palabras?
• ¿Pienso que, realmente, conozco el Espíritu de la verdad?
• ¿Pienso que, realmente vive en mí?
• ¿Qué resonancia tiene todo esto, en lo profundo de mi ser?

No dejemos pasar inadvertido que, Dios sale a nuestro encuentro una y otra vez, aunque nos resulte difícil reconocerlo. Él está en toda ocasión. Cuando las cosas son favorables, cuando son adversas; cuando viene mostrándose en una enfermedad o cuando llega desde una mano tendida…
Y es sorprendente que, este encuentro con el Tesoro, se pueda dar de tantas maneras. Lo vemos con reiteración en el evangelio. A veces se da a los que buscan sin descanso y otras veces aparece sin buscarlo, sin que nos lo propongamos… aparece, haciéndose el encontradizo en nuestra vida.

Sin embargo, ahí vemos a tanta gente buscando algo más grande y mejor, sin ser capaces de ver que todo lo que buscan, se encuentra en el Evangelio de Jesucristo. ¡Cuánta gente buscando a Dios, en medio de oscuridades que son las que ocultan el valor del tesoro! Esta es nuestra tarea, no podemos escatimar esfuerzos, tenemos que llevar el Tesoro a todas esas personas ávidas del encuentro con el Señor y que no tienen a nadie que se lo muestre.

Pero, para ello en necesario, ponernos ante Él y preguntarnos –desde la mayor sinceridad-

Si Dios es mi tesoro,
¿Tengo, realmente, puesto en Él mi corazón?

Saber Elegir

Saber Elegir

Los últimos serán los primeros.

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad.
Porque mis planes no son vuestros planes, ni vuestros caminos son mis caminos –oráculo del Señor–. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes. (Is. 55,6)

Si la semana pasada, se trataba de entrar en el Banquete, esta semana vamos a ver, qué puesto debemos elegir en él. Y para ello, nos vamos a acercar a los que se fueron a vivir con Jesús, pues seguramente ellos sabrían muy bien lo que debían hacer.
Sin embargo, al aproximarnos a ellos, nos damos cuenta de que tampoco tienen las cosas muy claras. Un día y otro, nos sorprendemos, al ver cómo Jesús tiene que ir aleccionándolos de cuál ha de ser su proceder ante cada circunstancia. Y, precisamente, lo que ahora les quiere enseñar, es que aprendan a elegir.

Cuando nos ponemos ante el evangelio de Jesucristo, nos damos cuenta de que, eso de que sus seguidores se disputasen los primeros puestos era algo habitual, de hecho Jesús se lo recrimina en diversas ocasiones; es más, incluso trataban de hacer méritos para conseguirlo, sin importarles en absoluto dejar relegados a los demás del grupo; mientras que, Jesús, con admirable paciencia los reprendía, una y otra vez y les enseñaba con parábolas que, en ocasiones ni siquiera escuchaban y en otras no acababan de entender.
Pero, ¿acaso no os suena habitual este comportamiento? ¿Acaso hoy no nos disputamos los primeros puestos en la Iglesia? ¿Acaso nos inquieta mucho relegar a los demás? ¿Acaso no tratamos de hacer méritos para “comprar” a Dios? ¿O no oímos la Palabra de Dios sin escucharla…?

Esta es la realidad. El proceder de Dios siempre nos resulta atípico, extraño, paradójico… o, cuando menos sorprendente; por eso nos deja tan desconcertados a los que vivimos en este mundo, donde conseguir el primer puesto es tan meritorio y tener, las riendas de la vida en nuestras manos, tan sugestivo. Pero todos sabemos la diferencia que existe entre:
• Los criterios de Dios y los nuestros.
• Y el proceder de Dios y el nuestro.

Precisamente, esa es la situación que nos acompaña en este momento. Aunque con una luz mortecina, nuestras lámparas pasaron el “examen” y entramos a formar parte del banquete.
Pero, por mucho que deseemos seguir buscando la provisión de “aceite”, seguirle sin desfallecer, vivir su evangelio y ser fieles a su Palabra… nos encontramos con que todas esas buenas intenciones, están acompañadas de nuestra humanidad, nuestra manera de ser y nuestra falta de exigencia… y, que, con más frecuencia de la que creemos, seguimos un criterio muy distinto, al utilizado por Dios e indudablemente, muy lejano a los requerimientos que nos brinda su evangelio.
Por eso, ante esta circunstancia, la primera pregunta que nos viene a la mente es esta: ¿Tanto puede importarle a Dios, la cuestión del sitio que ocupemos cada uno? Yo creo que el mensaje de Jesús es mucho más amplio y más profundo que limitarse a ver “lo de los puestos”

Pero Jesús, que nos conoce de manera plena, posiblemente quisiera dejar plasmada esta situación para que supiésemos elegir el puesto que queremos dar a cada cosa.
Quizá, con elo, quiso alertarnos de que la oración también debe de tener un sitio destacado en nuestra vida. De ahí que deberíamos preguntarnos:
• Y yo ¿qué sitio doy a la oración en mi vida?
• Y ¿qué sitio ocupa mi vida en la oración?
A la oración hay que llegar, como al lugar de la necesidad, al ámbito del acatamiento. Porque orar es un Éxodo. Orar es salir de uno mismo para ir a ese lugar solitario donde Dios y la persona se encuentran cara a cara, donde la vida nos sale al encuentro, donde Dios nos descubre un modo diferente a lo que habíamos pensado.

Y yo creo, que esto es lo que Jesús quería descubrirles, a los de la boda de la parábola, (Lucas 14,7–11) Quería enseñarles lo que eran para Él los encuentros con su Padre. Quiere mostrarles una manera distinta de vivir, de comportarse, pero no todos aceptan su propuesta.
Seguramente, entre los invitados a la boda habría muchos fariseos y gente afín a ellos que, como tantas veces -se nos alerta- irían a coger los puestos más destacados donde se les pudiera ver bien; también parece que daba cierto prestigio invitar a los pobres, pero –rara paradoja- a ellos los sentaban en una mesa aparte y creo no equivocarme, si digo que eso no le inquietaría demasiado a Jesús, era lo normal en aquel momento.
Pero, Jesús está inquieto, porque debe de observar algo más entre los asistentes. Y, es entonces, cuando se dispone a decirnos que cuidemos el puesto que queremos ocupar. Porque, lo que realmente preocupa a Jesús, no es el ver la conducta de los fariseos, sino el ver que muchos de los suyos van olvidando sus enseñanzas y desean colocarse al lado de los destacados, de los que triunfan, de los que buscan ser reconocidos… Dándose cuenta, una vez más, de que el comportamiento de sus seguidores, en el fondo, difiere muy poco de las actitudes que tienen los que en el mundo quieren sobresalir.
Y esa es la realidad que continúa en el momento presente. Esa es la situación de la que nos tenemos que examinar nosotros.
• ¿Qué puestos deseamos: los que vamos a la iglesia, los que hacemos oración, los que asistimos a la adoración del Santísimo…?
• ¿Junto a quién nos ponemos?
o ¿Junto a nuestros amigos?
o ¿Junto a los que piensan como nosotros?
o ¿Junto a los que nos dicen lo que queremos oír?…
Pues ya veis, como ellos, seguimos buscando los primeros puestos, con la diferencia de ver, que hoy no hay personas valientes -como Jesús- que nos alerten de ello.

Esa persona está muy cualificada para hacer esa actividad –nos dicen- pues ¡perfecto! Que la realice. Pero sabiendo que ella es un mero instrumento, que es Dios el que la está realizando a través suyo y, que por lo tanto, la manera de actuar de sus seguidores tiene que estar asentada en la humildad, que consiste en no buscar honores para hacerse valer, sino en acoger sus palabras que nos dicen que “todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”
Esta es la lección que debemos aprender los que hacemos oración. Qué importante será descubrir que no somos nosotros los que oramos, que es Dios el que ora en nosotros y se muestra a través nuestro.
El que Dios nos dé capacidades no es motivo para querer ponernos por encima de los demás sino para compartirlo con ellos desde la humildad y la sencillez, pues el peor mal que puede entrar en un corazón es el mal del orgullo, de la vanidad, de la vanagloria… ya que ellos son los enemigos de su mensaje. Y ahora ¿qué tal? ¿Todavía seguimos creyendo que podríamos colocarnos en el primer puesto?

Esto es lo que, realmente, se aprende en la oración. Cuando una persona hace oración, al pasar el tiempo se da cuenta de que todo se simplifica. Ya no necesita pensar si está en el primer puesto, en el segundo o en el tercero… ya no necesita apoyos, ni puestos destacados, para encontrarse con Dios, ya puede hacer callar a todo tan sólo con mirarle a Él. Dándose cuenta de que, cuando ya parece que el silencio ha llegado a su ser, surge la Presencia de Dios, y entonces… se humilla ante tanta grandeza y su corazón se llena de disponibilidad y ofrecimiento, tomando conciencia de que todo le ha sido dado.

Pero esto no es cosa de unos pocos, esto es cosa de todos y Jesús quiere alertarnos de ello reiteradamente, diciéndonos que para Dios todos somos iguales. Que hemos de tener en cuenta, que la misión que Dios nos ha encomendado no es ni mejor, ni peor que la del que está a nuestro lado; que es distinta y única; y, que nos la ha encomiendo, no para que compitamos con los otros, sino para ponerla a su servicio, para ponerla en común con la suya; para que sume, para que engrandezca…
Jesús nos alerta de que, en la Iglesia de Jesucristo, no hay primeros ni últimos. Que, entre los seguidores de Cristo, no hay cristianos de primera y de segunda; porque para Dios, antes de ser persona, antes de ser cristianos… somos hijos, hijos muy queridos y hermanos, que no luchan por sobresalir, ni por escalar puestos; si no por servir, por colaborar, por ayudar, por vivir en coherencia…

Lo vemos cada día. Todos estamos invitaos a la misma mesa. Una mesa, que se abre para todo el que quiere llegar a compartir el Don que nos ofrece el mismo Dios –allí no hay diferencias de ninguna clase-
Sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar, que cuando comulgamos todos somos iguales ante al amor de Dios. Pocas veces pensamos que, somos invitados a trabajar con Él en su Reino, un Reino donde no hay primeros puestos ni privilegios de ninguna clase, sino felicidad y dicha. Donde todo está envuelto en un amor inmenso y providente.

Por eso:
“No escalemos la montaña,
para que todo el mundo pueda vernos.
Escalémosla, para que nosotros
podamos ver el mundo”

Con actitud vigilante

Con actitud vigilante

Hace unos días, la liturgia nos ofrecía el evangelio de las “Vírgenes prudentes y necias”. Al oírlo, llamó poderosamente mi atención, –algo en lo que nunca había reparado-, la conexión que tenía con el comienzo de curso.
Dándome cuenta de que, después de un tiempo de somnolencia, de inactividad y desconexión, volvemos a encontrarnos en la puerta del convite en el que se nos invita a entrar en la fiesta. Entonces descubrí que, había cosas, en la parábola que no podíamos eludir ni pasar por alto.

Comienza un nuevo curso y yo comenzaba la Adoración al Santísimo –que dirijo cada martes- la fiesta a la que todos estamos invitados. Pero que, como en la parábola, entre los invitados hay dos grupos: los que tienen las lámparas preparadas y los que no. Los que decidirán venir a la oración y los que pasarán de ello; los que quieren llenarse de Dios y los que decidirán hacer otras cosas.

Sin darse cuenta de que:

  • La Lámpara somos cada uno de nosotros.
  • Y el aceite, la Presencia de Dios en nuestra vida.

De ahí que, lo de encender las lámparas sea personal y nadie puede encenderlas por otro. Cada uno deberá decidir –desde la mayor libertad- en qué grupo quiere situarse este curso: si en el grupo –de los que quieren entrar- y seguir gustando de la presencia de Dios durante todo el año, o en el grupo de los que preferirán no hacerlo.

Sin embargo, no podemos equivocarnos. La realidad nos iguala a todos y todos tenemos la misma oportunidad. Todos hemos recibido nuestra lámpara = la vida y nuestro modo de adquirir el aceite… Todos estamos llamados a ser luz, a irradiar resplandor allá donde nos encontremos… porque, lo queramos o no, las lámparas y el aceite son los que marcan la diferencia entre un grupo y otro; ya que, mientras las del primer grupo podrán encenderlas, las del segundo no.
Por eso observaréis que, esta parábola no es para tratarla de pasada, como solemos hacerlo, sino para detenernos en ella, pues encierra una riqueza que a veces no somos capaces de abarcar.
Nosotros somos las lámparas de las que se nos habla. Y todos, sin excepción, tenemos la promesa de un Dios Padre – Madre que es amor, que nos espera, que sale a nuestro encuentro y resulta, realmente triste, que en ella se nos hable de que solamente “cinco de aquellas vírgenes, pudieron alcanzar el sueño de encontrarse con el Señor a su llegada”
Pero, no sólo esas vírgenes tenían sueños. También nosotros los tenemos. Y tenemos metas… para realizar este curso y hemos confeccionado la agenda de todas las cosas que queremos hacer… sin darnos cuenta de que, si no tenemos aceite, nuestra lámpara no prenderá.

Porque, hay una cosa muy clara y que no podemos pasar por alto, sin ese aceite que, solamente se encuentra pasando tiempo en la presencia de Dios, nuestra lámpara no se encenderá.

A pesar de todo lo que digo, sé bien que esto no gusta demasiado, que a la gente le va más lo de hacer cosas, tener actividades… La manera de vivir que se ha impuesto hoy –no sólo en nuestra sociedad, sino también en la iglesia- no nos enseña donde se encuentra el aceite para encender la lámpara; no nos enseña a hacer oración; es más, se cree una pérdida de tiempo pasar un rato en la presencia de Dios y, por lo tanto, no nos enseña a relacionarnos con Él.
Hoy, para estar formados, se hacen reuniones, convenciones, asambleas, excursiones, cenas y comidas de trabajo… y, cómo no, muchas, muchas charlas de formación. Y con tanta actividad, imposible poder sacar un poco de tiempo para la relación con Dios. No hay tiempo para adquirir el aceite que encendería la lámpara. Y ahí estamos, en la puerta, pidiendo a ver si alguien nos da un poco del suyo, porque nuestras lámparas siguen apagadas.

Y esta es la realidad. Si la lámpara no tiene aceite no sirve de nada. No importa el número de metas que tengamos, ni la estrategia maravillosa que hayamos urdido para aplicar a ellas, sin la presencia de Dios, sin la gracia de Dios, no van a funcionar –da igual lo que pensemos- sin la ayuda de Dios, sin que Dios esté en ellas de nada servirán. Sin aceite la lámpara no se enciende. Si dejamos a Dios fuera de nuestra vida las cosas no funcionan.
Pues, lo queramos o no, nuestra vida no será plena por la falta de problemas, ni porque todo nos vaya bien, ni porque hayamos tenido mucha suerte en los negocios… nuestra vida, solamente será plena, cuando esté en ella la presencia de Dios. Y no sigamos pensando que seremos felices cuando no tengamos dificultades, ni problemas, ni enfermedades… lo seremos cuando esté con nosotros el Señor.

De ahí, los esfuerzos y la estrategia del mundo para quitarnos el aceite. De ahí, que su misión sea tratar de robarnos ese tiempo que dedicamos a Dios con cosas más sugerentes, de impedirnos nuestra comunión con Dios. De quitarnos todo el tiempo que puede… porque sabe bien que podemos tener la mejor lámpara, pero que sin aceite no sirve para nada.
Pues ¿acaso creemos que, a alguien le preocupa las veces que vayamos a la iglesia? Ya podemos ir todas las veces que queramos. ¿Acaso creemos, que le preocupa a alguien, el que pertenezcamos a un montón de grupos, el que hagamos un montón de actividades…? Lo que de verdad preocupa es que nuestra lámpara no tenga aceite, que no tengamos tiempo para estar en la presencia de Dios, porque es –solamente- allí, donde uno puede llenarse de luz, donde uno puede comenzar a resplandecer. Pero, aunque sea reiterado lo repito, no porque seamos “lámparas maravillosas” sino por el aceite que Dios deposita en ellas.

También observamos, que entre los invitados al banquete surgen dificultades. La fe en Jesucristo -que creían tan asentada- ha comenzado a tambalearse al ver que no encontraban en los demás la respuesta que deseaban y van perdiendo la esperanza.

La ayuda que esperaban -por prevención- se les ha negado. Y han comenzado a dudar. Tienen temor a los retos, porque sus lámparas están apagadas y no tienen provisión de aceite. No son capaces de darse cuenta de que cuando no se tiene a Dios, las dudas y los temores prevalecen y la oscuridad asusta, pero nadie puede prestar a otro su relación con Dios.
Dios quiere tener una relación personalizada con cada uno, una relación que necesitamos tener todos los días, teniendo claro que no podemos usar la del vecino, porque la relación con Dios no es algo que se preste, es algo que hay que cultivar, pues cuando la lámpara tiene aceite aparece la luz y como nos dice el evangelista Juan, en el prólogo de su evangelio: La Luz resplandece en las tinieblas.

De ahí, que cuando prendemos nuestra lámpara las tinieblas huyen. De ahí, la insistencia del evangelio a encender las lámparas, porque si vivimos con las lámparas encendidas las tinieblas huirán de nuestra familia, de nuestro matrimonio, de nuestros grupos, de nuestra realidad…

Para no alargarme más, terminaré invitándoos a pedirle al Señor, que nos ayude a ser “Lámparas encendidas” cristianos de los que atraen; de esos que hacen a los demás acercarse a ellos para averiguar qué es lo que les hace vivir de esa manera, de esos que descubres que es Cristo su motor y que también puede ser el de tu vida. De esos que muestran la presencia de Dios en sus vidas, que hacen oración, comulgan, ayudan, se dan, están siempre alegres y sonrientes… pero que además, se esfuerzan por ser cada día mejores personas y mejores cristianos; haciendo sacrificios que nadie nota y renuncias que les fortalecen el alma.

Cristianos de los que hacen el camino con las lámparas encendidas, para dar luz e iluminar a cuantos están a su alrededor, intentando borrar las oscuridades que anidan en algunos corazones.
De los que son capaces de caer de rodillas ante el Señor, para agradecer cuanto han recibido de su bondad: la lámpara, el aceite… la capacidad para sostener la esperanza en las noches oscuras y sin sentido; la fuerza para haber seguido en pie aunque, a veces, el sueño les haya sobrevenido… y, sobre todo, por el impulso que reciben para alimentar la certeza, de que Dios siempre llega para darles el amor y la alegría que les hacen capaces de alimentar su deseo.

Porque al final, aquí está la clave.

El desear ser lámparas encendidas,
en el aceite del encuentro con Dios

Amor regalado

Amor regalado

Este año, me gustaría invitaros una vez más, a profundizar en la riqueza que encierra la Eucaristía, pues creo que es necesario desenvolver ese preciado regalo que Jesús nos hizo al decidir quedarse entre nosotros.

Pero… para llegar ahí, hemos de estar convencidos de que:

  • La Eucaristía es fuente y cuna de toda vida cristiana, pues contiene todo el bien espiritual de la iglesia, es decir: Cristo mismo, nuestra Pascua.
  • Es Comunión, porque en ella nos unimos a Cristo que nos hace partícipes, de su Cuerpo y de su Sangre, para formar un solo cuerpo. Haciéndose carne, de nuestra carne, para transformarnos a nosotros en otros Cristos.
  • Y es Acción de Gracias, por tantos dones recibidos de Dios.

“Jesús, tomó el pan y el vino

y pronunciando la acción de gracias…”

 

Pan partido y sangre derramada. ¿Quieres  tomar la decisión de amar con todo lo que conlleva de ofrenda, silencio y gratuidad?

El que Jesús decidiera quedarse en la Eucaristía, para estar siempre con nosotros, es un bien que jamás podremos llegar a comprender, ni a agradecer; pero al menos, deberíamos pararnos ante este gran Don, para ir acercándonos un poco más -cada día- a su grandeza.

Es bueno recordar siempre, que Jesús -en el momento más sublime de donación y entrega- en lugar de ascender, desciende, se arrodilla, se humilla y lleno de bondad comienza a lavar los pies a sus discípulos.

Sabemos bien que ellos quedan desconcertados, saben que no son dignos de ese gesto de ternura de Jesús y así se lo hace saber Pedro… pero lo que entonces no intuyen, es lo que conlleva esa enseñanza.

Sin embargo, lo más triste, es que también a nosotros se nos haya olvidado, comulgamos como si nada estuviese sucediendo, como si fuese algo normal y corriente en nuestra vida. Pero:

  • ¿Se nos ocurre preguntarnos si también nosotros estamos dispuestos, a descender, a arrodillarnos, a humillarnos… a lavar los pies a los que se los han manchado del polvo del camino?

 Jesús ya había hablado de todo esto a sus discípulos. Ya les había dicho en una ocasión -al referirles una de las parábolas: “Seréis mis seguidores cuando en lugar de buscar los primeros puestos intentéis ocupar los últimos” Pero, una vez más, ellos escucharon sin oír y siguieron “rifándose” los lugares más importantes del Reino.

¡Qué poco difiere nuestra vida de esta situación! Nosotros también  comulgamos sin escuchar las palabras de Jesús. Nosotros ansiamos los primeros puestos dentro y fuera de la iglesia y huimos de servir a los demás y buscamos el placer, el tener y el sobresalir… Pero eso sí, ahí estamos –puestos un día y otro- en la fila de los que van a recibir el Cuerpo de Cristo.

¡Qué lejos vivimos de lo que Jesús pretendió hacer cuando quiso regalarnos el gran Don de la Eucaristía! ¡Y qué poco lo valoramos!

Por eso es necesario que volvamos a recordar, que cuando Jesús ofrece la Copa –a los discípulos- el día de la Cena, les está diciendo desde lo más profundo de su corazón ¿podréis sostener en vuestras manos, la copa de la vida que os espera de ahora en adelante? ¿Podréis sostenerla cuando os llegue la persecución, el acoso, el sufrimiento…?

Soy consciente de que el ambiente en que vivimos no nos lo pone fácil.  Todos conocemos a gente que no permite coger nada de lo que se le da y, mucho menos, la Copa de la Cena, porque cree que cogerla es signo de inferioridad.  Gente, que cuando le llega un mal momento lo ocultan sin ser capaces de pedir ayuda –aunque lo están pasando muy mal- porque ello les hace sentirse suficientes.

Esta es la realidad del mundo de hoy. Una realidad, que si no salimos de ella, difícilmente podremos sentarnos en la mesa de la Cena para entrar en la gratuidad de Dios.

Dios en el momento de la Eucaristía, se ofrece por entero a nosotros. Pero eso nos da demasiado miedo porque lo primero que pensamos es: ¿y qué nos pedirá a cambio?

¡Cuándo acabaremos de aprender que Dios –Sacramento de presencia viva- es gracia, regalo… es Don salido de sí para darse a los demás!

Y eso es, sencillamente, lo que se nos pide a nosotros día del Corpus Christi. Que aprendamos a darnos gratuitamente como lo hizo Jesús. Que aprendamos a descender a nuestro fondeo donde habita Dios. Que aprendamos a humillarnos…

Porque no se puede recibir a Dios y no dar una perspectiva nueva a nuestra vida.  No se puede recibir a Dios -que se hace uno con nosotros- y vivir sin tener las mismas actitudes que Jesús. Por eso, recibir a Cristo, nos ha de llevar a:

  • Crear alegría.
  • A dar esperanza.
  • A ser personas de acogida.
  • A abrir nuestra puerta y nuestro corazón al necesitado.
  • Y a esforzarnos por vivir en la alabanza, el abrazo y la fiesta.

 

Porque Jesús nos da la vida, para que –por medio de ella-seamos partícipes en el diálogo de amor que nos une al Padre.

Nos da la vida, para que por medio de ella, nos entreguemos no sólo en la eucaristía, sino en los detalles de cada día, siendo presencia suya en el mundo.

Y nos regala la vida para enseñarnos, a que hemos de ser ante –cada ser humano- portadores de salvación.

Santísima Trinidad

Santísima Trinidad

El domingo pasado, leíamos la Secuencia de Pentecostés que tanto nos gusta y que sería bueno que rezásemos con asiduidad; pero lo que quizá no descubrimos al leerla, es que en ella se fusionan las tres festividades que la liturgia nos presenta en estos tres domingos consecutivos.

Comienza diciendo:

Ven Espíritu Divino, manda tu Luz desde el cielo,

Padre amoroso del pobre, Don en tus dones espléndido. (Pentecostés)

 

Pero la Secuencia continúa adentrándonos en la hondura y la profundidad de Dios, que nos lleva a encontrarnos en las maravillas que el Señor nos regala, a la vez que nos hace entrar en profunda adoración.

Un momento, en el que se hace visible la Trinidad de Dios, a la vez que nos muestra que en Dios todo es entrega, participación, intercambio, amor desinteresado, cercanía al ser humano… Qué importante sería que le dijésemos desde lo profundo del corazón:

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro,

mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento

 

EN PROFUNDA ADORACIÓN

Cuando la persona es capaz de postrarse ante el Señor, para alabarle y adorarle, lo primero que descubre es el vacío que siente el ser humano cuando no es capaz de percibir, que está habitado por el mismo Dios.

Es un momento en el que la persona se da cuenta, del poder del mal que impera dentro de ella para llevarla a realizar tantas equivocaciones, tantas imperfecciones, tantas faltas… un poder sutil, casi imperceptible que poco a poco va minándola sin piedad; haciendo que, su interior se vaya convirtiendo en un vació difícil de llenar.

Hace pocas semanas presentaban en televisión, un maravilloso “robot” que la ciencia había conseguido, capaz de hacer cosas inimaginables. Bajaba escaleras, hacía tareas domésticas, atendía a ciertos estímulos… tan auténtico que, daban ganas de levantarte del sillón y aplaudir. Pero, nadie era capaz de aclarar que le faltaba algo que el ser humano nunca será capaz de implantar en él: Un cerebro y un corazón.

Sin pretenderlo, esta maravilla de la ciencia nos estaba enseñando, en lo que puede convertirse una persona cuando le falta Dios; alguien sin cerebro y sin corazón. Alguien que, a base de no dejarle pensar se va convirtiendo en un ser inhumano que tan sólo piense en sí mismo; sin importarle, lo más mínimo los que tiene a su alrededor. Un ser solitario, por mucho que viva en ciudades superpobladas, un ser insociable que no es capaz, de cruzar unas palabras con los vecinos de sus inmensas torres de viviendas.

Así vemos a jóvenes y menos jóvenes, incluso personas con más edad: ociosos, vacíos, sin criterio… sólo les preocupa: la buena vida, el placer, el parecer, el pasarlo bien… y cuando comparten su juicio, descubres que su interior está bastante deshabitado.

Este es el vacío que, todos tenemos en más o menos medida; y este vacío es el que os invito a presentar hoy ante el Señor.

  • Este vacío que, solamente se puede llenar con: Horas en su presencia. Con la interiorización de la Palabra. Con el alimento de su entrega.
  • Este vacío que pide: adoración, silencio, confianza, abandono en las manos del padre…
  • Este vacío que, no se llena con cosas, ni con ocio, ni con relaciones humanas… se llena con amor, con donación, con respeto, con perseverancia…
  • Este vacío que solamente podrá ser colmado por el Señor.

 

CON HONDO RESPETO

Cuando aprendamos a rastrear a través de la creación, las huellas de Dios y le dejemos llegar hasta el fondo del alma… empezaremos a notar que nuestra vida está presidida por la Trinidad de Dios.

Cuando las palabras de la Secuencia, empiezan a tener eco dentro de nosotros para irnos descubriendo nuestro vacío; empezamos a tomar conciencia de todas esas personas que, tanto queremos y que también tienen sus vacíos. De esas otras que caminan a nuestro lado y están en idénticas condiciones; de algunas que vemos con un aspecto envidiable pero se vislumbra que dentro no tienen nada… y decidimos presentarlas ante el Señor.

Es el momento de la adoración. De la Oración profunda. Por lo que nos ponemos –en actitud orante- en presencia del Dios de la vida para presentarle nuestra realidad.

Señor: Hoy te pedimos un corazón blandito. Un corazón capaz de:

  • Sentir con los demás.
  • De dedicarles nuestro tiempo.
  • De acoger la realidad de los que viven con nosotros.
  • De tolerarlos.
  • De respetarlos.
  • De seguir creyendo, en ellos y en Ti
  • De seguir esperando.
  • De seguir amando.
  • Y seguir orando…

Danos un corazón que se vaya haciendo grande de tanto dar, de tanto vivir la misericordia, la ternura, de tanto ser bondadoso, dulce, compasivo… de tanto intentar parecerse al tuyo.

Y, sobre todo: VEN. Ven a cada uno de nosotros, no nos dejes solos, sin Ti todo es complicado y doloroso. Por eso te repetimos desde lo profundo del corazón:

“Ven dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos”

 

 

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