Un Rey desconcertante

UN REY DESCONCERTANTE

 

Por Julia Merodio

 

Hemos llegado a la semana en que, la Iglesia nos presenta a Jesucristo Rey del Universo, uniendo la salida y la entrada de los dos ciclos litúrgicos.

Y es que Cristo siempre está, en lo que ya se va y en lo nuevo que viene; está en todo lo que va muriendo y en todo lo que va resucitando; en aquello que nos produce desolación y en nuestras ansias de salvación; está en lo efímero y caduco y en el despertar a la vida… y sigue siendo el mismo cuando intenta pasar por uno de tantos, como cuando lo proclamamos nuestro Señor y Rey.

LA GRANDEZA DE UN REY QUE DESCONCIERTA

Parece mentira, que haya pasado tantas veces en mi vida por esta fiesta, sin haberme percibido de lo que de verdad se enseña en ella. Y es que la Palabra que nos muestra el ciclo A es algo sorprendente e inesperado.

El Rey que nos muestra la Palabra de Dios es, cuanto menos desconcertante. Vive en medio de los suyos, en medio del mundo, en medio de la historia y sin embargo, en el evangelio observamos que no es conocido por  ninguno de los que llegan a Él; ni por los que lo han atendido, ni por los que lo han desatendido.

Por otro lado, un Rey que pide de beber, de comer, que se siente enfermo, derrotado, en la cárcel… ¿qué clase de Rey puede ser? Ciertamente, muy distinto a los que nosotros conocemos.

Hoy los reyes salen en las revistas, los vemos en la televisión, en los medios de comunicación… Nos enseñan sus mansiones, su séquito, sus vasallos… y cuanto más sorprendente es su corte mayor es su relevancia.

Es más a todos nos gustaría ser amigo de los reyes, eso daría un gran prestigio a nuestra posición social; sin embargo, cuando se trata Cristo Rey, no sé si opinamos lo mismo.

 

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

En el antagonismo de nuestra sociedad, entre otras cosas observamos que, según va subiendo la estima por los reyes de la tierra, va descendiendo el aprecio por el Rey que hoy se nos presenta. Sin embargo:

–       ¿Quiénes de los que leemos esto no sabemos, que Jesucristo es Rey?

–       ¿Quiénes no estamos dispuestos a seguirle?

–       ¿Quiénes le negaríamos algo, si al pedírnoslo se presentase “en las debidas condiciones”?

El problema por tanto radica en que, el Rey, al presentarse de maneras tan “desconcertante” nos hace que sin remedio pasemos de largo.

De ahí que venga a mi mente este relato del Mendigo de Tagore que todos conoceréis, pero que merece la pena recordarlo.

“Había estado pidiendo de puerta en puerta por la calle de la ciudad, cuando desde lejos apareció una carroza de oro. Era la del hijo del Rey. Pensé: ésta es la ocasión de mi vida; y me senté abriendo bien el saco, esperando que se me diera limosna sin tener que pedirla siquiera; más aún, que las riquezas llovieran hasta el suelo a mí alrededor. Pero cuál no fue mi sorpresa cuando, al llegar junto a mí, la carroza se detuvo, el hijo del Rey descendió y extendiendo su mano me dijo: « ¿Puedes darme alguna cosa?» ¡Qué gesto el de tu realeza, extender tu mano!… Confuso y dubitativo tomé del saco un grano de arroz, uno solo, el más pequeño, y se lo di. Pero qué tristeza cuando, por la tarde, rebuscando en mi saco, hallé un grano de oro, solo uno, el más pequeño. Lloré amargamente por no haber tenido el valor de dar todo

El cuento no puede estar más cerca de nuestra realidad. Cuando se trata de darse, de esforzarse por el otro, de aceptar incluso el sufrimiento por el bien del otro… nuestra ambición nos lleva, a esa entrega mediocre que da las migajas, lo que le sobra y cuando no le queda más remedio

Así vemos, en El Mendigo de Tagore, que su problema consiste en que, el comportamiento de aquel rey lo desconcierta, no le da tiempo a reaccionar, es cogido por sorpresa.

En el evangelio, sin embargo, en el texto que se nos presenta, el problema radica en que, aquellos a los que se les pedía ayuda, no fueron capaces de conocer al Rey en el rostro de los que suplicaban.

De ahí que, quizá sea bueno que, este año, en este día tan significativo, nazca en nosotros el ansia de aprender a distinguir los múltiples rostros de nuestro Rey, los Rostros de Dios.

 

MOMENTO DE ORACIÓN

Creo que, el conocer los múltiples Rostros de Dios, es algo tan revelador para nosotros, que deberíamos hacerlo en oración ante el Señor. Por eso quiero pediros que nos detengamos, que nos silenciemos, que tomemos una actitud relajada… y que, desde esa paz, hagamos desfilar por nuestra mente todos esos rostros que conocemos y aquellos que, quizá sin conocerlos podemos imaginar.

Vamos a empezar mirando las caras de las personas.

¿Qué nos dicen esos rostros?

—  Normalmente decimos:

Tiene cara de bueno.

“         “          malo.

“         “          ambicioso.

“         “          cobarde…

Observemos los rostros de los niños hambrientos.

De las mujeres maltratadas.

Miremos un rostro asustado, lleno de miedo, con cicatrices…

Miremos rostros de personas que no son de nuestra raza.

Personas con defectos en el rostro.

 

Veamos, también, personas con rostro afable, sonriente, bondadoso.

Personas: acogedoras, dulces, delicadas…

 

Miremos el rostro de un niño:

Sus ojos penetrantes.

Su mirada limpia.

Veamos el rostro de un anciano:

Esa cara cansada, suplicante, llena de aceptación…

¡Hay tantas caras!

 

Cada uno seguiremos, un rato largo, mirando caras, poniendo rostros, viendo pasar personas:

–  Los rostros de las personas que viven con nosotros. Familia, comunidad, Iglesia, trabajo, actividades… y buscando en cada situación el Rostro de Dios.

 

En un segundo momento, vamos a hacer lo mismo, pero dejando que sean ellos los que, nos digan sus necesidades y nos comuniquen la clase de ayuda que nos reclaman.

 

EN BUSCA DE UN ROSTRO

Todo el que busca: camina y nosotros hemos decidido ponernos en camino en busca del Rostro de Dios.

Decididamente hemos salido al camino y con gran sorpresa, hemos encontrado a mucha gente, que como nosotros, deseaba encontrar el Rostro de Cristo.

Los había de muchos países, de distintas lenguas, de variedad de razas… Allí estábamos todos juntos, en el camino; sin conocernos, sin vernos, pero sintiéndonos cercanos; apoyándonos los unos en los otros; sabiendo que todos tenemos un mismo deseo “encontrarnos con el Rostro de Dios”  y una misma súplica “Señor haz que brille tu Rostro y nos salve”

Entre tanta gente era sorprendente ver rostros cansados, desilusionados, expectantes… Eran los rostros de los pobres, los solos, los tristes… Ahí estaban caminando con los demás, aunque no se les prestaba demasiada atención ¿cómo imaginar que ellos eran el Rostro de Cristo?

Había otros rostros que, casi estorbaban; hay que reconocer que inquietaban demasiado. Eran los marginados, los despreciados, los que son “poca cosa”, los “molestos”; esos a los que despreciamos… pero que, sin saberlo, también portaban a Jesús y que, evidentemente, tampoco detectamos.

También hemos encontrado rostros perdidos, sin rumbo. Les daba igual llegar a un sitio que a otro, ellos no se sentían apreciados por nadie. Eran los que no tenían fe. Al vernos se han unido a nosotros para hacer el camino a nuestro lado. Todavía no conocían el Rostro de Jesús, por lo que les era más difícil reconocerlo; pero de lo que tampoco estoy segura es, de que nosotros fuésemos capaces de mostrárselo.

Sin embargo tengo la certeza de que bastará con que, un día, puedan ponerse delante del Señor, para que su mirada, inunde de luz sus corazones.

MOMENTO DE ORACIÓN

Es bueno que, de nuevo volvamos a la oración, para preguntarnos:

  • ¿Qué Rostro de Dios suelo mostrar yo?
  • ¿En qué ocasiones muestro ese falso Rostro de Dios?
  • ¿Cuándo muestro el verdadero Rostro de Cristo?

Porque sería triste que, tanta gente, después de mucho buscar encontrase un Rostro distorsionado del Señor. Por eso, si hay una exigencia, para ser portador del Rostro de Dios está es: la autenticidad. ¿Soy auténtico-a?

No podemos mostrar el rostro de Dios que nos apetece,  ni un rostro que guste, ni el rostro que exijan las circunstancias. Tenemos que mostrar un rostro legítimo, un rostro en el que los demás descubran el, genuino, Rostro de Dios.  Por eso es necesario, que no nos cansemos de preguntarnos:

–  ¿Qué rostro muestro a los que viven a mi lado?

–  ¿A los que se cruzan conmigo?

–  ¿A los que me ven ayudando en la Parroquia?

Al verlo ¿podrán decir, con certeza, que es el verdadero Rostro de Cristo?

Por eso, antes de terminar la oración, miremos a Cristo largamente hasta que penetre nuestro fondo, cambie nuestro corazón y su Rostro, se grabe de tal manera en el nuestro, que los que nos vean sientan en el alma su abrazo de amor.

Las sorpresas de Dios

N de R: Ver “oracion para adviento“, en esta misma web, en el rincón de Julia.

Por Julia Merodio

 

Necesito que vengas, Señor.

Necesito que vengas a calentar este frío

mundo en el que habito.

Necesito que deshagas esa fría niebla que

nos tapa la realidad.

Porque necesito volver, al sendero que conduce, al verdadero encuentro contigo.

 

EL ADVIENTO COMO NOVEDAD

Lo primero que se me plantea, al ponerme un año más, a escribir sobre el Adviento es preguntarme ¿acaso puedo aportar algo nuevo a lo ya dicho? Y realmente observo que me resulta difícil.

 

Así, sigo mirando la palabra Adviento, una palabra que me resulta grata, apacible, gozosa… pero que, como su nombre indica se refiere a lo que ha de venir y pienso ¿cómo saber lo que vendrá? ¿Cómo conocer el futuro? Sin embargo me doy cuenta que la respuesta la hallo en la misma Palabra de Dios, el evangelio nos lo dice: ¡Estad atentos a los signos!

 

Paso a observar el entorno, la realidad actual, el mundo donde habito y presto atención ¿qué signos detectamos en lo que nos rodea? La verdad es que no son demasiado halagüeños. Vemos que:

–  Lo de Dios ya no vende.

–  Las Iglesias se vacían.

–  El consumo nos taladra.

–  La fama no tiene cabida en lo que nosotros hemos elegido.

–  El estilo de vida que se nos marca nos aparta de la realidad…

¿Qué hacer?

Por otro lado, podemos caer en la trampa, de ver el Adviento como uno más ¡hemos vivido tantos Advientos! ¡Hemos escuchado, tantas veces, predicar sobre las mismas Palabras!

Sin embargo Jesús, llega a nosotros para decirnos: “Mirad que hago nuevas todas las cosas” ¡También vuestro Adviento!

 

EL ADVIENTO ES VIDA

Y vemos que, de repente las fichas del puzzle empiezan a encajar. Y lo del Adviento deja de ser algo bonito, que sólo produce ternura, para convertirse en vida, en tarea, en misión, en esperanza…

Hemos llegado a lo nuclear. Toda nuestra vida es un Adviento y en ella no cabe lo etéreo sIno lo real.

Todo está por aparecer, todo por llegar… Nada se nos va a dar hecho y la manera de hacerlo -bien o mal- tendrá una repercusión, no sólo en nuestra realidad, sino en toda la sociedad, en la creación entera.

Y es que el Adviento, como todo lo importante de la vida, “no necesita del mucho hablar, sino del sentir” de la manera en que, hemos de trabajarnos cada uno, para vivir abiertos a las sorpresas de Dios.

Porque mi Adviento y el vuestro, ha de ser único. Y lo mismo que, cada nuevo día es igual al anterior y somos nosotros los que lo hacemos diferente; lo mismo tenemos que hacer con el Adviento.

Por tanto, lo primero a tener en cuenta es que, el Adviento no es algo que se irá cuando acabe la Navidad, es algo que permanece. El Adviento es consubstancial a nuestra vida y por lo tanto permanece en ella, aunque seamos incapaces de reconocerlo. Toda nuestra vida es un Adviento y cada uno tendremos que hacer el nuestro: único, intransferible; ni mejor ni peor que el de al lado, simplemente distinto.

 

LOS SIGNOS DEL ADVIENTO

Uno de los gritos del adviento es la llamada a permanecer en vela, a estar atentos… y una de las primeras cosas que se nos piden es, la de prestar atención a los signos que lo determinan:

–       La búsqueda.

–       La preparación.

–       Y la esperanza.

Es verdad que en toda persona hay un trasfondo de esperanza. Pero también es importante, dedicar un tiempo a descubrir ese mundo de                                 deseos que hay dentro de nosotros, pues solamente lo que de verdad queremos y deseamos es lo  que anhelamos  con ilusión y alegría.

Por eso, nosotros, los que tenemos la gracia de vivir este adviento junto a Jesús, debemos de tomárnoslo en serio.

Tomemos conciencia de que nadie puede hacer las cosas por nosotros, y que, lo que no hagamos se quedará sin hacer. Lo esencial de la persona es intransferible; y  tendremos que descubrir, que asumir, que aceptar… las responsabilidades que nos depare la vida. Ya que, solamente cada uno en particular podremos responder, de cómo las hemos hecho crecer y madurar, en favor nuestro y de los demás.

 

MOMENTO DE SILENCIO

Nos ponemos en presencia del Señor. Nos damos cuenta del momento tan privilegiado en el que nos encontramos. Nos detenemos para observar la grandeza del Adviento.

Para este momento de oración, podemos tomar el cántico de Zacarías, persona que también vivió su adviento personal. Él nos dejó estas bellas palabras:

“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”

 

Vivimos en un mundo complejo. Todos deseamos una familia mejor, una iglesia mejor… Deseamos que descienda el paro, que haya menos violencia,   que no nos bajen el sueldo, que nos dejen vivir en paz… Nos quejamos de cómo esta todo, no nos fiamos de nadie, esperamos –no con demasiada esperanza- que algún día cambie, esperamos que cambien las cosas, que cambien los demás, pero sería bueno que delante de Dios tomásemos conciencia de que, si cambiásemos nosotros, todo irá un poquito mejor.

Para ello, vamos a fijarnos en el transcurso de un día cualquiera, y vamos a ir observando:

¿Qué he hecho, en este día?

¿Qué actividades han ocupado mi tiempo libre?

¿Qué sentimiento han provocado en mí?

Observemos, que expectativas nos llevaban a vivir, de esa determinada manera.

¿Buscábamos la aprobación de los demás?

¿La popularidad?

¿El éxito?

¿El quedar bien?

Al no conseguir nuestras ilusiones, nuestros deseos

¿Qué sentíamos dentro?

¿Sentíamos un vacío difícil de llenar?

¿Somos conscientes de que, una vez más, viene Jesús a llenar nuestro vacío?

¿Lo creemos de verdad?

¿Cómo pensamos prepararnos para esperarlo?

¿Nos cambiará en algo su llegada?

 

Sólo Dios es más fuerte que el mal.  Por eso, en este momento de silencio y calma, digámosle cada uno desde lo profundo de nuestro ser: Tú conoces mis limitaciones Señor, Tú sabes lo poco que puedo, cuando solamente cuento con mis fuerzas.  Por eso quiero que mi grito para este Adviento sea: Señor, ¡ven a salvarnos!

Sálvanos de:

  • Las excusas que ponemos, para no llevar el mensaje a los demás
  • De nuestra pereza para darnos a los hermanos.
  • De nuestra sordera para escuchar tu Palabra.
  • De querer quedar por encima de los demás.
  • De la superficialidad con que vivimos el evangelio.
  • De la insensibilidad por las cosas del Señor.
  • Del egoísmo que tanto disimulamos.
  • Y sobre todo, de esa rutina que trata de taparnos, la esperanza

de que, lo mejor, siempre está por aparecer.

 

La Iglesia de Jesucristo: Mi iglesia

 

Por Julia Merodio

 

Ahí están. Son los carteles que anuncian el Día de la Iglesia Diocesana.

Al verlos parecen decir que, el tiempo pasa y los curas ya están pidiendo otra vez; pero bueno, es algo que se soluciona con algo de dinero y la situación queda aparcada, dejándonos tranquilos hasta el año siguiente.

 

¡Ah sí! ¿Y dices eso tú, que eres de los que van a misa, llevas a los niños a catequesis, celebras los sacramentos en la Iglesia y dices tener fe?

ANTE UNA REALIDAD PALPABLE

Todos hemos oído decir a personas que se declaran creyentes, que creen en Dios pero no en la Iglesia.

Más también hemos oído decir desde el seno de la Iglesia, que es:

  • Una comunidad de creyentes.
  • La gran familia de Dios.
  • Cuerpo de Cristo.
  • Sacramento de Salvación…

Y todo esto para qué ¿para qué solamente funcione un día al año? Qué pasa ¿qué el resto del año dejamos de ser Iglesia y pertenecemos a otra cosa? Realmente si lo hacemos así, los carteles de la Iglesia Diocesana dejan de tener sentido para nosotros.

Sin embargo, si la Iglesia forma parte de nuestra familia, si la consideramos nuestra casa, si pertenece a nuestra realidad… sobrarán los planteamientos para pasar a vivirla como algo nuestro. Ya no tendremos que dar unas monedas para ayudarla, porque con ella compartiremos nuestros bienes; ya no iremos a ayudar un poco, estaremos dispuestos a servir en lo que se nos necesite; ya no facilitaremos un poco de nuestro tiempo, estaremos disponibles a tiempo completo… La consideraremos como algo propio, algo de lo que somos responsables y, por lo que, esos talentos que Dios nos ha regalado, los pondremos a disposición de los demás para que trabajen a favor de ellos.

 

QUÉ PODEMOS DECIR DE LA IGLESIA

Todavía resonarán en vuestros oídos, las palabras de Benedicto XVI, en la Misa que celebró en Cuatro Vientos “La Iglesia no es una simple institución humana, la Iglesia está unida estrechamente a Cristo. De tal manera que el mismo Cristo se refiere a ella como “Su Iglesia”

Sin embargo, esta no suele ser una frase muy dada en nuestro vocabulario, ¿quién, al referirse a la Iglesia, es capaz de decir “Mi Iglesia”?

No sé si el problema radica en que, la Iglesia es la gran desconocida. Tampoco sé si reside en que, se habla poco de ella, pero sí sé que, hablar de la Iglesia no es fácil, la Iglesia, ¡es tanto a la vez! Que, ¿cómo expresarlo?

Yo, tengo clara conciencia de que, no soy experta en nada y que quizá sea un atrevimiento por mi parte el tocar este tema, pero os compartiré lo que guardo dentro, eso que he aprendido viviendo dentro de la Iglesia.

La Iglesia es el =Sacramento de Dios= Es la señal visible que nos orienta, nos anima, nos ayuda, nos anuncia…

En una Comunidad en marcha que peregrina hacia Dios, que crece en la fe, que da testimonio de caridad ayudando a cuantos la necesitan y que alienta nuestra esperanza, en el camino de la vida

El Vaticano II definió a la Iglesia como: “Sacramento de Salvación” El Vaticano I como: “Una ciudad levantada entre las naciones”

Por tanto, la Iglesia, nace para ser un indicativo que nos muestre:

  • Quién es Dios.
  • Cómo es.
  • Y por donde se mueve.

La Iglesia es la señal visible del Reino, anunciada por Jesucristo. Ella no es Dios, ni es el Reino, ni es la salvación… sino una señal que grita y reproduce en su interior: El proyecto de Dios.

Sólo, los que han sido capaces de dejarse encontrar por el Señor, pueden entender con nitidez todo esto.

Lo vemos con claridad ¿por qué Pablo y Pedro y el resto de los apóstoles… hablaron de ello de manera tan eficaz? ¿Por qué tantos santos como conocemos hablaron de ello de ese modo? Porque se abandonaron al proyecto de Dios con todas sus consecuencias.

Ellos no necesitaron carteles publicitarios reclamando su ayuda, no necesitaron palabras sugerentes, ni recompensas a su donación… ellos lo dieron todo, lo entregaron todos, lo cedieron todo… por eso al final se encontraron, no sólo con la Iglesia, sino con el mismo Dios.

INSERTADOS EN LA IGLESIA

Si, como apunto unas líneas más arriba, decir Iglesia no es igual a decir Dios, empezamos a comprender que, Dios, es mucho más grande que la Iglesia. Ya que la Iglesia, es el grupo de cristianos que camina hacía Dios, lo decimos muchas veces: Somos el pueblo de Dios.

Y es verdad; pero la Iglesia, también, es enviada y tiene una misión concreta: Dejar a todos señales: de su estilo de vida, de sus palabras, de su mensaje, de su compromiso, de su acogida a los necesitados…

Por lo que deberé preguntarme:

¿Se puede contar conmigo para construir la Iglesia del futuro?

¿Cómo ayudo a su sostenimiento?

¿Qué puedo aportarle?

¿Qué papel tengo, en el servicio al Reino de Dios?

La Iglesia es tarea de todos, por lo tanto tarea mía –personalmente- y sé que todo, lo que le perturbe a ella, me afecta a mí. Porque como proyecto de Dios, la vida de la Iglesia, nos afecta a todos, De ahí que tengamos que juntarnos con los que trabajan para el bien común, para realizar nuestra labor donde se beneficie al mayor número posible de gente.

Parece que esto empieza a aclararse. Trabajar para el Reino, ayudar en la construcción del Reino, no es cuestión de servir un rato ni dar lo que nos sobra, sino hacerlo siempre y con generosidad. Porque todos sabemos, que correr un rato produce agujetas, es necesario seguir corriendo para que los músculos se fortifiquen.

No escatimemos esfuerzos a ese proceso de salvación que produce el seguimiento de Jesús. Cuando nosotros nos renovamos se renueva: la familia, la comunidad, la Iglesia, el mundo…

No nos cansemos de preguntarnos, una y otra vez:

¿Señor: qué quieres que haga?

¿Dónde quieres que trabaje?

¿Qué quieres que cambie?

¿Qué quieres que aporte?…

CUANDO CAMBIE LA IGLESIA

Hay una frase, que ya es reiterativa en el entorno: “La Iglesia tiene que cambiar y si no cambia se quedará sin gente” ¿Lo creéis de verdad?

A mi me parece que la Iglesia de hoy no necesita una nueva legislación, ni una nueva teología, ni de nuevas estructuras, ni de una nueva liturgia… Lo que la Iglesia de hoy necesita, es recibir de nuevo, la efusión de Espíritu, porque todo lo que hagamos, sin el Espíritu es como un cadáver, es un cuerpo sin alma.

Necesitamos, por tanto que:

  • Alguien nos arranque el corazón de piedra y nos ponga uno de carne.
  • Que Alguien nos infunda nuevo entusiasmo, nueva inspiración, nuevo vigor, nueva fuerza…
  • Necesitamos perseverar en nuestra tarea sin desánimo, con frescura; con fe en el futuro y en las personas con las que trabajamos por el Reino.
  • Necesitamos una nueva llamada, en el camino.
  • Necesitamos encontrar personas, llenas de Espíritu, que nos presenten la salvación.

–      Como Pablo.

–      Como María.

–      Como los Apóstoles de todos los tiempos.

Porque el Espíritu del Señor, no desciende sobre edificios, aunque se trate de la Iglesias suntuosas, desciende sobre los individuos para ungirnos como a ellos. Dios no unge a los proyectos que hagamos, por buenos que sean, sino a cada uno personalmente; los proyectos vendrán después.

El Espíritu es el alma y el corazón, de cada persona; no de las máquinas ni de los adelantos por deslumbrantes que parezcan. Es la esencia del interior, del alma. Pues todos sabéis que, Sólo Dios puede dar la fe, pero a nosotros nos corresponde, dar testimonio de ella.

MIRANDO MI INTERIOR

Comenzamos silenciándonos por dentro. Tomamos conciencia de que queremos ser Iglesia y por lo tanto seguidores de Jesús.

Tratamos de caer en la cuenta de que, el seguimiento de Jesús, no puede hacerse mecánicamente, ni mágicamente sino a nuestro paso y a nuestro ritmo; a su tiempo y a su hora y Él tiene, uno distinto, para cada uno de nosotros.

Me sitúo ante mi realidad personal.

Dedico un tiempo a observar mi camino. Ese, donde Dios ha querido ubicarme dentro de la Iglesia.

Me detengo para comprobar cuál es mi Misión en ese contexto, de mi vida, el mío propio, personal…

Observo mi tarea dentro de la comunidad, parroquia, arciprestazgo… al que pertenezco. Miro detenidamente como la realizo.

¿La hago con cariño?

¿La ofrezco con amor?

Después de un largo silencio me vuelvo a preguntar:

  • ¿Ayudo a la Iglesia necesitada?
  • ¿Qué significa para mí ayudar a la Iglesia?
  • ¿Qué quiero decirle, al Señor, sobre este momento de gracia que me ha regalado?
  • ¿Qué creo, que me diría Él a mí?

Todos tenemos unos valores que, a veces no son los de Jesús; por eso, vamos a pedirle al Señor que cambie nuestros valores por los suyos. ¡Tomémonos tiempo para ello! No tengamos prisa.

Nos detenemos, de nuevo, en nuestra realidad, para preguntarnos: ¿Y yo cómo entiendo mi vida?:

–      Como vocación.

–      Como tarea.

–      Como misión.

Desde este planteamiento, vamos a situarnos en las necesidades que tiene la Iglesia, sobre todo en este momento de crisis tan duro para alguno de nuestros hermanos.

Después nos preguntaremos:

¿Qué puedo hacer yo para remediar esas necesidades?

¿Dónde puedo ayudar?

¿Con qué disponibilidad cuento?

¿Con qué medios?

Terminemos dando gracias, de manera espontánea, por este gran regalo que supone para nuestra vida, el pertenecer a la Iglesia de Jesucristo.

La enseñanza de un matrimonio bíblico

LA ENSEÑANZA DE UN MATRIMONIO BÍBLICO

 

Por Julia Merodio

 

Sé que os va a extrañar que os ofrezca este tema. Realmente, nunca me había detenido a reflexionar sobre un Matrimonio Bíblico, aunque en mis escritos, los personajes bíblicos, fluyan con normalidad; pero eso de fijarme en un matrimonio no se me había ocurrido y el que la idea hay venido a mi mente, me ha parecido sugerente.

He pensado que, nada sería más oportuno para una comunidad de matrimonios que un tema como este y dado que la Iglesia celebra el día 5 de noviembre la fiesta de Zacarías e Isabel, he pensado tomarlos a ellos como referencia.

ZACARÍAS E ISABEL

Hace mucho que no os ofrecía, un tema de familia, para nuestra reflexión y la verdad es que, cuando elegí éste, no pensaba que me llevaría mucho más lejos de lo que todos conocemos sobre los personajes, sin embargo, ha resultado que, a medida que me voy sumergiendo en él, voy entrando en un pozo sin fondo de discernimiento, enseñanza y testimonio.

Ciertamente, ¡cuántas cosas nos perdemos, por este ritmo frenético de vida que nos marca la sociedad actual!

 

HACIENDO DEL TEXTO ACTUALIDAD

Es difícil traer a la actualidad una situación que parece totalmente caducada.

Hoy, la esterilidad, no sólo está exenta de repercusión negativa, sino que además, muchos de nuestros contemporáneos, lejos de considerar a los hijos como una bendición de Dios, los consideran como una verdadera carga de la que, demasiadas parejas, huyen para no complicarse la vida. Todos oímos con reiteración. ¿Qué pasará con mi trabajo si me quedo embarazada?

Y lo que es peor todavía, hay muchas parejas que no pueden quedarse embarazados porque no podrán ir de vacaciones, comprarse el coche de sus sueños… e, incluso, porque “no les apetece”… Consecuencias que ya empiezan a ver la luz en el momento actual.

Y ¿qué decir de lo de ser justos y caminar sin tacha en los preceptos del Señor? Hasta la forma de decirlo está obsoleta y trasnochada. Hoy ser justo es sinónimo de apocado, cobarde, acomplejado…

Sin embargo, a mí me parece que esto no puede darse por hecho y archivarlo sin más; quizá pueda enseñarnos más de lo que, a simple vista pueda parecernos.

 

LA ENSEÑANZA DEL TEXTO

El hilo conductor, de todo lo que se nos muestra este pasaje, es el amor. Zacarías e Isabel, han tomado la decisión de amar y no dejan que nada ni nadie los frene. Juntos aceptan su realidad, la suya propia que nada tiene que ver con la de su vecino. Y saltando por encima de los prejuicios y las contrariedades viven una historia de amor plena en entrega, respeto, fidelidad, donación… ¡gran enseñanza para los que vivimos en este tiempo tan próspero y adelantado, que nos lleva a pensar solamente en nosotros mismos sin importarnos lo más mínimo lo que les ocurre a los demás!

Pero, al mismo tiempo, no se quedan anclados en la negatividad y lo antiguo, ellos están abiertos a lo nuevo, están abiertos a la alianza, a lo que un día se prometieron ante Dios. Y esa apertura se confirma en el fruto de sus entrañas, algo inesperado e imposible para ellos, pero posible para Dios.

Ahí está viendo la luz, la grandeza de su alianza; las leyes caen derruidas, las palabras bonitas sobran, los aderezos quedan anulados… allí sólo queda lo autentico, lo grandioso, lo que sólo se puede ver y apreciar con los ojos del alma.

 

¿QUÉ PUEDE ENSEÑAR TODO ESTO A UNA RELACIÓN ACTUAL?

Cuando a Zacarías se le comunica que va a ser padre, no se lo cree. Él conoce bien la realidad y sabe que su mujer, no solamente es estéril, sino que, además, se le han pasado los años de concebir. Más, ante su incredulidad, nos dice el relato, que Zacarías se queda mudo.

Si nos adentramos en la realidad matrimonial, observamos que algo de eso nos pasa también a nosotros. Según va pasando el tiempo, percibimos cómo las negatividades de cada uno van apareciendo.

Al casarnos anhelamos: un hombre maravilloso, una mujer perfecta,…y,  nos vamos encontrando con lo humano, lo frágil, lo perecedero… nos vamos cansando, nos vamos decepcionando, nos vamos acoplando… empezamos a vivir “dos vidas” y, antes o después, nos empiezan a entrar ganas de dejarlo todo.

Pero el Señor, lo mismo que a Zacarías nos manda mensajeros, motivaciones…. Para decirnos: esto tiene remedio hay gente que puede daros la receta y, también, como él, no nos lo creemos ¡Cómo solucionar esa costra pesada que llevamos a los hombros de soledad, decepción y aburrimiento! ¡Eso no lo solucionan ni los más expertos psicólogos matrimoniales!

Como a Zacarías, eso nos lleva a quedarnos más mudos de lo que ya estábamos. ¿Para qué dialogar si antes de que abra la boca el otro, ya sé lo que me va a decir?

Es ahora cuando aparece la enseñanza del pasaje, mostrándonos la grandeza de estar abiertos a la novedad que llega. ¡Lo bueno del otro siempre está por aparecer!

Creo que, en esto no hay que insistir más. Pues  ¿quiénes, de los que lo estáis leyendo, no lo habéis comprobado ya?

Si volvemos al relato nos damos cuenta de que, las entrañas de Isabel se hicieron fértiles ¡No puede creerlo! Pero también nosotros podremos comprobar que, si trabajamos nuestra relación, nuestra vida se vuelve fértil ¡Es una admiración que surge de cuantos lo han intentado!

Los dones que teníamos guardados empiezan a fluir; la entrega, el respeto, el dialogo, la escucha… comienzan a ser realidad; notamos cómo vamos madurando en particular, a la vez que esa maduración hace crecer nuestra relación de pareja. La alegría vuelve de nuevo a nuestra vida y todo el entorno, empezando por los hijos, los padres, la familia… gozan de más felicidad.

Es por eso, por lo que os invito a trabajar vuestra relación. Para ello es importante hacer silencio y preguntarnos, cada uno personalmente, para después ponerlo en común, no sólo estas preguntas que os sugiero sino todas las que a vosotros os vayan surgiendo.

  • ¿Cómo va nuestra relación en este momento?
  • ¿Hay alguna tristeza que todavía esté instalada en nuestro camino?
  • ¿Hemos superado los momentos de desesperanza o todavía queda alguno instalado sin piedad?
  • Después, pasemos ratos recordando juntos, esos momentos en que nuestros ojos se abrieron y vimos al otro en plenitud.
  • Esos momentos de encuentro en que nos abrimos por dentro y regalamos al otro esa vida que albergaba nuestro corazón.
  • Traigamos al presente, esos sueños que nos han sido difíciles realizar pero que hoy se han reavivado.

 

MOMENTO DE ORACIÓN

No podríamos terminar sin observar qué aporta, también, todo esto a nuestra fe. De ahí que podemos ponernos en presencia de Dios para acoger en oración esta última parte.

A mí, lo primero que me sugiere todo esto es que, lo mismo que necesitamos dos pies para andar, necesitamos “lo divino y humano del amor” para que nuestra relación funcione.

Si enamorados significa amor-a-dos, del texto nos impresiona que se refiera a los dos esposos a la vez y no lo haga por separado.

Si la pareja está compuesta por dos individuos y, para más dificultad, uno masculino y otro femenino; la realidad nos dice que cada uno tendrá su espiritualidad, ya que eso es personal e intransferible, pero la grandeza radica en irla viviendo al unísono en vez de separadamente.

A nosotros –mi marido y yo- nos alerta del respeto que hemos de regalarnos, para acoger sin interferir el ritmo del otro, el paso del otro, la senda del otro… pero, sobre todo, de la nobleza de juntar los dos ritmos para caminar juntos, para rezar juntos, para realizar actividades juntos.

Es por esto, por lo que os adjunto, las preguntas de rigor, para que las vayamos interiorizando y respondiendo delante del Señor:

  • ¿Interfiere en mi vida, la manera de vivir el otro su fe?
  • Si es así ¿lo he dialogado con él- ella?
  • ¿Me he preocupado de preguntar al otro si le gusta o no cómo vivo mi fe?
  • ¿Qué responsabilidades de tipo religioso tenemos juntos?
  • ¿Tenemos alguna separados?
  • ¿Interfieren en nuestra relación?
  • ¿Reservamos algún momento del día para orar juntos?

Aquí os dejo plasmados los sentimientos que me han ido surgiendo según desarrollaba el tema, espero que os ayuden a amar con más fuerza, a renovar vuestros ojos a la hora de miraros y a sentiros mucho más cerca el uno del otro.