San José, el camillero de la parábola

San José, el camillero de la parábola

Estamos en el día del enfermo. Por eso, para la oración de hoy, me he detenido en el segundo capítulo del evangelio de Marcos, donde se nos narra el hecho de ese paralítico que, fue presentado ante Jesús por cuatro hombres que, sobre una camilla lo hicieron llegar hasta él. Y, al reflexionar sobre ello, he pensado ¿cuánta gente presentaría S. José a Jesús, lo mismo que esos camilleros?

De ahí que, haya decidido que, sea S. José, el que presida hoy nuestra oración. Pues yo me imagino que, lo mismo que nosotros, diría a la gente de su tiempo: ¡No te preocupes que, esto te lo soluciona mi hijo en un momento!

Y… me parece asombroso cómo, sin pretenderlo, el relato del evangelio -tantas veces leído-, nos ha metido de fondo en la oración de intercesión. Esa oración que, utilizaremos hoy, para pedir por nuestros enfermos.

       Ya sé que, al decir esto, muchos estaréis pensando, pero si S. José es el patrono de la buena muerte ¿qué tiene que ver eso con la enfermedad? Pues tiene mucho que ver porque, aunque lo ignoremos es también esperanza para los enfermos. Ya que S. José, es capaz de darse cuenta, de todo lo que nos molesta o nos hace sufrir, para salir en nuestra ayuda.

Por eso, sería bueno que, hoy le pidiésemos la gracia de darnos cuenta, también nosotros, de esos que lo están pasando mal, a fin de que, nos ayudase a interceder por todos los que, están en un momento delicado –sea de la índole que sea- que, nos ayudase a unirnos a ellos de corazón, a sentir compasión por ellos, a experimentar sus sufrimientos en nuestra carne… y a  ponerlos –junto a él- ante el Señor para que los auxilie.

Porque eso es lo que, S. José hace. Cuando un enfermo se le acerca para pedirle auxilio, no puede ignorarlo; en el momento que se da cuenta de que le pide ayuda, no se para a mirar su vida, ni su forma de ser, ni sus debilidades… él, lo lleva rápido a Jesús para que lo sane.

Por eso, no nos dé miedo poner a todos los “lisiados” que encontremos en esa camilla que porta S. José. Pongamos, en este momento, a todos esos “lisiados” de esperanza. A esos “lisiados” de amor que, de tanto ver sufrimiento se les va secando el corazón. Pongamos, a los encerrados en su soledad; a los postrados en esa cama de hospital; a los que la gente no ve, porque están pasando todo en silencio, junto a las personas que los cuidan…

Sigamos poniendo enfermos, contagiados, moribundos… no nos dé miedo. Por muchos que pongamos, en la camilla siempre caben más. Pongamos también en ella, a este mundo enfermo de cuerpo y de alma, que lucha por salir de tanto deterioro, tanto hundimiento, tanta desolación… Este mundo que, lejos de arrodillarse ante Dios y pedirle amparo, solamente piensa en volver a aquello que dejó, infectado de poder, egoísmo y mentira… este mundo que no es capaz de percibir la novedad que, Dios nos está mostrando con este sinsentido que nos toca vivir.

Sin olvidarnos, de poner en la camilla a esas personas cercanas que, llevamos en el corazón y lo están pasando mal y a todos los enfermos que, hoy, nadie pedirá por ellos.

MOMENTO DE ORACIÓN

¡¡Levantaos, nos dice hoy S. José!! ¡¡Poneos en pie, como dijo mi hijo al paralítico!! ¿No os dais cuenta de que Dios está aquí para levantaros, para quitar vuestra enfermedad y hacer que recuperéis la verdadera vida?

 

PADECER CON LOS QUE PADECEN

Lo que más le gusta a una persona que está pasando un momento amargo de enfermedad, de soledad, de sufrimiento… es encontrar a alguien que se solidarice con él, que le comprenda, que le ayude… que, esté dispuesto a padecer con él.

Surgiendo en ello, el momento de la compasión. Ese momento en el que S. José entra en juego, porque tiene un corazón compasivo.

Pero, hemos de tener claro que la compasión no puede llevarnos a turbar a la otra persona. La compasión es ese sentimiento que nos invita a llegar hasta el enfermo: de puntillas, en silencio… a creer en él, a quererlo, a enjugar su llanto, a curar sus heridas… olvidándonos de la incomodidad que eso pueda causarnos.

La compasión, ha de ser la Palabra compartida, el gesto de ternura, la mano tendida al dar y al recibir… Ha de ser la luz que, haga al mundo un lugar mejor y más delicado.

  • ¿Es así mi compasión?
  • ¿Qué lugar ocupa la compasión en mi vida, en este tiempo de pandemia?
  • ¿Qué me diría, Jesús, de mi manera de ser compasivo?

 

YO HE VENIDO A SANAR A LOS ENFERMOS

Creo que, hoy, todos tendríamos que acercarnos al gran sanador, pues ¿quién no tiene alguna dolencia de cuerpo o de alma? Todos deberíamos llegar a su presencia como enfermos, como necesitados de salvación.

Pero hay otros enfermos de los que no quiero olvidarme y, a los que os invito a traer –como esos camilleros- ante Jesús. Son los enfermos que no tienen acceso al médico; que carecen de medicamentos; que no tienen una casa donde refugiarse; que, no tienen ni siquiera una bebida caliente para que los conforte.

Vamos a poner en la “camilla” a las familias de los enfermos. A sus hijos –algunos posiblemente pequeños- a los cuidadores, a todo el personal sanitario… y a todos los que tienen el alma herida y dolida porque no ven salida a sus padecimientos.

Preguntándonos desde lo más profundo:

  • ¿Reconozco al Señor, como el gran sanador?
  • ¿De qué querría que, me sanase hoy a mí?
  • ¿De qué quiero que, sane a los enfermos que llevo en el corazón?
  • ¿De qué querría que sanase a nuestro mundo?

 

MARÍA, SALUD DE LOS ENFERMOS

Hoy es, la Virgen de Lourdes. Y es precioso que, el día del enfermo este enclavado en una festividad de la Virgen. Porque ella, sabe mucho de dolor, de cruces inesperadas, de punzadas en el alma… sabe mucho de desconcierto y soledad… por eso, está ahí intercediendo por nosotros, ante su hijo, para que nos ayude en esta pandemia que nos acecha. Ya que María es: la gran intercesora.

A la vida de María – lo mismo que a la nuestra también llegó lo inesperado. Su hijo, tendría que cargar con una Cruz y caminar hacia su propia muerte. ¡Estaba desconcertada!

Eso mismo nos está pasando a nosotros en este momento de la historia. Como María, vamos viendo a los nuestros cargar con la cruz de la enfermedad. ¿Cómo ser capaces de imaginar lo que, una madre ha podido experimentar, cuando su hijo la ha llamado diciendo que estaba infectado de Covid y no podría verlo? ¿O un hijo, al que le haya dicho, eso mismo su madre? ¡Imposible contabilizar las lágrimas y el desgarro de tanta gente como se encuentra en tan nefasta situación!

Por eso, necesitamos saber que, la madre siempre nos está esperando para poner nuestras enfermedades y sufrimientos en manos de su Hijo. Ella es la intercesora entre Dios y nosotros, es la medianera de todas las gracias, la que arranca del corazón de su hijo cualquier favor por difícil que parezca.

Por eso, vamos a pedirle que interceda por todos los enfermos y necesitados. Pero también:

  • Por los que se han alejado de Dios.
  • Por los que han prescindido de los verdaderos valores.
  • Por los que buscar placer, sin importarles que los demás paguen su irresponsabilidad.
  • Por los que desprecian a los que, son capaces de ayudar sin pedir explicaciones.
  • Por los que, la indiferencia les hace olvidarse de los que están sufriendo…
  • Por todas esas agonías lentas y muertes anunciadas que, no somos capaces de asumir.
  • Y por esos desenlaces tan tristes que, se nos van presentando cada día.

 

No dejemos de pedir a María y a San José que, nos infundan valor, esperanza, valentía y conformidad, para que se cumpla en nosotros, la voluntad de Dios, lo mismo que se cumplió en ellos.

Y Dios… se hizo presente

Y Dios… se hizo presente

Dentro de unos días celebraremos la fiesta de La Candelaria. Y, si hay un día en la que, San José es protagonista –por sí mismo- es este: El día de la Presentación de Jesús en el Templo. Esto, no lo digo yo, lo dice el evangelista Lucas en los versículos de su evangelio que, se leerán en la eucaristía del día: “cuando entraban con el niño Jesús, sus padres, para cumplir con él lo acostumbrado según la ley…” José no está en segundo lugar, José no es “el otro” José es el padre que, Dios ha dispuesto para que cuide de su Hijo, con todas las atribuciones y todos los títulos. Allí estaban sus padres.

       Y es de destacar que, José en un acto de abandono total, el mismo que años después haría su hijo al subir a la cruz para salvarnos, cogiese a María y al Niño y subiese al templo para ofrecerlo a Dios. Aquí lo tienes, Señor. Es tuyo. Tú eres su Padre. –Lo sé bien- A mí me lo has dejado, para que lo alimente, lo cuide y le enseñé a ser… como Tú quieres que sea; pero, aquí lo tienes, Señor. Haz de él lo que quieras. Hagas lo que hagas, yo estaré de acuerdo contigo y te daré las gracias. Y a mí, inspírame la manera de cuidarlo y ayúdame a aceptar los planes que tienes destinados para él.

¡Qué enseñanza para los padres!

Con esta actitud, S. José nos está enseñando:

  • La grandeza de poder ofrecer nuestros hijos al Señor.
  • El honor de celebrar la vida de nuestros hijos.
  • Nos invita a dar gracias, por el inmenso regalo de la paternidad y la fidelidad.
  • Nos invita a ver a Jesús y enseñarle a nuestros hijos a que lo vean, como Luz de las naciones y luz de nuestra vida.

Y… ahí están los jóvenes esposos, en aquella fila, con el niño en brazos y una ofrenda –la de los pobres-, para entregar en el Templo, como mandaba la tradición.

A su lado pasa mucha gente, que en un día tan señalado, han llegado al templo para hacer su oración. Sin embargo nadie fue capaz de ver que, en aquella fila, estaba el mismo Dios, escondido en una criatura indefensa que, en brazos de sus padres y, con una humanidad como la nuestra, esperaba para ser presentado al Señor.

Esto nos alerta, de la importancia de que, nuestro testimonio sea luz que, ilumine los ojos de las personas que estén a nuestro lado.

No pongamos obstáculos. Perdamos el miedo a dejarnos encender, como verdaderas antorchas. Iluminemos el mundo, para que pueda ver la salvación que, Dios, ha venido a traernos.

“Cuando entraban con el niño Jesús sus padres, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador.

(Lucas 2, 30-35)

JESÚS SE ENCUENTRA CON SU PUEBLO

Jesús fue presentado en el templo para cumplir la Ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente; sin embargo, el pueblo creyente, tanto el de entonces –como el de hoy-, no lo recoció.

Es posible que, si se presentase con más claridad, con un ropaje más adecuado, o en un sitio más correcto… pudiese ser reconocido, pero en esas zonas tan vulgares resulta imposible reconocerlo.

¿Acaso se le puede ocurrir a alguien que, Dios pueda estar en la fila del paro, o pidiendo limosna en la puerta de una Iglesia, o tirado en la calle con señales de muerte, o temblando de frío en aquella chabola, o muriendo de Covid abandonado y solo…?

No es que no queramos ver a Dios, ¡NO! Todos querríamos verlo; por eso conmueve tanto observar que, teniendo tantos deseos de ver a Dios, tan sólo –Simeón- un anciano que ya no podía con su alma que, estaba punto de decir adiós a la vida, fuese el único que lo reconociera en aquella fila mezclado con el resto de la gente que llenaba el templo.

Pero ¿acaso fue casualidad? ¡NO! El anciano Simeón vio al Señor porque estaba preparado. Había vivido una entrega incondicional a Dios y cuando aquel joven matrimonio pone a Jesús en sus brazos llega a sus ojos, semicerrados, tal destello de luz, que ante el asombro de María y José, declara a gritos que es “luz de la naciones y gloria para su pueblo Israel…”

  • Y yo ¿dónde y en quién reconozco a Dios?
  • ¿Estoy preparado, como lo estaba Simeón, para declararlo Luz de las naciones?
  • ¿Lo reconozco, cuando entra dentro de mí, en el momento de la comunión?

CON ROSTRO DESFIGURADO

Unos más y otros menos, todos arrastramos una vida trivial, fruto de la historia que nos condiciona. Acumulamos jornadas de esfuerzo y trabajo, de luces y sombras, de errores y fracasos, de incoherencias y de habernos olvidado del Señor. Una historia de experiencia del bien y del mal, de dolor y de lágrimas, de ruido y despilfarro… Y, en medio de tantas circunstancias adversas, nos ha resultado imposible ver al Señor.

Pero, también, es verdad que, en el desgaste de nuestro caminar ha habido veces en que, hemos reconocido el Rostro desfigurado de Cristo y nuestro corazón se ha conmovido, y aún en medio de tanta oscuridad, de tanto sufrimiento y de tanta pandemia, hemos sido capaces de ver centellear una luz distinta a la que, veníamos viendo brillar hasta ahora.

Y hemos sido capaces de darnos cuenta de que, aunque la historia de las personas se va separando cada vez más de la historia de Dios, Él sigue ahí, en cada fila, en cada dolor, en cada acontecimiento… poniéndose delante del ser humano, para mostrarle su cercanía y su resplandor; aunque, tristemente, no logre ser reconocido.

¡Qué importante sería, reconocerlo en medio de tanto desajuste como nos ha traído esta pandemia! Qué bueno sería verlo oculto en el traje de cada médico, de cada sanitario… en los entubados, tirados en la cama llenos de dolor; en las familias, de los que van partiendo hacia el hospital, sin saber si volverán a verlos; en los que han perdido su medio de vida… Qué importante sería que abriéramos los ojos para ver a Dios, donde solamente vemos sufrimiento. Porque aunque no lo veamos o no queramos verlo, Dios está. Porque, Dios siempre está donde alguno de sus hijos sufre.

  • ¿Qué luces alumbran mi vida?
  • En este momento ¿las tengo encendidas o apagadas?
  • ¿Soy capaz de ver a Dios, en medio de la humanidad sufriente?

 

SAN JOSÉ CONSAGRÓ SU VIDA A DIOS

El día de la Candelaria, la Iglesia celebra La Jornada Mundial de la Vida Consagrada, pero ¿qué tiene que ver eso con S. José? Pues aunque nos parezca raro, tiene muchísimo que ver; tanto que, muchas congregaciones llevan su nombre.

  1. José como cualquier consagrado, le ha dicho sí a Dios, le ha consagrado su vida. Y, al decir Sí a Dios, su vida ha experimentado un éxodo, ha salido de sí mismo, para entregarse a Él en cuerpo y alma.
  2. José ha obedecido a Dios, en algo imposible de aceptar, porque en lo más profundo de su ser, ha escuchado esa moción interior que, la persona sabe distinguir, de cualquier otra propuesta que recibe.
  3. José, ha escuchado que Dios le decía: “te basta mi gracia” y se ha olvidado de su debilidad. Ha entendido, como luego diría el apóstol San Pablo que, la fuerza se realiza en la debilidad. (2 Co 12, 9)

Y, cómo no, S. José vivió la pobreza. Esa pobreza que, “enriquece” a las personas; que las hace humildes y les ayuda a vivir desde la humildad. Esa pobreza que se aprende tocando la carne de Cristo en los pequeños, en los desfavorecidos, en los despreciados de la sociedad. Esa pobreza que, S. José aprendió –en directo- queriendo, abrazando, acogiendo a su hijo en lo más profundo de su corazón.

  • ¿Cómo veo yo la Vida Consagrada?
  • ¿Significa algo para mi vida?
  • ¿A qué creo que se debe la falta de vocaciones que sufre la Iglesia?

Esta semana, vamos a dedicarla a orar por la vida.

  • Por la vida de los que se nos han ido.
  • Por los que no respetan la vida.

= Tanto de los no nacidos, como de los ancianos=

  • También por los que se dedican a dar vida y a salvar vidas.
  • Oraremos, por todos los consagrados,

en especial, por los que estén pasando momentos de duda.

  • Y, de una manera especial, oraremos por el Papa Francisco.
  • Oraremos, también, por todo el clero.

Y por todos los que, cada día ofrecen su vida al Señor

desde la situación que están viviendo.

Esta lista se puede alargar todo lo que queramos.

Que cada uno la haga suya y la alargue cuanto quiera.

El valor de lo cotidiano

El valor de lo cotidiano

Esta atípica Navidad, á la que hemos bautizado de atípica, -pero en la que Dios ha nacido y ha venido a nosotros lo mismo que siempre- ha terminado. Volvemos a lo cotidiano, pero lo cotidiano de este momento, es seguir viviendo en la imprecisión que nos acompañaba antes de que llegase. Y con este final de la Navidad, quiero añadir a la temática que os venía compartiendo, otra realidad que nos acompaña.

Sé bien que, a estas alturas todos sabéis que, el Papa Francisco ha querido dedicar este año a San José y, precisamente, quiero que sea S. José, el que acompañe nuestra oración, durante este año.

No era de extrañar que, el Papa tomase esta decisión dado el gran cariño que le tiene. Pero además de eso, todos hemos comprobado que, la línea del Papa Francisco va siempre por la gente sencilla, trabajadora; por la que no destaca en nada, por la que se santifica haciendo bien su trabajo, por la que sabe dar sin pedir compensaciones, por la que tiene siempre las manos tendidas para servir… por esos que, –como él los llama- son los santos de la puerta de al lado- y… ¿quién cumple mejor esos requisitos que S. José?

Por eso, al cumplirse el 150 aniversario de la declaración de San José, como Patrono de la Iglesia Universal, el Papa ha querido dedicarle –muy merecidamente- este año. Un año que, comenzó el 8 de diciembre de 2020 y terminará el 8 de diciembre de 2021”

         MOMENTO DE ORACIÓN

Llegamos al momento de oración. Dejamos lo que estamos haciendo. Hacemos silencio, nos serenamos… dejamos a un lado todo eso que nos preocupa… respiramos profundamente… Tomamos conciencia de que estamos ante el Dios de la vida… y llenos de paz comenzamos la oración.

 

SAN JOSÉ, UN HOMBRE QUE VIVE DE SU TRABAJO

De S. José, hablan poco los evangelios. Pero lo primero que sabemos de él –antes, incluso, de su compromiso con María- es que, era un hombre trabajador; vivía de su trabajo. Un trabajo normal. Él no era jefe, ni tenía un despacho deslumbrante, ni un cargo que le proporcionara suculentos beneficios… pero él, era un trabajador, un obrero que tenía los ojos puestos en Dios y con sus manos y unas rudimentarias herramientas, hacía extraordinario lo que parecía ordinario.

Nosotros también teníamos un trabajo y pensábamos que después de Navidad volveríamos a él. Pero, todo esto se ha trastocado. Vivimos un momento en que, la incertidumbre del trabajo nos amenaza y el número de parados sube constantemente.

Por eso creo que, quizá sea este, el momento oportuno para acercarnos a San José y pedirle que nos ayude en este difícil trance. Y que nos recuerde que, por mucho que el trabajo fracase, no podemos quedarnos parados. Tenemos la responsabilidad de colaborar en cualquier tipo de tarea que ayude a salir de esta pandemia; que ayude a mejorar la vida de los demás, que ayude a encontrar otras alternativas, nuevos tipos de trabajo… y que ayude, en definitiva, a transformar el mundo.

  • Y yo ¿qué personas conozco que están ayudando altruistamente a los demás?
  • ¿Valoro su trabajo y su donación desinteresada?
  • ¿Me está haciendo ver, todo esto, la importancia de la gente normal que, lejos del protagonismo, infunden paciencia y esperanza compartiendo con los desfavorecidos los dones que, Dios ha depositado en ellos?

 

EL TRABAJO, UN COMPROMISO

  1. José se da cuenta de que, al mundo del trabajo, hay que ir a algo más que a trabajar. Se da cuenta de que, al mundo del trabajo hay que ir a ilusionar, a dar impulso, a ofrecer lo que para nosotros es el motor de nuestra vida: Dios.

       Y yo creo que, precisamente esto es lo que nos está fallando. No sólo nos ha fallado el trabajo que teníamos, sino el compromiso de mejorar a los demás por medio de él. Por eso me parece que, estamos es un momento clave para evaluar lo que poseíamos; para examinar nuestros objetivos; para ver… si lo que, en realidad buscábamos a través –del trabajo- era la productividad, o era mejorar la creación… Creo que, es el momento de darnos cuenta de que, lo que en realidad nos fallaba era la vida interior que tenía S. José, pues esa vida de dentro era la que, precisamente, le daba ese dinamismo hacia los demás, ese ofrecer su maestría desde la gratuidad, ese reflejar -en lo que hacía- el rostro de Dios.

  • Y yo ¿cómo valoro mi trabajo?
  • ¿Qué busco a través de él?
  • ¿Cómo hago mi trabajo?

 

EL TRABAJO, QUE DIGNIFICA

Necesitamos tener presente, que hay otra clase de trabajo. Que, no sólo existe el trabajo que nos produce unos beneficios para poder vivir como nos gusta; que hay otro trabajo que, sirve para alimentar y nutrir a la persona por dentro y es, el trabajo que dignifica y  hace crecer.

Es, ese trabajo que, nos lleva a cuidar y cultivar las semillas que Dios ha depositado en nuestro corazón. La semilla de la fe, de la confianza, de la bondad, del servicio, del amor… Un trabajo que, nos induce a solidarizarnos con los que sufren por falta de empleo, por salarios bajos, por falta de cultura, formación, por falta de principios religiosos…

El trabajo, ha de ser también, un medio de santificación; ofreciendo con amor, a los demás, todo eso que hacemos.

Para ello, busquemos a Dios como compañero de trabajo. Os aseguro que, nunca comprenderemos debidamente, lo que cada uno somos capaces de hacer, cuando dejamos que Dios lleve las riendas de nuestra tarea.

  • Y yo ¿me solidarizo con las personas que han perdido su trabajo?
  • ¿Me dignifica el trabajo que hago?
  • ¿He pensado qué, puede ser –para mí- un medio de santificación?

 

Para terminar, diremos al Señor:

Señor, Dame la gracia de apreciar mi trabajo.

Dame la gracia, de verlo como un don y no, como una carga.

Haz que me dé cuenta de que, con lo que hago

puedo hacer mucho bien, o mucho mal,

puedo crear o destruir,

puedo amar a los demás o puedo molestarlos,

puedo hacer que, los demás sean felices o desdichados.

 

Por eso, me pongo en tus manos, Señor,

no permitas que, lo haga mal,

ni que nadie sufra por lo que hago.

Dame: fortaleza, paciencia, perseverancia…

dame… el coraje necesario para poder hacer mi tarea,

como Tú quieres que la haga.

 

 

 

Un mundo imperfecto

Un mundo imperfecto

Dios nos pensó felices. Y… ¿quién no desea ser feliz? Sin embargo,  parece que, eso que tanto ansiamos, no llegamos a lograrlo porque tenemos la capacidad de estropearlo todo. Somos expertos en cargarnos: la creación que Dios nos ha reglado; los corazones en los que todavía anida la esperanza; los que nos parece que estorban -porque nosotros somos los únicos destinatarios de los dones de Dios-… Y, sin embargo, a pesar de ello, tratamos por todos los medios, de hacer ver que, queremos construir un mundo perfecto donde todo pueda funcionar correctamente. Pero… ya veis, desgraciadamente, nos damos cuenta de que, no somos capaces de lograrlo.

Lo primero que, encontramos en el mundo que nos recibió -cuando comenzamos a intuirlo- no era precisamente lo que nos hubiera gustado y, en el que seguimos viviendo ahora, tampoco. En él encontramos equivocaciones, errores, mentira, malentendidos, sufrimiento, disgustos, amargura, ansiedad… y, nos vamos dando cuenta de que, no todo podemos manejarlo. Pero hay algo todavía peor y que, se nos escapa de las manos; son esas circunstancias que llegan sin que nadie pueda detenerlas, de la manera más inoportuna y de la forma más inesperada, cuyo resultado dependerá de la manera con que seamos capaces de acogerlas, afrontarlas y remediarlas.

Sin embargo, hay una cosa clara. Igual que tuvimos que acoplarnos a esas situaciones que no nos gustaban, ahora hemos de acoplarnos a esta que nos supera, cuya única manera de poder hacerlo, será volviendo a Ese del que, lo hemos recibido todo: a Dios.

MOMENTO DE ORACIÓN

 Llegamos al momento de oración. Dejamos lo que estamos haciendo. Hacemos silencio, nos serenamos… dejamos a un lado todo eso que nos preocupa… respiramos profundamente… Tomamos conciencia de que estamos ante el Dios de la vida… y llenos de paz comenzamos la oración

DIOS NOS PROTEGE

Pensando que, habíamos sido creados para que fuésemos felices, me di cuenta de que, para lograrlo, teníamos que ser canales de amor e instrumentos de paz -en este mundo complejo en el que nos encontramos- y que,  por tanto, teníamos que contribuir a que, ese amor y esa paz fuesen una realidad.

Pero enseguida comprobé que, eso no era fácil que, ni siquiera las personas que podían beneficiarse de ello, estaban de acuerdo conmigo.

Entonces tome conciencia de que, la concordia era una tarea ingente y que nadie puede quedar excluido a la hora de crearla. Descubriendo que, debíamos recuperar, algo que hemos olvidado: la responsabilidad.

Por eso será bueno que, nos tomemos un tiempo para pensar que somos responsables de que, esto que nos está pasando, nos haga el menor daño posible. Y que, colaborar con las normas que se nos dan y ayudar a los más vulnerables, nos concierne a nosotros –a todos-.

Porque, cuando a nuestra vida llegan momentos que nos sobrepasan, tenemos que socorrer a los damnificados, tenemos que cuidarlos, que preocuparnos de ellos… Y cuando aparecen circunstancias que, nos hacen experimentar: temor, ansiedad, miedo, dolor… tenemos que buscar la manera de acogerlas con valentía y coraje. Pero, esto no es fácil y sabemos que, necesitamos que, alguien nos de fuerza para poder llevarlo a cabo. De ahí que, debamos preguntarnos en esos momentos de dificultad:

  • ¿En quién me refugiamos?
  • ¿A quién acudo para que me ayude?
  • ¿Recuerdo que, la mejor manera de solucionarlo, es refugiarme en el Señor?
  • ¿Pienso que, puedo hacerlo por intercesión de María?

 

PEDIR PROTECCIÓN

También necesitamos caer en la cuenta, de la importancia que cobra el pedir a Dios su protección –en estos difíciles momentos- para hacer un mundo en el que residiera la paz, la solidaridad, la acogida, el amor… a pesar de vernos tan sobrecargados de enfermedad y sufrimiento.

Necesitamos tomar conciencia, lo difícil que resulta pasar por situaciones espinosas, sin tener unos apoyos firmes donde sostenernos.

Darnos cuenta de que, la súplica de una sola oración, salida de lo más hondo del corazón de una sola persona, puede poner en marcha tan encomiable realidad. Porque –lo creamos o no- la oración hace que, el amor se expanda de persona a persona, de país a país, de continente a continente… Haciéndonos tener la seguridad de que, dónde quiera que estemos, Dios está allí para cuidarnos y protegernos. Por tanto:

  • Tomaremos conciencia de cómo nos protege Dios, en estos difíciles momentos.
  • Después, pasaremos un tiempo, mostrándole nuestro agradecimiento por su gran bondad.

 

Porque sé que, Dios me Protege 
Me protege, dondequiera que esté,

porque  Él, siempre está conmigo

para guiarme, para cuidarme, para socorrerme.

Y es verdad que, hay momentos en los que,

el temor y la ansiedad se pueden apoderar de mí,

pero, de nuevo aparecerá el Señor para defenderme.

Porque Él es mi refugio, mi heredad,

Él es… mi fuerza salvadora.

 

Él, es… el Dios que, se mezcla con mis situaciones,

compartiendo incertidumbres y miedos.

Es… el Dios que, nunca me deja solo,

el Dios… que, me cuida en los momentos duros de mi vida.

Dios lo puede todo

Dios lo puede todo

Al mirar que santos destacaba el santoral, en el día de hoy, me he encontrado con la sorpresa de que, se celebra la fiesta de los santos: Zacarías e Isabel –padres de San Juan Bautista- unos santos de los que no se oye hablar demasiado, pero que son un gran ejemplo de vida. Por lo que, he decidido ponerlos de guía en nuestra oración.

Zacarías e Isabel, parecen la imagen de una época acabada. Sin embargo es, cuanto menos chocante, que el evangelio de Lucas comience su relato con la frustración de una pareja estéril y en edad avanzada.

Nos dice que eran justos y, sin embargo, tenían que sufrir la humillación de la esterilidad ya que, en aquella cultura, se vivía como una auténtica tragedia el no poder tener hijos.

Los de la época lo consideraban como un castigo divino, aunque el texto lo contraste con la honradez de dos israelitas “que caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor”

Y, es esto, lo que me ha llevado a preguntarme: ¿No seremos, también, nosotros la imagen de una época acabada? ¿No tendremos que sufrir la humillación, de algo tan frustrante como es, estar atrapados por un diminuto virus -que nos está destrozando- para dejar “lo de antes” tomando conciencia de que, nuestra única defensa, consiste en dejarnos atrapar por el “virus” de la solidaridad y la misericordia? ¿Cuántos considerarán, como en aquella época, que todo esto es un castigo divino, incapaces de ver que es un aprendizaje de vida que, quiere enseñarnos los límites de nuestra autosuficiencia, dándonos una oportunidad que, desembocará en la existencia de una vida nueva?

  MOMENTO DE ORACIÓN

 Llegamos al momento de oración. Dejamos lo que estamos haciendo. Hacemos silencio, nos serenamos… dejamos a un lado todo eso que nos preocupa… respiramos profundamente… Tomamos conciencia de que estamos ante el Dios de la vida… y llenos de paz comenzamos la oración

 

 

PERSONAS DE FE FIRME

Al adentrarnos en el relato que, nos brinda el evangelio de Lucas, nos damos cuenta de que, el hilo conductor de todo lo que se nos muestra es la fe. La Fe de dos esposos que caminan al unisonó, apoyados en una gran confianza en Dios.

De ahí que, nada pueda detenerles. Juntos aceptan su realidad. La suya propia que, nada tiene que ver con la de los demás. Y saltando por encima de prejuicios y contrariedades viven una historia plena: de entrega, respeto, fidelidad y donación. Siendo su Fe el escudo de su opción.

Pero además, toda esta adversidad no los deja anclados en la negatividad y lo antiguo; sino que, –porque de verdad creen y aman- están abiertos a lo nuevo, están abiertos a los designios de Dios. Y esa apertura queda confirmada, en la vida que lleva Isabel en sus entrañas, algo inesperado e imposible, pero posible para Dios. Porque las leyes pueden caer derruidas, las palabras sublimes pueden desaparecer… pero lo autentico, lo grandioso… lo que sólo se puede ver y apreciar con los ojos del alma… eso siempre queda grabado en lo más hondo de la persona.

  • Y yo ¿estoy abierto a la novedad de Dios?
  • ¿Cómo acepto sus designios?
  • ¿Tengo Fe, en que todo es posible para Dios?

 

PERSONAS DE ORACIÓN

“Hubo en tiempos del rey Herodes un sacerdote llamado Zacarías, casado con Isabel, una mujer descendiente del hermano de Moisés, el sumo sacerdote Aarón” (Lucas 1,5)

Zacarías e Isabel, habían puesto su confianza en Dios. Ellos eran personas orantes. Recitaban los salmos y pedían –sin cansarse- a Dios que, les diera un hijo, aunque… había pasado tanto tiempo sin obtener respuesta que, dada su avanzada edad, veían imposible que su petición pudiera ser escuchada.

Zacarías, además, era sacerdote del templo y había subido al templo a orar.  Era una persona distinguida, pertenecía a la estirpe sacerdotal y ese día le tocaba ofrecer el incienso. Pero nada le  hacía sospechar, la sorpresa que estaba a punto de  recibir.

Dice el relato que, se le apareció un Ángel del Señor, venía a anunciarle que iba a tener un hijo. ¡Qué impresionante! Dios siempre sacando vida, de donde nosotros solamente somos capaces de ver, desolación e infortunio.

Y, ¿no es, precisamente eso, lo que nos está pasando a nosotros en este momento? ¿Acaso alguien puede encontrar vida en tanta desolación como nos acompaña?

Es significativo que, como le pasó a Zacarías, nuestra boca enmudezca. Vemos, como el tiempo va pasando y como los problemas surgen con más fuerza. Nos vamos encontrando con lo frágil, con lo perecedero, con lo humano, con dificultades de todo tipo… nos vamos decepcionando, desilusionando… y nos vamos hundiendo, sintiendo ganas de abandonar, de dejarlo todo… dándonos cuenta de que, ya no nos queda nada que decir.

Pero nos hemos olvidado de rogar a Dios, de suplicarle, de pedirle -no sólo que nos saque de todo esto- sino de que nos curé el corazón. Y, ahí estamos arrastrando este fardo pesado de “querer volver a lo de antes” y, creyendo que solamente con nuestras fuerzas podremos solucionarlo todo.

De ahí, lo importante de que, el Señor, nos diga hoy, lo mismo que a Zacarías: no os hundáis, Dios lo pude todo. ¡Pedidlo con fuerza! Sed constantes en rogarle, para que os libre de esta difícil situación.

Estad abiertos a la novedad que llega. ¡Lo bueno siempre está por aparecer! “Porque Dios hace nuevas todas las cosas”

  • ¿Qué tristezas se han instalado en mi corazón, desde que comenzó la pandemia?
  • ¿Qué momentos de desesperanza me quedan todavía por superar?
  • ¿Pido a Dios sin desfallecer que nos saque de todo esto?

 

PERSONAS HOSPITALARIAS

       Otra de las características de este matrimonio era la hospitalidad. La casa de Zacarías e Isabel siempre estaba abierta para los demás, incluso para socorrer a aquellos vecinos que tantos los criticaban.

Y entre los que llegan a ella, observan con asombro, la llegada de una joven familiar que vivía en Nazaret: María.

María llega sin ser llamada, porque ella acude siempre que se presenta una necesidad. Y su llegada llena de alegría desbordante a su prima Isabel.

La gracia de Dios se va adentrando en aquella casa y, sobre todo, en aquel hombre enmudecido. Y la fe de ambos va creciendo al exponerles María las grandezas de Dios.

¡Bendita tú porque has creído! Le dice Isabel y benditos todos los que crean, porque verán realizarse obras grandes, salidas del corazón de Dios.

Pero, no creamos que eso es para otros. Dios también es favorable para nosotros. De ahí que os invite a vivir en esperanza, junto a María, estos tiempos difíciles que se nos han presentado. Vivámoslos con mucha fe y oración, hasta que veamos aparecer esa nueva vida que se va fraguando.

  • Y yo ¿cómo voy de hospitalidad?
  • ¿A quién dejo entrar en mi vida?
  • ¿Creo, que de verdad hay vida en tanto deterioro?

 

Y… en este momento de dicha y alegría, la boca de Zacarías se abre. Y se abre para alabar a Dios, para darle gracias, para cantar sus misericordias…

  • ¿Estaremos preparados nosotros, para hacer eso mismo, cuando todo esto pase?

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Día de Difuntos

Día de Difuntos

De pronto un accidente segó la vida de un joven.

Su padre –una persona creyente- lleno de dolor, fue a pedir cuentas a Dios.

Al llegar a su presencia le dijo: Señor ¿no te has dado cuenta de que, mi hijo único, ha muerto?

El Señor le contestó: conozco tu dolor, el mío también murió.

Entonces, aquel hombre le dijo con más fuerza: Sí, pero tu hijo ha resucitado.

Y Dios… lleno de bondad y misericordia, le contestó: Y el tuyo también.

 

Entonces yo pensé, ¿cuántas personas de las que, celebrarán el día de los difuntos, o de las que asisten a un velatorio, o a un funeral… creen, realmente, que la persona por la que están rezando, está viva?

En ese momento, comencé a pensar cómo hacérselo ver y, aunque reconozco la dificultad, creo que se podría ir por este camino.

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El año pasado, murió una persona muy apreciada por nosotros. Era una persona humilde todos la querían.

Era muy mayor, ya no tenía familia íntima. Estaba soltera y sus padres y hermanos habían muerto.

Como es lógico, fuimos a acompañarla en su entierro y en la misa funeral aparecieron varios jovencitos, que me imagino serían sobrinos o hijos de algún primo, los cuales estaban allí porque la querrían, pero los pobres no sabían ni por qué estaban, ni entendían nada de lo que allí se hacía; ¡pero estaban!

Entonces vinieron a mi mente, tantos velatorios, tantos funerales… a los que asisten un gran número de personas, de las que muchas de ellas, ni saben contestar al sacerdote, ni se integran en la celebración, ni piensan nunca en Dios… ¡pero están! Y están porque quieren al difunto, porque son de su familia, porque son amigos. Y asisten, porque son buena gente, pero no saben nada de Dios porque nadie les habla de Él, viven en este mundo paganizado donde el hablar de Dios es signo de ser un retrógrado.

Sin embargo, algo me inquietaba ¿qué les estaría diciendo a ellos todo eso que estaban viviendo en esa Eucaristía? ¿Qué pensarían de los que estábamos allí, porque queríamos estar? ¿Sabrían que, en el año, hay un día dedicado a los fieles difuntos? El sacerdote que -la conocía- celebró una eucaristía muy bonita y compartió una buena homilía, pero ¿tocaría todo eso su corazón? ¿Qué mensaje les llegaría de aquello? ¿Saldrían igual que entraron, pensando durante todo el tiempo si eso acabaría pronto?

Entonces me parecía que, tanto en los velatorios, como en los funerales o, como cuando tratamos el tema de los difuntos, deberíamos hacer protagonista a la persona que nos había convocado –al difunto- padre, madre, hijo, hermano, amigo… y poner en nuestros labios lo que él querría decir a los suyos en ese momento, de lo que supuso para él cruzar la PUERTA. Incluso, aunque el fallecido fuese una persona que no creyese o que no fuese nunca a la iglesia.

Y, es posible que, esta persona a la que amamos inmensamente, a la que queremos o, simplemente, con la que hemos compartido –de alguna manera- nuestra vida, nos dijese algo que nunca hubiésemos esperado escuchar.

 

Con esta oración, quiero unirme al dolor de cuantos han perdido a sus seres queridos últimamente, en especial a los que han muerto –inesperadamente- por el Covid. Quiero, sentir con ellos, el dolor que supone haber tenido que hacerlo solos y sin el calor de los que amaban. Sin olvidar a tantas familias desoladas, que no han podido estar al lado de, los que siguen viviendo en su corazón, en ese trance difícil por el que todos pasaremos. Es a ellos precisamente, a los que quiero dedicársela.

 

               MOMENTO DE ORACIÓN

Estamos en el día de difuntos y, como todos los años –en este día- queremos rezar por ellos. Ponerlos en manos del Señor, para que los acoja en su seno.

Pero este año me planteaba la posibilidad de que, esta oración fuese distinta a la de otros años, por lo que he pensado que sería bueno escuchar, lo que ellos querrían decirnos.

Así… percibimos que nos dicen:

No podéis imaginaros lo que supone cruzar la puerta que separa la vida y la muerte. ¡Con el miedo que da cruzarla y la grandeza que encuentras al hacerlo!

Lo primero que encuentras al otro lado es un mundo lleno de luz. Un mundo donde nadie te apunta con el dedo, donde eres tú mismo el que descubres los fallos que llevas en el alma; las heridas que traes sin sanar; los errores que cometiste, creyendo que estabas en lo cierto y las bondades que regalaste, incluso a veces, sin ser consciente de que lo hacías.

  • Paramos un momento. ¿Qué significa para mí cruzar la puerta?
  • ¿Cómo percibo a los que están ya, al otro lado?
  • ¿Me acuerdo, cada día, de pedir a Dios por ellos?

 

Al llegar aquí, descubres un mundo impresionante e imprevisible; un mundo que nunca hubieras podido imaginar.

Un mundo donde no tienes que aparentar, porque solamente vale lo que eres.

Un mundo en el que, lo que tenías deja de tener importancia; aquí solamente tiene valor lo que diste.

Un mundo, donde no cuentan los hoteles, ni los restaurantes, ni los viajes que hiciste… porque aquí solamente cuenta el pedazo de pan que compartiste o el vaso de agua que diste, por amor, al que tenía sed.

Un mundo en el que los ciegos ven, los mudos hablan, los cojos andan… y pronto te das cuenta de que, has dejado tu pequeño río para entrar en un océano inmenso.

  • ¿Me había planteado yo, alguna vez, un mundo así?
  • Ahora que aparece ante mí está realidad ¿cómo percibo a los que han cruzado ya la puerta?
  • ¿Ha cambiado mi manera de pedir a Dios por ellos?

 

Es en ese momento, cuando llega lo más maravilloso que la persona pueda imaginar. Entonces, aparece el Padre. Ese Dios bueno en el que te habías abandonado, o en el que no creías; ese Dios que, sin reprocharte nada se funde contigo en un abrazo de amor. Y entonces… te das cuenta de que tu corazón desea, con fuerza, fundirse en amor con ese Padre bueno. Y no hay nadie que tenga que decirte lo que tienes que hacer. De repente, has entendido todo y sólo cuenta, el ansia que tengas de gozar de esa dicha.

  • ¿Tengo yo ansias de fundirme en el abrazo, con ese Padre Bueno, que me esperará al otro lado de la puerta?
  • ¿Cómo me imagino yo que, habrá sido el abrazo que, Dios les habrá dado a los que llegaron –prematuramente- después de haber sufrido tanto por el Covid?

 

Creéroslo de verdad, no son palabras bonitas, yo lo he experimentado –nos dice el difunto- padre, madre, hijo, amigo…. ¿Acaso porque alguien crea que el sol no volverá a salir, dejará de hacerlo?

La palabra de Dios nunca miente y ella nos dice “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni criatura alguna puede suponer lo que Dios tiene preparado para los que le aman”  (1 Corintios 2, 9 – 10)

  • ¿Me llenan de gozo estas palabras de la carta a los Corintios?
  • Paso un rato, dejando que mi corazón se llene, del gozo de saber lo que Dios tiene preparado, para los que tanto ama.

 

Por eso quiero deciros, en este momento,  no creáis que llegaréis aquí  como si no hubiese pasado nada. Porque sí habrá pasado algo. Al llegar aquí conoceréis a un Dios que ama, a un Dios que perdona, un Dios… que siempre se ha implicado en vuestra vida, aunque vosotros no hayáis querido aceptarlo… Un Dios que, lo único que quería era que fueseis felices.

  • ¿He descubierto yo, alguna vez, a este Dios en mi vida?
  • ¿He dejado a Dios que se implicara en ella?

 

No olvidéis lo que estáis escuchando. No olvides lo que os dice alguien que ya lo ha descubierto y que quiere compartirlo con todos los que tanto ha amado, para que salgan de su equivocación.

Plantearos en serio todo esto, porque os afecta de forma directa. No banalicéis algo de tanta trascendencia, ya que en ello está en juego la Vida, la verdadera Vida y eso nos atañe de verdad.

Pensad que morir significa haber vivido. Y aceptar la vida es aceptar la muerte.

  • ¿He pensado yo esto alguna vez?
  • Pienso, alguna vez ¿que en mi manera de vivir, está en juego la verdadera Vida?

 

Ahora dejad los pensamientos negativos, esos que os inquietan y os dañan. Recordad solamente el amor que nos dimos. Y escuchad lo que os digo:

          Siempre estaré a vuestro lado. Os amo. No perdáis el tiempo preparando el equipaje, aquí solamente se trae lo que se ha sembrado en la tierra, lo que se ha compartido con los demás y las marcas que dejaron nuestras huellas.

 

Por eso, cuando esté en tu presencia, Señor,

Déjame mirarte, largo rato, cara a cara

hasta que me haya fundido en tu mirada.

 

Y cuando caiga ante tus plantas de rodillas
déjame llorar pegado a tus heridas.
Y que pase mucho tiempo y que nadie me lo impida.
Pues he esperado este momento…
toda mi vida.
            (Palabras sacadas de la canción Cara a Cara)

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