Por Julia Merodio.

Como años anteriores, al llegar en la liturgia el día de los difuntos, hacemos un alto en el camino para orar por ellos. Porque ¿Quién no tiene ya, alguien cercano, junto a Dios? Por eso nos resulta tan entrañable, ponernos en su presencia y, desde Él sentirlos cerca, tan cerca que pueda parecernos que los estamos palpando en nuestro corazón.

GRITANDO ALELUYA

Si de verdad creemos lo que nos dice San Pablo “que en la vida y en la muerte somos del Señor” no nos costará demasiado el gritar ¡Aleluya! Porque aleluya quiere decir: Alabado sea Dios y precisamente esta es la razón para la que estamos en esta vida.

Vivimos para alabar a Dios. Alabarlo desde nuestro trabajo; desde nuestro respeto a lo creado; desde nuestro silencio para orar; desde cada momento, en que algo de nosotros va muriendo, para que vivan los demás… porque así contribuimos a transformar cada cosa, cada situación, cada circunstancia en señal capaz de mostrar la grandeza de Dios, para que por medio de ella todos Lo vean y Lo alaben.

Esto se hará posible cuando seamos capaces de reconocer su voluntad y cantarle a través: de cada persona que se cruce en nuestro camino, de cada acontecimiento que aparezca en nuestra vida, del cuidado que pongamos en custodiar sus obras…

También ha sido esta la razón por la que nuestros seres queridos han ido gastando su vida. Dios, en un gesto grande de amor, quiso regalarnos su existencia; quiso que nos acompañaran en este mundo; quiso hacerlos fecundos en valores para que nos los ofrecieran a nosotros… pero sobre todo quiso hacerlos: hijos suyos. Hijos queridos que lo reconociesen como Padre y lo acogiesen como Padre.

¡Ciertamente, ha de ser esto grandioso, en una sociedad donde hay tantos niños carentes de padres!

 

ESTAR CON DIOS

            De pequeños todos queremos estar con Dios, que nos hablen de Dios… Sin embargo de mayores, cuando quizá, queremos saber menos cosas de Él, se convierte en nuestra vida en: un deseo y un destino.

            Lo queremos o no caminamos hacia la muerte. Pero no hacia un absurdo, como pueden pensar los que no creen, sino hacia los brazos de Dios que nos esperan abiertos.

            Es un paso que, cuando menos nos causa respeto; un paso que hemos de dar solos, nadie podrá acompañarnos por mucho que lo deseen; sin embargo si hay algo que podemos hacer para completar ese paso, para fortalecerlo, para que nos sienta cerca el que se va; y es, el de ofrecer oraciones y cultos que puedan confortarlos, ya que ellos siguen vivos junto a Dios. ¡Qué importante ofrecer por ellos la Eucaristía, donde la pasión de los que se han ido, y la de Cristo confluyen!

            Es reconfortante saber que, aunque para el que no cree, la muerte se convierte en derramar lágrimas sin ver una salida; para el que cree, por muchas lágrimas que derrame -cosa normal-, la muerte se convertirá:

  • 1º.- En una separación física, donde ya no veremos: sus ojos, su rostro, su cuerpo… pero sabiendo, por la fe, que esa persona vive, que está con el Señor y vive para el Señor.
  • 2º.- Recordaremos que todos llegaremos allí. Por lo que hemos de prepararnos en la gran catequesis de la vida, sabiendo que cuando se nos oscurezca todo y nuestros ojos se cierren, veremos a Dios tal cual es. Pero ¿lo creemos de verdad?
  • Por eso, donde Dios está están los nuestros y porque son tan nuestros como de Dios; es desde Él, desde donde queremos compartir esa felicidad, esos momentos entrañables que nadie podrá quitarnos.

Es verdad que nuestra vida sigue, como sigue el deseo de llenarla de buenas obras, para podérselas ofrecer.

De ahí que creo llegado el momento en el que le pidamos, para ellos, a Dios el descanso y la paz, esa paz que solamente Dios puede darnos.

EN ORACIÓN ANTE EL SEÑOR

Para la oración de esta semana es preciso que nos acerquemos, a ese momento en quela vida de Jesús, está llegando al límite. 

Es verdad que esto no es muy sugerente para el mundo de hoy. A la sociedad moderna la Pasión de Cristo le trae sin cuidado, solamente busca la diversión y la fiesta, aunque los dejen sumidos en la desorientación, la oscuridad y la confusión. A veces,  parece que nos movernos en un mundo que no ve, que no quiere ver; que ver, la realidad le asusta demasiado.

La gente, con la que nos cruzamos, parece sentirse insegura. Vamos por la vida como viajeros que no sabemos ni de donde venimos ni a donde vamos. Nos movemos, como en un viaje a la deriva, con la existencia vacía y cubiertos de sombras.

Pero cuando a nuestra vida llega una muerte, sobre todo si es inesperada, o se trata de alguien joven, aflora en nosotros la sensibilidad dormida y nos hace conscientes de que Alguien, realmente importante en nuestra vida, como  es Cristo, también ha vivido esa misma realidad; y todo por amor. Por ese amor auténtico que nos profesa a ti, a mí y a toda la humanidad, sin excluir ni siquiera a aquellos que le estaban arrebatando la vida.

Y, precisamente este amor, es el que hace que nos sintamos sostenidos, en nuestra adversidad, por la mano del Padre. Este amor es el que da sentido a nuestra pena. Este amor es el que nos enseña, la grandeza de un corazón.

Porque Jesús, aún en este lamentable estado, nos da firmeza para aceptar nuestras cruces; nos tranquiliza cuando, nuestro ser, se sume en la duda; nos da claridad, cuando nos vemos envueltos en tinieblas; y nos dirige, por el camino recto, cuando nos ve cansados y titubeantes.

Por eso este año y en este día tan significativo para nosotros, queremos escuchar de nuevo sus admirables palabras, aunque los esfuerzos que haga Jesús, para brindárnoslas, nos paralicen el alma.

“Todo está consumado”

Sabemos, que hay situaciones en la vida, que no tienen marcha atrás. Esta es una de ellas. ¿Quién no ha pasado por la experiencia de decir, ante un ser muy querido al que vemos sufrir de manera que hiela el alma, -qué Dios se acuerde de él cuanto antes-?

Son, esas realidades absolutas, que encierran estas mismas palabras: Todo está consumado.

En silencio ante el Señor, comprobamos que esto no es exclusivo de unos pocos. Todos tenemos que morir; todos tenemos que sufrir;  todos llegaremos a la consumación total.

Sin embargo nos asusta hablar de ello. Cómo hablar de muerte, en un momento de la historia en el que, se lucha por no envejecer, por no sufrir enfermedades, por no mostrar el deterioro que produce el paso del tiempo…

Hoy, que no sólo se cuida el cuerpo, sino que se rinde culto al cuerpo, se nos ha olvidado cuidar el alma.

Por eso es tan importante situarnos ante esta realidad. Aunque no lo queramos, en este momento de la historia, sigue habiendo muertes y quizá, más crueles que en otras épocas. Vemos que se mata a una persona, simplemente porque cae mal, porque no hace lo que otro quiere… Contamos, con cifras escalofriantes los accidentes de tráfico, muchas veces en gente joven; vemos atracos, violaciones, secuestros…

Se presentan ante nosotros fronteras infranqueables, imposibles de atravesar y, ante ello ¿Qué hacer? La mayor parte de las veces no podemos hacer nada. Lo queramos o no: Todo está consumado.

Ante el Señor de la vida, recordemos casos concretos por los que nosotros hemos pasado o estamos pasando.

Pidámosle que nos conforte, que nos ayude, que nos dé fuerza para seguir adelante

JUNTO A LA CRUZ DE CRISTO

Sin embargo hay cosas que no están consumadas, que tienen solución y, yo creo, que sería bueno que las mirásemos hoy desde la Cruz de Cristo.

Podemos mirar, este mundo moderno, donde nos toca vivir, lleno de desigualdades. En él existen países ricos donde prima la comodidad, haciéndonos renunciar a las exigencias de la salvación, pero en ellos residen muchas pobrezas, entre las que podríamos apuntar: el paro, el aborto, la desigualdad social, el individualismo…

Hoy no aceptamos a nadie que nos hable de renuncia, de donación, de muerte. Pero, por mucho que avance el progreso, nadie podrá escapar de esta realidad consumada.

La muerte no tiene edad y menos, la muerte que nos buscamos nosotros mismos esperando encontrar la felicidad.

También hay, mucha muerte, en la familia. Problemas de todas las clases: esposos que no se toleran; hijos que menosprecian a sus padres; malos entendimientos entre hermanos; fracasos económicos; familiares que han fallecido, quizá a temprana edad y… muertes, con mucho sufrimiento…

 ¡Todo está consumado! Nos decimos.

Pero no es cierto, hay muertes de las que podemos salir. Acerquémonos hoy a Jesús para que nos enseñe a distinguirlas y cuando, de verdad, nos lleguen esas pruebas a las que no podemos escapar; entonces sí, entonces acerquémonos a Jesús para decir a su lado:

Todo está consumado;  hágase tu voluntad, Padre”

Es necesario, por tanto, aprender a vivir para  saber morir. Morir, un poco cada día, aprendiendo a dar retazos de nuestra vida a los demás, como lo hizo Jesús; sabiendo abrir el surco y dejar el grano en la tierra hasta que salga transformado. Sabiendo:

  1. Que cuando alcanzo lo que busco, algo termina en ese momento.
  2. Cuando poseo lo que ansiaba, algo está finalizando.
  3. Cuando mis sueños se hacen realidad, la vida me presenta una nueva alternativa.
  4. Que cuando me parece que creo, se presenta ante mí una nueva duda.
  5. Cuando digo que espero, llega a mí la siguiente desesperanza.
  6. Y cuando digo que amo, noto que empieza a disminuir mi entrega.
  7. Pero, sabiendo también, que llegará un momento, en que no tendré nuevas oportunidades; entonces, como Jesús y junto a Jesús, tendré que decir: todo está consumado.

                                                                               

                                                                         Julia Merodio

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