Los discípulos ya le han cogido “gustillo” a eso de estar con Jesús, pero hay algo que no acaba de encajar en sus planes. Ese Mesías -salvador de Israel- que les iba a sacar de apuros no acababa de consolidarse.

Hemos llegado al núcleo del discipulado. Y nosotros –los que queremos evangelizar- ¿A qué Mesías queremos seguir? Porque, lo primero que tenemos que tener seguro -al plantearnos el tema de la evangelización- es a qué Mesías seguimos, si seguimos al Mesías-Siervo o seguimos al Mesías-Rey.

Pero ya veis, no hay nada nuevo. Este fue el gran dilema que se cernía entre sus discípulos y este es el dilema que se nos presenta a nosotros -como iglesia de hoy-. Ellos seguían al Maestro creyendo que un día triunfarían, que serían la élite de la sociedad y resulta que se encuentran con un Jesús acabado que les habla de “ser entregado en manos de los hombres” (Lucas 9). Y sigue diciendo el evangelio que “cuando Jesús se lo dijo, ellos no entendían ese lenguaje, no captaban el sentido y les daba miedo preguntarle sobre el asunto” Y ¿No será eso mismo lo que nos pasa a nosotros?

¡Qué lección tan importante para los evangelizadores de este momento! Llevamos evangelizando un año, dos, tres… veinte, cuarenta… pero ¿nos hemos preguntado a qué Jesús seguimos? ¡Cuántos han abandonado al encontrarse con el Mesías-Siervo! ¡Ellos que habían comenzado la evangelización esperando algo extraordinario de ella!

A todos nos gustaría tener medios y dominio para evangelizar a lo grande siendo mejores que los demás. Sin embargo Jesús, entendió bien, que eso no era lo que quería el Padre. Que mirándolo desde fuera puede parecer razonable, pero que le falta el amor.

Sin embargo, aquí no acaban las sorpresas. Los discípulos todavía tendrán que enfrentarse a otras de mayor calado. Antes de lanzarse a evangelizar, tendrán que ver morir a Jesús en unas condiciones deplorables. ¡Suceso demasiado fuerte para esos rudos pescadores que se quedaban sin recursos, sin trabajo y sin un proyecto de vida! Y, que además, tendrán que sortear a los soldados del gobernador para no seguir la misma suerte que su Maestro.

Ahí los tenemos. No hay sorpresas. Lo mismo que nosotros,  deciden elegir el camino fácil y abandonar. Jesús está muriendo y sus amigos más íntimos lo han abandonado, han huido –dice el evangelio que junto a la cruz estaba solamente Juan- ¿Cómo iban a imaginarse, que tuviesen que esperar a que muriera el Maestro, para ser capaces de comenzar la misión?

“Os digo de verdad, que os conviene que yo me vaya, porque si no me voy el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy os lo enviaré” (Juan 15, 7)

Acaba de comenzar la gran aventura. Al morir Jesús, aunque hundidos y temerosos, los discípulos ya están preparados. Han conseguido el título. El Título de Apóstoles. Porque no es lo mismo ser discípulo que ser apóstol:

  • El discípulo es, el que recibe enseñanza de su maestro, en este caso de Jesucristo.
  • Mientras que, un apóstol es el enviado a propagar la Buena Noticia, la Fe cristiana y el Poder del Amor de Dios.

Y ese título de apóstol, tenía que ser El Espíritu Santo el que lo sellase. De ahí que ahora, ya con el “título en el bolsillo” les ha llegado la hora de salir.

Y… con lo que han aprendido del Maestro y la fuerza del Espíritu que habita en ellos, ya no hay quien los pare, son capaces hasta de dar su vida para salvar el nombre de su Señor.

Este es nuestro camino y no hay otro. Si queremos ser evangelizadores primero tendremos que formarnos como los discípulos –junto al Maestro- Y después pedir con fuerza –al Señor- el Espíritu Santo para que nos llene y nos conceda el título de Apóstoles.

Pero si nosotros creíamos que ya teníamos la decisión tomada, que ya estábamos en marcha ¿cómo es que ahora tenemos que volver al comienzo?

Ya ves. Hoy nos repite Jesús:

  • ¿Quieres venirte conmigo?
  • ¿Quieres renovar tu opción?
  • ¿Quieres formar parte del grupo de mis discípulos?
  • ¿Quieres recibir el título de apóstol?

Porque Jesús, no elige una vez para siempre, ni nosotros damos el sí una vez para siempre; Jesús nos sigue eligiendo cada día y nosotros hemos de renovar nuestra opción diariamente.

Más no esperemos que Jesús nos dé charlas sobre las diversas claves de cómo hemos de realizar nuestro trabajo, ni un libro de instrucciones para cuando las cosas se pongan difíciles… No. Jesús lo que nos enseña no son conocimientos, Jesús nos enseña un modo de vida nuevo. Porque la verdad de Dios no se aprende, se guarda y se vive de manera que lo que quede en nuestro fondo, lo que perdure sea nuestra manera de vivir ante el mundo, que no se basa solamente en el saber, se basa sobre todo en el sabor a Dios y en el SER. Por tanto, el discipulado consiste en la relación personal con el Maestro, obedeciendo su mensaje y aprendiendo a ser como él, para luego poder llevar –esa forma nueva de vivir a los demás.

Es posible que, después de ponerse ante esta realidad, haya evangelizadores que se sientan desanimados cansados… que vean que las cosas nos son como se imaginaban. Que les gustaría que cambiase la iglesia, la pastoral, la liturgia… pero quizá después de leer esto se den cuenta de que, lo que realmente la iglesia necesita y nosotros necesitamos no son cambios, sino recibir de nuevo la efusión del Espíritu del Señor. Recibir al Espíritu Santo.

Hasta que seamos capaces de decirle al Señor:

 Aquí estoy ante ti, Señor.

Aquí estoy para que me ayudes a mirar hacia delante a fin de contemplar el horizonte que me espera.

Tú sabes, que me encuentro más cómodo quedándome en lo fácil para no complicarme la vida.

Hacer, como que hago. Decirte SÍ y convertirlo en NO si las cosas se poner difíciles.

Tú sabes de antemano que mi respuesta no siempre es sincera.

Pero a pesar de todo… Yo quiero comprometerme contigo, Señor.

Quiero poner todo mi esfuerzo para que la tarea que nos encomendaste siga a delante.

Quiero llevar la fe y la esperanza, a los que necesitan razones sólidas para seguir caminando.

Quiero llenarme de tu amor y tu perdón.

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