* Nota de la Autora: Hoy quiero deciros que este es el último artículo del curso. Espero que el Señor me siga bendiciendo, para poder seguir compartiendo con vosotros algunos más en el próximo…

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Ha terminado el momento de la reflexión para dar paso al del compromiso, a la acción y para ello es necesario trazar una hoja de ruta a la que, cada evangelizador, pueda remitirse una y otra vez, a la hora de desarrollar su tarea.

Es por tanto necesario, volver los ojos al Gran Evangelizador para ver cuál fue su hoja de ruta, esa que utilizó para desarrollar su Gran Misión y sorprende grandemente ver que, en la Eucaristía  es donde se encuentra la rúbrica a esa hoja de ruta vivida en el día a día por Jesús, ya que Él fue capaz de hacer de su existencia una Eucaristía.

Pero todavía le faltaba sellarla y ofrecerla, todavía le quedaba demostrarnos la importancia de darse desde la mayor gratuidad. Por eso, al llegar su hora –la Hora de Jesús- decide sellarla quedándose para siempre con nosotros –en nuestro centro- a fin de que no nos encontremos solos a la hora de servir a los demás. Y es que Jesús, nos amaba tanto, que para darnos ejemplo no duda en ofrecernos lo máximo que tiene: su propia vida.

Por eso ante, un gesto tan inusual, de amor verdadero; la Iglesia decide dedicar, un día, a celebrar el hecho -de mayor magnitud para la vida humana- Y lo hace con la festividad del Corpus Christi.

Un día, en el que se nos invita a compartir el pan y el vino que, en la consagración, se convertirán en Cuerpo y Sangre del mismo Cristo. Un día en que nos invita a levantar la Copa para brindar –de una manera especial- por Él, con Él y en Él.

 Y aquí está esa hoja de ruta de Jesús. Esa hoja de ruta en la que no se encuentran cosas deslumbrantes, pero en la que se encuentra “Esa Copa” que nos introduce en la inmensidad de Dios.

También Jesús levantó esa Copa –en aquella noche Santa- para compartirla con sus discípulos, pero Jesús la había levantado calladamente durante toda su vida.  

Pues Jesús, en su vida entre nosotros:

Había perdonado sin límites.

Había sido Palabra entregada a todos públicamente, sin elegir a los destinatarios y había dedicado mucho tiempo a la escucha del Padre en la soledad y el silencio.

También había sido ofertorio, porque se ofreció a los demás con su cercanía, sus milagros y su amor. Solamente le faltaba vivir la consagración para que la eucaristía fuera perfecta… y  no duda en hacerlo al entregarse para subir a la Cruz.

Él es, “cuerpo entregado y sangre derramada”.

Él es, el amor-fiel que nunca dice basta.

Es, el que no deja fuera de su amor ni siquiera a los que a

nosotros nos parece imposible amar.

Es, el amor-perdón hasta las últimas consecuencias.

El es… el que entrega la vida por aquellos que se la están

 arrebatando.

Dios no sólo ama. Dios es AMOR. Por eso necesita el momento de la comunión, para llegar a todos, para fundirse con todos. Se parte y se reparte para regenerar nuestras fuerzas, para acompañarnos en el camino y  para hacernos saborear su plenitud.

Por eso, en este último artículo, me gustaría invitaros a cada evangelizador a tomar la Copa ofrecida por Jesús. Esa Copa que nos dice que no solamente hemos de ser evangelizadores, sino que tenemos que saber lo que estamos haciendo. Que no sólo basta con vivir la vida, que debemos saber lo que estamos viviendo.

Y que mantener firmemente la Copa es vivir nuestra propia vida, nuestra propia evangelización, no la de otros –por buena que nos parezca-, sino la nuestra propia con sus luces y sus sombras; sus gozos y sus sufrimientos… lo mismo que la vivió Jesús.

Pero para brindar hay que levantar la Copa, es decir hay que compartir la vida para celebrarla – lo mismo que hizo Jesús- y a mí me parece que ahí toma un papel muy importante la comunidad. Nadie levanta una copa para brindar a solas, el mismo Jesús reúne a los suyos para brindar con ellos y el evangelizador ha de levantar la copa con todos esos que quieren hacer visible a Dios en el mundo. Y ¿para qué? Para ofrecer a todos una bendición y para dar gracias, lo mismo que Jesús hizo en aquella sublime celebración.

Más de nada serviría un brindis si no se bebe la Copa. Un gesto con el que le decirnos al Señor que queremos vivir nuestra evangelización con sus momentos buenos y sus momentos complicados. Que la queremos vivir con esperanza, con coraje y con valentía.

Y precisamente, el mismo Papa, en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exustate, viene a decirnos esto: que la verdadera santidad consiste en apurar cada uno nuestra Copa, siendo fuente de esperanza y confianza para los demás sin importar lo que en ella encontremos pues Dios la llenara de verdadera vida. Ayudándonos para ello de la Palabra y dándonos a los demás desde nuestras tareas concretas.

Y este es el gran regalo que Jesús quiere hacernos hoy a cuantos queramos acogerlo: Haced esto en memoria mía”

El problema está en que nos lo dice en medio de un mundo al que le resulta imposible comprender el DON de Dios y asimilar la Eucaristía.

Un mundo que ignora que, la Eucaristía es dar y recibir, que la Eucaristía es compartir y compartir exige compromiso. Una condición de la que, en más o menos medida, todos huimos un poco.

De ahí, que no podemos dejar de hacernos estas obligadas preguntas:

  • ¿Soy capaz de reconocer el amor que anida en mi corazón?
  • ¿Soy capaz de renovarlo, haciéndolo fuerte, sincero, verdadero, pleno…?
  • ¿Soy capaz de hacer que, ese amor dé sentido a mi vida, llevándome a una donación sin reservas?
  • ¿Soy capaz de lograr que mis Eucaristías, sean un encuentro fuerte con el Señor?
  • ¿De verdad me quiero comprometer con Él?

 

 

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