Por Julia Merodio

El próximo domingo, la liturgia –como cada año- nos ofrecerá el evangelio de la transfiguración. Todos sabemos que la liturgia va cambiando de ciclos y de lecturas, pero los dos primeros domingos de cuaresma siempre se ofrecen las mismas, Las Tentaciones y la transfiguración.
Y cuando un evangelio se oye tantas veces, se predica sobre él tantas veces, se ofrece tantas veces… existe el problema de que la mente se desconecte y deje de escuchar. ¡Qué me van a decir a mí de la transfiguración! Conozco el tema como si me lo acabase de estudiar.
Es posible que la letra del evangelio la conozcamos a la perfección, pero ¿Nos hemos parado algún año a oír la voz del Padre? ¿La hemos acogido en el corazón? Porque en las palabras del Padre hay un mensaje muy claro: “Este es mi Hijo, el predilecto, ¡escuchadle!”
• Vamos a escucharle, sin prisa, vamos a dejar que nos diga esa palabra personal que tiene para cada uno de nosotros.

Ante estas sorprendentes palabras, recordé lo que decía Anselm Grün “Dejad que la Palabra baje de la cabeza al corazón” Y pensé ¿Qué es la transfiguración sino dejar que la Palabra baje de la cabeza al corazón?
Todos tenemos experiencia de que cuando la Palabra de Dios la dejas llegar al corazón la persona comienza a transfigurarse, la vida empieza a cambiar, la escala de valores varía, las necesidades que nos habíamos creado desaparecen, las perspectivas que habíamos soñado se atenúan… ¡cómo necesitamos dejar que la Palabra baje de la cabeza al corazón!

DEL EVANGELIO DE MATEO, 17-1
En aquel tiempo tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto.
Allí se transfiguró ante ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadle”
Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”

Es lo que, un año, nos ofrecía el mensaje del Papa: Benedicto XVI, para la cuaresma:
“La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia”
De ahí que, este sería un buen momento para ver si de verdad somos capaces de llegar a ese interior donde habita la Palabra.
A ese interior donde, Dios mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza.
A ese fondo donde Dios nos sostiene para ayudarnos a llegar a la alegría de la Pascua…

LO QUE TRANSFIGURA
Todos tenemos experiencias de que tanto el amor como la muerte transfiguran al ser humano. Por eso Jesús quería mostrarnos que la gloria de Dios no sólo se podía contemplar en el Tabor sino también en la cruz, pues todo sufrimiento que se asume con amor transfigura, transforma, ablanda, moldea… graba en el ser humano la imagen de Jesucristo.
Es verdad que esto es difícil de entender y mucho más de aceptar, pero la Pascua nos desvelará el misterio, porque podremos observar que después de resucitar todo se convierte en dicha, una dicha que habrá que compartir con los demás.

Por eso, Jesús, que conocía a la perfección a sus discípulos, les manda bajar del monte, lo mismo que nos lo manda a nosotros en esta mañana.
Bien sé lo a gusto que estáis aquí nos dice. Pero a la salida os esperan muchos que, necesitan de vosotros alimentos, medicinas, cercanía, comprensión, consuelo… necesitan un poco de luz de la que vosotros habéis recibido aquí.
No se puede guardar la luz para uno solo, porque la luz como la dicha necesitan ser compartidas. No se puede ser feliz a solas, ni complacerse a solas… Pero hay una recomendación de Jesús que no podemos olvidar: No tengáis prisa en compartirlo; es preciso que antes lo hayáis madurado en la oración y el silencio. Porque la experiencia de Jesús hay que interiorizarla en la espera y la paciencia… Hay que hacerla pasar por la prueba del sufrimiento.
”Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la plaza.
No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse y nada hay escondido que no llegue a saberse”
(Mateo 10, 26 – 28)

Hablar de Dios a los demás, lleva consigo el haberlo encontrado en la verdad de nuestro ser y en lo concreto de nuestra situación particular. Si nosotros no lo hemos encontrado en la verdad de nuestro corazón, si no lo hemos encontrado en cada situación que se nos haya ido presentando la vida, difícil será que llegue a los demás con la fidelidad que ellos merecen. No basta con tener algo que decir, hay que vivirlo para que despierte interés y sea inteligible.
Cuando quieras ser portador de Dios, antes de hablar, calla, haz silencio, acompáñalo al desierto y ponte a su lado para que te llene y te envíe.
Dile desde lo profundo de tu corazón:
¡Oh Dios!, que pequeño me siento ante tu inmensidad.
Que necesitado de acoger tu alianza.
Qué privilegiado de vivir esta cuaresma.
Yo sé que tu poder realiza la historia paso a paso.
Sé que me guías por el honor de tu nombre.
Sé que, aunque las cañadas sean oscuras no temeré porque Tú vas conmigo.
Sé que tu vara y tu cayado me sosiegan. (Salmo 22)

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