“Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra” (Hechos 13, 47)

Nadie ignora que estamos en el centenario de las Apariciones de La Virgen de Fátima y seguro que todos nosotros hemos seguido por televisión al Papa Francisco en su viaje a dicho lugar.
Me admira y, creo que a vosotros también os admirará, el tacto que tiene el Papa para estar siempre cerca de los que más lo necesitan, de los que celebran cosas importantes, de los que tienen un mensaje que dar al mundo… por eso en esta ocasión ha querido llegar a Fátima para ensalzar a esos humildes niños, ignorados por todos, pero que la Virgen eligió para dejarnos su mensaje.
Y, allí estaba el Papa, con ellos y con la Virgen. Porque en la vida del Papa no puede faltar la Madre. Pues, ciertamente, el Papa tiene a María en un sitio muy privilegiado de su corazón.
El Papa, sabe mejor que nadie, que María ayudó a la Iglesia naciente a crecer en su comienzo -como ayudó a Jesús a crecer cuando era niño-, sabe que María ha estado siempre cerca de sus hijos para protegerles, para ayudarles, para librarles de grandes males… y sabe que ella le ayudará a él, le protegerá y le fortificará… porque en él está configurado su Hijo: Cristo.
Por eso ahora, después de ver el lugar tan predilecto que ocupa María en la vida del Papa, podemos preguntarnos:
• Y en mi vida ¿Qué lugar ocupa María?

María ve en el Santo Padre ese hijo predilecto y siente por él una ternura especial y un amor profundo. Por eso lo mira con esa mirada, con la que sólo es capaz de mirar una Madre como ella. Lo mira: Con sus ojos misericordiosos. Y le da:
• Valentía para responder a ese enorme compromiso que ha aceptado.
• Y le ayuda a ser otro Cristo en la tierra.

Por eso el Papa, que lo ha entendido perfectamente, pone a Cristo como centro de su vida, para desde Él: ayudar a los demás, perdonarlos, sanarlos, liberarlos, pacificarlos…
Pero María no solamente mira al Papa con ojos misericordiosos, también a nosotros nos mira de la misma manera, más:
• ¿Somos conscientes de ello, para –como el Papa- poner a Cristo en el centro de nuestra vida?

— El Papa sabe perfectamente que María puede cambiar al mundo y ahí está él amándolo hasta las últimas consecuencias.
“He venido como peregrino de esperanza y de paz” dijo a cuantos estábamos oyéndole. Simplicidad y claridad, características del Santo Padre.
— El Papa sorprende por su capacidad para vivir en relación, para tener la esperanza de que es posible seguir avanzando un poco cada día; para enseñar con su vida y con sus palabras a vivir desde el evangelio de Jesús.
— El Papa es la persona que sabe mirar a todos, con ojos nuevos, con los ojos de Cristo, para que todos se sientan tenidos en cuenta, queridos, valorados.
— El Papa siempre ha estado atento a los síntomas de desilusión que pudieran llegar a algún rincón de su Iglesia y allí ha estado él sin rendirse, buscando la manera de ayudarle, ofreciéndole su mano de forma sincera y su colaboración desinteresada.
— Pidiendo por cualquier necesidad en público y sin miramientos, demostrándonos con ello que, todos estamos implicados en la misma tarea y que todo lo que hacemos es obra de Dios.
• ¿Qué retos presentan a mi vida estas actitudes del Papa Francisco?

EL PAPA ES UN HOMBRE DE ORACIÓN
¡Qué importante es la oración para el Papa!
De él sí que podemos decir con certeza que: “Persevera en oración con María”
A mí me parece que si hay un ejemplo, en la Iglesia de hoy, de oración y perseverancia ese es el Papa.
Siempre me ha impacta cuando ponen imágenes de él en oración. Pero el viernes me impactaba -de manera especial- al verlo, en la explanada de Fátima, mirando a la Virgen en silencio, en profundo recogimiento, en oración profunda. La Virgen y el Papa formando una unidad.
¡Qué grande tiene que ser alabar al Señor junto a María! Pensé. Yo me imaginaba que a la Virgen tendría que gustarle mucho aquello que estaba pasando en ese momento.
• Y yo ¿persevero –como el Papa- en oración con María?

La explanada de Fátima llena a rebosar, uniendo todas las voces para rezar el Santo Rosario. Las mejillas empapadas en lágrimas
Y al fondo, en dos grandes carteles, dos bellas imágenes de aquellos niños -a los que eligió la Madre- para hacer llegar al mundo su mensaje ¡Orad! ¡Orad por la Iglesia!
La Madre sabía que los niños eran los predilectos de su Hijo, por eso los eligió como portadores de la gran noticia. ¡Decid al mundo todo lo que amo a cada uno de mis hijos! ¡Decidles cómo los llevo en mi corazón! Dadles la clave de lo que tienen que hacer para llegar a Cristo. Decidles que lo importante es la oración. Decidles que se dejen hacer por Él un poco cada día. Y para sellar tanta grandeza, allí estaba el Papa, de pie, ante la Virgen. ¡Era conmovedor!
• La Virgen me ama, me pide que ore ¿qué significa esto para mi vida? ¿Cuál es mi respuesta?

No podemos olvidarnos, de otro testigo de excepción: Sor Lucia. Ella lo vio todo, lo vivió todo, pero paso toda su vida desapercibida viviendo en un convento de las Carmelitas Descalzas, amando y sirviendo a su Señor, con sencillez, con serenidad, en silencio. ¡Qué poco se hacen notar las almas grandes! ¡Qué lección para los que queremos acercarnos a la Virgen!
Pero todavía hubo algo que me sorprendió. Fue una foto que presentaron, en la que los dos niños –pastorcitos- estaban arrodillados ante la Virgen en un signo profundo de adoración. Y yo me preguntaba:
• ¿Cuántas veces les enseñamos a nuestros hijos a adorar al Señor? ¿A reconocer a Cristo en el pan y en el vino consagrados?
• ¿Cuántas veces les enseñamos, la grandeza de recibirlo al comulgar?
• ¿Cuántas veces les enseñamos a valorar su amor?

Sin embargo, en ese momento:
El Papa, sí estaba haciendo visible la novedad de Dios,
y lo hacía así, porque él trabaja sin desfallecer
las profundidades de su corazón.

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