¡Llenad de agua las tinajas!

¡Llenad de agua las tinajas!

“Y había allí seis tinajas de piedra, puestas para ser usadas en el rito de las purificaciones de los judíos. Jesús les dijo: Llenad de agua las tinajas. Y ellos las llenaron hasta el borde”

Acabábamos el artículo anterior, -tomado de Las Bodas de Caná y titulado: “No ha llegado mi hora”- diciendo que por la sensibilidad y ruego de María, Jesús pasa de ser la persona -a la que acompañaban sus discípulos-, a ser la persona en la que hay que creer.

Decíamos también que, donde está María comienza el discípulo su camino de fe y aprende a descubrir quién es Jesús.

Y esto es precisamente lo que le pasa al maestresala. La frase contundente de María: “Haced lo que Él os diga” prodiga su aceptación  para hacer lo que Jesús le dijese y resulta que Jesús le dice algo incomprensible a su razón: “Llenad las tinajas de agua”

Todo ser humano guarda en su bodega alguna tinaja, lo que pasa es que nos cuesta tanto descender que no sabemos en qué situación se encuentra.

Sin embargo Dios, desde su infinito amor, llenó hasta rebosar las tinajas de nuestra bodega, pero las llenó de semillas. Semillas que cada uno hará crecer según sea su capacidad y dedicación.

Lo que pasa es que, hoy se habla tanto de todo lo que Dios hace por nosotros, que nos vamos olvidando de que cuenta con que todo ser humano realice, también, la tarea asignada.

La gente cree que como Dios lo hace todo ella no tiene nada que hacer, pero se equivoca. Los grandes santos que sabían mucho de esto lo entendieron a la perfección. S. Agustín decía “Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti” y S. Ignacio de Loyola: ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?

Lo vemos en el evangelio. Jesús para dar de comer al gentío quiere que le presten dos panes y cinco peces y cuando Jesús sana a Naamán el leproso le manda bañarse siete veces en el Jordán –Jesús siempre cuenta con nosotros para realizar su obra-

Pero, nosotros nos vamos descuidando y esas tinajas que Dios puso en nuestra bodega llenas de amor, de generosidad, de alegría, de fidelidad, de comunión, de paz, de perdón… con el tiempo se han ido vaciando. Unas veces porque hemos sacado sin reponerlas y otras porque de no usarlas se han ido evaporando y creo que no hay que insistir demasiado en ello para ver que hoy estamos sufriendo este problema.

¿Qué personas tienen tiempo para pararse a ver si las tinajas de su corazón están llenas o vacías? ¿Quiénes son capaces de percibir que en aquella bodega –de su fondo y en aquellas tinajas estaba la esencia, el símbolo del signo?

Este pasaje de Las Bodas de Caná se suele relacionar siempre con la vida matrimonial y es perfecto, pero nadie puede quedar excluido a la hora de interrogarse, pues todos tenemos una alianza con el Señor y todos podemos apropiárnoslo.

Qué bueno sería que nos preguntásemos por ejemplo ¿cómo va nuestro diálogo? El superficial perfecto, pero ¿y el diálogo profundo donde se deliberan las cosas de “dentro” y donde se pregunta cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida?

Y ¿cómo va nuestro diálogo con Dios? Posiblemente el superficial también esté aceptable, pero… ¿y el diálogo de “dentro”? ¿Y el diálogo personal con el Señor?

Cuántas veces preguntamos al otro ¿qué es lo que te agrada de mí? Y cuántas nos preguntamos ¿qué es lo que a Dios le agrada de mi vida? ¿Hay que ayudar en algo?

¿Cómo están las tinajas de nuestro corazón? ¿Hay alegría para que lleguen al corazón de los demás, comenzando por nuestros hijos?

Y ¿cómo están las tinajas del corazón de un sacerdote, para que su alegría llegue al corazón de cada miembro de su parroquia? Posiblemente no nos lo hemos preguntado ninguna vez. Es demasiada la responsabilidad que estas preguntas conllevan como para estar indagando.

Somos incapaces de darnos cuenta de que, cuando aparecen los desajustes de la vida solemos  perder la paz, nuestra vida se agita y, a veces decimos –palabras hirientes de las que nos arrepentimos a los cinco minutos- pero que ya han hecho una herida de tal calibre que mostrará muchos años la cicatriz.

Otras veces radica en que, en lugar de afrontar la situación callamos, pero vivimos resentidos entrando en una espiral en la que ya no somos capaces de amar. Se nos ha finalizado el amor y ya no podemos perdonar, se han fragmentado las tinajas de nuestro corazón. Había comunión y eso se derramaba sobre los hijos que gozaban del amor de sus padres, pero ahora las cosas han cambiado y la vida de los hijos se tambalea, no saben a qué atenerse.

Había comunión y se derramaba sobre todos los miembros de la comunidad parroquial, pero al cambiar las cosas las divisiones se han ido adueñando de todos.

No somos capaces de darnos cuenta de que el principal problema  consiste en que, cuando se acaba el vino se acaba la fiesta y todos quieren marcharse. Allí solamente queda soledad, incomunicación y escepticismo, siendo los más perjudicados los más cercanos.

Pero hay una gran esperanza: esto se puede solucionar.

Hace poco le preguntaban en televisión, a un matrimonio que llevaban 60 años casados, ¿nos podríais decir el secreto de que vuestro amor haya durado tantos años? Entonces ella contestó: “es que en nuestros tiempos cuando una cosa se rompía la arreglábamos, no la tirábamos a la basura” ¡Es impresionante la contestación!

Pero le faltó decir que, en su tiempo y en el nuestro, seguimos contando con María para que interceda ante su Hijo para que obre el milagro, para que nos ayude a resolver el problema. No olvidemos que ella nos sigue repitiendo las palabras que llevan a la solución “Haced lo que él os diga”

Hagamos como el maestresala. Esperemos la respuesta de Jesús aunque sus soluciones no logren ser siempre aceptadas por nuestra mente estrecha y corta. Hagamos lo que Jesús nos dice. Y preguntémonos:

¿Qué nos dice –hoy- Jesús que hagamos?

En el día del enfermo

En el día del enfermo

Como todos sabéis hoy, día de la Virgen de Lourdes, es el día del enfermo. Y he pensado: ¡qué bien enlaza Dios las cosas! La Madre siempre arropando a cuantos están necesitados de sus cuidados.

Por eso, como es natural, no podía pasar este día sin tener un recuerdo, para todos mis amigos enfermos y para cuantos estén pasando un momento complicado, para cuántos me llaman para que oremos por ellos en la Adoración al Santísimo de los martes y para cuántos me habéis enseñado a enfrentar la enfermedad con valentía y fortaleza… a todos quiero deciros que os llevo en mi corazón.

Bien sé, que no somos muy proclives a decir a los demás que les queremos, que nos acordamos de ellos, que son importantes en nuestra vida… y, mucho menos a personas desconocidas con las que posiblemente no tengamos ningún contacto; pero hoy –por este medio que llega a todos- quiero acercarme a cuantos estáis sufriendo -sobre todos a los que más solos os encontréis- para deciros que admiro vuestra coraje y el gran valor que tiene para todos vuestro sufrimiento.

En este día del enfermo, os pongo ante el Señor. Y quiero hacerlo poniendo en sus manos y en su corazón, vuestro rostro y vuestra situación concreta, pues sé que sois sus favoritos y os ama de una manera especial.

También sé que es fácil decir cosas bonitas cuando se está en esa situación, pero nadie está bien indefinidamente. Por el dolor pasamos todos; unos antes, otros después; unos de una forma, otros de otra… pero nadie puede librarse de él. Yo también lo he conocido muy de cerca y he comprobado que en esos momentos Dios me llevaba en sus brazos lo mismo que ahora os lleva a vosotros.

Eso me ha enseñado que cuando la salud comienza a resquebrajarse, todo nuestro mundo se tambalea, los esquemas se trastocan, el corazón se suaviza y poco a poco vamos entrando en ese mundo de espera y abandono donde el dar y el recibir comienzan a formar una unidad. Pues ¿Quién más dado a dar y recibir que un enfermo?

Un enfermo es un ser desvalido. Hemos de tener una simple gripe y estamos a expensas de los médicos, del tratamiento, de ver si volveremos a sanar. Perdemos las seguridades que tanto apreciábamos y tan sólo nos encontramos con las manos tendidas y el corazón expectante. Dependemos de lo que vamos a recibir.
Pero un enfermo, sobre todo da: Da una perspectiva nueva de vida. Da humildad, da acogida, da agradecimiento… ¡Puede dar tanto un enfermo!

Así, nuestro querido Papa S. Juan Pablo II tan cercano a esta realidad, eligió el 11 febrero de 1984 para publicar la carta apostólica Salvifici doloris acerca del significado cristiano del sufrimiento humano, fijando al año siguiente esta misma fecha para instituir la celebración de la Jornada mundial del enfermo. Y decía –en la carta que escribió para tal evento- que lo hizo así, “porque quería que este día fuese un momento fuerte de oración y ofrecimiento del sufrimiento para el bien de la iglesia, así como una invitación para que todos reconozcamos en el rostro del hermano enfermo, el rostro de Cristo que, sufriendo, muriendo y resucitando, realizó la salvación de la humanidad”
Por eso hoy, quiero hacer un llamamiento a todos, para que miremos el rostro de Cristo y veamos en él todas esas dolencias, esos males, esos sufrimientos, esas vidas segadas por la injusticia, por la miseria, por la marginación y con valentía seamos capaces de preguntarnos cuántas de esas heridas se han producido por nuestro egoísmo, por nuestra indiferencia, por nuestra apatía… Siendo capaces de mirarles de frente y ver a todos ellos, no como simples personas, sino como hijos de Dios queridos y privilegiados.

Pues todos ellos conforman en rostro de Dios. Por eso, Jesús al mostrar sus llagas nos está revelando a cada ser humano que sufre en el cuerpo o en el alma. Nos está presentando a la humanidad sufriente que, metida dentro de sus heridas, derrama sobre el mundo la sangre que conforta y el agua que regenera. Nos está expresando que cada persona que sufre a su lado, se convierte con Él en redentor del mundo.

¡Qué grandes sois mis queridos enfermos! ¡Qué dignidad la vuestra por haber elegido poner vuestros sufrimientos junto a los del Señor!

Yo querría pediros hoy, que os dejaseis besar por el Señor, lo mismo que se dejó besar el leproso del evangelio. ¡Cuántos seres de los que nos decimos sanos, vamos por la vida con el corazón lleno de lepra, sin quererla ver y sin dejarnos besar por el Señor! Pero vosotros no. Vosotros sois especiales, vosotros podéis saborear ese beso de Dios porque vuestro corazón está limpio. Porque en cada dificultad habéis experimentado su cercanía.
Quiero que comprendáis que vuestras heridas son una brecha donde nace el amor y la misericordia.
Quiero que sepáis que el cuerpo herido de Cristo os ha dado el coraje de seguir y la ternura de acoger, una ternura que os da fuerza para vivir por los demás, aunque no lleguéis lejos porque vuestros pasos no puedan ser largos. Una ternura que nace sólo, de los que viven su vida junto al corazón de Dios.
Gracias de nuevo. Seguiré pidiendo al Señor inmensamente por vosotros, le diré que guarde esta semilla de fe y entrega que sois vosotros. Cristo murió de una vez por todos, pero vosotros sois esos otros cristos que están muriendo cada día un poco, por todos los demás.

Quiero aprender de vosotros a morir -también yo- cada día un poco a mi egoísmo, a mi comodidad… porque todos unidos podremos ser luz para este mundo que camina en tinieblas.

¡No os canséis! Sabed que el Señor abre su mesa todos los días, para que cojamos fuerza y podamos seguir caminando. En ella nos sentaremos juntos y nos alimentaremos con la Palabra y con su Cuerpo y Sangre, para salir al mundo a manifestar que Cristo ama a todos, y vive en cada persona que es capaz de entregarse por los demás.

Os quiero de verdad y quiero mandaros todo mi cariño.

Entregaron una medida rebosante

Entregaron una medida rebosante

Sé, que atreverse a hablar de la vida consagrada una seglar es todo un reto, pero quizá sea bueno que alguien plasme como se ve -desde fuera- esta realidad tan sorprendente.
Entro en el tema, con admiración y respeto, pero siendo consciente de que, lo que pueda compartir distará infinito de la realidad.
Sin embargo, siento alegría y gozo al tratarlo pues, en primer lugar admiro profundamente la Vida Consagrada y además, tengo gran cariño por esas personas, algunas muy cercanas a mí.
Después, porque creo que acercándonos a ellas y a su manera de vivir, aprenderemos a mirar con ojos nuevos y podremos mostrarles -un poquito- el inmenso agradecimiento que merecen.

UN CANTO A LA VIDA
Quizá mucha gente no estará al tanto de que, el día 2 de Febrero, festividad de la Presentación del Señor, la Iglesia la dedica como: Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Y a mí me parece que, en este momento de la historia en el que la vida consagrada está tratada con tan poco respeto, tratar el tema puede ser un momento de gracia y encajarla en este día un privilegio, pues ¿qué es, la realidad de la vida consagrada, sino un canto a la Vida?
Todos queremos vivir: vivir a “tope”, vivir muchos años, vivir bien. Tener calidad de vida, presentar en nuestra vejez un aspecto intachable… y, no escatimamos esfuerzos para lograrlo, pero al final nos damos cuenta de que con tanta inquietud por aparentar, nos hemos olvidado de lo esencial: De Vivir.
Quizá sea esta una de las razones, por las que La Vida Consagrada no siempre esté valorada como se merece; muchos creen que, es algo que está ahí y que no sirve para nada. Opinan que, a ella pertenecen unas personas “raras” que se cierran en un convento para no enfrentarse con la realidad de nuestro mundo… Pero ¡qué gran equivocación!
Por eso, nuestro querido Papa San Juan pablo II, tan cercano a todas las realidades de la Iglesia, quiso darle el lugar que merecía -poniéndola en el candelero para que todo el mundo pudiese verla- celebrando así la primera Jornada de la Vida Consagrada -el día 2 de Febrero del año 1997-.
Y estas fueron las asombrosas palabras, que pronunció El Papa el día de la inauguración:
“Esta jornada quiere ayudar a toda la Iglesia a valorar, cada vez más, el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo, de cerca; mediante la práctica de los consejos evangélicos y, al mismo tiempo, quieren ser, para las personas consagradas, una ocasión propicia para renovar sus propósitos y reavivar los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor”

LA GRACIA DE LA ENTREGA
Es lógico que, en un mundo donde todo se mide por la productividad, por el porte, por la indumentaria… no quepa la paradoja que ofrece la Vida Consagrada -de darlo todo desde la mayor gratuidad- Por eso es preciso, presentar al mundo el gran Don que supone para la Iglesia una realidad como esta.
Al ponernos ante ella es fácil de comprobar, que no es un invento humano, sino una gracia de Dios. Pues ¿cómo entender con nuestro criterio limitado que, un/una joven, con una carrera universitaria terminada, con un buen puesto de trabajo, iniciando una juventud prometedora y con un físico notable… pueda dejarlo todo para ofrecer su vida a Dios?
Realmente, visto con nuestra pobre mirada: corta y miope, es imposible entenderlo, pero visto con los ojos del alma se entiende perfectamente. Pues lo esencial es invisible a nuestros ojos, solamente es perceptible con los “ojos” del corazón.
Ante esta realidad, lo que comprobamos al mirar a nuestro derredor, es la falta de vocaciones que sufre la Iglesia, sobre todo en los países ricos. Una circunstancia que nos interroga y nos cuestiona a todos, pero que poco hacemos por remediarla.
En la sociedad del bienestar, donde intentan sacar a Dios de nuestra vida, no puede extrañarnos lo que comprobamos. La auténtica vocación brota de un encuentro con el Señor y, ciertamente, no vivimos en una época donde proliferen tales encuentros.
Es verdad que se multiplican las reuniones, los mensajes, los WhatsApp, las comidas y cenas de trabajo… pero los encuentros con el Señor… eso, ya es otra cosa. Estamos esperando que Dios entre en la técnica moderna, para poder conectar con la juventud de hoy. Somos incapaces de darnos cuenta de que, lo que a Dios le gusta es el encuentro personal; sin pantalla por medio. Le gustan las miradas profundas, las palabras cálidas, los silencios prolongados… difícil cuestión para los que vivimos sumergidos en los grandes proyectos y el ruido estridente.

LOS FINES DE LA VIDA CONSAGRADA
El primer fin que tiene la vida consagrada es, alabar a Dios y glorificarlo por toda la humanidad. Ya que, esta debería de ser la condición de todo ser creado.
También tiene el propósito, de enriquecer a la Comunidad Cristiana con todos sus carismas.
Y, cómo no, ofrecer a los demás todos esos edificantes frutos, nacidos de una vida vacía de sí mismos y entregada a los demás.
La Vida Consagrada es, la respuesta a una llamada profunda, sentida en el corazón de la persona y acogida con generosidad. Estas personas, sorprendentes, deciden seguir su vida, caminando tras las huellas de Cristo; y con una radicalidad, que supera nuestros torpes criterios. Lo hacen desde: La castidad, la pobreza y la obediencia.
¡Qué sería del mundo sin estas personas!
Desde mi experiencia personal, puedo hablaros de la apertura tan impresionante que muestran cuando te acercas a ellos/as.
– La alegría los inunda.
– Su excelente manera de escuchar y compartir.
– Lo informados que están de las realidades de la vida.
– Como piden a Dios, cada día, por todo y por todos.
– Como gastan su vida a favor de los demás.
– Como presentan, ante el Señor, las realidades concretas de nuestro mundo.
Ellos son el pulmón de la Iglesia, el aire que necesita para respirar. Es como si, a través suyo, inspirásemos y espirásemos al Espíritu Santo, en ese aire que no se ve, pero que se necesita para que exista vida.
Ellos son, junto a nosotros, parte del Cuerpo Místico de Cristo, por eso aportan su multitud de carismas. Todos conocemos diversidad de órdenes religiosas, tanto de hombres como de mujeres: Las hay de clausura, dedicadas a la oración y adoración al Santísimo; a la enseñanza; al servicio de los desfavorecidos; otras se dedican a atender en los hospitales; hay misioneros/as que sirven en los países más pobres de la tierra… pero todos unidos en un mismo sentir y un mismo pensar: servir a Cristo. Siendo Luz para cuantos los rodean y, ofreciendo su afluencia de dones, con la fuerza del Espíritu Santo.

TODOS SOMOS CONSAGRADOS
Otra cosa importante, que nos recuerda esta jornada es que, todos somos consagrados. Nos consagraron al Señor en nuestro Bautismo y nos seguimos consagrando cada vez que repetimos esas admirables promesas, como puede ser en el momento de rezar el Credo en la Eucaristía. Por eso tenemos que valorar la Vida Consagrada, como un toque de atención para revisar los compromisos hechos a Dios y a los hermanos, desde nuestra realidad personal.
De ahí, el acierto del Papa al elegir el día de la Presentación del Señor para insertar esta Jornada, pues estoy segura de que con ello quiso poner a María como el Faro para iluminarnos y el Cobijo para ofrecernos a Dios.
¡No fue casualidad! Este día presenta la liturgia, cómo el anciano Simeón reconoce a Dios en aquel niño que portaban aquellos jóvenes padres. Y lo reconoce porque estaba preparado. Había vivido una entrega incondicional al Señor; de ahí que, cuando aquel joven matrimonio pone a Jesús en sus brazos llega a sus ojos, despiertos, tal destello de luz, que ante el asombro de María y José, declara a gritos que es “luz de la naciones y gloria para su pueblo Israel…”
Acaba de aparecer la respuesta. Solamente los que tienen sus ojos puestos en el Señor, los que van gastando su vida por Él son los que serán capaces de descubrirlo, sin importar el ropaje con el que quiera presentarse.
Pero es sorprendente que, el resto de los que estaban en el templo no lo reconocieron, solamente los que habían permanecido en oración y a la escucha en su presencia, fueron capaces de reconocerlo.
¡Qué gran toque de atención para nosotros! ¡Qué importante saber unir acción y contemplación! Pues, eso tan difícil para nosotros, es precisamente lo que hacen, sencillamente, los consagrados.

SE TRATA DE DARLO TODO
Por tanto, se trata de entregar una medida rebosante. Se trata… de darlo todo. De hacer una apuesta de verdad.
Sería bueno, que esta jornada nos llevase a revisar la diferencia que existe entre nuestra manera de medir y la manera de Dios.
Él, siempre dará mucho más de lo que nosotros podamos darle, pero admira profundamente, que siendo Dios cuente con nosotros para llevar a cabo su obra.
A Él, le gusta ver nuestra medida llena; le agrada nuestra generosidad, nuestro desinterés, nuestra entrega… Y ¿Quiénes mejor para darnos ejemplo que los que lo dieron todo?
Será bueno que esta semana busquemos tiempo de oración y ejemplos de gente que lo dejó todo por Cristo.
Posiblemente conozcamos a algunos personalmente, pero si no tomemos el evangelio y empecemos por los apóstoles, por María… busquemos personas de todos los tiempos, hasta llegar a nuestros días; personas a las que podamos designar con nombres y apellidos…
Después tengamos ratos grandes de silencio y acogida, pidiendo al Señor la gracia de: saberle responder, como ellos lo hicieron.

Permaneced en mi amor

Permaneced en mi amor

Estamos finalizando la semana de Oración por la Unidad de los Cristianos y estoy segura que todos nos hemos sensibilizado con esta situación. Hemos asistido a la liturgia, a alguno de los momentos de oración que nos han ido ofreciendo distintas confesiones, a conferencias, a charlas… Pero ¿ahora qué? ¿Aparcamos esta realidad hasta el año que viene o seguimos trabajando y orando por ella?

De ahí que os invite a no olvidarlo y a seguir elaborando nuestra unidad.

Cuando Jesús pronuncia el Sermón de la Cena sabe bien que, una de las cosas en la que más debe de insistir es en la de La Permanencia. Permanecer, perseverar no es fácil y por mucho entusiasmo que se tenga en el comienzo, con el paso del tiempo las cosas se van enfriando. Por eso, Jesús no duda en pronunciar estas admirables palabras recogidas en el evangelio de Juan.
“Como el Padre me ama a Mí, así os amo Yo a vosotros. Permaneced en mi amor.
Pero sólo permaneceréis en mi amor, si obedecéis mis mandamientos, lo mismo que Yo he obedecido los mandatos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os digo todo esto para que participéis de mi gozo y vuestro gozo sea completo” (Juan 15, 9 – 12)

El nuevo desafío de Jesús no tarda en aparecer. Después de que todos seamos uno, nos reta a permanecer juntos en el amor.
Yo creo que Jesús no se ha dado cuenta de que, si ponernos de acuerdo ya es bastante dificultoso, continuar de acuerdo, es casi imposible.
Sin embargo Él no desiste. No solamente se ha dedicado a declararnos su amor, sino que nos pide que permanezcamos -trabajando juntos- hasta que eso de “Permaneced en su amor” sea una realidad. Y yo creo que una declaración de amor como esta, espera siempre una respuesta generosa.
Es cierto, que el planteamiento suena raro en un mundo que huye del compromiso, que no acepta que le hablen de permanencia, de perseverancia… donde el evangelio está aparcado para unos y modificado para otros… Pero, es precisamente en este mundo donde Jesús ha querido dejar esta opción aunque seamos pocos los que optemos por permanecer en el amor de Cristo en plenitud.
No obstante los planes de Dios no son como los nuestros. De ahí que Jesús no dude en acogernos a todos como acogió a los doce el día de la Cena, sin importarle lo más mínimo cuál sea nuestra situación, ni nuestra realidad; Él nos sigue repitiendo que la unión con Él sostiene nuestra identidad de cristianos y que solamente -la vida vivida en Él- puede transformar el cosmos y la historia.

Y aquí estamos nosotros, unidos al Señor, injertados en su cuerpo y formando todos una fraternidad.

¡Qué bien sabía Jesús lo que decía! Él, injertado en el Padre por el Espíritu era capaz de amar y dar vida sin ninguna limitación.
Y es, ese mismo Jesús el que hoy nos vuelve a hacer esa oferta. Injertémonos en Él -verdadera vid- con un corazón auténtico, sincero, abierto y generoso.

Para que, cuando nuestra oración se centre en la Unidad de los cristianos, seamos capaces de preguntarnos antes:
¿A qué vid estoy injertado?
¿Dónde y de qué alimento mi vida?
¿Me sacia la savia que recibo?
¿Reconozco a Cristo como la verdadera Vid?
¿Qué clase de sarmiento soy?
¿Doy frutos dignos?
¿Soy consciente de que sin Dios no puedo hacer nada?
¿Estoy convencido que esto nos ayudará a vivir la unidad?

Más, las palabras de Jesús continúan.
“Os digo todo esto para que participéis de mi gozo y vuestro gozo sea completo”
Pero ¿qué significa participar del gozo de Jesús en el contexto ecuménico? Es el Papa Francisco el que nos lo dice así: “La gratitud, en el contexto ecuménico, significa ser capaz de alegrarse de los dones de la gracia de Dios presentes en otras comunidades cristianas; una actitud que abre la puerta a un compartir ecuménico de los dones y a aprender unos de otros” No puede estar más claro. Si toda vida es un don de Dios, tenemos que acogerla y aceptarla como salida de sus manos, dándole gracias por ello; pero tendremos que ponerla al servicio de los demás, si realmente queremos que se manifieste que todos estamos injertados al mismo y auténtico Señor.
Y para que esta realidad llegue a los demás:
• ¿De qué manera podríamos los cristianos, de diferentes religiones, recibir y compartir los dones que Dios nos ha dado a cada una personalmente?

Ahora ya, solamente nos queda decirle al Señor:

Señor:
Tú has querido quedarte con nosotros
para saciar nuestra hambre de fraternidad, de justicia, de paz…
Pues, bien sabes que tenemos sed de unidad.
Sed, de amor, de ternura, de bondad, de misericordia.
Sed de tu Palabra de vida, de la verdad de tu evangelio.
De la comunión con tu Iglesia y de la fuerza de tu Espíritu.
Por eso te pedimos Señor: que ablandes nuestro corazón.
Haznos abiertos a los demás.
Abre nuestros ojos a lo nuevo y auténtico.
Nuestras manos a la acogida y el perdón.
Y graba en nuestro fondo, la súplica que nos hiciste,
en aquella noche santa:
Os pido qué permanezcáis en mi amor.

No ha llegado mi hora

No ha llegado mi hora

Jesús ha salido de las aguas fangosas del Jordán, donde se metió para bautizarse y donde, ante la sorpresa de todos, el Padre habló “Este es mi Hijo, el amado, ¡escuchadle!” Pero Jesús salió del agua callado, y solamente los más cercanos se dieron cuenta de que aquellas palabras iban dirigidas a Él, el resto no se enteraron de nada. Sin embargo, la sorpresa no tardaría en llegar –a todos- y con ella -La hora de Jesús-.

Suceso que tendría lugar, poco tiempo después cuando Jesús es invitado a una boda, a la que asistirá con sus discípulos –pues ellos ya forman parte de su familia- y junto a ellos su madre. María.

SE CELEBRABA UNA BODA EN CANÁ

De nuevo me sitúo ante unos versículos del evangelio sobre los que hemos oído predicar montones de veces. Y… ¡cuántas enseñanzas guardamos en el corazón de todo lo escuchado! Sin embargo, lo que el evangelista presenta en esta escena, no tiene fondo. La enseñanza rezuma novedad por todos los poros y eso lo demuestra el que, en el siglo XXI, sigamos tratando el tema como un descubrimiento.
El motivo por el que he tomado la decisión de adentrarme en uno de esos siete signos que, el evangelista Juan presenta en su evangelio, se debe a que quiero tratar de ahondar más en el significado que en el signo, ya que el signo es lo que realmente mostramos.
No obstante, tengo que confesar que no me resulta fácil ofreceros estas líneas. Sé bien que muchos de los que lo vais a leer, sois especialistas en esta materia y me podéis dar lecciones de todo esto, pero perdonarme que comparta lo que, en esta ocasión me dice a mí la Palabra de Dios.

LA HORA DE JESÚS

Jesús sabía que lo más importante de su vida era La Hora. “La hora en la que el Hijo del Hombre sería glorificado” por tanto, realmente su Hora no había llegado. De ahí lo sorprendente del suceso.
Jesús, acude a la boda que le han invitado, para acompañar a los nuevos esposos y, aunque en ella se va a realizar el signo de convertir el agua en vino –ante la sorpresa de todos-, lo esencial está en que por ese hecho se le va a asignar a Jesús su Identidad de Mesías. Este es el gran significado del signo, que Jesús entra en la boda como el hijo de María y sale como El Mesías esperado. Por eso Jesús ha tomado la decisión de llevar a sus discípulos con él, porque allí precisamente será, donde sus seguidores comenzarán a creer en Él.

Pero hay en todo ello algo digno de ser destacado y es: la sensibilidad de María y su libertad para proponer y esperar.
Es realmente alentador saber que hay alguien que quiere transformar lo que hay en nuestras “tinajas” si le dejamos actuar. Una transformación, que se realiza en este momento presente, cuando somos capaces de acoger confiados la Palabra que Jesús pronuncia sobre el agua rutinaria de nuestras vidas. Y aquí está nuestra agua transformada en vino, en el mejor vino; un vino que tenemos que ofrecer a los demás y ofrecer el mejor vino a los demás significa, no guardarnos lo buen que tenemos sino ponerlo a circular generosamente.
Hacernos presentes en las realidades de los otros y reconocer su deseo de ser comprendidos y alentados.
Por eso Caná, es el lugar perfecto para aprender todo esto de María, porque ella nos muestra allí, esa mirada transformadora que es capaz de descubrir el potencial que esconde cada persona, a la vez que nos dice: “haced lo que Él os diga” porque ella sabe –mejor que nadie- que Jesús siempre da más de lo que se le pide.

Pero esto no ha terminado, el evangelista nos dice que lo mejor todavía está por acontecer.
En aquel momento de la historia donde las bodas tenían una duración tan larga, era normal que se acabase el vino; sin embargo, eso era un fracaso para los novios pues el vino –que era la bebida oficial- era el signo del amor y formaba parte del ritual, por eso lo preparaban con mucha antelación y se calculaba con mucha precisión la cantidad que se necesitaría para esos días.
Además se elegía a un maestresala para que fuese el responsable del vino, pero a veces se descuidaba y sucedía este imprevisto, un imprevisto que se vivía como una auténtica tragedia, porque esto quería decir que se acababa la fiesta, se acababa la boda. Además era el novio el que tenía que dar la noticia, por lo que con vergüenza y dolor hacía callar a todos para decirles: podéis iros, la boda ha terminado.

De ahí que el vino fuese algo realmente especial en las bodas. Los invitados sabían que la palabra vino en la Palabra de Dios significaba amor y que en la biblia significaba: alegría, fidelidad, comunión, paz, perdón. Y todo eso se había acabado en aquella boda, un descuido del maestresala lo había permitido.
Pero allí estaba María. Y María se enteró. Pero ¿cómo se enteró? Pues porque no estaba sentada a la mesa con Jesús y sus discípulos; María estaba de pie, sirviendo atenta y supervisando las mesas para que todo saliera bien… iba y venía… y es la primera en entrar en la bodega, en el subterráneo, por eso se da cuenta de que las ánforas están vacías. Por eso, incluso antes que el maestresala se enterase, ella ve el problema y acude al único que tiene poder para subsanarlo.
Y esa María –nuestra madre- es la que está de pie en nuestra vida; la que supervisa nuestro interior para ayudarnos a que todo esté en su punto; la que entra en nuestras bodegas, en nuestro subterráneo y se encuentra con nuestro problema y lo lleva al único que puede repararlo: a Jesús.

Pero Jesús le responde con unas palabras que a simple vista podrían parecer duras. “Mujer no entres en mi vida, mi hora no ha llegado” (Aquí tenemos otra palabra ante la que podríamos detenernos largamente, pues ninguno de nosotros solemos decir a nuestra madre: mujer. Pero este no es el momento de detenernos en ello, sin embargo si Jesús la llama mujer en los dos momentos más significativos de su vida algo grande tendrá que encerrar esa palabra) Y María no sintiéndose ofendida por las palabras de su hijo sino alagada y alabada dice a los que estaban sirviendo el vino: ¡haced lo que Él os diga!

María entiende que ha llegado el momento y María es, la que marca la Hora. “Mujer, mi hora no ha llegado, pero porque tú me lo pides estoy dispuesto a adelantarla”
Jesús le está diciendo que ella es la mujer perfecta, porque por su Fiat el Verbo se ha hecho carne.
Y aquí tenemos a María marcando el comienzo, de dar a luz a la nueva humanidad.
Por su sensibilidad y su ruego, Jesús pasa de ser la persona a la que acompañan sus discípulos, a ser la persona en la que hay que creer. Por eso, donde está María comienza el discípulo su camino de fe y aprende a descubrir quién es Jesús.

No nos cansemos de poner todas nuestras necesidades
en manos de María, para que ella las lleve a Jesús.
Pues ella es: la Medianera de todas las gracias.

(Ya veis que el artículo queda incompleto, pero no quiero abusar de vuestra amabilidad. Quizá en otro momento vuelva a retomarlo)

Todo se hizo por la palabra

Todo se hizo por la palabra

Dios se ha instalado entre los hombres. “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado… Es: el consejero admirable, el Dios poderoso, el Padre Eterno, el príncipe de la Paz” Pero el pesebre era un sitio provisional, solamente unos pastores y algunas gentes de los alrededores conocieron la noticia y Él, no ha venido para unos pocos, ha venido para todas las personas, de todos los continentes, de todos los tiempos… y a todas ellas es a las que quiere dirigir lo mejor de su ser.
Estas concisas palabras de Juan, avalan la realidad:
“En el principio existía la Palabra
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios” (Juan 1,1-5)

José y María, han callado porque ha aparecido La Palabra. Ha llegado el tiempo de la escucha, el tiempo de Dios. Más, no sólo contemplan en silencio al recién nacido, su silencio será la manera de contemplarlo durante toda su vida. Y lo hacen así, porque ellos –mejor que nadie- saben, que como nos apunta S. Juan: “en la Palabra estaba Dios, porque la Palabra era Dios” Pero:
• En nuestra vida ¿Qué lugar ocupa la Palabra?

EN LA PALABRA ESTABA LA VIDA
Si en la Palabra estaba Dios, en la Palabra ha de estar la vida, pues la Vida es Dios.
¡Con la cantidad de veces que hemos escuchado este prólogo del evangelio de Juan y las pocas que nos hemos parado a observar que en esa Palabra estaba la vida!
Al escribir esto me daba cuenta de la coherencia que Dios nos enseña en su manera de actuar. Él siempre cumple su Palabra y, no sólo eso, sino que “la Palabra de Dios nunca pasará” (Mateo 24, 35)
Dios creó al ser humano con unas palabras: “Hagamos al hombre” Dios toma la condición humana con unas palabras: “Concebirás y darás a luz un hijo” Jesús nos salva con unas palabras: “Nadie me quita la vida. Yo la doy”. La persona humana da la vida con un Sí quiero; manera de sellar un compromiso. Todos tenemos un nombre: y esa palabra, con la que todos te identifican contiene tu vida…
Pero la vida hay que vivirla. La vida hay que experimentarla. La vida hay que transmitirla… Dios nos creo con una palabra, pero necesitó derramar su sangre para redimirnos.
• ¿Qué encierran mis palabras?
• ¿Qué trasmiten?

María fue portadora de salvación al pronunciar una palabra ¡Hágase! pero necesitó pasar por cada acontecimiento que le deparó la vida hasta llegar al Calvario con su hijo. Nosotros con comprometimos con unas palabras ¡Sí quiero! Pero tenemos que vivir nuestra realidad pasando por todos los hechos desconocidos que se nos van presentando.
Con un “Sí quiero” nos casamos; pero, hacer una familia cuesta mucho esfuerzo y el sacramento dura toda la vida. Con un “Sí a Dios” es sellado un sacerdote, un consagrado, una consagrada…; pero tendrá que seguir repitiendo ese sí, día a día, pues será sacerdote y consagrado-a hasta la eternidad.
Sin embargo, no todos nos situamos ante la vida de la misma manera. Hay quien ama la vida y, las palabras que salen de su boca ayudan a vivir. Otros sin embargo, viven llenos de angustia y lo que sale de su boca produce derrota y abatimiento, siendo capaces de dejar a la persona hundida en su desolación. No son capaces de comprender el dolor de los demás, ni de ayudarles a salir del hoyo en que se encuentran.
Hay jóvenes que dicen “querer vivir la vida a tope”; pero cuando se encuentran frente a ella no les gusta demasiado, por lo que no les importa destrozarla a base de cosas llamativas: alcohol, droga, diversión incontrolada… Tampoco les importa segar la primera vida que se les pone delante con una palabra hiriente, para sentirse más fuertes. Ellos no miden lo que dicen y sus mensajes reflejan el resentimiento que hay en su corazón. Quizá no han encontrado a nadie que les enseñase a amar, regalándoles amor desde la gratuidad.
Sin embargo, encontramos otras personas que entregan la vida por los demás. Sus palabras son gratuidad. Son “dulces como la miel”; son, como nos lo dice la palabra de Dios: fecundas… y hacen que muchos despechados empiecen a saborear y a amar su existencia.
Son palabras que iluminan. Que son capaces –de poner en pie- son capaces de mandar ese destello de luz, que muestra el camino por el que se debe seguir. Son, ese faro luminoso, que brilla en mitad de la noche dejando ver con nitidez todo aquello que nos rodea; son, las que nos ayudan a ser capaces de vencer nuestra oscuridad, para introducirnos en la única Luz verdadera: Cristo.
“Pues la vida era la luz de los hombres y la luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no pudieron vencerla, porque la Palabra, era la luz verdadera que, ilumina a todo ser humano” (Juan 1, 4)

Y es que la Luz, es la que hace posible la vida. ¿Qué pasaría en la tierra si el sol se apagase? Pero el mundo de hoy vive ajeno a todo esto. Haciendo verdaderos esfuerzos por apagar la luz de Dios. Por tapar la Luz del Verdadero Sol: Cristo. Brilla demasiado y eso no nos gusta, deja al descubierto excesivas cosas que queremos ocultar.
No somos capaces de darnos cuenta de que, sin Ella vamos perdiendo el camino, vamos dispersados y desorientados… la oscuridad se va adueñando de nuestra sociedad, de nuestro mundo… aunque la gente no quiera aceptar que está sumergida en la tiniebla.
Por eso necesitamos, que Dios llene de claridad nuestra existencia. Necesitamos ver la belleza de cuanto nos rodea, tomar conciencia de tantas cosas hermosas como Dios nos regala cada día. Necesitamos tomar decisiones correctas, portarnos con dignidad, regalar bondad, llenarnos de Dios, llevar a Él nuestras oscuridades para que las clarifique…

Y aquí estamos. Estrenando un nuevo año que Dios nos regala. No podemos vivir cómo si no hubiera pasado nada en nuestra vida. Dios nos ha visitado de nuevo, ha venido a nacer una vez más en cada uno de nuestros corazones. La Palabra ha aparecido en nuestra vida y -como María y José- a nosotros solamente nos queda callar y escucharla. Pues realmente, como dice Arbeloa:
El silencio es el único rumor que hace Dios
cuando pasa por el mundo.

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