La misericordia del señor llena la tierra

La misericordia del señor llena la tierra

Estamos en el segundo domingo de Pascua; en el que, como todos sabéis, se celebra La Divina Misericordia.

Fue, el Papa Juan Pablo II, el promotor de tan magnífica iniciativa. Avalada por su sucesor Benedicto XVI, con su encíclica Deus Caritas est (Dios es amor) y por nuestro querido Papa Francisco que, la presentó en su primer Ángelus tras su nombramiento.

Y, es impresionante ver que, los tres hayan entendido que, el mundo de hoy, tiene una gran necesidad de contar con personas misericordiosas: personas que beban en la gran misericordia brotada del Corazón de Cristo, para ser capaces, después, de entregar su vida en favor de los demás.

Porque la persona de hoy necesita, más que nunca: que, le ayuden a aligerar su carga; a salir del virus que la circunda; a aumentarle su esperanza… A demostrarle que, el corazón de Dios camina siempre en el corazón del mundo.

 

Por eso, lo primero que haremos es decirle al Señor.-

Señor: Aquí estamos necesitados de tu misericordia.

Tú, mejor que nadie, conoces nuestros temores, nuestros desalientos, nuestras incertidumbres…

Tú sabes… que, aunque lo intentamos, nos cuesta  saber cómo llegar a tu corazón misericordioso.

 

Por muy mal que os sintáis –nos dice Dios- lo importante está en no desanimaros.

Ya veis que, aquí estoy Yo esperándoos siempre.

Depositad todos vuestros problemas en mi corazón.

Decidme todo lo que os pasa, descubrid esas heridas que dañan vuestro interior; porque Yo las vendaré, las curaré, y convertiré vuestro sufrimiento en fuente de salvación.

 

Pero Señor… Tú sabes que somos frágiles y débiles; que nos cuesta salir del “pelotón” y dar la cara; que nos paralizan los condicionamientos…

Tú sabes… que, necesitamos que, seas Tú, el que insertes en nuestro corazón tu misericordia.

Sabes que nos proponemos ser más coherentes y que, sin darnos cuenta volvemos a la rutina cayendo en los mismos errores.

Conoces… todas las dudas que, nos acompañan ante cualquier decisión y estás al tanto de que, el trato con los demás, muchas veces nos irrita, nos desinstala y nos deprime.

 

Por eso, -Yo, vuestro Dios-, quiero deciros hoy -a vosotros- los que habéis optado por Mí, que el mayor obstáculo para seguir la senda que os he marcado es: el desánimo, el cansancio y la inquietud injustificada, pues ellos quitan la energía necesaria para lograr ponerse de nuevo en pie y seguir el camino encomendado.

Tened en cuenta que, el desasosiego quita la paz interior, a la vez que nos impide ver que, la agitación y el agobio, son frutos de nuestro amor propio.

Por eso, ¡no temáis! Confiad en la misericordia de mi corazón. Porque Yo estoy con vosotros.

Apoyaos en mis brazos, dejad que mi amor penetre vuestra alma y contad con que, mi bondad, en esos momentos duros, os protegerá como fuerte escudo.

MOMENTO DE ORACIÓN

 

“Jesús dijo: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me ha sido entregado por mi Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mateo 11)

 

LA GRATUIDAD DE DIOS

Vivimos en el mundo de la compra-venta. Todo tiene un precio y por todo exigimos una recompensa. Tanto produces, tanto te vamos a pagar.

Este modo de pensar, nos hace difícil acercarnos a Alguien que habla de gratuidad, que regala sus dones sin esperar nada a cambio.

La persona de hoy hace las cosas pensando en la recompensa,  desconfía de la gente y trata de asegurar su paga.

Por eso, nos cuesta tanto entender a Jesús Resucitado. También a Él le exigimos recompensas, le exigimos distinciones.

Somos incapaces de darnos cuenta de que, cuando nos acercamos al Señor Resucitado, cuando nos sentimos acogidos por Él… todo cambia.

Pues, ¿acaso a alguien que se siente acogido por el Señor, le puede quedar tiempo para pensar en recompensas? ¿Acaso, mientras nos sentimos abrazados por el Padre, podemos estar pensando en lo que nos dará a cambio?

Quizá sea aquí, donde radique el problema. Por eso, esto es lo que necesita saber el mundo de hoy y lo que nosotros necesitamos interiorizar. Que, lo que importa es Cristo y sólo Cristo y… que, lo demás es accesorio. Que, lo realmente importante es Él, como máximo DON, como único DON.

  • ¿Qué podría decirle yo, personalmente, a Jesús Resucitado, sobre lo que significa para mí, su misericordia?
  • ¿Qué podría decirle, de cómo vivo la misericordia en mi corazón y en mi manera de practicarla?

 

No nos cansemos nunca, de decirle al Señor, con las palabras de fray Miguel de Guevara:

“Señor, no me tienes que dar,  porque te quiera,

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero, te quisiera”

 

LA MISERICORDIA Y MARÍA

Cuando se habla de misericordia, no podemos olvidarnos de María, pues        si hay alguien que aprendió, de manera primordial, lo que es la misericordia fue, precisamente ella.

María aprendió a ser: hija, madre, esposa, creyente, fiel… junto a la Gran Misericordia. Por eso cuando nos muestra a su Hijo, no lo hace porque nos vaya a dar algo o nos lo vaya a quitar, sino por lo que ES: Jesús, el hijo de Dios, la Misericordia Infinita.

       Y, junto a su Hijo, aprendió de tal  manera a practicarla, que hoy le seguimos diciéndole: “Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos”

        

Por eso, para terminar, vamos a pedirle que nos preste sus ojos misericordiosos, para mirar a este mundo tan necesitado de amor y nos enseñe a amarlo como ella lo ama; pues cuando una persona se siente amada, es capaz de amar mucho más. Ya que,

La misericordia es la armonía del alma.

 

Viacrucis – 3ª Estación – Jesús es juzgado injustamente

Viacrucis – 3ª Estación – Jesús es juzgado injustamente

Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

 Cuando se trata de juzgar a alguien es mejor elegir la noche, para no dar notoriedad. Tampoco importan las rencillas que haya, entre los que se erigen jueces, cuando lo que se busca es dictar una condena. Por eso encontramos a todos reunidos: Sumos sacerdotes, senadores y letrados; se trata de condenar a un “blasfemo” que, públicamente ha tenido la osadía de declararse Hijo de Dios.

Es cierto que la cosa no está demasiado clara, pero la condena tiene que prosperar, por lo que sin importarles lo más mínimo, han de buscar testigos falsos y pruebas inexistentes que corroboren su intento. Entonces me di cuenta de que, todos creían tener poder para juzgar a Jesús, aunque al encontrárselo de frente, tuviesen que hacer un gran esfuerzo para aparentar una tranquilidad que no poseían.

Al mirarle, les parecía imposible cuanto habían dicho de Él, ¿qué podría tener ese pobre campesino para imponer tanto respeto? ¿Qué podría haber hecho para darles miedo al ir a prenderlo?

Los informes que les habían llegado sobre el Nazareno hablaban de su buen conocimiento de las Escrituras y su hábil dialéctica  pero ¿qué era, realmente lo que predicaba? ¿Dónde lo había aprendido? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones?

La boca del gobernador se abrió para decirle:

“Si eres tú el Mesías dínoslo. Jesús les contestó: Si os lo dijese no me creeríais, pero sabed que el Hijo del hombre estará sentado a la diestra de Dios” (Lucas 22, 67 – 70)

 

 

HACEMOS SILENCIO

       ¡Qué gran lección se presenta en nuestra vida!

¡Qué necesario aprender que, antes de juzgar a los demás, hemos de juzgarnos a nosotros mismos!

No he venido a juzgar, dice Jesús, sino a salvar. Pero a Él lo están juzgando y no de manera limpia.

Sin embargo, es grandioso observar que, Jesús no juzga, pero tampoco pacta con el mal, Él enseña la manera de obrar claramente y con valentía. ¡Cuántas veces estamos recriminando nosotros, a la persona que juzga, sin darnos cuenta de que en ese momento la estamos juzgando nosotros a ella!

Por eso es importante que nos digamos con frecuencia ¿quién soy yo para juzgar? Yo no estoy aquí para juzgar, ni para criticar… yo estoy aquí, para construir, para regalar misericordia, para ofrecer compasión… y, como Jesús, para señalar lo que, creo que no está bien.

El mismo San Pablo nos lo dice de esta manera, en Romanos 14, 13: “Dejemos de juzgarnos mutuamente…” Sabiendo que, dejarnos de juzgar unos a otros, nunca debe conducir a la pasividad de quitarnos problemas de encima, sino a buscar una actividad y un compromiso en común.

“Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros”

                                              (Lucas 6, 36-38)

MOMENTO DE ORACIÓN

Señor, tú sabes que somos muy dados a juzgar a los demás y que, a veces no nos importan las armas que usemos con tal de salirnos con la nuestra.

Pues… ¡qué fácil es juzgar! ¡Qué fácil es, hundir a una persona! También nosotros estamos juzgando a Jesucristo cuando lo hacemos con los que nos rodean.

         Porque lo que realmente nos asusta es la verdadera vida, la existencia cimentada en el evangelio de Jesús, la gente que va  contra corriente…

         Por eso, quizá lo que en este momento deberíamos hacer, es preguntarnos como ellos ¿quién es, el Jesús en el que creo? ¿Qué significa en mi vida? ¿Soy realmente consciente, de que Jesús no vino a juzgar sino a salvar?

Ayúdanos, Señor, a ser misericordiosos, a aprender de Ti que, no viniste a juzgar sino a salvar;  y, aunque a veces nos cueste, sigamos sin desfallecer las enseñanzas del evangelio, cuyo centro se basa en dignificar a la persona.     

—–   Padrenuestro, Avemaría y Gloria…

“Señor, pequé. Ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

Viacrucis – 2ª Estación . La traición de Judas

Viacrucis – 2ª Estación . La traición de Judas

 “Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

 Judas acudió a cenar pero se le veía como fuera de sí. En la mesa se puso lejos de Jesús. Con la bolsa en la mano y a medio sentar, daba la impresión de tener algo importante que hacer. Yo creo que todos nos dimos cuenta, pero ninguno pudo albergar en su cabeza lo que pasaba en realidad.

Cuando Jesús se puso a lavar los pies, el gesto de Judas fue de fastidio, -un rato más viéndolo cara a cara- pero como otro cualquiera se dejó lavar por Jesús.

Sin embargo, cuando Jesús beso su pie, la cara se le llenó de un rojo, tan intenso, que parecía le iba a estallar; aunque haciendo un esfuerzo sobrehumano intentó que todo siguiese con naturalidad.

No imaginaba Judas que, unos momentos después Jesús, se atreviese a decirnos:

“Uno de vosotros me va a entregar. Todos preguntamos ¿Señor, acaso soy yo?

Jesús, ajeno a los comentarios, siguió diciendo ¡ay de quién entregue al Hijo del Hombre! Más le valiera no haber nacido” (Marcos 14, 17-22)

 

HACEMOS SILENCIO

Me sitúo, ante las traiciones que hoy se siguen cometiendo impunemente –con el mismo desgarro que la traición de Judas- aunque, solamente, pongamos el énfasis en la de Judas, para tapar las repercusiones de las nuestras.

Observo, el dolor que produce una traición.

Observo las traiciones por promesas incumplidas.

Las traiciones, por falta de autenticidad.

Las traiciones, por querer sobresalir.

Las traiciones, por evitar un “qué dirán”…

Pienso en esas veces que, me he visto traicionado por gente que creía quererme y solamente me utilizaba, para sacar provecho.

Pienso en gente que, como Judas, eran seguidores de Jesús, sin embargo, como él, también fueron capaces de cometer una traición.

Ahora, pienso en las veces que, he sido yo el que he traicionado.

El que he hecho sufrir.

El que, me creía seguidor de Jesús y, cuando las cosas se han puesto difíciles, no he dudado en traicionarle.

Me detengo a ver, mis justificaciones para hacerlo.

Pero daremos un paso más. Ahora, pondré cara y nombre a la persona a la que he traicionado. Y observaré… ¿puedo mirarle de frente?

¿Me he dado cuenta de que cuando traiciono a una persona estoy traicionando a Jesús, lo mismo que Judas?

 

MOMENTO DE ORACIÓN

También hoy, la gente se reúne para cenar en señal de fiesta; pero, como en aquella noche, no todos los asistentes buscan cenas fraternas.

En las mesas de hoy día, también se firman traiciones, se compra la difamación, se refrendan sentencias injustas… No importa condenar a un inocente si ello conlleva un suculento beneficio, no importa el dolor de unos padres, de unos amigos… si ello nos va a aportar un retazo de dicha.

Jesús, ¡cómo necesitamos que nos muestres nuestro vil comportamiento, nuestra dureza de corazón, nuestra equivocación y nuestra obstinación!

Danos luz para conocerlo, valor para tratar de corregirlo y fuerza para llevarlo a cabo.

 —–   Padrenuestro, Avemaría y Gloria…

 “Señor, pequé. Ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

 

 

Orando el Viacrucis – 1ª estación

Orando el Viacrucis – 1ª estación

Llevo tiempo valorando, lo bueno que sería, vivir lo que queda de cuaresma hasta el domingo de resurrección, recorriendo el camino que, Jesús recorrió en el itinerario de la Pasión. De ahí que me haya decidido a ofrecer este Viacrucis.

Y lo he escogido, porque me parecía importante que fuese un testigo el que hablase, ya que los testimonios siempre calan de manera especial. Quería ponerlo en boca de alguien que lo hubiera visto y lo hubiera vivido todo en primera persona; alguien que estuviese sintiendo y regalando a la vez, sus sentimientos.

Me atrevería a pediros que, este Vía Crucis, no fuese un Vía Crucis más para llenar nuestra cuaresma, sino que fuese algo especial. Pues nosotros, que tenemos la suerte de haber conocido la Resurrección, no podemos vivir el Vía Crucis solamente como un hundimiento cruel, tenemos que contemplarlo con ojos resucitados.

Tenemos que acogerlo como una realidad, que no anula para nada la sorpresa y el desconcierto pero que, la sublima y la engrandece al llegar el momento en que, la Vida vence a la muerte.

Porque Jesús, no subió a un madero para dar compasión, sino para devolver la dignidad a cada ser humano, enalteciendo sus muertes y sus caídas. Nuestro Dios, no es un Dios de muertos sino de vivos. Un Dios cuyo signo inconfundible de entrega es: el Amor que produce vida.

Pidamos al Señor la gracia de, que este Vía Crucis nos ayude, en este difícil momento, a llegar a la Pascua abrazados a la Cruz Salvadora.

 

             VÍA CRUCIS

 

Yo soy el testigo que estaba allí aquella noche… y todavía me estremezco al recordarlo.

Pero ¿sabéis una cosa? ¡Quiero seguir recordándolo! ¡Quiero que nunca se olvide!

Bien sé, que los modernos me dirán que recordar hechos dolorosos es malo para la salud; que es importante olvidar para vivir el presente, que la gente, enferma por inmortalizar las cosas adversas de la vida.

Pero yo no me lo creo. Yo sé, que la gente enferma porque no es capaz de amar en el recuerdo.

  • ¿Acaso yo podría vivir olvidando, lo que, por amor, vi hacer a Jesús?
  • ¿Acaso podría olvidar que lo hizo por nosotros?
  • ¿Acaso podría dejar de lado sus últimos gestos de donación y entrega?

¡No, no puedo olvidar! Ni puedo ni quiero. Porque eso, precisamente eso que, a nosotros nos parece lo más nefasto de la historia de la humanidad, es lo que nos ha llevado a la plenitud y la dicha.

 

1ª Estación.-

LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO

    Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

La Cena había terminado y todos, menos Judas que, hacía ya un rato que nos había dejado, seguimos a Jesús. Con un silencio que taladraba llegamos al Huerto de los Olivos para orar.

Todos nos mirábamos unos a otros, sin saber qué sentido darle a lo que estaba pasando. Pero Jesús, sin decirnos nada, aunque mucho más contenido que de costumbre, se introdujo unos pasos más adentro cayendo en tierra, de rodillas.

Ver a Jesús comunicarse con el Padre, era algo que sobrecogía, pero lo de ese instante era distinto, tenía una fuerza incomparable a la que conocíamos. Al contemplar su recogimiento, todos nos miramos un poco alterados.

Después de lo que habíamos presenciado en la Cena, no necesitábamos más, para estar dispuestos a darlo todo por Él, sin embargo, nuestra fragilidad humana, hizo que no tardásemos en quedarnos dormidos.

Jesús al vernos dormir nos dijo:

“¿De modo que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para no caer en la tentación” (Mateo 26, 40)

 

HACEMOS SILENCIO

Contemplamos el mundo que nos rodea.

Vemos como está pasando su propia pasión.

Nadie puede escapar de ella. La pandemia no entiende de clases sociales, ni de edades, ni de medios económicos, ni de “buenos y malos”…

Tomamos conciencia de que, nos maneja sin pedirnos permiso. Los casos suben y bajan, sin que nosotros podamos controlarlos.

Observamos, cómo se va apoderando de nosotros el miedo, la duda, la desconfianza, la indecisión…

Como Jesús, estamos en la “soledad de nuestra vida” asustados, temerosos, indecisos…

Pero Jesús ora al Padre, para que le ayude a pasar por todo lo que, sabe que le espera de pasión y cruz; mientras nosotros sólo queremos solucionar todo por nuestros propios medios, “para volver a lo de antes”

Nos detenemos para ver qué lugar ocupa Dios en todo esto que estamos viviendo.

Nos detenemos a ver, si nuestro compromiso es, vivir todo desde el amor, como era el suyo.

A ver, si somos capaces de ir dando retazos de nuestra vida como Él la dio. Y desde el fondo de nuestro corazón le decimos:

              Señor dame la gracia de hacerte presente en mi vida”

 

MOMENTO DE ORACIÓN

Esto no ha cambiado Señor.

Bien sabes que, también nosotros seguimos dormidos ante el sufrimiento de los demás.

¿Quién no carga su pesada cruz viendo, cómo la indiferencia de los otros, les hace dormir en lugar de prestar ayuda?

Y, ya ves. Aquí estamos ante Ti, con esta pandemia que no da tregua. Aquí estamos cansados, llenos de temor, de incertidumbre… ¡Llevamos ya demasiado tiempo en esta situación!

Y nos damos cuenta de que, también nosotros dormimos ante tanto desajuste, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto paro, tanto desamor, tanta hambre, tanto descontento…

 Por eso, desde hoy, Jesús, queremos que seas Tú el que nos despiertes. El que presida nuestros dolores, nuestros infortunios, nuestras cruces… Pues sabemos bien que, aunque el peso no se aligere demasiado, contigo se convertirán en Redención.

             —–   Padrenuestro, Avemaría y Gloria…

“Señor, pequé. Ten misericordia de mí y de todos los pecadores.

La Transfiguración

La Transfiguración

Este año Jesús, nos invita con más fuerza que nunca, a que lo acompañemos al Monte de la Transfiguración.

Sabe que, estamos llenos de dolor, de incertidumbre, de miedos… sabe que el sufrimiento nos está machacando y sabe que, es difícil aceptar la Cruz, si antes no hemos experimentado el amor.

Por eso nos llama hoy, para mostrarnos su gloria, su cercanía, su amor… ya que, Él, sabe mejor que nadie que, la cercanía de Dios siempre transfigura.

Y ¿por qué quiere Jesús manifestarnos su gloria? ¿Acaso no se ha dado cuenta de que, el hundimiento donde estamos metidos, no nos deja lugar para fiestas? Claro que se ha dado cuenta. Somos nosotros, los que no nos hemos dado cuenta de lo que, Jesús pretende.

Jesús,  nos ha elegido para subir con Él al Monte, porque nos ama y sabe que, nadie que presencie su gloria seguirá siendo el mismo. Su gloria nos hace criaturas nuevas, con un corazón grande para regalar amor allá por donde pasemos y si hay algo que necesita –con urgencia- el mundo de hoy es sentirse amado.

¡Cómo echan en falta el amor los que están solos en las UCIS! ¡Cómo necesitan amor, los que están en esas largas filas, esperando que les llegue el turno, para que les den algo de alimento! ¡Cómo necesitan amor, los que tapan sus carencias haciendo fiestas prohibidas!… ¡Qué carentes de amor están los que nos dirigen creyendo que, tienen todo controlado y que, nada ni nadie, podrá desestabilizar sus planes!

Por eso, ahí está lo importante. Lo que, realmente, necesitamos encontrar en aquel monte, es el sentirnos amados por el Señor.

Porque, es verdad que será primordial ver transfigurado el rostro de Jesús. Contemplar, como sus vestidos se vuelven blancos como la nieve; como deslumbra su resplandor… Será impresionante oír la voz del Padre diciendo “Este es mi Hijo ¡escuchadle! Pero si tanta fascinación no nos ha llevado a sentirnos amados por el Señor, habrá sido una preciosa travesía, pero no habrá cumplido su objetivo. Porque La Transfiguración es una experiencia de amor.

       Esto mismo puede pasarnos en lo cotidiano. Hemos optado por el Señor, queremos seguirle, trabajamos por los necesitados, damos catequesis, vamos a la Eucaristía, comulgamos. Asistimos a un montón de charlas, de reuniones… ¡perfecto! Pero si eso no nos lleva a tener una experiencia fuerte de Dios, si no nos lleva a experimentar su amor de manera que le busquemos –además de en todo lo que hacemos- en esos momentos de silencio y soledad –lo mismo que lo buscaba Jesús- nos faltará lo más importante; nos faltará… lo que, realmente, nos hace Vivir.

      MOMENTO DE ORACIÓN

Llegamos al momento de oración. Dejamos lo que estamos haciendo. Hacemos silencio, nos serenamos… dejamos a un lado todo eso que nos preocupa… respiramos profundamente… Tomamos conciencia de que estamos ante el Dios de la vida… y llenos de paz, comenzamos la oración.

 MIRANDO CON OJOS NUEVOS

Cuando a nuestra vida llega la experiencia de ser valorado, de ser amado, de ser acogidos por lo que somos… llega con ello la experiencia de conversión. El amor de Dios transfigura por fuera y por dentro y lo más profundo de nosotros resurge, se dinamiza, empieza a tener vida…

Yo creo que, esto es lo que más necesitamos en este momento que estamos viviendo. Un día y otro nos vamos dando cuenta de que, este pozo donde nos hemos metido nos está aplastando sin piedad y, le pedimos a Dios que nos saque de él, pero a nuestra manera, con nuestros procedimientos… nosotros no queremos convertirnos, queremos solamente volver a lo que nos estaba devaluando como personas.

Queremos… pasarlo bien, tener dinero en abundancia, puestos de trabajo donde se paguen sumas interminables –sin mirar la manera de conseguirlas…- Queremos que Dios saque la varita mágica del bolsillo y nos dé lo que le pedimos, sin poner nosotros nada de nuestra parte. Pero, no os creáis que, esto suena a nuevo; antes que nosotros, ya se lo pidió Pedro, cuando estaba con Él en el Monte: “Señor, hagamos tres tiendas…”

Y ahí es donde está el problema en que, no sólo vemos el dificultad de hoy, sino la falta de salida para el mañana. Por eso.

  • ¿Cómo podríamos llevar amor, a los que viven solos, sin poder salir de casa por miedo al contagio o por incapacidad física?
  • ¿Qué antídoto necesitamos, para salir de la melancolía, la desesperanza y el desengaño?

 

BAJANDO DEL MONTE

El amor que en el Monte hemos recibido, lo que vivimos junto al Señor, no nos lo podemos guardar para nosotros solos.

Es, Jesús, el que nos lo dice. Tenéis que volver a todo eso que os machacaba. Tenéis que llevar a todos la grandeza de lo que, aquí habéis recibido. Abajo os espera mucha gente que sufre, no sólo de enfermedad, sino también de falta de entendimiento, de falta de generosidad, de indiferencia, de soledad… Gente que necesita la luz del consuelo, de la comprensión, de la ayuda para seguir adelante.

Es necesario que, no sólo reciban la tan ansiada vacuna, sino también un antídoto contra la soledad, el desaliento y la decepción. Necesitan recibir un acercamiento amistoso, un mensaje oportuno, una llamada atenta… una terapia humanizante que, les alivie el riesgo de la incomunicación y el replegarse sobre sí mismos.

  • Y yo ¿qué podría hacer, para que todo esto se fuese haciendo realidad en mí?
  • ¿Seré capaz de vaciarme de mi propio vacío, para dejar que lo llene Dios de libertad y misericordia?
  • ¿Estoy dispuesto a abrirme a la novedad de Dios?

 

LLENOS DE ESPANTO

La experiencia de Dios es algo que sobrecoge. Por eso nos dice el relato que, los discípulos, al oír la voz del Padre “llenos de espanto…  caen al sueloMateo 17,6- Pero no pueden olvidar lo que la voz ha dicho ¡Escuchadle!

Jesús, al verlos en el suelo “se acerca y, tocándolos, les dice: ¡Levantaos! ¡No tengáis miedo!” Jesús sabe que necesitan experimentar, no sólo el resplandor de su rostro; sino además, la cercanía humana, el contacto de su mano.

También los que, lo están pasando mal por la pandemia, necesitan la cercanía humana. Una cercanía que, tristemente, no pueden experimentar; por eso, necesitan oír una y otro vez –lo mismo que nosotros- ¡no tangáis miedo! Cuánto cambiaría todo, si fuésemos capaces de dejar que fuese el mismo Jesús, el que nos lo dijese, ¡Levántate! ¡No tengas miedo!

  • Y yo ¿tengo miedo? ¿A qué tengo miedo?
  • ¿Tengo miedo, de haber perdido mi seguridad?
  • ¿Tengo miedo, a no ver cumplidos mis sueños?
  • ¿Tengo miedo al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad…?
  • ¿O… tengo miedo a abandonarme en el Señor?

 Porque no lo olvidemos.

Nuestra vida desde Dios, siempre comienza con una escucha.

A nosotros solamente nos corresponde dar una respuesta

a la Palabra recibida.

Llamados a entrar en el desierto

Llamados a entrar en el desierto

Ante nosotros se presenta una nueva Cuaresma. El tiempo se ha cumplido y Jesús, está dispuesto a llevar a cabo la misión, para la que ha sido enviado. De ahí que, esté decidido a anunciar el Reino de Dios con valentía y arrojo. Un planteamiento que, ha hecho que mi pregunta para este año, vaya en otra dirección. Os invito a que, os preguntéis conmigo: ¿estamos preparados, para llevar a cabo la misión para la que hemos sido enviados? ¿Estamos lo suficientemente maduros, como para entrar en nuestro desierto con Jesús, y afrontarlo como Él lo hizo?

Las primeras palabras, del evangelio de Marcos que, leeremos el primer domingo, nos lo dicen así: “el Espíritu, empujó a Jesús al desierto” Jesús no fue al desierto por elección, fue… por imposición.

Leo estas palabras y lo primero que viene a mi mente son, todos esos “desiertos por imposición” que, vamos creando, a la vez que miramos para otro lado, a fin de no encontrárnoslos de frente.

Retrocedo un año y recuerdo como fuimos empujados todos al desierto -de la pandemia- por imposición. Al comenzar la Cuaresma, apareció en nuestra vida: la soledad, la esclavitud y la tentación. Pero no estábamos preparados para ello, nos faltaba madurez.

Sigo el evangelio y leo que, “Jesús se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás y viviendo entre alimañas…” observando entonces que, nosotros llevamos un año conviviendo con esta “alimaña” de la pandemia, metidos en todo tipo de esclavitudes y tentaciones y sin la menor preparación para saber cómo aceptarla.

 

Es ahora cuando pongo –de nuevo ante mí- la pregunta del comienzo: ¿estoy preparado, para entrar en el desierto como Jesús?

Jesús, pudo superar la prueba del desierto, porque estaba preparado. Llevaba treinta años preparándose, mientras nosotros intentamos pasar de un acontecimiento a otro en el espacio de tiempo más breve posible.

Es una situación que nos presentan, reiteradamente, los medios de comunicación. Un atleta, un gimnasta, una persona que hace deporte de riesgo… necesita un entrenamiento, una preparación para lograr sus objetivos. Pero nosotros queremos entrar y salir de nuestros desiertos, de nuestros vacíos, de nuestra debilidad… sin la menor preparación y sin el menor esfuerzo. Y, no sólo eso, además queremos que todos se den cuenta de lo que, hemos sido capaces de lograr.

 

Pero sabemos bien que, los frutos caen del árbol cuando han madurado y que, a nosotros nos queda mucho para madurar.

Acaso ¿nos ha servido, para madurar este sufrimiento de la pandemia? ¿Nos ha conectado de manera más fuerte con los nuestros? ¿Nos ha hecho más sensibles al sufrimiento de los demás? ¿Nos ha descubierto algo, de lo esencial de nuestra vida?… ¿O nos hemos pasado todo el año, replegados en nosotros mismos y huyendo del virus sin pensar, ni ayudar a los otros? ¿Hemos sido capaces de adherirnos al Señor, desde la oración y el silencio, con las realidades espantosas que, día a día se nos presentaban? ¿Hemos descubierto a Dios, en medio del desconcierto?

 

Volvemos a vernos inmersos en esta nueva Cuaresma. Volvemos a ser empujados al desierto. Volvemos a entrar en el confinamiento, el aislamiento, la restricción de encuentros, la imposibilidad de abrazarnos, de besarnos… Pero ¿nos encontramos maduros? ¿Preparados?… ¿Nos encontramos con fuerza para salir victoriosos de esta desolación?

Sin embargo, no todo es negativo, hay algo que nos llena de esperanza. La fe y el amor no se pueden confinar, ni lo que llevamos en el alma tampoco. ¿Quién puede quitarnos el amor que llevamos en el corazón? ¿Quién puede contradecir que, los besos y abrazos que, se dan desde lo más hondo, no necesitan mascarilla? ¿Acaso puede alguien confinar el amor que, Dios nos tiene?

Es tiempo de ensanchar el alma. Hemos visto que, para ello se necesita preparación, hacer ejercicio, ponerse en forma y aquí tenemos un tiempo precioso para, prepararnos a cumplir la misión que Dios tiene asignada para cada uno de nosotros. Aunque, quizá, antes de nada, sea preciso descubrir que, necesitamos tener una conexión más directa con Él, para que, todo esto pueda hacerse realidad.

MOMENTO DE ORACIÓN

Llegamos al momento de oración. Dejamos lo que estamos haciendo. Hacemos silencio, nos serenamos… dejamos a un lado todo eso que nos preocupa… respiramos profundamente… Tomamos conciencia de que estamos ante el Dios de la vida… y llenos de paz le decimos.

Aquí estoy ante Ti, Señor, porque quiero vivir esta realidad

que me machaca, con valentía y autenticidad.

Quiero vivir, desde la profundidad de mi corazón.

Quiero dejarme convertir por Ti, en una persona nueva.

Quiero llevar a cabo, todo esto que se me presenta,

para darte gloria, desde lo más profundo de mi corazón.

 

ANTE LO QUE NOS ESCLAVIZA

       Nos resulta difícil pensar que en el siglo XXI siga habiendo personas esclavas. Sin embargo hay muchas más de las que pensamos y con esclavitudes muchos más duras.

En este momento que nos ha tocado vivir, ya no hay gente atada con cadenas y recibiendo golpes del capataz. En este momento, las esclavitudes se llevan dentro y duelen mucho más. Estamos en un momento que, se nos machaca, se nos destruye, se nos arruina… y todavía seguimos esclavos del dinero, del poder, de la fama…

Pero hay otra esclavitud que todavía nos cuesta más trabajo superar, la esclavitud de adorar a falsos dioses, prescindiendo del verdadero Dios. La esclavitud de hacer lo que sea, para convertirnos en dioses y que los demás nos adoren y nos rindan honores, olvidándonos del dolor de los demás.

Hagamos silencio, dejémonos encontrar por el Señor. No cambiemos solamente lo externo que, a veces es fácil, cambiemos nuestra vida interior, porque es en los cimientos, en eso que no se ve… donde se sustenta la grandeza y la belleza del edificio.

  • Y yo ¿qué esclavitudes detecto en mi vida?
  • ¿Qué es lo que todavía me ata?
    • ¿Mis criterios? ¿Mis razonamientos?
    • ¿El caer bien a la gente?

 

NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN

       Jesús, es introducido en el desierto para ser tentado. Y la primera tentación consiste en hacerle desistir de llevar a cabo su misión. ¿Para qué esforzarte si eso no te va a dar ningún beneficio?

Pero, el tentador sabe que, Jesús no aceptará su propuesta. Por eso la esconde en maneras de hacer el bien. Y, por eso nos resulta a nosotros tan fácil caer en ella, porque no hemos sido capaces de discernir lo que, se nos propone como lo hizo Jesús.

Lo nuestro es la inmediatez, la prisa, la rutina… no somos capaces de llegar a lo nuclear de lo que se nos propone, no somos capaces de ver que, el enemigo siempre está presto para acecharnos.

Y rezamos el Padrenuestro, una y otra vez. Y decimos no nos dejes caer en la tentación, ¿pero nos hemos parado a ver cuál es esa tentación de la que, estamos suplicando a Dios, que no nos deje caer?

La mayor tentación es creer que, lo podemos todo que, usando nuestra sabiduría y nuestras fuerzas nada fallará. Porque eso nos va vaciando por dentro, nos va creando una gran debilidad interior y nos va introduciendo en el miedo y la desesperanza.

De ahí que Jesús, en su entrada al desierto, nos quiera enseñar que, solamente el que ha optado por el Señor el que, ha decidido cumplir su voluntad, el que es capaz de darse; de sacrificarse, para que los demás tengan vida; el que es capaz, de dejar a un lado lo superfluo para vivir lo esencial y de implicarse en las  necesidades de los otros; será capaz de  hacer que sus tentaciones le ayuden a adherirse mucho más a Jesucristo.

  • ¿Qué dice todo esto a mi vida?
  • ¿Qué retos me plantea?
  • ¿Qué actitud nueva debo asumir, para saber discernir cuando me llega la tentación?
  • ¿A qué compromisos de vida me lleva esta realidad?

 

Terminaremos diciendo:

Aquí estoy, ante ti, Señor.

Dispuesto, a entrar en mi desierto,

para encontrarme contigo.

Para, tomar conciencia a tu lado,

de lo que soy y de lo que no soy,

para asumir mis oscuridades,

mis luces, mis miedos y mis conflictos,

para, tocar mi barro y optar definitivamente por Ti

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