El paso siguiente a plantearnos -lo que significa ser evangelizadores-, está en ver en qué consiste la Nueva Evangelización, ya que hemos de tener muy claro dónde estamos metidos o donde nos queremos meter.

Y ¿qué pasa? –Podemos preguntarnos- ¿También hay que hacer nueva la evangelización? ¿Acaso lo que se ha hecho hasta ahora no servía? Claro que sirvió y mucho, gracias a ella estamos nosotros aquí, pero lo mismo que la tecnología avanza, lo mismo que las exigencias del momento van en otra dirección… la evangelización ha de estar a la altura del ritmo de la vida. Por lo que trataremos de ahondar en el tema.

El toque de atención para introducirnos en algo tan primordial nos lo dio S. Juan Pablo II al invitarnos a “remar mar adentro” y comprometernos a los desafíos de una Nueva Evangelización.

Lo que pasa es, que causa un poco de asombro el ver, que después de tantos años como han pasado, desde que el Papa pronunciara estas palabras, el mundo siga alejándose de Dios, la gente esté embebida en sus circunstancias y la iglesia inmersa en su activismo. De ahí que no sea extraño el pensar ¿realmente necesitamos una Nueva Evangelización o sería mejor seguir con nuestro automatismo de siempre?

Lo iremos viendo, pero lo que sí hemos de tener muy claro, es que esto no puede llevarnos al pesimismo, pues el Espíritu Santo soplará vientos nuevos; por lo que -podemos afirmar con rotundidad- que Él jamás abandonará a su iglesia.

Pero, como los caminos de Dios son sorprendentes quizá, lo que necesitemos hacer para transitar hacia la Nueva Evangelización sea volver al comienzo de ella, al tiempo de los apóstoles, a ese instante en el que las cosas no estaban manipuladas, al primer encuentro con el Señor.

Pues, para renovar la evangelización, para hacerla nueva, lo primero que necesitemos es:

  • Tener una nueva experiencia del amor de Dios.
  • Ser “derribados” -como San Pablo en el camino de Damasco- de tantas ataduras y condicionamientos como nos envuelven.
  • Tener una experiencia que nos haga cambiar nuestra antigua forma de pensar. Que destruya de nosotros –todas esas ideas y conceptos que tenemos sobre Dios y que no se corresponden con la realidad-
  • Una renovación de corazón; -un corazón renovado como el que David pide en el Salmo 50-
  • Y, cómo no, necesitamos también, una efusión enérgica y poderosa del Espíritu Santo, que con su –fuerte viento- nos lance a una tarea de tanta responsabilidad.

 Por tanto la Nueva evangelización, jamás podrá ser -el transmitir un nuevo mensaje de Dios-. El Mensaje no puede, ni podrá variar nunca; la nueva evangelización simplemente deberá de consistir, en una nueva manera de transmitirlo. Porque Mensaje, solamente hay uno y jamás ha cambiado ni puede cambiar: Que Cristo murió para salvarnos, que resucitó y está Resucitado y vivo, presente en la Eucaristía –vivo y real- para alimentarnos y darnos fuerza para seguir caminando.

¡Qué importante debe de ser que todos conozcan esta realidad! De ahí que, la nueva Evangelización lo que requiere, es una nueva manera de presentar y exponer el mensaje de Jesucristo, pero sin cambiar ni una letra de lo que nos dice: Que Dios ama al pecador y que no quiere su muerte sino que se convierta y viva.

 Imposible hacerlo realidad si nos faltan estas dos cualdades: coraje e ilusión.

CORAJE.- Porque, el que no tiene valor para atravesar nuevos senderos, ni  transitar por caminos desconocidos… nunca podrá hacer frente a las nuevas situaciones, en las que la Iglesia del tercer milenio está, llamada a vivir.

Y coraje, porque necesitemos valentía y esfuerzo, para colmarnos de la fuerza de los primeros cristianos, a fin de estar a la altura que el contexto socio-cultural pone a la fe cristina en este momento, a su anuncio y a su testimonio.

ILUSIÓN.- Porque no se puede evangelizar por imposición ni por condicionamiento. La ilusión nos hará tomar conciencia de que las fronteras no existen, de que la gente nos espera para recibir la Buena Noticia… y eso nos hará conscientes de que, somos partícipes del desarrollo de la evangelización y llamados por el Señor para realizar esta apasionante tarea. A nosotros solamente nos corresponderá dar, la respuesta que la Iglesia necesita, a este mundo cambiante que va a mayor velocidad que nuestras expectativas.

Por tanto, no nos cansemos de trasmitir la fe; anunciémosla con un impulso renovado, a cuantos se crucen en nuestro camino. Seamos fieles a la misión que el Señor nos encomendó a los evangelizadores de todos los tiempos. Pues como dice el Papa Francisco:

Todos tienen derecho de recibir el Evangelio

y los cristianos tenemos el deber de anunciarlo

sin excluir a nadie.

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