No hace falta explicar cómo nos quedamos, cuando un golpe inesperado nos hace tambalear la vida. Todos hemos pasado por ello. Y todos sabemos que para salir de ese desmoronamiento, lo primero que hay que hacer es ponerse en pie.

Eso es precisamente, lo que hacen los apóstoles después de recibir el Espíritu Santo -Ponerse en Pie-. Jesús ha muerto y ellos quieren hacer lo que Él les dijo que hiciesen. Pero ¿a qué se refería? ¿Por dónde empezar?

Pedro y Juan, todavía con los pies pesados y el corazón entumecido se dirigen al templo para asistir a la oración de la tarde, -era la hora de la oración- y si hay algo que han aprendido bien de Jesús es el valor de la oración. Por eso ellos continúan siendo fieles a la liturgia del templo, ya que todavía no eran capaces de comprender el alcance de la muerte de Jesús, ni del ceremonial del pan y el vino.

Pero lo que no podían imaginar era, que tendrían un encuentro inesperado. Un cojo de nacimiento, les pide limosna.

¡Sorprendente! ¿Qué puede dar alguien que no tiene nada? Ellos, todavía asombrados, fijando los ojos en él, le dicen: ¡Míranos! –Era lo que le habían visto decir y hacer a Jesús- El cojo les mira atentamente, esperando que le diesen algo. Entonces Pedro le dice: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” –todos conocemos el relato-

De lo que quizá no nos hayamos dado cuenta es, de que estamos ante un suceso que une perfectamente lo del discipulado y la evangelización.

Un hecho que nos grita, lo que con tanta frecuencia la iglesia trata de decirle a la humanidad paralizada: ¡Levántate! ¡Ponte en pie! ¡Se activa! ¡Toma las riendas de tu vida! Porque la iglesia de Jesucristo, es eso precisamente lo que busca: la grandeza del ser humano y el que sea capaz de enderezarse.

Pero para hacerlo realidad, necesita personas como los apóstoles, como tú y como yo, capaces de continuar su obra. Y aquí estamos nosotros los que queremos ser o ya somos evangelizadores.

Que importante que esta semana la dediquemos a preguntarnos ante el Señor:

  • Y yo que llevo ya años evangelizando ¿contribuyo a “levantar” a la humanidad caída? ¿Contribuyo a curar sus heridas?
  • ¿Soy capaz, de apoyarme en la fuerza de la resurrección, para ponerme en pie de nuevo, cada vez que las contrariedades me paralizan?
  • Soy capaz de ponerme ante el Señor y permanecer en su presencia hasta poder escuchar: “En nombre de Jesucristo, ¡levántate y anda!”

Pedro tampoco tenía las cosas demasiado claro.  Pero lo que sí tenía claro era, que el autor de todo lo que había sucedido era Jesús, por eso toma la palabra para gritar: “Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud?” Y es tan fuerte su convicción de lo que dice, que al escucharle se les agregan -según dice el texto- unos cinco mil hombres.

Esta es la verdadera evangelización, la que es capaz de convertir una acción en signo de fe y anuncio del evangelio, en medio de tantos alejados de Dios, recelosos y equivocados. La evangelización tiene que ser siempre signo del amor de Dios, que se hace realidad en medio de los ambientes más adversos y para ello se necesita tener la convicción de Pedro de que el que, evangeliza es Jesús aunque lo haga por medio de ellos y ahora de nosotros.

Yo creo que este es el camino que va marcando el Papa Francisco. “La iglesia no es una ONG, nos dice” Pero es que acaso son malas las ONG. ¡Para nada! Todo el que hace un bien en digno de ser reconocido. En el evangelio encontramos referencias a este hecho y es el mismo Jesús el que lo aplaude: “no se lo impidáis, el que no está contra vosotros está de vuestra parte” (Lucas 9, 50) ¿Entonces dónde encontramos la diferencia?

En que la inmensa mayoría de las ONG, o de las personas que van a sitios asistenciales para ayudar, cubren las necesidades materiales, algunas incluso de relación, afecto, formación… -algo formidable- pero vemos que, a veces, incluso se jactan de no ser ni siquiera creyentes.  Sin embargo, para el evangelizador, para el cristiano la persona es mucho más. El evangelizador ve a la persona: como un ser creado por Dios, como un hermano… por eso para el evangelizador -el hacer el bien- no solamente es atender las necesidades apremiantes que encontramos, sino ofrecer –además- el testimonio del evangelio, de la fe y del camino hacia el Señor.

Por eso, ahora que ya tenemos las cosas un poco más claras, nos damos cuenta de que no podemos quedarnos en nuestra cómoda butaca aceptando –lo de “siempre se ha hecho así”-, pongámonos en pie, trabajemos por hacer, que el Señor sea conocido en este ambiente hostil –en el que vivimos- que trata de sacarlo de su realidad.

Pero sin olvidar que, el evangelio no se trasmite por contagio, nosotros tenemos que participar activamente para hacerlo llegar a todos. Porque si nosotros podemos considerarnos dichosos de ser cristianos es porque muchos creyentes –que existieron antes que nosotros- han mantenido viva la llama de la fe y han ofrecido al mundo –su opción por el Señor- cómo una apuesta atrayente que llenaba todas sus aspiraciones.

Rompamos la inercia, superemos los miedos a ser señalados como cristianos. Démonos cuenta de que, -el que nos llamen cristianos- tiene que ser un gran orgullo para un evangelizador.

Pues evangelizar

es arriesgarse a luchar, por todo aquello

que en el mundo no se aplaude.

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