Vivimos en un momento de la historia en la que la Navidad se ha quedado en un simple recuerdo, en un mero símbolo…
El otro día oí a una persona decir que “la navidad es un festival de márquetin para que los comercios vendan juguetes y toda clase de artículos negociables” Y mirándolo fríamente, pues parece que es verdad. La gente se dedica a comprar, a regalar, a celebrar cenas y comidas de empresa, de amigos, de clubes sociales… Y lo que es más triste, para muchos son unos días nefastos en los que no querrían entrar; se llenan de deudas para seguir el ritmo que les marca la sociedad y terminan las “navidades” con un regusto a frustración, a infelicidad, a sufrimiento…
Sin embargo cuando se habla con ellos aflora algo que llevan guardado muy dentro, quizá en el subconsciente, pero todos evocan las navidades pasadas, las que vivieron en su familia, las que de verdad llegan al fondo.
Intentan quitar los belenes y en sus casas han desaparecido, pero añoran el belén de casa de sus padres. Han suprimido los villancicos –les parecían una tontería- pero añoran el oírlos por la calle, o al ir a comprar, o en el transporte público…
Por eso yo creo, que este es un momento oportuno de evangelizar la Navidad. Para decir a la gente, que la Navidad es un regalo de amor; pues todavía queda mucho dentro, todavía la verdadera Navidad habita en los corazones de las personas y es preciso que alguien les devuelva lo que van buscando por un camino equivocado.

EL RIESGO DE HACERSE HUMANO

La Navidad es el Dios-con-nosotros. Dios –todo un Dios- tomando la naturaleza humana, naciendo como un bebé cualquiera, para salvarnos. El Hijo de Dios naciendo de una mujer del pueblo para ser semejante a sus hermanos. ¿Cómo va a gustar esto a la sociedad? ¿Cómo va a gustar a la gente que Dios, al hacerse hombre, rompa nuestros pobres esquemas prefabricados?
En la sociedad de hoy, un nacimiento es algo banal comparado con los grandes proyectos, acontecimientos y logros de las amplias empresas. No es capaz de caer en la cuenta, de que hay más gente atrapada y aplastada por ellos de la que podíamos imaginar y que, quizá gente muy allegada a nosotros, sean los primeros damnificados. Vemos, con pena, que no piensan en otra cosa que no sea ampliar beneficios, incrementar el capital y sobresalir por encima de las demás, sin ser conscientes de que se están perdiendo lo más esencial, lo más notable, lo más importante… Pues se niegan a recibir la liberación y la salvación, que tanto necesitan y que, solamente pueden encontrar en ese “Recién Nacido”, pequeño y pobre en el que, lo quieran o no, reside el mismo Dios.

Sin embargo admira ver que unos pastores, gente irrelevante y sin techo, son los primeros adoradores, los primeros cristianos, los fundadores de lo nuevo que acaba de nacer. A ellos no les importa que los Ángeles hablen de recién nacido, de pañales, de pesebre… ellos cogen lo que tienen y acuden raudos para ver el acontecimiento. Ellos no han visto nada más sobresaliente en su vida; mejor dicho ellos, no han visto nada importante en toda su existencia; solamente el sol de día y las estrellas de noche pues, por no tener, no tienen ni lo imprescindible; ellos no saben lo que son las “cenas y comidas de empresa, ni los acontecimientos especiales”
Por eso encuentran a Dios, Al mismo Dios. Un Dios que ha roto todos los esquemas, todo lo previsible “Es la sabiduría que Dios oculta a los sabios y entendidos”, es la sabiduría del corazón que, en el mayor silencio sabe cantar “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama…” Es la humildad que sabe entregar su pobreza para empezar a saborear a Dios.
Por eso, si nosotros queremos acercarnos a Dios también hemos de correr todos los riesgos, pues Él los corrió para hacerse hombre. Pero claro eso parece pedir demasiado. Sin embargo ahí tenemos a María, ella ha dicho SÍ a Dios y ya nada le asusta, sabe de quien se ha fiado y eso le basta. Ahí tenemos a los profetas, ellos dejaron: casa, tierra, comodidad… Ahí tenemos a Francisco de Asís –mucho más cercano a nosotros, él también corre todos los riesgos para acercarse a Dios. A la Madre Teresa de Calcuta… y tantos y tantos como conocemos, que se dan a Dios incondicionalmente.

Pero claro, lo nuestro es distinto. Estamos instalados en un mundo difícil ¡Qué miedo nos da, hoy día, ser hombre o ser mujer! ¡Qué riesgos se corren al serlo! No hemos entendido que Dios, siendo Dios, decide hacerse hombre y correr todos los riesgos, para salvarnos a nosotros de ellos ¡Realmente la grandeza de Dios sobrepasa nuestra mente humana, por eso tratamos de ignorarlos, pues si los reconociéramos nos exigirían demasiada gratitud!
Hemos olvidado que ante la cueva de Belén sólo queda callar y admirar; pero el silencio nos asusta. La gente huye del silencio, no se atreve a darle cobijo en su corazón, porque el silencio pone al descubierto nuestros conflictos internos: los personales, los familiares, los que nos gustaría olvidar y los que ya teníamos aparcados. El silencio nos hace encontrarnos con nuestros sufrimientos, nuestras carencias, nuestras soledades… pero el silencio, cuando es fecundo nos lleva a sanar tanto desorden y nos trae la calma, la paz y el sosiego que tanto ansiamos.

Por eso Dios vuelve de nuevo a traernos la Salvación. Ahí tenemos a Dios nuestro Redentor, que descansa en un, humilde y pobre, pesebre para llenarnos de dones, para mostrarnos las cosas bellas que habitan en nuestro interior y que, todavía, no hemos sido capaces de reconocer.
No nos guardemos tanto bien. Gritémoslo al mundo. Que se enteren todas las personas del universo. No nos dé miedo. El mundo necesita saber estas cosas, le hará bien al ser humano ponerse al corriente de que alguien lo ama desde la mayor gratuidad y lo ama como es, sin poner condiciones. Le hará bien saber que el amor de Dios sobrepasa toda nuestra mente humana, porque el amor de Dios es infinito.

Este año, vamos a dedicar un tiempo largo a hacer oración, en los días de Navidad. Acerquémonos al Portal, contemplemos al Niño en brazos de su Madre; démonos cuenta del amor que refleja José en su semblante, miremos como cuida al Niño y a su Madre; observemos su silencio, su delicadeza, su humildad para ocupar el último lugar. Y después tengamos una plegaría especial por todas esas personas que han despreciado la gracia que, un año más, se les ofrecía; por todas esas que no quieren saber nada fuera del consumo y el despilfarro.
Es verdad que podemos pensar lo mismo que decía Kabi: ¿Qué se le puede decir a la gente que no ve lo que está mirando?
Pero no importa, a esa gente vamos a tenerla muy presente en nuestra oración y como, a veces no podemos decirles nada, este año rezaremos de una manera especial por ellos y les diremos, por si alguno nos puede oír o leer: Tened la seguridad de que la técnica puede fallar, los interlocutores pueden fallar, los que se decían amigos pueden fallar… Pero, el único que nunca fallará a nadie, ese es: DIOS.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!