MARÍA, LA LLENA DE GRACIA,  Por Julia Merodio

 “El Ángel, entrando en su presencia, dijo: No temas María, porque has hallado gracia delante de Dios”    (Lucas 1, 30 – 31)

 

TODO ES GRACIA

 Son tantas las personas relevantes que han predicado, escrito y hablado sobre “María: la llena de gracia” que, cualquier cosa que se pudiese añadir sobre ello, siempre será una reiteración. Pero quizá, lo que no se haya hecho tantas veces, es detenernos a pensar que Dios también nos dice eso mismo a nosotros, aquí y ahora. Por eso sería bueno que hoy, junto a la Madre, nos detuviésemos a escuchar la misiva del Ángel diciéndonos a cada uno personalmente: La gracia de Dios siempre está contigo. 

            Cuando pienso en María me doy cuenta de que, desde el momento en que las palabras del Ángel resonaron en sus oídos, su vida daría un giro total y es que no podía ser de otra manera. María estaba abierta a la acción de Dios; María se había vaciado por dentro, había dejado hueco para que la Palabra tomase posesión de su ser, de su vida, de su realidad.

De ahí que su existencia se convirtió en alegría y canto, en acción de gracias, en abandono a la voluntad de Dios, en criatura nueva… María creyó de verdad las palabras del Ángel; sin hacer preguntas, sin poner objeciones, sin turbarse… María asintió entregándose por entero a la voluntad de Dios.

Sin embargo, este proceder que tanto nos sorprende, esta conducta que nos parece algo lejano a nosotros, se repite aunque nuestros sentidos atrofiados sean incapaces de percibirlo. Nosotros pensamos, más de una vez, que María era especial, que no estaba hecha de nuestra naturaleza, que algo distinto habría en ella… por eso, lejos de imitarla nos conformamos con admirar sus virtudes y asombrarnos de ellas.

Pero la Madre no quiere que la admiremos quiere que, como ella, acojamos a Dios en nuestra vida, lo insertemos en nuestra conducta, le dejemos tomar la iniciativa y que en todo hagamos, lo que Él nos diga.

Por eso este año, quisiera invitaros a que en esta semana en que se celebra la Natividad de María, nos acerquemos a la Madre y le pidamos que nos ayude a acoger la gracia, como ella la acogió.

Porque, aunque queramos ignorarlo, La gracia de Dios está con nosotros y es, realmente importante que nos lo creamos para que, como María, nos sintamos junto al Señor, en cualquier circunstancia en que nos encontremos.

–                     ¡Qué fantástico sentir la gracia de Dios al compartir los acontecimientos con nuestros seres queridos!

–                     ¡Qué magnifico sentirla al pensar en nuestros amigos!

–                     ¡Qué agradable dar un buen paseo, sintiéndonos bendecidos por el Señor!

–                     ¡Que tranquilizador sentir la gracia de Dios en un momento de apuro!

–                     ¡Que sanador sentirla cuando alguna enfermedad nos visite!

Si fuésemos capaces de creernos de verdad que, la gracia de Dios nos envuelve la acogeríamos con la misma fuerza con que la acogió María; y esa gracia nos llevaría, como a ella, a vivir nuestra existencia con gozo, con esperanza, con satisfacción, con ilusión, con agrado…

 Ante el Señor –en oración personal-

Después de silenciarme, abro mi mente para acoger la gracia y me doy cuenta de que ese don está siempre disponible para todos sin excepción, porque la gracia es la expresión del amor de Dios y puedo contar con ella tanto cuando me siento bien como cuando me siento mal; tanto cuando me siento satisfecho como cuando me siento agobiado; tanto cuando estoy sano como cuando estoy enfermo… Porque esa gracia se formula en mí de multitud de maneras, se expresa: como consejera, como bienhechora, como alivio, como protectora… y cuando soy capaz de acogerla me deja un sentimiento profundo de unidad con el Señor, ayudándome a abrir la mente y el corazón para sentir su amor y su bondad.

Tomémonos tiempo para hacer está oración y el sosiego llegará a nuestro interior.

 

LA GRATITUD DE MARÍA

 

            Cuando una persona se siente agraciada, sus actitudes llevan el marchamo de la gratitud. De ahí que, la vida de María, fuese reconocimiento y correspondencia a la generosidad que Dios había tenido con ella.

            María, sabía bien, que Dios es la fuente donde se funden todas las bendiciones y que, por tanto, es imposible beber en la fuente de Dios sin que surjan en el interior sentimientos de gratitud.

            Normalmente, a todos nos enseñaron de niños, a ser agradecidos y eso nos lleva a dar las gracias cuando nos hacen un bien; pero, posiblemente, no hayamos tenido tiempo de silenciarnos para darnos cuenta de que, aunque la fuente de donde fluyen todas nuestras bendiciones sea Dios, cada persona es el canal que Él utiliza para que fluyan y lleguen a cada uno de nosotros.

            Por tanto no puede estar más claro. María es el canal, -el inmenso canal- que Dios quiso utilizar para que su gracia fluyese hasta llegar a cada uno de nosotros.

            Es ciertamente grandioso pensar que, si la gracia de Dios se manifiesta en nosotros, la inmensidad de dones que tenemos –tanto los que se ven como los que no se ven- tienen su origen en Él.

            Solamente hace falta silenciarnos y sosegarnos para experimentarlo, momento a momento, situación en situación, circunstancia en circunstancia… Todos hemos experimentado que, cuando a nuestra vida llega algo que nos disgusta , algo que nos desborda y se va solucionando como queríamos es porque hemos ido a la fuente donde se encontraba la solución y, normalmente, hemos ido a ella, por medio de María, la Madre; hemos ido por medio del canal donde fluye tanta bendición.

            Creo que ya lo tenemos un poco más claro. Necesitamos sentir la gratitud como la sintió ella al darse cuenta de que el Señor había hecho obras grandes a través de su pobreza.

 

Momento de Oración.-

            Volvemos a silenciarnos. Cerramos los ojos e interiorizamos la escena de estar junto a María. Junto a ella nos relajamos y dejamos que nuestro ser sienta su protección.

            Después, a su lado, nos acercamos a la fuente de Dios, donde se hallan las infinitas gracias.

            Dejamos a un lado nuestros pensamientos negativos, nuestro desánimo, nuestros agobios… y dejamos fluir, por nuestra mente, todo el bien que ha rodeado nuestra vida. Sin prisa, sin hacer juicios… vamos trayendo a la mente situaciones concretas.

            Si los acontecimientos negativos nos siguen acompañando y no somos capaces de entrar en ese bien recibido, -que sin duda a todos nos ha alcanzado- le decimos a la Madre que sea ella la que le pida al Señor que nos los muestre y tranquilamente vamos dando gracias por tantos beneficios.     

            Podemos terminar diciendo esta oración:

 

A TI, MADRE

 

A Ti que eres Madre y Virgen,

a Ti quiero yo cantar,

las melodías del alma

que hoy deposito en tu altar.

 

Me protegiste en la infancia,

cuidaste mi madurez,

y hoy alientas mi familia

con esmero y calidez.

 

Eres la madre del pueblo

eres custodia y altar,

eres calor y perfume…

eres fuerza y libertad.

 

Eres, desde cada ermita 

faro, reseña y blasón,

eres la Reina que ama

y ofrece su protección.

 

Tu voz, siempre suena a vida,

tu amor a fraternidad,

tu esperanza a sentimiento,

tus susurros a cantar.

 

Quiero que ensanches mi voz,

para poderte rezar,

que mi fe la fortifiques

y aumentes mi caridad.

 

 

Quiero que dentro de mi alma

los pobres hallen lugar,

los que sufren el consuelo

y los que luchan la paz.

 

Quiero poner evangelio

en mi vida, en mi interior

y quiero que Tú me enseñes

a mostrarle al mundo a: DIOS.

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