Por Julia Merodio

 

Todos sabemos que el corazón es el centro de la persona. En él se reúnen sus facultades, dimensiones y niveles, lo afectivo y lo racional, lo instintivo y lo intelectual, lo espiritual y lo material, haciendo de todo ellos una unidad.

En el corazón está la profundidad, la sabiduría, la hondura y, aunque suene fuerte, la santidad, a la cual sólo podremos llega por pura gracia, adquirida en el silencio y la humildad de integrar a Dios en nuestra vida.

Pues sólo desde el amor de Dios es desde donde una persona puede llegar, con mucho esfuerzo a ser un verdadero testigo de Cristo.

 

EL CORAZÓN DE JESÚS

Hoy es la festividad del Corazón de Jesús y me resultaría imposible buscar un tema en el que no hablarse de todos los dones que derrama, por amor, a cada ser humano.

 

Quiero hacer énfasis en esta realidad, porque me da pena ver como ha decaído la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, pero a mí me gustaría que, no sólo fuese una devoción, sino que pasase a ser una actitud de vida brotada de sentirnos amados por Cristo.

 

Estoy segura de que, esta será una de las enseñanzas más importantes que sacaremos de la JMJ, la de darnos cuenta de todas las magnificencia que caben en un corazón.

Porque ¡Cuántas generosidades caben en un corazón! Sin embargo, aunque todas esas grandiosidades adornaban el Corazón de Jesús, su grandeza consistió en irlas derramando, regalando, esparciendo… porque Jesús no quería quedarse nada para Él; todo era para ponerlo al servicio de los demás. De ahí que sus generosidades creciesen tanto porque, la bondad, la misericordia, el amor, la confianza… crecen dándolas, se multiplican repartiéndolas.

¡Qué actitud tan distinta la nuestra! Nosotros guardamos nuestras generosidades para que no crean que seamos tontos. Para que los demás no se aprovechen de nosotros, para parecer más interesantes, más importantes. Y así nos ha ido. Las hemos guardado tanto, que se han ido empequeñeciendo y, de tal manera que a penas las percibimos; imposible ponerlas a funcionar. Mas la semilla nunca muere, ahí sigue en cada corazón. Por eso creo que la JMJ será un buen momento para regarla, abonarla y hacerla fructificar de nuevo. Así los que se crucen en nuestro camino lo agradecerán ya que al ver nuestra manera de actuar, empezarán a vislumbrar, un poco, lo que encierra el Corazón de Cristo.

 

Momento de Oración

En nuestra oración de esta semana, después de silenciarnos, traeremos a la mente el Corazón de Jesús. ¡Observémoslo! ¡Mirémoslo! Veamos como está traspasado por amor a cada ser humano.

Después preguntémonos: ¿cuánto hace que no me paraba a pensar lo que, de verdad encierra el Corazón de Cristo?

Y sin perder el clima de oración, vamos a ir deteniéndonos en algunas de sus cualidades.

 

El Corazón de Jesús estaba presidido por el perdón.

Cuando Jesús se decide a perdonar su estilo tiene una constante. Él no niega la gravedad del pecado, pero se acerca al pecador para regalarle su confianza. El pasado ya no cuenta lo que cuenta es el renacer. “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco. Anda y en adelante no peques más”.

Entrar en el corazón de Cristo supone: dejar de tirar piedras, dejar de creernos justos, cumplidores, mejores que los demás.

Entrar en el Corazón de Cristo supone dejarnos bañar por su misericordia, para salir dispuestos a acercarnos a lo nuevo, con las manos vacías, pobres disponibles… no para denunciar la culpa sino para mirar al culpable con respeto y caridad. Pues el problema no es el “no peques más”, sino el sentirnos verdaderamente pecadores. Pero pecadores perdonados, porque Jesús ha sabido permanecer a nuestro lado.

 

El corazón de Jesús está marcado por la acogida.

Jesús ha venido a sanar, a salvar, a enjugar lágrimas.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré…”

Más, esto nos garantiza un camino libre de dificultades, no nos dice que se acabarán nuestros problemas. Es más, nos dice: que es necesario pasar mucho para entrar en el Reino.

Llegar supone seguir un camino incómodo pero cargado de perseverancia y  fidelidad.

Por eso, al vernos hacer tanto esfuerzo para participar en la JMJ, muchos nos dirán que estamos locos, que somos unos ingenuos, que esto es una utopía… Pero no nos quedemos con las etiquetas; digámosles que nosotros tenemos siempre un refugio seguro. Que nosotros tenemos donde saciar nuestra sed. Que nosotros tenemos dónde aumentar nuestra fuerza… Que nosotros conocemos el Corazón de Cristo.

 

El Corazón de Jesús está inundado por el amor.

La forma de amar de Jesús nos sobrepasa. Nos presenta un Dios infinito bajando al encuentro de la persona que se mueve a ras de tierra. Dios descendiendo de tal manera que llega a fusionarse con el ser humano.

Esta experiencia de amor es la que nos hace llegar al corazón de Cristo. Por eso ya no podemos estar tristes, ni decepcionados, ni podemos tirar la toalla, porque cuando la persona, llega al encuentro con Jesús desaparecen de su vida sus intereses personales.

San Pablo nos lo dijo, con estas admirables palabras: “El amor habita en vuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

El amor cristiano, salido del corazón de Cristo, no es el que se queda en efusiones sentimentales, ni se reduce a intercambiar beneficios, sino el que se convierte en don, en gratuidad, en abandono. El que es capaz de romper las lógicas del conocimiento humano.

 

En el Corazón de Jesús reside la verdad.

En medio de una vida cargada de mentira y desamor, aparece Jesús como testigo de la verdad.

La escena se sitúa en la conversación que entabla Pilatos con Jesús.

“Para eso he venido al mundo, le dice Jesús, para ser testigo de la verdad.”

Jesús es el testigo fiel, el que revela en sí mismo la verdad. La verdad de Dios y la verdad del hombre.

Sólo desde el don de la fe, que nace en el corazón de Jesús, podremos conocer la verdad, valorarla, vivirla y cumplirla.

 

En el corazón de Jesús encontramos la Vida.

Jesús es el dador de vida. No tenemos nada más que abrir el evangelio para comprobarlo.

“El que venga a mí tendrá vida. Y la tendrá en abundancia.”

Él ha devuelto la vida a un gran número de personas que estaban muertas. Él ha devuelto la vida a los que se habían alejado y estaban muriendo por inanición.

Estoy segura de que, esto mismo será lo que haga en esta JMJ, devolver la vida a muchos jóvenes que viven sombríos y tristes porque no encuentran razones sólidas donde apoyar su vida.

Y es que, todavía no nos creemos que Jesús sea el Señor de la vida. Él no resucita el alma y el cuerpo por separado. Él resucita al ser humano entero. No en vano antes te devolver la vida, ha devuelto ya la fe, ha devuelto el amor, ha devuelto la integridad. Porque Jesús primero sana el corazón, luego la enfermedad.

¡Cómo impactó este procedimiento a los que estaban junto a Él!

También en la JMJ y en cualquier momento, el Señor puede devolvernos la vida a nosotros, esa vida de creyentes que tanto languidece. Esa vida de fe, esa renovación interior de búsqueda, de hacernos caer en la cuenta, de que habita en nuestro corazón.

 

En el corazón de Jesús brillaba la luz.

Nosotros tenemos que ser luz. Jesús nos lo dice: “Vosotros sois la luz del mundo. No se enciende una lámpara y se oculta bajo un celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos”

Pero reconocemos que somos astros opacos que sólo podemos dar luz si la recibimos del “Astro Rey”, Dios. Por eso nuestra luz brillará más, en tanto en cuanto, seamos capaces de acercarnos al Señor de la vida.

De ahí que, este puede ser un momento precioso para tomar conciencia de que Dios está dentro de nosotros. No lo busquemos fuera porque no lo encontraremos.

Nuestra luz tendremos que encenderla en el silencio que surge del encuentro con Dios.

Nuestra luz se hará cada vez más potente en la oración. Y, desde ella, nos irá iluminando de tan forma, que la verán por donde quiera que vayamos.

El día en que, el Señor viva en nosotros su potente luz, irá destruyendo nuestra oscuridad y, nuestra vida, será como un amanecer ya que, en su luz vemos la luz.

Por eso, en este momento de oración, deja –personalmente- que el Señor te dé su visión, sus puntos de vista. Pídele que te haga ver a las personas y a los acontecimientos como Él los ve. Pídele que seas capaz de ver todo con su luz. Pues en la luz de Cristo reside el don de la fe. Y en su vida el don de la gracia.

 

En el Corazón de Jesús estaba el DON.

Muchas veces nos planteamos que Jesús no tenía los pies en la tierra, que la vida es otra cosa.

Una y otra vez, resuenan en nuestros oídos, las palabras que le dijo a la Samaritana, junto al pozo: “Si conocieras el don de Dios”.

Y nos las “tragamos” sin inmutarnos, sin inquietarnos, sin desconcertarnos, como si eso no fuera con nosotros. Las acogemos sin tener la valentía de ver que el mundo de Jesús, ciertamente, pertenece a un mundo totalmente distinto al nuestro, porque la realidad del evangelio no tiene nada que ver con nuestros puntos de vista cortos y raquíticos.

Por eso, este momento de oración, ha de ser un tiempo, no sólo para escuchar, sino para tomar la decisión de poner en juego nuestra disponibilidad a fin de intentar llevar a cabo esta gran aventura.

Y podemos terminar la oración, interiorizando estas palabras de S. Pablo:

“¿Quién me separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de estas pruebas.

Pues ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

 

Así, en los momentos claves de la vida, cuando nuestras decisiones sean importantes, cuando necesitemos una mano donde apoyarnos, cuando nos tengamos que poner en camino, cuando llegue la JMJ… Seremos capaces de volver la vista hacía el Señor para decirle: ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!

 

Más información de la Fiesta Litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús en http://www.aciprensa.com/fiestas/sagradocorazon/index.html

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