Domingo 26, Día de la Sagrada Familia.

 LA FAMILIA ESPERANZA PARA EL MUNDO

Por Julia Merodio

El Reino de los cielos, se parece a una familia que no se cansa de echar las redes, a pesar de sacarlas vacías, más veces de las que quisiera.

Se parece, a una familia, que sabe remar mar adentro y no se desalienta si no consigue el resultado que esperaba; si no que continúa remando, a pesar del agotamiento del enorme esfuerzo.

El Reino de los Cielos, se parece a una familia, de las que son capaces de llegar el hogar de Nazaret, para desde él, tomar conciencia de que Dios la ha elegido para humanizar a las personas y al mundo.

 

PARTIENDO DE LA REALIDAD FAMILIAR

            Ante mis ojos, encuentro una hoja en blanco que me reclama, mientras mi mano tiembla con un bolígrafo entrelazado. Imposible poder dirigirme a la familia desde la fría pantalla de un ordenador.

            Soy consciente de que, lo que yo tengo asignado es ofreceros una oración con la que podáis llegar ante el Señor y, ayudados por ella, hacer silencio para escucharlo y sentirlo.

Sin embargo, al contrario que en otro tema cualquiera, un montón de cuestiones me interrogan de manera inquisidora:

  • ¿Quién hará esta oración?
  • ¿Cuántas familias se acercarán a ella?
  • ¿De qué me servirá invitarlas a llegar al hogar de Nazaret, cuando ven esa manera de vivir como algo obsoleto y antiguo?
  • ¿Cómo pronunciar las palabras que nos brindan, las lecturas de este domingo de la Sagrada Familia, a quien no quiere saber nada de cuanto suene a religioso?

Conozco el tema. Junto a mi marido, pertenezco a una comunidad de matrimonios, en la que se trabaja el tema familia. Ayudamos a familias con problemas… ¿Cómo “andarme por las ramas” ante un tema que tanto me afecta? ¿Cómo llenar de letras unas cuantas hojas sin decir esa palabra que, ayude, que cuestione, que anime, que sosiegue, que invite a tomarnos en serio el ser familia…?

 

LA FAMILIA NECESITA CONOCER Y TRASMITIR LA FE

Al encontrarnos con parejas, que vienen a pedir un servicio a las parroquias, aparece el primer problema por el que pasa nuestra limitación. En el mundo actual, las parejas trabajan los dos y no tienen tiempo de dedicar alguna hora al servicio de la parroquia, es por lo que, al que viene a pedir: el bautizo para un hijo; unas charlas prematrimoniales para casarse; catequesis para prepararse a la primera comunión, o confirmación… se le informa de los servicios y se le despide sin más. No hay nadie que pueda interesarse por su realidad, preguntarle si es creyente, si tiene fe, si quiere trasmitir la fe a sus hijos… Y, claro, aquí surgiría el primer tema: ¿Tenemos fe? ¡Claro que sí! Y ¿Qué es la fe? Pues no tengo ni idea, pero estoy seguro-a de que yo tengo fe.

CONTEMPLANDO LA REALIDAD

Lo primero que querría hacer, es invitaros a echar un vistazo a la realidad que nos envuelve, para que nos diésemos cuenta de cómo vamos perdiendo el sentido de lo esencial.

Empezaré planteando, la diversidad que existe en la familia de nuestro tiempo, realidad con la que me encuentro día tras día.

En este momento de la historia, las personas que formamos la familia cada una tenemos nuestra manera de pensar y de sentir y todos sabéis que no siempre coinciden, mejor dicho: casi nunca coinciden.

Hablamos con una pareja que nos dice: nosotros somos católicos, lo que pasa es que no practicamos, no creemos en los curas ni en la iglesia, pero creemos en algo.

Otra nos dice: nosotros somos agnósticos, una cosa es que nuestro hijo tome la comunión y otra que los curas nos líen…

Dice otra: lo nuestro es distinto, mi marido no es creyente y claro, yo no sé que postura tomar…

Entonces llegamos nosotros, “los que sí creemos”, y les decimos: ¡Tú tienes que tener fe, tienes que creer! A lo que, mirándote con ojos asustados, te dicen ¿Y qué es la fe? ¿Qué tengo que creer?

Acabamos de situarnos ante la primera dificultad que nos presenta nuestro intento de querer acercar a las familias del momento, entre las que pueden estar las de nuestros hijos, sobrinos, amigos, nuestros jóvenes… al hogar de Nazaret.

Ellos esperan de nosotros, razones sólidas para creer, por eso es importante caer en la cuenta de que, nadie puede trasmitir lo que no conoce. Y nosotros ¿Conocemos lo que es la fe? Y si lo conocemos ¿Por qué tenemos tanta dificultad para trasmitirla? 

Por otra parte, tampoco el entorno que les rodea es proclive a ello. Nuestros hijos, nuestros matrimonios jóvenes, nuestras parejas que quieren casarse… viven en una sociedad, en la que la gente no quiere tener fe; quiere certezas, saberlo todo, estar al día, descubrir, tener convicciones, hacer comprobaciones…; y les fuerzan a estar tan preocupados en mirar “la vida por fuera” que son incapaces de ver la grandeza de su interior, donde precisamente anida la fe.

 

Momento de Oración

            Por eso ahora, nos tomaremos un rato de silencio, para recapacitar sobre ello junto al Señor.

Y en este momento, en el que nos acercamos al Señor, empezaremos por tranquilizarnos; ya que quizá, lo necesitemos más que otras veces. El tema de familia nos inquieta demasiado; todos tenemos gente con esta realidad. Familiares separados. Hijos, sobrinos, conocidos… viviendo juntos, Personas que no quieren ni oír hablar del tema de la familia…

            También conocemos injusticias, equivocaciones, parejas llenas de sufrimiento, niños intercambiados, padres tolerando para ver si las cosas se arreglan…

            Hoy necesitamos unirnos al Señor de una manera especial y profunda. Callamos. ¿Qué decir?

Podemos ir poniendo, lentamente, en manos del Señor esas realidades que conocemos, esas que tanto nos inquietan, esas con las que ni siquiera sabemos como actuar…

Pedimos al Señor que nos dé luz. Que nos diga que camino tomar. Que nos dé la capacidad de amar por encima de todo. Que nos ayude a dar testimonio para que conozcan lo que de verdad tiene valor.

Sin escatimar el tiempo que estemos junto al Señor, vayámosle poniendo en su corazón, todo eso que nos molesta y nos incomoda.

 

LA FE Y LA CONFIANZA CAMINAN JUNTAS

            La persona moderna no es capaz de pararse a pensar que, si no cree en Dios, tampoco podrá creer en el hermano y viceversa. Dios y el ser humano son las dos caras de la moneda: forman una unidad y todo por el amor gratuito de Dios que, quiso humanizarse para dignificar a cada persona de la tierra.

            Por eso los que no son capaces de entrar en la novedad de Dios, los que no son capaces de profundizar en lo que, de verdad sirve para que la vida sea fecunda, se escudan en conceptos que han quedado obsoletos.

            “Fe es creer lo que no se ve” nos decía una joven en catequesis de padres de niños de primera comunión, riéndose todos de la expresión. Pero ¿cómo va a consistir la fe en creer lo que no se ve? Lo que no se ve, es invisible y lo que no se conoce es lo desconocido, si alguien opina sobre lo que no conoce es un incauto.

Por tanto aquella fe, a la que esa persona se refería, serviría para un momento concreto de la historia, pero hoy no nos sirve. Y lo mismo que no nos pondríamos los modelos que vestían en aquella época, tampoco podemos revestirnos de “aquella fe”. Hoy aquellos atuendos los usamos para disfrazarnos y nosotros no queremos disfrazar nuestra fe. Por eso tenemos que ponernos al día y preguntarnos, una vez más ¿Qué es La fe?

Para mí, la Fe:

  • Es un testimonio de lo que se conoce.
  • Una vivencia personal, de la Palabra escuchada y respondida.
  • Es una respuesta a todo eso que conocemos y vivimos.
  • Un camino por descubrir.
  • Un regalo, de Dios, al ser humano.

Si no fuese así, cómo se iba a atrever, San Pablo, a decirnos: que nos salvamos por la fe.

Con la fe cambia nuestra vida, cuántas veces hemos dicho ¿cómo se podrían superar ciertos acontecimientos si no se tuviera fe? Pero Dios nos ha hecho libres y nos ha dejado autonomía para decidir libremente, si queremos acoger o no, la fe que él nos regala y si queremos contar o no, con Él en nuestra vida.

 

LA EXPERIENCIA SIEMPRE MARCA

A las personas de nuestro tiempo, nos parece que estamos descubriendo la historia, cuando en realidad todo está ya descubierto.

Si nos situamos en el Génesis, primer libro de la Biblia, nos damos cuenta de que Adán y Eva ya pensaron, lo mismo que se piensa hoy, que no necesitaban a Dios. Si Dios les había dado todo ¿Para que podrían necesitarlo? Para nada. Por eso se alejaron de él; estar a su lado les intimidaba demasiado.

Sin embargo Dios, en su infinita misericordia, los había rodeado de todos los bienes necesarios, para que aprendiesen a vivir y ser felices, pero como hemos visto, en el momento que los dejó libres, cayeron en la tentación. Quisieron ser dioses, pero sin Dios. Lo mismo que nosotros. Creyeron que Dios los quería manipular, hacerles prohibiciones, marcarles unas pautas de convivencia… y rechazaron el que Dios quisiera compartir su vida. ¿No os parece este un planteamiento actual?

Como ellos, también nosotros pensamos, que Dios sólo quiere interferir en nuestra vida, estar por encima de todo, imponernos sus normas… Sin darnos cuenta de que Dios de lo único que trata, es de estar a nuestro lado para ayudarnos en todo lo que necesitemos.

Afirmación que nos introduce en lo nuclear de la fe:

Fe es creer que: Dios está en la vida de cada ser humano, no pasivamente sino activamente.

 

¿PUEDO CREER QUE A DIOS LE PREOCUPA MI VIDA?

Lo mismo que la familia de Nazaret, toda familia es una entidad en camino, una identidad por descubrir, un proyecto por realizar y, en todo este entramado, Dios está a su lado porque le preocupan sus problemas.

Pero no los problemas hipotéticos, sino los cotidianos: la  buena convivencia, el pago de la hipoteca, el aprobado del hijo, el trabajo de los dos… porque todos sabemos que un buen padre es el que está pendiente de sus hijos.

A un buen padre le preocupa si el niño está malo, para llevarlo al médico; le preocupa si necesita ayuda en las tareas del colegio, escucha sus conflictos de trabajo, investiga qué amistades tiene… y le sugiere lo más conveniente para él. Acompañándolo, en ese proceso, en el que el hijo irá aprendiendo a confiar en sus padres dejándose aconsejar por ellos.

Porque la fe no se estudia, ni hay que ser muy religioso para tenerla. La fe se alimenta:

–       De las experiencias de los otros.

–       Y de saber contrastar, con humildad, las vivencias de los demás.

Por eso es tan importante tener una buena experiencia de fe, porque solamente desde esa experiencia seremos capaces de dar testimonio y transmitir lo que significa para nosotros, el que Dios actúe y se implique en el devenir de nuestra vida.

 

Momento de Oración

Volvemos a silenciarnos, tomamos conciencia de lo que significa ser familia. Lo vemos desde nuestra realidad: de esposos, padres, hijos, hermanos… comunidad religiosa, comunidad parroquial…

En un primer momento, podemos acercarnos a la Palabra de Dios y ver de qué dan fe los apóstoles.

Seguimos en silencio y traemos a la mente sus palabras: Dan fe de lo que han visto y oído. ¿Qué nos dicen que han visto? ¿Qué han oído?

En un segundo momento visualizamos mentalmente la casa de Nazaret ¿cómo viven? ¿Cómo confían los unos en los otros y todos en Dios? ¿De qué hablan? ¿Cómo se comportan? ¿De qué manera intiman con la Palabra de Dios?

¿Es esto lo que hacemos en nuestra familia? ¿Siguen nuestros hijos teniendo fe? ¿Nos ven a nosotros como personas de fe?

Juan comienza diciendo en su evangelio: “Y aquel que es la Palabra, se hizo carne y habitó entre nosotros y nosotros hemos visto su gloria”

Nos damos cuenta de que, para confiar necesitamos: ver y oír. Nos damos cuenta de que es necesario: Saber mirar y saber escuchar, como lo hacía María.

            ¿Reconozco esta actitud en mi familia? Con tranquilidad seguimos en silencio esperando que nuestra alma se vaya impregnando de certeza.

 

DIOS HA PUESTO LA FE EN CADA CORAZÓN

 “La grandes generosidades de la persona están dentro, no las busquemos fuera no las vamos a encontrar. (La Fe, el Amor dentro)

Pero esto nos hace preguntarnos, ¿Y por qué a unas personas Dios les da más fe que a otras, o más amor, o más generosidad…? Si esto fuera así, ciertamente, Dios sería injusto y nosotros sabemos que no lo es, luego será que no nos lo planteamos debidamente.

Las generosidades están dentro de la persona; pero se hallan, en forma de semillas… Por eso es muy importante tener siempre presente que:

Nada se nos da hecho; no esperemos que baje un ángel del cielo, a darnos una barita mágica:

  • Que trabaje la familia por nosotros.
  • Que ponga la fe en el corazón, de nuestros hijos.
  • Que nos evite el esfuerzo.
  • Que nos libere del sufrimiento.
  • Que nos marque el camino correcto por donde debemos caminar…

Lo trabajamos, o todo eso que se espera de nosotros, se quedará sin hacer. 

El problema llega cuando, todo esto que podríamos hacer con facilidad, tenemos que realizarlo, en un mundo donde nos conciencian, insistentemente de que:

  • La religión es un “comecocos”  un terreno donde se refugian, las beatas y las personas inseguras que, no encuentran su sitio, en esta sociedad culta y próspera.
  • Nos conciencian de que la fe es algo anticuado, que no necesitamos los que tenemos: seguros, a todo riesgo, para cualquier imprevisto, que se pueda presentar.
  • Además, la gente te dice: yo tengo mi fe, mis creencias, mi Virgen, mi Dios… ¡Ah sí! ¿Acaso conocéis distintos tipos de fe, distintas Vírgenes, distintos Dioses…? ¡Esto si que es progreso!

 

LA IMPORTANCIA DE TRASMITIR LA FE

            Si Lo de tener fe, ya nos ha parecido difícil, ¿qué decir de trasmitirla?

Cómo contestar a alguien que nos dijese: Y yo ¿qué tengo que hacer para trasmitir la fe?

Tendríamos que decirle ¡Pues nada! Hacer nada, simplemente vivirla. Porque lo: que eres, lo que vives y como te relacionas eso es lo que trasmites, eso es lo que llega a los demás.

Todos sabemos que la familia deja una huella imborrable en el corazón de los hijos. Sin embargo parece que los padres no se den cuenta de ello. Con frecuencia vemos que:

–                    Los papás llevan a los niños a catequesis y luego no van a misa.

–                    Les enseñan, algunos, a rezar el “Jesúsito de mi vida” pero, el niño, no los ve nunca rezar a ellos.

–                    Le piden que perdone a su hermanito, porque no le dejaba su juguete y luego ve que sus padres discuten y no se piden nunca perdón…

Es claro que, al niño, este ejemplo le va a dejar, inestable en cuanto a su manera de vivir la “fe”, pues en él se ha grabado una huella triste y confusa; y quizá los padres se confiesen creyentes, pero su fe, ni la viven ni la trasmiten en profundidad.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué hacer para ser buenos padres y para saber trasmitir la fe a nuestros hijos y al entorno en que vivimos?

Es obvio que necesitamos llegar a la familia de Nazaret para observar lo distinto que es al nuestro. A ese, hogar que parece haber perdido adeptos. Pero que, ¡cómo cambiarían nuestras familias si copiasen un poco más de él!

En él, además de José y el Niño, se encuentra María esposa y madre, títulos a los que llegó porque, comonos dice el evangelio de Lucas: “En ella puso Dios su mirada”

Es asombroso que, Dios pusiese su mirada, en una humilde ama de casa para trasmitiera la fe, nada menos, que a su Hijo.

¿Cómo vamos a fijarnos en una humilde ama de casa, para copiar de ella?  Las amas de casa sabéis bien -lo que es ser ama de casa-, a pesar de habernos tocado vivir un momento que parece tan privilegiado. Llegas a un estamento oficial, al banco, a un despacho- y te dicen: ¿qué es usted? Ama de casa, pues dígale a su marido que venga para hablar con él.

Sin embargo Dios no ha entrado en la modernidad, hoy como entonces sigue poniendo su mirada en todas las personas sin excluir a nadie. Y ¡Qué importante, que la ponga también: en las amas de casa, en las esposas, en las madres, en las hijas… en todos los seres humanos! Si no hubiera sido así ¿cómo podría llegar este escrito hasta vosotros?

Aunque no nos lo creamos, como María, también cada miembro de cada familia, es mirado por Dios. Porque ciertamente resulta significativo, la importancia de: Ser mirados para poder mirar. Este es el núcleo de la experiencia de fe, hace brotar de nuestro interior una mirada limpia y nueva capaz de confiar, porque ese será el mejor testimonio para trasmitir la fe a cuantos nos rodean, empezando por nuestros hijos que tanto nos preocupan.

 Una experiencia que todos alcanzaremos cuando nos dejamos mirar, porque, precisamente, cuando alguien se deja mirar, es cuando se siente amado.

 

Momento de Oración

            Silenciamos nuestro interior, dejamos a un lado las ocupaciones y preocupaciones y nos disponemos, relajadamente a dejarnos mirar por el Señor. ¡Sintamos su mirada! Estemos un rato en esta actitud.

Después, en esta ocasión, vamos ha hacer una oración de petición y le vamos a pedir al Señor, que nos ayude a vivir desde Él porque queremos dar testimonio de nuestra fe, dejando que sea Él, el que marque nuestros esquemas; el que nos proponga el camino a seguir, el que acople nuestros razonamientos, el que nos ayude a caminar por sus sendas…

Sigamos sintiendo la mirada de Dios, observemos todo el cariño que hay en ella. Estemos así hasta que podamos decir:

  • ¡Qué bien sabe mirar Dios!
  • ¡Qué bien que Dios me mire!
  • ¡Qué importante que me enseñe a mirar como Él mira y me preste sus ojos para hacerlo!

Observemos como la mirada de Dios crea la belleza y a nosotros nos gusta lo bello.

Quizá no consideremos que en nosotros haya algún tipo de belleza, pues en este momento vamos a darnos cuenta de que, cada uno de nosotros somos una obra de arte, salida de las manos y el corazón de Dios, creados por amor y puestos en el mundo para que todos los que quieran puedan admirarlas.

¿Habíamos descubierto algún tipo de belleza en los que están a nuestro lado? ¿Qué bellezas hemos descubierto últimamente? ¿No será que no miramos con los ojos de Dios?

Sin embargo ¡Cómo lo entendió María! “Porque ha mirado la pequeñez de su esclava” María supo ver lo que había detrás de la mirada de Dios y entendió lo que era amar y creer. Por eso María hizo lo posible para contemplar el misterio de lo imposible.

            Para terminar podemos decir con fuerza: Señor, yo creo en la familia.

  • Creo en el amor que viene de Ti, limpio y desinteresado.
  • Creo en el amor, que une al hombre y a la mujer, en el sentir y en la vida.
  • Creo en el amor humano proyectado en el hijo que nace.
  • Creo en la familia como lugar de convivencia para los corazones que se aman.
  • Creo en que este amor hay que renovarlo cada día, y que eso en compromiso y tarea constante de cada uno.
  • Creo en el amor sereno, sufrido y compartido de los esposos.
  • Creo que es posible vivir hondamente el amor, aún en este mundo donde nos sentimos interpelados, llenos ataduras y esclavitudes.
  • Reconocemos que, el amor que con frecuencia se nos ofrece, es una palabra vacía y un erotismo superficial. Pero creo, también, que aunque nuestro amor se vuelva, con facilidad, secreto, replegado, calculador tenebroso y vivido a espaldas de Dios, es posible hallar un amor limpio basado en la autenticidad que nos brinda el Señor, ya que Él es el AMOR, auténtico.

 

 

 

 

 

 

X