Llevamos un amplio recorrido por la evangelización, pero creo que nos queda algo muy importante, ya que sin ello nuestra evangelización quedaría incompleta. Y esto tan relevante –que quizá englobe todo lo que venimos trabajando- consiste en evangelizar en el seno de la Iglesia.   

Se bien que, de entrada, parece que suena raro eso de “Evangelizar en el seno de la Iglesia” Pues ¿acaso no es la Iglesia la que ha de evangelizarnos a nosotros?

Sin embargo cuando hablamos de evangelizar en el seno de la Iglesia, estamos hablando de hacer una profundización mayor en la Fe y dar un mayor énfasis al evangelio; misión que, aunque parezca compete de una manera especial a los sacerdotes y clero en general, ninguno quedamos excluidos de ello.

Pero hay algo, realmente importante y que no podemos perder de vista. En la evangelización no puede haber trabajadores autónomos que vayan “por libre”; todos trabajamos juntos, todos para la misma empresa y todos obedeciendo las directrices que esa gran empresa nos va marcando.

De ahí, la necesidad de estar atentos, a tantas maneras atrayentes de mostrar a Dios -como se nos ofrecen de una manera o de otra- sin tener en cuenta y distorsionando los criterios de la iglesia y queriéndonos hacer ver que eso es lo correcto. Necesitamos tener clara la enseñanza, la doctrina y el magisterio de la iglesia, para que el Pueblo de Dios no se convierta en un mercado de la oferta y la demanda.

Porque la evangelización desde la Fe, no ha de ser otra cosa, que la misión encomendada por Jesucristo a su Iglesia y que sigue vigente a través de los siglos para cualquier situación social, sea cual sea el lugar en el que se desarrolle.

A nosotros solamente nos compete trasmitirla, desde el mandato de Jesús, que nos dice:

“Id y haced discípulos míos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todo lo que yo he mandado. Y, he aquí que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”  (Mateo 28, 19 – 20)

 LA EVANGELIZACIÓN UNA TAREA PERMANENTE

Como cristianos que somos, hemos de ser conscientes de que, la misión de evangelizar es una tarea permanente, que hemos de realizar en forma personal y comunitaria.

La evangelización no es una mera actividad de la iglesia que ha de ser programada en algún momento del año con mucho esplendor y gran presupuesto. La evangelización, es la razón de ser de la Iglesia y de ella y de cada uno de sus miembros ha de fluir, como fluye la vida.

San Pablo que, esto lo ve con una claridad admirable, nos deja este impresionante texto:

“Vosotros habéis de vivir según el Espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en vosotros.

Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo es que no pertenece a Cristo.

Pero si Cristo está en vosotros, aunque estéis muertos, el Espíritu Santo vive por la fuerza de Dios”

(Romanos 10, 8-9)

 

Esto es evangelizar: Afirmar y enseñar que Jesús es el Señor.

Y esto es lo que nos dejan impreso todos los evangelistas:

“En Cristo podéis conocer a Dios” nos dice Juan en el capítulo 14 de su evangelio. ¿Por qué? Porque: Jesús, el gran evangelizador, no tuvo que utilizar muchas palabras, fueron sus hechos los que le avalaron. De ahí, que viendo a Jesucristo, veamos a Dios. Porque es en Jesucristo donde podemos encontrar todo lo que queremos saber sobre Él.

Pero para comunicar estas creencias se necesita tener una gran firmeza y experiencia de Fe.

Y esta es la obligación del creyente, afianzarse en la Fe, para poder comunicar esta Fe en Cristo, en todo tiempo y lugar.

No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (Hechos 4, 20)

¡Qué gran responsabilidad! Hablamos demasiado de los que se han alejado, de los que no creen o dicen no creer… Pero a nosotros un día se nos dirá:

  • ¿Y cómo van a creer si no han visto ni oído?
  • ¿Cómo van a invocar si no han creído?
  • ¿Cómo van a oír si no hay nadie que les anuncie?
  • Y ¿cómo predicarán si no son enviados?

¡Fuertes palabras para un evangelizador! Sorprende enormemente que, el gran Isaías -viviendo setecientos cincuenta años antes de Cristo- dejase escritas estar hermosas palabras: “¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz; de los que anuncian buena nueva! (Isaías 52:7)

 

DIOS ES AMOR

Nadie puede adivinar el evangelio. Nadie puede deducir a Dios por un proceso de razonamiento. Nadie puede sospechar que Dios es amor, y que nos ama hasta el punto de enviar a su Hijo al mundo a morir por todos nosotros, para darnos vida en plenitud, si no hay alguien que se lo enseñe.

De ahí la necesidad de que Dios sea anunciado, de que alguien dé testimonio de Él. Pero, para realizar esta tarea es necesario haber recibido el Espíritu Santo.

La gente muchas veces no escucha a la Iglesia porque dice que se queda lejos de los problemas y sufrimientos del mundo; la gente la percibe, encerrada en sí misma y en sus propias preocupaciones eclesiásticas y estructurales. Pero, el Papa Francisco  que ha entendido esto como nadie, no cesa de decirnos “nuestra iglesia ha de ser una iglesia en salida” porque una iglesia –entre la que estamos  incluidos- que no acompañe, con acciones concretas, la proclamación del amor de Dios, se irá instalando en la indiferencia, llegando al punto de que las acciones de los que la formamos nieguen lo que proclaman nuestros labios.

Pues, a un mundo marcado y dividido por los prejuicios, los rencores, el odio y el anhelo de venganza, le resultará difícil aceptar un mensaje de reconciliación y unidad, cuando se lo anuncia una iglesia que no la vive.

De donde se deduce que la Iglesia deba de ser una comunidad de amor y perdón. Una comunidad que hable el mismo idioma que la gente que viene a ella a pedir ayuda.

La Iglesia tiene que aprender a escuchar para entender las preguntas que se le hacen, dando una respuesta acorde al evangelio.

La Iglesia tiene que aprender de Jesús: cómo escucho al pueblo y contestó sus preguntas.

Por eso, será muy importante que, en esta semana sean estas las preguntas que nos interroguen:

  • Y yo ¿desde dónde evangelizo?
  • ¿Qué hago para profundizar en la Fe?
  • ¿Soy persona de perdón?
  • ¿Cómo va mi escucha?
  • ¿He pensado que, quizá me resulte tan difícil, dar la contestación adecuada, porque no he escuchado antes?

 

Pero a pesar de todo, yo:

Amo a tu Iglesia, Señor, comunidad de creyentes en la tierra.

Iglesia, servidora del pobre y necesitado, testigo fiel entre los pueblos.

Iglesia que perdona; salva y redime; cura y sana.

Lugar donde, la mesa se abre cada día, para alimentar a cuantos necesitan renovar las fuerzas para seguir caminando.

 

X