Estamos en la semana de la Unidad y a cualquier evangelizador que se precie de serlo, esto ha de cuestionarle; pues, el evangelizador, ha de ser una persona que ame la unidad.

De ahí que esta semana os invite a orar, a orar por la Unidad de los Cristianos, uniéndonos a todos los que –durante esta semana- orarán por el mismo fin. Y orar en nombre de Jesús, porque:

  • La oración fortalece la unidad.
  • La oración, siempre, es escuchada.
  • La oración siempre tiene respuesta.
  • La oración nace del amor y el amor “viene de Dios”

Pues el don más preciado del, ser humano, es: su capacidad de amar y su capacidad de orar.

  • Y para mí, que me precio de ser evangelizador ¿es la oración el don más preciado o siempre voy poniendo escusas para no orar?

 

Para insertarnos en esta oración, me ha parecido conveniente, elegir estos dos símbolos: el del camino y el del agua –imprescindibles para todo evangelizador- como imágenes de la unidad visible de la Iglesia por la que oramos.

Una Iglesia en camino, una iglesia peregrina, una iglesia en salida para llegar a todos los que no vienen a ella.

Y una iglesia sedienta que busca pozos donde saciar su sed y que, como la Samaritana va en busca del agua viva –aún a veces sin saberlo-.

Por eso, como evangelizadores que somos, nos apremia el reflexionar durante toda esta semana sobre estos interrogantes:

  • ¿Cuál creo yo que es, el camino hacia la unidad?
  • ¿Cuál creo que es la ruta que debemos tomar –como evangelizadores-, para que el mundo pueda beber -de la fuente de la vida- que es Jesucristo?
  • ¿Cuál creo que es, el camino hacia esa unidad, que respeta debidamente nuestra diversidad?

 

Lo primero que cualquier evangelizador ha de dejar a un lado es el ansia de fama y poder. Y digo esto, porque son dos tentaciones que frecuentemente, se infiltran en la Iglesia de Jesucristo. Se infiltraron en su tiempo, se infiltran ahora y se seguirán infiltrando en el futuro, de ahí la necesidad de estar atentos a ello.

Todos sabemos que los que buscan cualquier forma de poder saben que no pueden depender de los demás, ya que pronto o tarde, los destruirán, por eso necesitan desconectar de cualquier persona que no piense como ellos, que no reaccione como ellos, que no vea las cosas bajo su prisma; y, como es lógico, tienen que apartarse también de Dios, para que no les cuestione.

Pero Jesús, al contrario que ellos, nos llama a ser evangelizadores en unidad, no pretende que vivamos aislados para adquirir y conservar el poder, sino que estemos unidos, para engrandecernos, poniendo en común nuestros dones. Sabiendo que, todos pertenecemos a:

  • Un mismo Señor.
  • Una misma fe.
  • Y un mismo bautismo.

 

De ahí que, esta Semana de Oración por la Unidad, tenga como objetivo ayudar -tanto a los evangelizadores como a las comunidades-, a que nos demos cuenta de la dimensión de diálogo que necesita el proyecto de Jesús que llamamos El Reino de Dios.

Esta semana nos insta, a que interioricemos la importancia  que tiene el que cada persona -conozca y comprenda su pro­pia identidad- para que la identidad del otro no la perciba como una amenaza.

¡Cómo nos facilitaría, a los evangelizadores, esta tarea de utilizar el procedimiento de Jesús en el camino de Emaús!:

  • ¿Qué os pasa?
  • ¿De qué estáis hablando?
  • ¿Cuál es vuestra realidad

 

Si nos sentimos amenazados, seremos incapaces de percibir la complemen­tariedad del otro. Por eso la imagen que surge de las palabras “dame de beber” es una imagen que habla de complementariedad: beber agua del pozo de otra persona es el primer paso para experimentar el modo de ser del otro. Para llegar a un inter­cambio de dones que enriquece. Cuando se rechazan los dones del otro se hace mucho daño a la sociedad y a la Iglesia.

Si nos fijamos en el encuentro de Jesús con la Samaritana, nos daremos cuenta de que ese encuentro les ofrece a los dos una oportunidad inesperada. Jesús no deja de ser judío por haber bebido el agua que le ofrece la mujer samaritana y la samaritana sigue siendo ella misma al abrazar el camino de Jesús. Por eso, necesitamos reconocer que tenemos ne­cesidades recíprocas, y que, precisamente ahí, es donde tiene lugar la complementariedad en nuestras vidas de un modo más enriquecedor. «Dame de beber» supone que tanto Jesús como la samaritana piden lo que necesitan del otro. “Dame de beber” nos empuja a reconocer que las personas, las comunidades, las culturas, las religiones y los distintos grupos étnicos nos necesitamos unos a otros. Pero yo:

  • ¿Soy capaz de pedir de “beber” a otros como lo hizo Jesús?
  • Y… ¿en qué ocasiones considero que soy capaz de dar de beber a los demás?

 

Este “Dame de beber” implica una acción que reconoce la necesidad que tenemos los unos de los otros para vivir la misión de la Iglesia. Nos obliga a cambiar nuestra actitud, a comprometernos en buscar la unidad en medio de nuestra diversidad: a través de una apertura, a una variedad de formas de orar y de espiritualidad cristiana.

No dejemos, durante esta semana de la Unidad, de trabajar esta realidad que nos propuso el mismo Jesús, la noche en que le dijo al Padre:

Padre que sean uno como Tú y yo lo somos”

 

Oremos por la unidad. No dejemos nunca de hacerlo. Es sorprendente, que Dios nos haya dado una capacidad tan grande de orar. Dios hace posible que podemos orar, en medio del dolor y la alegría, en medio del triunfo y del fracaso, en medio de la adversidad y el éxito; de orar en la prueba, en la oscuridad, la humillación, la duda… orar con la seguridad de que el Padre, siempre escucha lo que le decimos desde lo profundo del corazón.

Por eso, digámosle a Jesús: Ruega al Padre por nosotros. Ruega por todos los que hemos decidido seguirte, por los que nos hemos comprometido a evangelizar, por los que están y por los que ya han pasado; por los presentes y por los que vendrán. Porque, solamente Tú, sabes poner a todos tus hermanos, como una piña, en manos del Padre.

Y hoy, como no puede ser de otra manera, terminaremos orando.

Señor:

Sé que  estás ahí, en medio de los que rezamos, en tu nombre.

Que estás, aunque me cueste entender, las razones que lo han permitido.

Ahí estás, con el corazón abierto para acoger al que te busca.

Estás… para dar vida, a lo que a nosotros nos parece oscuro y mortecino.

Bien sé, que el Padre ha puesto, en tus manos, el poder.

Bien sé que Tú has levantado del polvo a los humildes e indigentes.

Bien sé, que has hecho que los pobres, oprimidos y marginados tuvieran pan y dignidad.

Bien sé, que no nos dejarás solos en esta apasionante tarea de la evangelización.

 

 

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