La alegría está en la esencia de Dios

La alegría está en la esencia de Dios

El ritmo del Adviento ha cambiado. La liturgia que hasta ahora nos había invitado a despertar y convertirnos, hoy da un giro y nos invita a la alegría y ¿por qué? Pues, porque después de descubrir y sanar todos esos lados oscuros que acompañaban nuestra vida no podemos hacer otra cosa que desembocar en la alegría que produce toda sanación.
Pero hay algo que no podemos perder de vista, el gozo auténtico siempre nos llega como Don, porque brota de Dios.
No es algo que podamos comprar a base de diversión, placer, ociosidad… El gozo del que nos habla el evangelio y que nos viene a traer Jesús está: en el dar y darse; en el arrepentimiento, en el perdón, en reconocer que somos débiles, que fallamos demasiadas veces, que no somos perfectos… En la escucha de la Buena Noticia y en la experiencia de Dios.
Porque, cuando Dios llega y se inserta en nuestra vida el gozo y el amor surgen a borbotones; no tenemos nada más que acercarnos a todas esas personas que optaron por el Señor, para ver plasmada esta realidad en su vida. Es el cambio que produce el encuentro con Cristo.

CON UN CORAZÓN ALEGRE
Desde el primer momento, en el que Dios tiene contacto con el ser humano, nos damos cuenta de que, en lo único que piensa es: en crearlo feliz, en hacer que viva con gozo y alegría.
Para ello le hace el más preciado regalo que pudiésemos pensar: le regala, además de la vida, la creación salida de sus manos esa de la que leemos: “Y vio Dios, que todo era bueno…” Ahí puso al ser humano, en medio de todo el universo como dueño de aquella obra maravillosa salida de su poder y de su amor.
Además Dios, lo dota de entendimiento e inteligencia para que sepa apreciarla y le da un corazón para que pueda sentirla y amarla; porque el Señor quería que ese ser que había creado llevase implícita la alegría y el gozo, que le produjesen la felicidad.
Estas cualidades, hacen que la persona humana se sienta dichosa cuando entra en armonía con la naturaleza y en comunión con el hermano, es algo que ha pasado en todos los tiempos; antes de que Jesús viniese a la tierra, allá en el Antiguo Testamento, ya encontramos hombres y mujeres disponibles, llenos de esa luz interior que les hacía caminar hacia el Dios desconocido del Antiguo Testamento, experimentando la alegría que proporciona el encuentro con el Absoluto. Pero la inmensa mayoría vivían la opresión y la desolación; huyendo para encontrar una vida más digna entre las mayores dificultades, por un desierto que los deja desolados; sin recursos, sin comida para saciar el hambre que los asola… Y a punto de abandonar todo, pero sin saber donde ir en lugar de encontrar la liberación, se encuentran en una cautividad que los aplasta.
¿No os suena esto como conocido? ¿No os parece que tiene total actualidad? Después de años y años pasando Dios por nuestra vida, seguimos tan esclavos como aquel pueblo que buscaba la liberación ¡cuánta gente esclava conocemos en el siglo XXI! Esclava del placer, del tener, del sobresalir, de ser los primeros, de buscar darse un gusto a cualquier precio… Han perdido lo más esencial: la armonía con la naturaleza y la comunión con el hermano, han perdido la dicha de sentir a Dios.

Pero Dios en su inmensa misericordia quiere liberarnos a nosotros también de tanta opresión y nos manda personas que como Juan Bautista, para que nos ayuden a salir de tanta esclavitud.
Personas que vienen a anunciarnos la Buena Noticia, esa noticia que llenará de alegría al mundo, pero que muchos rechazan ávidos de informes sensacionalistas.
La gente de hoy ha confundido lo que es la verdadera alegría, con el placer de satisfacer su necesidad del momento. La gente de hoy cree que los cristianos somos gente triste y amargada que hemos optado por el Señor porque no podíamos hacer otra cosa, pero se equivocan.
Claro que la alegría que podemos tener es frágil y quebradiza y que muchas veces hemos oído decir que: “no hay alegría completa” pero a nadie se nos pide imposibles. Es verdad que nuestra finitud siempre nos separará de ese deseo completo que tenemos de felicidad y alegría, pero el encuentro con el Señor –en esa humilde Cueva- nos proporcionará el gozo de sentirnos salvados por el mismo Dios.
Me encantaría que todos pudiesen oír que nadie queda excluido de esa dicha, de esa alegría, de ese gran gozo que anunciará el Ángel la noche de Navidad y que lo será para todo el pueblo: tanto para ese pueblo de Israel, que tanto ansiaba la llegada del Salvador, como para todo el pueblo, ese pueblo innumerable de todos los que al trascurrir de los tiempos –donde estamos incluidos nosotros- acojamos el mensaje y nos esforcemos por vivirlo.

LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA
Creíamos que después de tantos años, esa situación que nos parece espantosa estaría superada, pero se da la paradoja de que, en el momento actual la gente está más apesadumbrada que en otras ocasiones.
La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer pero le resulta difícil hacer llegar a las personas la alegría. Posiblemente ha olvidado donde tiene el origen y buscándola donde no está: en el confort, en el dinero, en la seguridad… solamente, encuentra tedio, aflicción y tristeza, para desgracia de tantos como solamente confían en sí mismos.
¿Será que la gente, en especial los que tienen la responsabilidad, se sienten impotentes de dominar el progreso industrial y la planificación de una sociedad más humana? ¿Será que ante ese porvenir incierto que nos espera nos echamos para atrás? ¿Será que vemos a la sociedad demasiado amenazada? ¿O se tratará más bien de sed de amor y vacío difícil de llenar?
No tenemos nada más que abrir los ojos, para contemplar sufrimientos físicos y morales: opresión de la gente, parados en la fila de Cáritas, víctimas de atracos y violaciones, personas desplazadas, hundidas despechadas… Pero quizá no sea lo peor, lo nuclear está en que los problemas se abordan con un espíritu alejado de Dios, salido de su cauce; un espíritu endurecido e indiferente que no conoce la alegría y pretende que los demás también la ignoren.
Oímos decir a los entendidos, que las cosas no mejorarán y los hechos lo demuestran; pero nosotros sabemos que el último fundamento de la alegría es el amor es Dios y que, como Dios ama, es capaz de reír. Quizá sea esta la clave de que nosotros no riamos; no reímos porque fallamos en el amor.
El amor, es la lleve que, puede abrir lo recóndito del corazón humano. Si la sociedad fuese capaz de respira amor, aparecería dentro de ella un clima de tranquilidad, de seguridad, de serenidad, que inundaría a todos sus miembros; y no es que los problemas se eludiesen, ni que los conflictos desaparecieran, simplemente es, que esas lóbregas complicaciones, se verían con realismo y esperanza y se trabajaría para que mejorasen, porque el rayo de luz siempre está allí -en el horizonte- y al respirar amor, las personas, no podríamos hacer otra cosa que sonreír y alegrarnos.
Por eso esta semana sería un buen momento, para revisar como vamos de alegría, ya que ella es el termómetro que mide nuestro amor. Os invito por tanto, a guardar un rato de silencio junto al Señor para preguntarnos:
• Cuando miro mi realidad ¿afloran en mí sentimientos de alegría?
• ¿En qué aspectos de mi vida, surge el regocijo del deber bien hecho?
• ¿Cómo acepto el que, a veces, no logre encontrar sentimientos de satisfacción, cuando hago las cosas con empeño?
Pues, sea cual sea nuestra realidad, recordemos siempre que:
Nuestra vida está llena de pequeñas alegrías,
y que en nosotros está el saber reconocerlas

Un SI a la conversión

Un SI a la conversión

Si la semana pasada se nos presentaba la actitud de despertar a lo nuevo, a lo que perdura, a lo auténtico… donde veíamos la gratuidad de la salvación plasmada en el encuentro de las dos madres, en este momento la llamada es personal. Es -para cada uno en particular- y se nos llama a colaborar en ese Plan de Salvación que Dios tiene para toda la humanidad. Porque la experiencia de salvación no se da solamente cuando Dios nos ofrece su gracia, su ternura, su fidelidad… sino cuando esta gracia se ve realizada en la vida del ser humano, lo mismo que se vio cumplida en la vida de María.
Por tanto, Jesús no es solamente aquél a quien esperamos, sino aquel que espera algo de nosotros. Aquel que a través de su precursor nos pide un cambio en profundidad; un cambio hondo de mentalidad y de corazón… nos pide: la conversión. Y la conversión implica:
• Un cambio de actitud.
• Un esfuerzo para hacer fecundas nuestras funciones: de donación y entrega.
• Y una renovación interior, que nos lleve a optar por Cristo para esperar su venida.

ESPERANDO LA SALVACIÓN
Cuando esperamos a alguien de importancia o queremos quedar bien con un invitado nos esmeramos en que todo esté en orden cuando él llegue. Si la persona que esperamos es alguien muy querido y muy íntimo, al que hace tiempo que no vemos, lo que más nos importa es tener todo hecho para que cuando llegue nos quede tiempo de estar junto a él, de escucharle, de conversar, de sentirle… En el primer caso tratamos de ofrecerle lo mejor que tenemos, en el segundo le ofrecemos lo que somos.
También existe la posibilidad que la persona a la que hemos invitado sea alguien que nos ha sacado de algún apuro o nos haya hecho un gran favor… ¡Qué prolíferos seríamos entonces con él! ¡Seguro que no escatimaríamos esfuerzos para agradecer, considerablemente, el favor prestado!
De nuevo, este año, llega a nuestra casa y a nuestra vida un invitado de excepción. Un invitado que cumple todos los requisitos:
• ¿Cómo lo recibiremos?
• ¿Acaso no es alguien importante para nosotros?
• ¿Acaso no es alguien muy querido?
• ¿Acaso no hemos recibido favores de Él?
• ¿Acaso no nos ha sacado de ningún apuro?

Sin embargo posiblemente ni siquiera nos hemos parado a pensarlo ¡hay tanto que hacer en vísperas de navidad! Es más, quizá ya tengamos pensado como vamos a celebrar la Nochebuena, lo que vamos a cenar, qué regalos vamos a ofrecer… Pero no se nos ha ocurrido mirar nuestro interior; ni siquiera hemos pensado si tenemos alguna actitud que cambiar, para que Jesús se sienta cómodo al llegar. Porque, me imagino que ¡aunque sea de pasada, habremos pensado que llegará!
Qué importante darse cuenta de que, esto no significa que haya que hacer actos aislados más o menos costosos, sino dar paso a la mentalidad de Jesús, que anuncia y vive lo que ha anunciado. Porque convertirse es ver la vida con los ojos de Cristo y eso nos exige un esfuerzo para abrir la mente, abandonar los conceptos prefabricados que tenemos y permanecer despiertos.
• Pero ¿es esta mi realidad?
• ¿De verdad vivo, lo que anuncio?

PRECURSORES DEL ADVIENTO
La segunda semana de Adviento nos presenta un personaje muy especial. Nos lo brinda la liturgia y vuelve a aparecer un año detrás de otro, es como el signo fundamental de conversión.
A su luz, nuestro camino torcido busca otra dirección; las montañas de egoísmo, individualismo, materialismo… se abajan y los valles de aislamiento, ingratitud, olvido e indiferencia van descendiendo.
Pero ha llegado un tiempo en que, este mensajero empieza a ser desconocido para la mayoría y su mensaje no llegará a demasiada gente. Hoy lo normal no es hablar de estas cosas. Y el precursor es alguien ignorado para muchos. Por lo que no os extrañará si os digo, que Jesús hoy necesita nuevos precursores para anunciar su venida y precisamente en ese grupo nos encontramos nosotros.
Sin embargo no podemos engañarnos, el grupo de “proclamadores” tienen que cumplir unos requisitos:
• Gritar lo escuchado.
• Predicar lo vivido.
Los precursores han de ser fieles a lo que proclaman, por tanto tendrán que gritar a todos, lo mismo que gritaba Juan, verdadero precursor:
– Preparad el camino al Señor.
– Enderezad las sendas por donde camináis, pues habéis cogido el camino equivocado.
– No sigáis elevando esos valles de poder que, lejos de aliviaros os aplastan.
– Descended del pódium de la fama, ese que creéis que os engrandece, pues solamente lo sencillo y austero da la felicidad.
– Haced que lo escabroso se iguale. Hay demasiada desigualdad en nuestro mundo y eso es abrumador para el ser humano.
Pero, como hacía Juan, hay que predicar con el ejemplo y tantas veces decimos lo que no hacemos, que nuestra predicación no llega a la gente.

Por eso hoy más que nunca, debamos seguir las indicaciones del Bautista. ¿Acaso os parece que no está vigente lo que Juan predicaba? Observad a ver si os suena a actualidad:
– El que tenga dos túnicas que dé una.
– El que tenga comida que haga lo mismo.
– No exijáis nada fuera de lo establecido.
– No uséis la violencia, ni hagáis extorsión a nadie.
– Y conformaos con vuestra paga.
Cómo cambiaría nuestro mundo si, durante este adviento, mucha gente tomase en cuenta este mensaje y lo pusiese en práctica:
Con la cantidad de personas que, se cruzan en nuestro camino, y ya no tiene: ni para comer, ni para vestirse, ni casi para sobrevivir…
Con los ancianos, que se encuentran solos, porque no tienen recursos para pagar a alguien que los atienda.
Con las personas maltratadas, víctimas de la violencia de los resentidos, que buscan descargar su furia en los que se hallan en inferioridad.
Con las jóvenes madres, obligadas a abortar, que se encuentran solas en esa sala donde se halla el instrumental perfecto para matar al hijo de sus entrañas.
Así podríamos seguir aumentando situaciones que nos desbordarían, pero no podemos pasar por alto la que se apunta al final: “y conformaos con vuestra paga” ¡Ay si todos nos conformásemos con nuestra paga! Posiblemente la primera consecuencia que encontraríamos sería la disminución del paro y que los bienes llegasen a todos.

Por eso, no nos cansemos se orar al Señor para que nos dé la gracia de la conversión, pues como decía S. Agustín:
Si la misericordia de Dios es infinita,
no podemos cansarnos nunca de pedir perdón.

 

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Nos preparamos para el adviento

Nos preparamos para el adviento

Ante nosotros aparece un nuevo Adviento. Y digo nuevo porque Dios no quiere “clones” Él es siempre novedad, siempre primicia y quiere que, fijándonos en Jesús, cada uno caminemos hacia Él, con nuestra vida, nuestra realidad y nuestra historia.

Y aquí tenemos un tiempo propicio para hacerlo. Un tiempo privilegiado de la Iglesia: El Adviento.

Este año, quiero abrir el Adviento presentando ya a María, pues –como todos sabéis- por ser el 25 aniversario -de la dedicación de la Catedral de la Almudena- la Santa Sede ha concedido un año jubilar –Año Santo Mariano- en el que será bueno acercarnos a la Madre para descubrir lo que significa tener los mismos sentimientos de Cristo que, como dice nuestro Cardenal D. Carlos Osoro, “no es ni más ni menos que no considerar el poder, la riqueza y el prestigio como los valores supremos de la vida. Pues estos no responden a la sed profunda del corazón”

CON UN CORAZÓN ESPERANZADO
En la gran pantalla del mundo observamos, como la programación completa de nuestra vida, se va emitiendo sin parar. Vidas entrelazadas, acontecimientos esperados e inesperados… todo fluyendo sin que nadie pueda detenerlo, mientras la mayoría de la gente duerme sin ser consciente de ello. No son capaces de observar que las situaciones de la vida no esperan, siguen pasando por mucho que nosotros nos hayamos adormilado.
Y, en esa gran pantalla, acogiendo cada acontecimiento del ser humano, cada resquicio de la creación: feliz o desdichado; alegre o molesto; bueno o malo… DIOS. Dios, como fuerza capaz de equilibrar los diversos aspectos de la vida, por los que cada persona tiene que pasar y que tan difícil resulta conciliar: amor, armonía, felicidad, trabajo y bienestar.

Aquí lo tenemos. Ante nosotros se presentan, dos vidas entrelazadas, acogiendo sin objeciones la acción de Dios en su existencia. Capaces de equilibrar los aspectos más inesperados e insospechados y aceptando –desde la más profunda humildad- ese plan de Dios capaz “de desconcertar a los más sabios y entendidos” en el que se delega a la mujer la misión de continuar la obra salvadora.

LAS DOS MUJERES DEL ADVIENTO
María es una mujer del Antiguo Testamento y su vida discurre, insertada en ese momento histórico.
Es una mujer de pueblo, sin cultura –pues a las mujeres no se les permitía saber- y preparada para estar sometida. Por su parte, se había ofrecido, a servir al Señor desde su virginidad, por tanto no aspiraba, como el resto de las jóvenes, a ser madre del Mesías prometido.
Cerca de ella: otra mujer. Una prima suya, de edad avanzada y estéril, muy apenada porque no podía tener hijos y, en la sociedad machista en que vivía la culpa de la esterilidad era siempre de la mujer.
Y sorprende comprobar que, los dos primeros capítulos de Lucas, estén dedicados a ellas. Sin embargo Lucas quiere plasmarlo así, porque sabe que el encuentro de esas dos mujeres, pondrá de manifiesto el comienzo de la historia de salvación.
Lucas había descubierto que, en ese encuentro, acababa de unirse: el Antiguo Testamento con el Nuevo, las palabras: “Mirad que hago nuevas todas las cosas” empezaban a cumplirse. Y en ese mismo instante, terminaba de aparecer: El Adviento.

EL ADVIENTO
El Adviento, en la forma de escribir de Lucas tenía dos constantes:
• Dos anuncios.
– Uno concedido a: Zacarías –Antiguo Testamento.
– Otro dedicado a María -Nuevo Testamento.
Como consecuencia de los dos anuncios se produce:
• Un encuentro: el de dos mujeres embarazadas.
• Y, como resultado: dos nacimientos:
– El del Precursor: Profeta del Altísimo
– El del Hacedor: Hijo del Altísimo.
De nuevo la acción de Dios, poniendo vida donde hay esterilidad: De nuevo creando, salvando y amando.
Y, en esa sociedad, donde la mujer era “algo” Dios se encarga de depositar su confianza en esas dos mujeres, irrelevantes, y por mediación de ellas enviar al Salvador y a su profeta.
Allí están las dos, dispuestas a todo, sin importarles las consecuencias que el hecho pudiese acarrearles. Lo que Dios les había pedido, no era fácil de asimilar para la gente, pero ellas –llenas de gozo- lejos de deprimirse y esconderse, irrumpen en alabanza a su Señor.
María diciendo: “¡Qué se haga como tú quieras, mi Señor!
Isabel, sin embargo, es capaz de decir: “¿De dónde que venga a visitarme la madre de mi Señor? Cuando advertí tu presencia, la criatura, que va a nacer, saltó de gozo en mi seno”

Aristóteles decía que “la esperanza es el sueño del hombre despierto” y yo creo que la liturgia de Adviento lo ha entendido de forma admirable.
Todos los ciclos de la liturgia, empiezan el Adviento señalando la grandeza de saber confiar, de tener esperanza y más, nosotros, que tenemos a la Virgen de la Esperanza en un lugar muy privilegiado de nuestro corazón.
De ahí que me parezca que, no puede ser más oportuno el tema de la esperanza, que cuando se trata de pedir al Señor por los jóvenes y ponerlos en sus manos.
Se empiezan a oír voces de que los jóvenes están despertando, de que es el momento de los jóvenes y nosotros, no podemos quedarnos de brazos cruzados en una misión tan importante. Pues si esperamos a Dios, que viene a salvarnos, ¿no sería un contrasentido que dejásemos de esperar en aquellos que lo tendrán que anunciar en el futuro? Ellos son los futuros maestros, los futuros médicos, los futuros gobernantes de la nación, los futuros sacerdotes…
Y nos cuestiona oírles decir que no creen, que son agnósticos, que lo que han visto no los convence… y vemos cada día más claro el por qué de su increencia; no les hemos dado razones sólidas para esperar. ¿Qué puede esperar una persona en paro, después de haberse esforzado para tener una buena preparación? ¿Qué puede esperar un joven que ve el deterioro de la familia, de las comunidades, de la Iglesia? Esas personas están dormidas, no ven con claridad, su visión está distorsionada y hasta que no despierten no serán capaces de ver la realidad.
De ahí la importancia de velar. De estar pendientes de ellos, de trasmitirles un testimonio creíble, de hacerles saber que, para que una vela alumbre han de juntarse dos substancias: Cera y pavesa, por eso las personas no podemos ser luz por nosotros mismos, necesitamos una segunda substancia, necesitamos a Dios.
¡Cuánto tenemos que aprender de María! Ella vive desde la libertad más plena. Ella ha dejado las esclavitudes, ella ha entrado en el mundo de Dios.

Donde está tu tesoro, allí está tu corazón

Donde está tu tesoro, allí está tu corazón

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mateo 13, 44)

Antes de pasar adelante me ha parecido oportuno situarnos ante nuestra realidad, darnos cuenta de ese Tesoro que se nos ha entregado. Tomar conciencia de que somos portadores de -esa Joya-, inmensamente valiosa, que se nos ha dado para regalarla y compartirla. Y sobre todo, para descubrir, que ese Tesoro es el mismo Cristo, ofrecido como -La Buena Noticia- la mejor noticia que el mundo jamás conocerá.

Y me ha parecido oportuno hacerlo así, porque en este tiempo tan lleno de actividad y activismo, resulta difícil encontrar un momento para preguntarnos:

  • Qué Tesoro poseemos.
  • Si es el auténtico el que ofrecemos.
  • En nombre de quién lo ofrecemos.
  • Y si, realmente es a Cristo a quién mostramos…

Pues quizá nos falte aquilatar todo eso para llegar a lo que pretendemos hacer. De ahí que hoy os invite a profundizar un poco más sobre este aspecto.

Al ponerme ante la realidad veía que, como en todo lo de Dios, siempre hay dos vertientes; y la persona -desde esa libertad que Dios le ha regalado- tiene que escoger una de ellas.

Así nos encontraremos evangelizadores que han encontrado el Tesoro escondido del que habla el evangelio, pero también otros que siguen buscando esa Perla preciosa de la que también nos habla. Lo que ya no tengo tan claro es que, unos y otros tengamos una experiencia de encuentro con el Tesoro y la Perla –que es el mismo Dios- y si no se tiene esa experiencia, lo del Tesoro y la Perla queda devaluado y el Tesoro escondido en el campo –o sea Cristo- relegado a un lugar secundario.

Por tanto, esta realidad nos alerta de que, este encuentro con el Tesoro y la Perla, se puede dar de muchas maneras: se puede dar, incluso sin proponérnoslo y sin buscarlo -porque Él se hace el encontradizo en el camino de la vida-. Pero también se puede dar, buscando sin cesar el preciado bien.

Quedando demostrado que, si en el artículo anterior veíamos a grandes santos a los que Jesús había salido a su encuentro, en este vemos la figura de María en su impresionante caminar para encontrar a su hijo perdido cuando iban en peregrinación –por Pascua- al Templo de Jerusalén.

Y esta experiencia de María buscando sin desfallecer a su hijo, tiene que ser la experiencia de fe del creyente y sobre todo la del evangelizador: aprender a dejar las rutinas que tenemos, con ese Dios al que nos hemos acostumbrado -para aprender a contemplarle- a fin de entrar en todo lo que hay en Él, de nuevo y sorprendente.

Por tanto, como oí decir en una ocasión a un jesuita: “Lo que María aprende en esa experiencia -del Niño perdido- es que, un Dios al que podemos perder, es un Dios al que hay que cuidar” ¡Qué gran lección para los que poseemos o buscamos el Tesoro y la Perla!

Pero hay algo precioso en estos versículos del evangelio de Mateo -que posiblemente hayamos pasado por alto- y es, la actitud que tiene el hombre que encuentra el Tesoro. Nos dice que lo vuelve a esconder y ¿por qué? Lo más normal es creer, que era para que no se quitasen. Sin embargo, hay en ello algo mucho más profundo. ¡Es fantástico! Cuando se da cuenta de la grandeza y la maravilla que posee lo encontrado, cuando percibe lo significativo que va a ser para su vida –lo esconde- y lo hace porque necesita asimilar lo sucedido; necesita hacer un tiempo de silencio, necesita hacer suyo lo encontrado… No es que sea una actitud de egoísmo, de no querer compartirlo con los demás, ¡no! Pues todos sabemos que el amor siempre es generoso y ese Tesoro que ha encontrado -lleva implícito el Amor de Dios- por lo que debe de ser contemplado, asimilado, puesto en oración… Pues es necesario dar tiempo “para –como dice el texto- vender todo lo que se posee y poder comprarlo” o lo que es lo mismo, es necesario dar tiempo, para ir relativizando todo lo que nos esclaviza. Más, ¡cómo entender esto en el mundo de la competitividad! ¡Cómo entrar en la lógica de Dios! ¡Cómo entender el hacer, el pensar y el elegir de Dios!

Ahí lo tenemos, ¡Tanta gente buscando algo más grande y mejor en su vida, sin ser capaces de ver que todo eso está en el Evangelio de Jesucristo! ¡Cuánta gente buscando a Dios, en medio de oscuridades que son las que le ocultan la hermosura de la perla, que es el mismo Cristo! Esta es nuestra tarea, no podemos escatimar esfuerzos, tenemos que llevar el Tesoro y la Perla a tanta gente ávida del encuentro con el Señor y que no tienen a nadie que se lo muestre.

Miremos al Señor, contemplémosle, Él tiene la respuesta, Él es la respuesta.

Cuando todo estaba sin contaminar en el principio de los tiempos, nos dice el libro del Génesis que Dios creó al ser humano y cuando lo vio ante Él, cuando contempló ese tesoro que Él mismo había creado, nos dice el autor estas admirables palabras “Y vio Dios que era muy bueno

Dios, había elaborado su Tesoro, su Perla y quiso que su tesoro fuera perfecto, que viviera en plenitud, que no tuviese ningún defecto, ningún fallo… pero llegó la condición humana y lo estropeó todo. Pasó el tiempo y cada vez, el ser humano fallaba más a su creador, cada vez le ofendía más… sin embargo Dios enamorado de su tesoro no duda en mandar a su hijo, a su único Hijo al mundo, para rescatarlo. Y lo hace entregando su vida para recuperar su “gran tesoro”

Ahora solamente cabe ya que nos preguntemos: y si Dios ha hecho eso por nosotros ¿qué debemos hacer nosotros por ese Tesoro que hemos encontrado y que es el que dio su vida a cambio de la nuestra?

Después de haber descubierto todo esto, no tenemos más opciones que la de hacer silencio y preguntarnos:

Si, realmente, Dios es mi Tesoro,

¿tengo puesto, ciertamente, en Él mi corazón?

 

 

Foto por N. en Unsplash

 

Nuestra Misión es … cambiar el mundo

Nuestra Misión es … cambiar el mundo

Acabamos de celebrar el día de DOMUND, con un lema precioso para trabajarlo, no solamente el día del Domund, sino durante todo el año. Y ese lema dice “Cambia al mundo”

Pero, este lema no está pensado, solamente, para aquellos que han decidido abandonar su tierra y su casa para evangelizar en lugares de Misión. Está pensado para todos, pues todos somos misioneros, sea cual sea nuestra realidad y nuestra situación.

Sin embargo todos sabemos que el mundo no cambiará si no cambiamos las personas que lo habitamos. Lo que pasa es que, para cambiar hay que ser muy valientes, muy humildes y personas de oración.

Y esto es lo que hoy nos interpela a nosotros. A cada uno personalmente. Y esta es nuestra realidad personal, una realidad de la que nadie puede responder por nosotros. Por tanto:

  • ¿Qué le digo al Señor de esta exigencia que se me plantea de conversión y cambio?

Nadie cambia por lo que el otro le diga, cambiar en una actitud y solamente cambiaremos, cuando seamos capaces de ponernos en pie y decir: ¡Señor quiero cambiar! ¡Ayúdame a cambiar! Pues esa afirmación será la que marque el momento en el que el corazón comience a reentonarse.

Pero no nos equivoquemos. Cambiar no es aparcar los problemas, ni disimularlos; nadie puede esperar que lo que está pasado se diluya como un azucarillo. Hay realidades que solamente puede sanarlas el que las ha producido, porque es muy fácil decir “olvida el pasado” ¡No! No olvides el pasado soluciónalo.

El pasado ha tenido unas connotaciones en nuestra vida y en la de los demás. Y ese pasado tiene que servirnos para crecer, para aprender, para formarnos… pero también para ver que ha dejado lesiones, huellas, destrozos… que salen a flote aunque no los queramos ver y eso no se cura echándole tierra encima, eso se cura afrontándolo y pidiendo a Dios su gracia para sanarlo. ¡Cuánto ganaríamos si aprendiésemos a sanarnos!

De ahí que os invite a contemplar, todo ese deterioro que vemos en este momento, tanto en el “tercer mundo”, como en nuestro ambiente, en nuestra familia, en nuestro mundo tan civilizado… para preguntarnos ante el Señor:

  • ¿Qué tendría yo que cambiar en mi vida, para que todo esto mejorase?

Al ponernos ante esta realidad podemos decir: No podemos ser pesimistas, hay cosas que han cambiado. Hay gente entregada que va a darlo todo por los demás y ¡Es verdad! Pero también hemos podido observar que en muchos casos los cambios han sido superficiales, han sido un lavado de imagen para dejar todo como estaba o todavía peor. Que esos cambios han venido de acciones injustas y se han hecho desde la indiferencia y la apatía. Nosotros mismos hemos dicho cantidad de veces “las cosas son como son” ¿Qué puedo hacer yo ante esta realidad que me sobrepasa? ¡Qué lo arreglen los que tienen el poder! Y nos hemos quedado tan tranquilos.

Pero esto no es así. Esto nos está alertando de que, somos nosotros, los que necesitamos un cambio profundo y real, pues lo que se nos pide es que seamos una referencia para los demás, en especial para los jóvenes y eso solamente puede hacerse desde Dios.

Se nos pide que seamos un referente de compromiso y esperanza, pues esa sería la prueba palpable de que, en nuestro corazón ha entrado Dios con toda su novedad y su creatividad. Y nosotros seríamos los primeros asombrados, pues observaríamos con emoción que eso sí podría cambiar el mundo.

  • Y yo ¿quiero ser un referente de compromiso y esperanza para los demás?
  • ¿Sé, a lo que eso me compromete?

Por eso, este año os invito a estar alerta, a no darlo todo por sabido. Pues cuando, cada año, el día del DOMUND llama nuestra atención, nos conformamos con hablar de los misioneros y misioneras -a los que admiramos y ayudamos-, pero no somos capaces de aceptar que, el mensaje nos llega como si sólo necesitasen evangelización los que viven en culturas todavía subdesarrolladas; o los que no han oído hablar de Dios; nos llega como una cuestión de tenerles que ayudar económicamente para tranquilizar nuestra conciencia. Hablamos de ello como si eso no fuera con nosotros, como si la Buena Noticia del evangelio hubiese sido acogida por nuestra sociedad y hubiese calado en nuestro entorno, como si solamente hubiera que llevarla a países lejanos.

Desgraciadamente, vemos con pena, que los términos se han invertido y que, es precisamente lo más cercano a nosotros lo que más misioneros necesita para ser evangelizado.

De ahí, la importancia de preguntarnos delante del Señor:

  • ¿Qué lugares, actitudes, personas… creo yo que tendrían necesidad de evangelización en este momento?
  • ¿Me afectan a mí directamente?
  • ¿Qué medios tendría de poder ayudarles en este sentido?
Y este… ¿Es de los nuestros?

Y este… ¿Es de los nuestros?

Estamos recorriendo nuestro camino. Cada uno el suyo. Y me parecía oportuno invitaros a detenernos en algunas realidades que nos acompañan -a todos- y que por estar tan oídas nunca nos paramos a observar.

Esta primera que quiero plasmar la hemos escuchado recientemente; nos llega del Evangelio de Marcos, y es una expresión que un evangelizador no puede pasar por alto, pues en él aparece una indicación de Jesús sumamente necesaria para nosotros, ya que se nos plantea, que el haber decidido seguir a Jesús de cerca, puede llevarnos a dos errores:

  • El primero, a pensar que Dios es solamente nuestro.
  • Y el segundo a relajarnos, prescindir de Dios y hacer lo que hacemos para satisfacer nuestro deseo.

Y ¿qué es lo que me ha llevado a tomar esta decisión? Pues el ver que, al aparecer estos versículos del evangelio, todo lo que oí sobre ellos estaba referido a ese “que no era de los nuestros” pero nada se habló de los que iban a hacer el bien en nombre de Jesucristo.

Y claro tanto hablar de ello nos puede hacer pensar, que tampoco tenemos que preocuparnos tanto -a la hora de ir a evangelizar en nombre de Jesucristo-, ya que, simplemente con hacerlo, basta. Pero, el evangelio nos dice mucho más, nos previene de todo eso que queremos eludir porque nos compromete, dándome cuenta una  vez más, de que el Evangelio no está solamente para ser leído –que sería fantástico que todo el mundo lo leyese- sino además, para ser orado.

De ahí que, lo primero que vino a mi mente, al llegar a mí estos versículos, es que Dios no otorga “derechos de propiedad” que por mucho que hagamos nunca seremos merecedores de ser elegidos.

Por eso Jesús elige a quien quiere, no a quien se lo merece. Pues ¿acaso pueden pesar alguna vez, tanto nuestros méritos, como para que Dios se fije en nosotros?

Pero los discípulos, lo mismo que nosotros, al ver que Jesús les daba  poder para sanar, para expulsar demonios… se creyeron que “era solamente suyo” y que nadie más tenía derecho a Él.

Por lo que creo que es importante tomar conciencia, de que somos elegidos pero que, el que elige es Cristo y puede hacerlo con un cristiano, con un –no cristiano- incluso con pecadores que nosotros siempre dejaríamos relegados. Ahí tenemos la llamada de S. Pablo, de S. Agustín, de S. Ignacio, de S. Francisco de Asís… pecadores ¡sí! Como nosotros, pero hijos muy amados y queridos de Dios. Porque Dios no excluye a nadie, Dios hace su trabajo a través de personas y, es posible, que algunos pertenezcan a otra religión, o vayan “por libre” pero lo importante es que ellos creen en la importancia: de la verdad,  de la justicia, la libertad, del amor, del servicio, de la paz, de la no violencia y, a veces, con tanta fuerza que quedaríamos avergonzados cualquier católico.

Por eso, lo realmente importante para nosotros no es lo que hacemos, sino el ver si lo que estamos haciendo es obra de Dios o nuestra, pues hemos de ser conscientes de que –el que nos llamemos cristianos- no es garantía de que lo seamos. Cuántas veces hemos oído decir: pues ¡vaya cristiano! Hace las mismas cosas que la gente que no lo es. De ahí, la importancia de esa advertencia que Jesús hace, para decirnos sin paliativos que, impedir que otros se acerquen a Dios, es un pecado.

Pero llegamos a la segunda parte, a esa que nos lleva a prescindir de Dios sin plantearnos a lo que nos compromete ser enviados por Él, pues yo creo que alguna diferencia tiene que existir entre los discípulos de Jesús y los que hacen todo eso porque les gusta o porque les parece bien.

Los que seguimos a Jesús, hemos de tener en cuenta que no solamente estamos llamados a ser buenas personas, sino que estamos llamados a ser personas buenas, personas que sepamos ser justos con los otros, siendo misericordiosos y compasivos; siendo profetas –que no tienen miedo a las consecuencias, ni al qué dirán- siendo capaces de proclamar la Buena Noticia del Evangelio con palabras y con hechos, amando a todos, siendo justos, solidarios… perdonando, pues quien ama perdona y quiere que la vida de los demás se enriquezca a todos los niveles. Y esto solamente puede lograrse, estando conectado al Señor.

Lo que el pasaje nos muestra es que todo el que hace bien es merecedor de reconocimiento; pero los discípulos dan un paso más. Ellos viven con Jesús, están con Él, van a Él para que los envíe, para que les diga lo que tienen que hacer y cómo hacerlo y luego… vuelven a informarle de los resultados –una actitud que nosotros pasamos por alto con la mayor tranquilidad- ¡Qué diferente la conducta de los enviados por Jesús, a la nuestra!

Pero claro, nosotros vivimos en el siglo XXI, somos esclavos de la eficacia y la programación. Tenemos un mando para cada cosa. Podemos pasar de una realidad a otra sin moverlos del sillón; de un programa a otro, con tan sólo apretar un botón… y lo triste es, que todo eso lo llevamos luego a nuestra vida como lo más normal.

Así lo vemos. Pasamos de la eucaristía al partido de fútbol; de una reunión en la parroquia al centro comercial; de ayudar en un comedor social al polideportivo… No hay un tiempo entre una cosa y otra para cambiar el Chip. Por lo que la pregunta no puede hacerse esperar: Y yo, evangelizador, ¿Me veo identificado en esta manera de actuar?

De nuevo, en este momento de la historia, Jesús nos manda a evangelizar y a sanar. Pero ¡cuántas veces hacemos oídos sordos a su mandato y nos relajamos pensando que hacemos demasiado por los demás!

El Papa nos lo deja claro. Lo importante de lo que hacemos no depende de la cantidad sino de la calidad. Una Cáritas de una parroquia –nos dice- no puede ser una ONG, ni visitar a un enfermo puede ser una visita de cortesía, ni dar catequesis puede ser algo para ocupar el tiempo libre…

Nosotros tenemos que hacer todo eso en nombre de Jesús de Nazaret y para ello es imprescindible estar conectado a Él, para pedirle su ayuda, la fuerza de su Espíritu.

Sin embargo es sorprendente, que cuando hablas de “estar conectado con Jesús”, a gente de iglesia y realmente comprometida, te digan: es que yo no puedo perder el tiempo orando ¡tengo la agenda tan llena! “perder el tiempo” ahí está la clave, en que cuando obramos así, somos católicos que hacemos lo mismo que los demás. No puedo hacer oración, tengo reunión de grupo, tengo catequesis, tengo despacho de cáritas… y quizá procure, de vez en cuando, -preparar un poco el tema- pero no tengo tiempo de hacer una oración pidiéndole a Dios que me dé luz para hacerlo cómo a Él le gustaría que lo hiciese y, por supuesto, mucho menos para después de ello, volver a contarle cómo me ha ido.

Entonces, para fundamentar su opinión, aparece la tan reiterada pregunta ¿qué es más importante, hacer oración, ir a misa o visitar a un enfermo? Acabamos de caer en la trampa.

El que hace oración, el que va a misa… seguro que saca tiempo para ir a visitar al enfermo o hacer cualquier otra caridad, pues ni siquiera se tendrá que plantear si va o no, ya que le surgirá de la vida.

Por tanto hemos llegado a lo nuclear, no se puede coger un trozo de evangelio para tranquilizar la conciencia. Es necesario acercarse a Jesús de Nazaret, como lo hicieron los discípulos para que sea Él el que nos aleccione y nos envíe. No escatimemos esfuerzos. “perdamos” tiempo con el Señor.

Pues hay una cosa clara, que:

El que no “pierde” tiempo con Dios

pierde a Dios con el tiempo.

 

Foto de Helena Lopes en Unsplash.

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