Llevamos varias semanas viendo la manera de resucitar nuestra evangelización; llevamos meses hablando sobre ella. Nos hemos planteado evangelizar la familia, la sociedad, la navidad, la cuaresma… pero esto quedaría incompleto, si no nos lleva a un compromiso serio de entrega y donación y no nos compromete a entablar un diálogo con el Señor. Pues la proximidad al otro, nos compromete a la intimidad, a la interioridad, a la oración personal. De donde se deduce, que la oración deba ocupar un sitio muy primordial en un evangelizador.

Karl Rahner ya lo decía: el cristiano del siglo veintiuno será místico o no será cristiano”

Por tanto hemos llegado a un punto muy importante. A la oración personal, al contacto con Dios -imprescindible en nuestra vida de evangelizadores-. No podemos engañarnos, si no encontramos a Dios en la oración, imposible encontrarlo en los hermanos, ni en los acontecimientos de la vida y mucho menos poder darlo a los demás.

 

Posiblemente lo haya dicho alguna vez más, pero no me importa repetirlo. El P. Larrañaga decía que: “el que no habla con Dios, no puede hablar de Él, porque no lo conoce, no sabe nada acerca de Él”

Es lo mismo que pasa en una familia, si no hablamos entre nosotros, solamente tenemos de los demás la idea que nos hemos fabricado de ellos, pero normalmente no tiene nada que ver con la realidad.

Si no hablamos con Dios, tendremos la idea que nos hemos hecho de Él, pero que rara vez, tiene algo que ver con la realidad.

Pero esto no es nada nuevo, nada que quiera decir yo.  El Apocalipsis ya nos lo dice de esta manera:

“Eres tenaz, has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga; pero tengo en contra tuya que has abandonado el amor primero, la cercanía, la proximidad…” (Apocalipsis, 2 -3)         

 LA FUERZA DEL MUNDO

Todos hemos podido comprobar, que hay mucha más gente, dispuesta a “hacer cosas”, que a orar. Las personas de hoy tienen tiempo para casi todo, pero no tienen tiempo para orar.

Y es que lo queramos o no, la sociedad está montada para sacarnos de lo auténtico y llevarnos a lo efímero y, aunque lo haga de forma muy sutil, para que no nos demos demasiada cuenta, despliega sus armas y nos empuja a ello sin piedad.

Por eso, el primer ingenio que usa para conseguir su empeño es impedir el silencio. Y comprobamos con asiduidad el temor que la gente tiene al silencio. Vemos a cantidad de personas que, simplemente para ir un rato en el metro, o para andar hacía un sitio determinado llevan los cascos puestos oyendo, ese ruido que no les deje entrar en el silencio. Tenemos los móviles para no entrar en el silencio… Hoy da terror estar en silencio.  La gente se cruza por la calle y no puede ni saludarse, van hablando por teléfono, necesitan estar conectados para no sentirse solos y para ello, se les proporcionan todos los aparatos necesarios que puedan evitar el contacto con Dios en la soledad.

Esa terrible decisión de hacernos caer en la superficialidad, indica el temor que nos produce la soledad, el miedo que tenemos a ese silencio que está dentro de nosotros; y veladamente a ese encuentro con el Señor.

Pero, solamente la cercanía al Señor produce sosiego, lo demás siempre nos deja desasosegados pidiéndonos algo más y mejor en la ocasión siguiente.

De ahí, la importancia de callarnos para poder sentir, que somos atraídos por el Señor, que el tender hacia Él no es cosa nuestra, que hemos de dejarnos atraer porque sabemos -que la iniciativa siempre la tiene Dios- y que a nosotros, solamente nos corresponde escucharle.

Por eso para esta semana, os propongo que nos pongamos un rato ante el Señor y en ese silencio permitamos que Dios nos pregunte:

  • Y tú -evangelizador, que estás aquí, en mi presencia ¿Serías capaz de dar la cara por Mí si las cosas se pusieran difíciles?
  • ¿Seguirías perseverando si encontrases las cosas más fáciles en otro lugar?

 

REZAR POR LOS EVANGELIZADORES

Además de todo lo expuesto, hay otra cosa muy importante: rezar por los evangelizadores para que crezcan –no sólo en número- sino también en valentía y audacia a la hora de llevar -el evangelio de Jesucristo- a los demás.

Sorprende ver, cómo no hace mucho tiempo en nuestra sociedad había tal número de evangelizadores que se iban fuera para evangelizar otras tierras, mientras que hoy esa cantidad ha disminuido tanto que no tendrá que pasar mucho tiempo para que tengan que venir a evangelizarnos a nosotros.

Y yo me preguntaba ¿no será, una de las causas, el que oramos poco por los evangelizadores?

¿No será que la evangelización desgasta y no sabemos dónde coger las fuerzas para seguir? Pues aquí encontramos la respuesta: Las fuerzas se nos multiplicarán: orando.

Es fundamental por tanto, que haya gente dispuesta a evangelizar, pero sin olvidarse de escuchar al Señor, sin cansarse de interceder por los evangelizadores, sin olvidar -el ponerse en Sus manos- antes de proclamar su Palabra. Pues es primordial vivir conectado a Dios si queremos dar testimonio, y todos sabemos que:

Que no se puede ser buen evangelizador,

si no se lleva a los demás

 las auténticas enseñanzas del Maestro,

 

 

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