Corpus Christi

Corpus Christi

Todavía sentimos la grandeza vivida la semana pasada, en la que nos rendíamos en adoración, ante la inmensidad de Dios; cuando ese Dios, inconmensurable, decide estar siempre con nosotros –en nuestro centro- y es que, nos ama tanto, que no duda en ofrecernos lo máximo que tiene: La vida.
Por eso ante, un gesto tan inusual, de amor verdadero; la Iglesia decide dedicar, este día, a celebrar el hecho, de mayor magnitud, para la vida humana. Y lo hace con la festividad del Corpus Christi.
Estamos, por tanto invitados a compartir el pan y el vino que, en la consagración, se convertirán en Cuerpo y Sangre del mismo Cristo. Hecho que, de nuevo, se halla implícito la Secuencia de Pentecostés.

“Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo;
doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero…

ACOGIENDO LOS DONES DEL SEÑOR

Cuando alguien nos hace un regalo nos sentimos inmensamente dichosos; pero cuando alguien se nos da por entero, lo queramos o no, quedamos un poco desbordados.
Vivimos en una sociedad donde todo se compra y se vende, donde a todo se le pone un precio. Y si alguien generosamente nos regala algo, más valioso de lo normal, andamos con cuidado porque quizá quiera cobrar un precio demasiado alto.
En un mundo así imposible comprender el DON de Dios, imposible asimilar la Eucaristía.

La Eucaristía es dar y recibir, la Eucaristía es compartir y el problema de compartir es que exige compromiso; una condición de la que, en más o menos medida huimos todos un poco.
Por eso en esta mañana os invitaría a preguntarnos:
• Y yo ¿de verdad me quiero comprometer con el Señor?

Lo vemos, en la misma Iglesia; se pide una persona para hacer un servicio determinado y, normalmente la gente se presta a ello; pero se pide una continuidad y todo el mundo huye; nadie quiere compromisos y muchos menos si son para un periodo largo de tiempo.

Con esa actitud imposible entender la Eucaristía. La Eucaristía lleva sellado el signo y el compromiso. El cáliz que presidió la Cena, y que se ofreció como bebida de salvación, es el mismo vivido por Cristo cuando dice al Padre “aparta de mí este Cáliz”. Por eso, necesitamos acoger muy dentro, que celebrar la Eucaristía, no es hacer unos gestos más o menos significativos, sino comprometernos con el Señor, poniendo en sus manos nuestra vida.

Pero esta experiencia es personal; de ahí que, cuando recibo a Cristo, me hago uno con Él en mi carne, en mi sangre, y me estoy comprometiendo con el Señor en la historia de salvación que Él había proyectado, para el ser humano, desde siempre.

Por tanto, estamos ante una nueva oportunidad de:
– Reconocer el amor que anida en nuestro corazón…
– Renovarlo, haciéndolo fuerte, sincero, verdadero, pleno…
– De hacer que, ese amor de sentido a nuestra vida, llevándonos a una donación total…
– Y de lograrás que nuestras, Eucaristías, sean un compromiso fuerte con el Señor.

“RIEGA LA TIERRA EN SEQUÍA”

El Señor, para quedarse en medio de nosotros quiso elegir algo tan cotidiano como el pan y vino; sin embargo, para que las dos semillas germinen es necesaria el agua. ¿Cómo nacer el trigo en una tierra cuarteada? ¿Cómo crecer la cepa en tierra seca?

Pero hay otra sequía, no menos significativa, es la sequía del alma. ¡Qué poco nos ocupamos de ella! ¡Qué poco nos preocupa! Es revelador que, no se hable de ella en las noticias, pero es todavía más significativo que lo pasemos por alto las personas que intentamos vivir en el seno de la misma iglesia.

Sin embargo la Secuencia sí lo tiene presente. Las palabras que siguen así nos lo indican: “Sana el corazón enfermo”
No puede haber vida donde hay sequía y como nosotros, nos hemos negado a recibir el agua de la gracia, ha enfermado nuestro interior y ¡Hay tantas enfermedades acumuladas en nuestro corazón!

El desamor se está instalando en nuestra vida, sin casi darnos cuenta de ello, y si no somos conscientes, difícilmente vamos a hacer nada para remediarlo. A muchas personas se les ha olvidado que existe el Sacramente de la Reconciliación y que es algo importante recibir al Señor dignamente.

Sé bien que no comulgamos porque somos buenos, sino porque somos pobres y necesitamos de Dios, pero también sé que el Sacramente de la Reconciliación es, como el paso previo al encuentro. Cuando vamos a encontrarnos con alguien relevante, cuidamos nuestro aspecto, nuestra manera de comportarnos, nuestra pulcritud… y resulta que para recibir al Único importante, al más importante, ni siquiera nos planteamos estas cosas.

Creo que, este es un momento significativo para recurrir, de nuevo, a la Secuencia de Pentecostés, Ella, es un discurrir de la sanación de Dios. Pero, para ser sanado, primero hay que reconocerse necesitado de ello; y nosotros, en este momento, nos reconocemos enfermos, pobres, carentes de amor y necesitados de sanación.

Toda la sociedad necesita ser sanada. Por eso nuestra oración va a ser, una oración en plural, para que en ella entren todos los seres humanos; así lo hizo, el mismo Jesús, cuando subió a la Cruz para salvarnos a todos, sin excepción. Por eso, en primer lugar, pondremos a esas personas que, nunca rezarán con la Secuencia: porque no la conocen, porque nadie les ha hablado de ella, incluso por aquellos que, conociéndola la desprecian.

Por tanto, tomaremos conciencia de que vamos a entrar en el fondo, de la Secuencia, con una actitud de perdón y vamos a dejarnos llevar por, ese hilo conductor de súplica, que nos muestra. Vamos a silenciar nuestro interior y a pedir con humildad:

Señor:

  • Mándanos tu Luz. Nuestros ojos están enfermos de tanto mirar, pero Tú sabes bien que no son capaces de ver.
    Se han acostumbrado a las luces, que ciegan sin alumbrar, pero que son capaces de impedir que miremos al astro rey, a “nuestro Sol”
    Por eso necesitamos tu Luz. Esa Luz capaz de mostrarnos nuestra indiferencia, de sofocar nuestra tiniebla y de mostrarnos el Camino. Esa luz que guíe nuestros pasos por el sendero del bien.
  • Haz que llegue a nosotros ese viento impetuoso que sacudió a los Apóstoles en el Cenáculo. Ese viento que quita los miedos y hace saltar del cómodo refugio, para salir con energía, a comunicar la Buena noticia de la Salvación. Sin embargo ayúdanos a encontrarte, en la brisa suave de la interioridad. Que, como el profeta Elías, nos lleve a la gracia del contagio, de la sintonía contigo para emprender una búsqueda apasionada.
  • Inunda, nuestro corazón, de esa: fuerza y atrevimiento capaces de, disolver el hielo de la indiferencia, que anida en nuestro interior. Calienta nuestra existencia y líbrala de la frialdad con que vivimos las cosas de Dios.
  • Abrasa, de amor nuestra, alma para que sea capaz de olvidarse de sí misma porque, de verdad le importan los otros. Haz que sepamos llorar con los que lloran y llevar cerca un pañuelo para enjugar sus lágrimas.
  • Mándanos, Señor, ese torrente de agua, de Tú Agua Viva, que nos fecunde; que llene de oasis nuestros resecos desiertos, que nos lave y nos renueve. Que nos reconforte y nos llene de alegría ante la fecundidad de nuestro renacer.
  • Y, vuelve una vez más, a llenarnos de dones. Que nunca olvidemos que, cada día Tú, por puro amor: “Creas todos los bienes, los llenas de vida, los bendices y los repartes” Ayúdanos, a hacer nosotros lo mismo, con bondad y tu gracia.
  • Sálvanos Señor, porque buscamos salvarnos y danos, una y otra vez, tu gozo eterno.

 

Cuando Dios llega al fondo del alma

Cuando Dios llega al fondo del alma

Es significativo observar que, cuando te adentras en la Secuencia de Pentecostés observas, como se fusionan las tres festividades que la Iglesia sitúa en estos domingos consecutivos.

Primero hallamos la venida del Espíritu, comienzo de la Secuencia; “Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo…” –palabras, tomadas para la oración, la semana pasada- pero enseguida encontramos: la hondura y la profundidad que nos llevan a recorrer las maravillas del Señor, para con el ser humano y que nos hacen entrar en una profunda adoración.

Es el momento en el que, te descubres presente ante la Trinidad de Dios y eres capaz de creer, en ese amor del Padre manifestado en el Hijo, amor que por medio del Espíritu Santo llena toda la tierra.

Por eso, acercarse a la Trinidad es descubrir que en Dios todo es entrega, participación, intercambio, amor desinteresado, cercanía hacia el otro.
De ahí la súplica hecha oración:

Entra hasta el fondo del alma,
divina Luz, y enriquécenos:
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

EN PROFUNDA ADORACIÓN

Cuando la persona es capaz de postrarse ante el Señor, para alabarle y adorarle, lo primero que descubre es el vacío que siente, el ser humano, cuando no es capaz de percibir que, esta habitado por el mismo Dios.

En ese momento la persona se da cuenta, del poder que impera dentro de ella, para dar paso: a tantas imperfecciones, tantas equivocaciones, tantas faltas… es un poder sutil, casi imperceptible pero que poco a poco va minando sin piedad; haciendo que, el ser humano se vaya convirtiendo: en un vació difícil de llenar.

No tenemos nada más que, echar un vistazo para encontrar a jóvenes y menos jóvenes, incluso personas con más edad: ociosas, vacías, sin criterio… sólo les preocupa: la buena vida, el placer, el parecer, el pasarlo bien… y cuando comparten su juicio, descubres que su interior está bastante deshabitado.

Este es el vacío que, todos tenemos en más o menos medida; y este vacío es el que os invito a presentar hoy ante el Señor.
• Este vacío que, solamente se puede llenar con: Horas en su presencia. Con la interiorización de la Palabra. Con el alimento de su entrega.
• Este vacío que pide: adoración, silencio, confianza, abandono en las manos del padre…
• Este vacío que, no se llena con cosas, ni con ocio, ni con relaciones humanas… se llena con amor, con donación, con respeto, con perseverancia…
• Este vacío que solamente podrá ser colmado por el Señor.

EN PROFUNDO RESPETO

Cuando aprendamos a rastrear a través de la creación, las huellas de Dios.
Cuando aprendamos que la verdad plena está en el amor profundo y concreto a Dios y al hermano.
Cuando entendamos que, “llegar Dios al fondo del alma” consiste, en descender hasta el misterio insondable, caeremos de rodillas para adorar la grandeza absoluta… y empezaremos a notar que nuestra vida está presidida por la Trinidad de Dios.

Ya vamos comenzando a ver que, poco a poco, las palabras de la Secuencia, empiezan a tener eco dentro de cada uno y nos van haciendo descubrir nuestro vacío; empezamos a tomar conciencia de todas esas personas que, tanto queremos y que también tienen sus vacíos; de esas otras que caminan a nuestro lado y están en idénticas condiciones; de algunas que vemos con un aspecto envidiable pero se descubre que dentro no tienen nada… y decidimos presentarlas ante el Señor.

Es el momento de la oración. De la Oración profunda. Nos ponemos en presencia del Señor de la vida y le presentamos nuestra realidad.

Señor:
Hoy te pedimos un corazón blandito. Un corazón capaz de:
– Sentir con los demás.
– De dedicarles nuestro tiempo.
– De acoger la realidad de los que viven con nosotros.
– De tolerarlos.
– De respetarlos.
– De seguir creyendo, en ellos y en Ti.
– De seguir esperando.
– De seguir amando.
– Y seguir orando…

Danos un corazón que se vaya haciendo grande de tanto dar, de tanto vivir la misericordia, de tanto ser bondadoso, dulce, compasivo… de tanto intentar parecerse al tuyo.
Y, sobre todo: VEN. Ven a cada uno de nosotros, no nos dejes solos, sin Ti todo es complicado y doloroso. Por eso te repetimos desde lo profundo del corazón:

“Ven dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”

BAJO EL ALIENTO DE DIOS

Hay cosas que no son opinables, son demostrables y la secuencia nos las presenta con estas, maravillosas, palabras: “Mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”
Cuando sacamos a Dios de nuestra vida, cuando nos falta Cristo el desamor de adueña del corazón y empieza a ganar la batalla.

La persona, cada día, reza menos; la eucaristía se va abandonando; el acercamiento a Dios deja de tener sentido… y aquello que pedíamos en el momento del Gloria nos suena a palabras caducadas.
¡Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros! Pero vemos desalentados que ese pecado del que, pedíamos a Dios que nos librase se va adueñando de nuestro entorno, de nuestra familia, de nuestra parroquia, de nuestro mundo… Es el pecado de querer ser más que Dios, de querer que sea Él, el que haga nuestra voluntad y llenos de sorpresa observamos como se va adueñando de todo y de todos.

No puede estar más claro. Necesitamos el aliento de Dios, ese aliento que, al recibirlo, nos crea y renueva la faz de la tierra.
Qué pocas veces nos paramos a pensar lo que significa: El Aliento de Dios y, sin embargo, ¡Qué sería el ser humano sin ese aliento!
Después de que Dios, crease al hombre, nos dice el Génesis, que tuvo que infundirle su espíritu de vida.
Cuando rezamos Laudes encontramos, uno de los textos, que dice estas bellas palabras: “No hay brisa si no alientas”
Precisamos, para todo el aliento de Dios. Ese aliento que sopla dónde quiere y cómo quiere.
Y esto que podría parecer, a simple vista, algo a lo que no hay que prestarle tanta atención, lo barajamos en la misma vida; quién no ha oído decir: Lo que necesita es alguien que lo aliente, o ¡Tenemos que darle aliento!

Pues esta es la clave, tenemos que seguir recibiendo el aliento de Dios, para poder seguir caminando, en este mundo, donde:
– Los cristianos resultamos incómodos.
– Dios se intenta sacar de la vida.
– La Iglesia empieza a tener ciertas dificultades.
– La familia esta asediada y empieza a perder su valor.
– Las vocaciones disminuyen.
– Y la gente sólo busca consumir para satisfacer su “hambre”. Un “hambre” que no logra apagar porque no encuentra el aliento que necesita para sofocarlo. Que no es otro que:

El Aliento de Dios.

 

El espíritu es quien da la vida

El espíritu es quien da la vida

 

Hay algo en la liturgia de Pentecostés que siempre me ha sobrecogido realmente, y es, esa bellísima Secuencia, salida de lo profundo de un corazón habitado por el Señor.

Por eso, pensando en tantas cosas tan bellas como se han dicho de esta festividad, he decidido tomarla como referencia para ofreceros el artículo de esta semana.

Entro en ella, con todo el respeto que merecen las cosas sublimes de la vida y dada su extensión dedicaré también a ella las dos semanas siguientes, con el fin de hacer una trilogía que abarque: Pentecostés, Santísima Trinidad y Corpus.

Ven, Espíritu Divino,

manda tu Luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre,

don en tus dones espléndido;

Luz que penetras las almas;

fuente del mayor consuelo.

Estamos en la era de la luz. Precisamente, la luz, mueve nuestra historia. ¿Qué sería una ciudad sin luz? Parecería que la vida entera se había apagado.

Dejarían de funcionar los electrodomésticos, los ascensores, los semáforos, los quirófanos… el caos parecería haberse apoderado de la tierra; y, claro, como tenemos demasiada luz, vivimos con tranquilidad y a penas damos importancia a unas palabras, pidiendo luz, reflejadas en “la Secuencia de Pentecostés” que, por otra parte, recitamos una vez al año y quizá deprisa para que no se alargue demasiado la Eucaristía.

Sin embargo ¡Cuántas cosas, especiales, nos estamos perdiendo con esta actitud!

Todos sabemos como se reparten la electricidad, las grandes potencias de la tierra. Todas quieren los suculentos dividendos que les proporcionan. Y ahí están, los grandes carteles que exhiben sus marcas y un montón de empleados ofreciendo baratijas para atraer al usuario. Pero es asombroso observar que, frente a los empresarios de la electricidad, existe Alguien que es el dueño de la Luz: Cristo. Así nos lo dirá con estas, abrumadores palabras: “Yo soy la Luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas” Este es el secreto: Dios es dueño de la luz que no cuesta dinero, no dueño de la electricidad que aliena al ser humano.

Dios es dueño de la luz porque Él la creo, pero la creo para regalarla, para ofrecerla a cada persona y a cada ser; la ofreció para que todos pudiésemos disfrutarla de la misma manera y en la misma cuantía. Porque, sabemos bien que, Dios, no hace diferencias. Por eso, aquel día en una explosión de amor, dijo: “hágase la luz, y la luz fue hecha”

Pero Juan, en el prólogo de su evangelio nos dice –con estas bellas palabras- que el mundo la rechazó.

“La Palabra era la luz verdadera,

que alumbra a todo hombre.

Al mundo vino, y en el mundo estaba;

el mundo se hizo por medio de ella,

pero el mundo no la recibió” (Juan 1, 9-11)

LA IMPORTANCIA DE PEDIR LA LUZ

Lo que más tristeza produce es que, después de tantos años de historia, sigamos sin querer recibir la verdadera Luz. Por eso es necesario tener, un corazón desprendido, a fin de acercarse a la Secuencia y caer de rodillas ante el Señor para suplicarle, con fuerza:

  • ¡Mándanos tu Luz, Señor! Las luces que nos rodean no sirven nada más que para deslumbrarnos.
  • ¡Necesitamos tu Luz Señor! Esa Luz que penetra hasta el fondo del alma.
  • Esa Luz que: esclarece, explica, descifra, interpela, comprende, entiende…
  • Esa Luz que precisamos, los que nos sentimos pobres y ávidos de Ti, que eres nuestro Padre amoroso.
  • Esa Luz que nos hará ver con nitidez la realidad de nuestra vida.

Todos necesitamos esta Luz. Por eso vamos a pedirla, hoy, con fuerza. Vamos a suplicar para que, El Espíritu, nos habite hasta el fondo del alma; para que nos haga ver cuan prolíferos somos, para observar las faltas de los demás, mientras nosotros nos creemos los buenos de la tierra.

Y cuando ya la hayamos hecho llegar a nuestro fondo y hayamos observado con tristeza, lo que allí habitaba escondido; dejémonos consolar por el Señor.  Fuente del mayor Consuelo.

¡Cómo necesita el mundo ser consolado! No ha sido capaz de encontrarse con la persona que llevó la compasión hasta las últimas consecuencias: Jesús.

Jesús era: enormemente compasivo. ¡Y, un corazón compasivo, es admirable! Pero la mayor dignidad de Jesús consistió en que, no se guardó la compasión para Él, si no que la derramó, a manos llenas, a cuantos se le acercaban. Ciertamente es una actitud que dista bastante de la nuestra.

Jesús sentía compasión al ver a tanta gente, como lo rodeaba, sin rumbo; sin criterio, sin valores… pero, lejos de compadecerse y dejarlos con su situación, Jesús decide padecer con ellos, estar a su lado. Así, en un acto de sublime valentía, sale de su cómodo refugio para llevar el mensaje de salvación a cuantos quisieran escucharlo.

Quizá sea, este Pentecostés, el momento en que también nosotros, debamos dar el salto y salir fuera, a consolar tanta soledad camuflada, como existe el mundo que los rodea.

No tengamos miedo. Regalemos tantos dones como el Señor ha depositado en cada uno de nosotros.  Pero, sobre todo, demos gracias sin cansarnos al observar:

Que Dios es esplendido,

a la hora de repartir sus dones.

 

Seréis mis testigos

Seréis mis testigos

“Seréis mis testigos, testigos de mi amor.

Seréis los testigos de mi Resurrección”

Como cada año, la Iglesia celebra la Ascensión del Señor, pero yo no sé si este hecho tiene la resonancia que debiera en los que vivimos en este momento de la historia.

Sin embargo, el calado de esta fiesta es primordial. Ella quiere que volvamos a plantearnos la grandeza de trabajar –unidos- sacerdotes y seglares, como testigos de la Iglesia de Jesucristo. Una unión, que no es una amalgama heterogénea, como muchos puedan pensar, es algo que nos alerta, de que ciertamente nadie puede quedar excluido de la llamada a ser Testigos del amor de Dios, viviendo como personas resucitadas.

ANTE LAS DIRECTRICES DEL TESTIGO

“Esto es lo que tenéis que hacer: Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, predicadlo sobre los terrados. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede destruir el alma”     (Mateo 10, 27 – 29)

Realmente la actitud de los verdaderos testigos no es fácil de llevar a cabo; lo queramos o no, siempre sorprende. Su fuerza, su aplomo, su madurez… chocan con la vida trivial y superficial a la que quieren dirigirnos.

Es asombroso ver, con qué fuerza lo presenta Mateo en su evangelio: “Esto es lo que tenéis que hacer nos dice…” sin ambages, sin sutilezas, sin ambigüedades… sólo la firmeza, de alguien que cree de verdad en ello, puede hacer tan magna afirmación. Y aquí estamos nosotros para escucharla una y otra vez con la pasividad que nos caracteriza, estamos tan acostumbrados a oírlo, que nos parece que será para los demás porque nosotros ya nos lo sabemos, y eso hace que no seamos capaces de practicarlo.

Sin embargo, el evangelista que sabe bien lo que dice y lo que hace es capaz de presentarnos claramente las características que definen al testigo:

  • La valentía.
  • El testimonio.
  • Y el crecimiento.

Aquí están. Pero aunque la teoría creemos conocerla demasiado bien, con frecuencia nos instalamos en lo fácil, en lo que no nos crea problemas, en lo que nos deja tranquilos, pues responder a la tarea encomendada requiere esfuerzo, diálogo, coherencia, confianza, paciencia… y eso es demasiado exigente.

Así vemos en nuestro entorno, a gentes que no quieren complicarse y prefieren seguir mirando al cielo, que poner los pies en la tierra. Esperan a que los demás opinen por ellos, trabajen por ellos, sufran por ellos y casi, vivan por ellos. Pero eso no gusta demasiado, complican mucho las cosas, exigen sin dar nada; y ahí estamos, sin terminar de decidirnos, viviendo con “medias tintas”, dando un “sí pero no”; procurando que no se note demasiado nuestra cobardía.

Sin embargo, sabemos bien que, si no vamos a por todas, si seguimos midiendo el riesgo, nuestro testimonio no tendrá mucho que decir. La gente de hoy no quiere teorías; le sobran palabras; quiere vida, gestos, hechos, demostraciones.

De ahí la necesidad, de volver a escuchar lo que Jesús nos sigue diciendo desde el monte de la Ascensión: Bajad a la vida a los caminos y enseñad a todos cuanto os he dicho. Decidles con vuestra manera de vivir y de actuar, que nuestra conducta implica a todos; que el que nuestra vida esté inundada de amor implica a todos; que necesitamos mirar al mundo con ojos nuevos, que no podemos pasar inadvertidos de que mucha gente se siente sola, sin ser valorada ni estimada por nadie. Gritemos el mensaje más fuerte que nunca.

Digamos a todos que Jesús nos ha amado y nos sigue amando; y que el Padre nos sigue amando con un corazón lleno de ternura. Que esta es nuestra fe, una fe sellada por medio del amor-fiel entregado y resucitado. Pongámonos en pie, sigamos el camino, pidamos con fuerza al Señor, que nos dé coraje para decir a todos, como Él lo hizo: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde, Jesús nos ha dejado su paz”

UNA COMUNIDAD DE TESTIGOS

Por tanto se trata de mantener vivo el sueño que nos llevó a decir SÍ a Cristo para ser sus testigos. Y en esa opción no hay distinciones, es una realidad que ha de hacerse viva día a día, renovando el interior y saliendo al mundo para ofrecer lo vivido a los demás.
Pero es bueno, que nuestro testimonio parta de una comunidad donde haya sacerdotes, consagrados, padres y madres de familia, solteros,  viudos, jóvenes, mayores… porque eso dinamizará la vida y el servicio,  a la vez que ayuda a que la Comunidad se dinamice y fluya.

Y será preciso vivir en disponibilidad para que los servicios no los hagan siempre los mismos y se vayan turnando para que llegue a ella la frescura y la novedad. Correspondiendo a cada uno fijar nuestro objetivo dentro de ella, dependiendo de la misión que tengamos. Pero todas ellas han de tener en común:

  • ·        El buscar una buena relación entre los que la forman. (No mirando sólo a los que la frecuentan sino, también, a los que van llegando sea cual sea su bagaje y su realidad).
  • ·        El fomentar el compromiso sacramental.
  • ·        El hacer que cada miembro sienta la alegría de ser acogido.
  • ·        El ofrecer una experiencia de conversión.

Siendo conscientes de que, vivir desde la Iglesia, es acoger nuestro proyecto de vida para ofrecerlo a los demás, siendo verdaderos Testigos. Y siempre sin olvidar:

Que el verdadero Testigo,

es capaz de hacer presente en la sociedad y en la historia

a Cristo Resucitado.

El Papa y María

El Papa y María

“Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra” (Hechos 13, 47)

Nadie ignora que estamos en el centenario de las Apariciones de La Virgen de Fátima y seguro que todos nosotros hemos seguido por televisión al Papa Francisco en su viaje a dicho lugar.
Me admira y, creo que a vosotros también os admirará, el tacto que tiene el Papa para estar siempre cerca de los que más lo necesitan, de los que celebran cosas importantes, de los que tienen un mensaje que dar al mundo… por eso en esta ocasión ha querido llegar a Fátima para ensalzar a esos humildes niños, ignorados por todos, pero que la Virgen eligió para dejarnos su mensaje.
Y, allí estaba el Papa, con ellos y con la Virgen. Porque en la vida del Papa no puede faltar la Madre. Pues, ciertamente, el Papa tiene a María en un sitio muy privilegiado de su corazón.
El Papa, sabe mejor que nadie, que María ayudó a la Iglesia naciente a crecer en su comienzo -como ayudó a Jesús a crecer cuando era niño-, sabe que María ha estado siempre cerca de sus hijos para protegerles, para ayudarles, para librarles de grandes males… y sabe que ella le ayudará a él, le protegerá y le fortificará… porque en él está configurado su Hijo: Cristo.
Por eso ahora, después de ver el lugar tan predilecto que ocupa María en la vida del Papa, podemos preguntarnos:
• Y en mi vida ¿Qué lugar ocupa María?

María ve en el Santo Padre ese hijo predilecto y siente por él una ternura especial y un amor profundo. Por eso lo mira con esa mirada, con la que sólo es capaz de mirar una Madre como ella. Lo mira: Con sus ojos misericordiosos. Y le da:
• Valentía para responder a ese enorme compromiso que ha aceptado.
• Y le ayuda a ser otro Cristo en la tierra.

Por eso el Papa, que lo ha entendido perfectamente, pone a Cristo como centro de su vida, para desde Él: ayudar a los demás, perdonarlos, sanarlos, liberarlos, pacificarlos…
Pero María no solamente mira al Papa con ojos misericordiosos, también a nosotros nos mira de la misma manera, más:
• ¿Somos conscientes de ello, para –como el Papa- poner a Cristo en el centro de nuestra vida?

— El Papa sabe perfectamente que María puede cambiar al mundo y ahí está él amándolo hasta las últimas consecuencias.
“He venido como peregrino de esperanza y de paz” dijo a cuantos estábamos oyéndole. Simplicidad y claridad, características del Santo Padre.
— El Papa sorprende por su capacidad para vivir en relación, para tener la esperanza de que es posible seguir avanzando un poco cada día; para enseñar con su vida y con sus palabras a vivir desde el evangelio de Jesús.
— El Papa es la persona que sabe mirar a todos, con ojos nuevos, con los ojos de Cristo, para que todos se sientan tenidos en cuenta, queridos, valorados.
— El Papa siempre ha estado atento a los síntomas de desilusión que pudieran llegar a algún rincón de su Iglesia y allí ha estado él sin rendirse, buscando la manera de ayudarle, ofreciéndole su mano de forma sincera y su colaboración desinteresada.
— Pidiendo por cualquier necesidad en público y sin miramientos, demostrándonos con ello que, todos estamos implicados en la misma tarea y que todo lo que hacemos es obra de Dios.
• ¿Qué retos presentan a mi vida estas actitudes del Papa Francisco?

EL PAPA ES UN HOMBRE DE ORACIÓN
¡Qué importante es la oración para el Papa!
De él sí que podemos decir con certeza que: “Persevera en oración con María”
A mí me parece que si hay un ejemplo, en la Iglesia de hoy, de oración y perseverancia ese es el Papa.
Siempre me ha impacta cuando ponen imágenes de él en oración. Pero el viernes me impactaba -de manera especial- al verlo, en la explanada de Fátima, mirando a la Virgen en silencio, en profundo recogimiento, en oración profunda. La Virgen y el Papa formando una unidad.
¡Qué grande tiene que ser alabar al Señor junto a María! Pensé. Yo me imaginaba que a la Virgen tendría que gustarle mucho aquello que estaba pasando en ese momento.
• Y yo ¿persevero –como el Papa- en oración con María?

La explanada de Fátima llena a rebosar, uniendo todas las voces para rezar el Santo Rosario. Las mejillas empapadas en lágrimas
Y al fondo, en dos grandes carteles, dos bellas imágenes de aquellos niños -a los que eligió la Madre- para hacer llegar al mundo su mensaje ¡Orad! ¡Orad por la Iglesia!
La Madre sabía que los niños eran los predilectos de su Hijo, por eso los eligió como portadores de la gran noticia. ¡Decid al mundo todo lo que amo a cada uno de mis hijos! ¡Decidles cómo los llevo en mi corazón! Dadles la clave de lo que tienen que hacer para llegar a Cristo. Decidles que lo importante es la oración. Decidles que se dejen hacer por Él un poco cada día. Y para sellar tanta grandeza, allí estaba el Papa, de pie, ante la Virgen. ¡Era conmovedor!
• La Virgen me ama, me pide que ore ¿qué significa esto para mi vida? ¿Cuál es mi respuesta?

No podemos olvidarnos, de otro testigo de excepción: Sor Lucia. Ella lo vio todo, lo vivió todo, pero paso toda su vida desapercibida viviendo en un convento de las Carmelitas Descalzas, amando y sirviendo a su Señor, con sencillez, con serenidad, en silencio. ¡Qué poco se hacen notar las almas grandes! ¡Qué lección para los que queremos acercarnos a la Virgen!
Pero todavía hubo algo que me sorprendió. Fue una foto que presentaron, en la que los dos niños –pastorcitos- estaban arrodillados ante la Virgen en un signo profundo de adoración. Y yo me preguntaba:
• ¿Cuántas veces les enseñamos a nuestros hijos a adorar al Señor? ¿A reconocer a Cristo en el pan y en el vino consagrados?
• ¿Cuántas veces les enseñamos, la grandeza de recibirlo al comulgar?
• ¿Cuántas veces les enseñamos a valorar su amor?

Sin embargo, en ese momento:
El Papa, sí estaba haciendo visible la novedad de Dios,
y lo hacía así, porque él trabaja sin desfallecer
las profundidades de su corazón.

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