Hola, soy Julia Merodio.

 

En el año 1972 participamos en unos ejercicios espirituales y conocimos a la Comunidad de Nazaret. Desde 1973 somos miembros de la Comunidad, pero es más bien desde hace pocos años cuando me he lanzado a eso de escribir… (´cosa que ni se me pasaba por la cabeza, pero sorprendentemente mis escritos tuvieron buena acogida).

Solamente puedo dar las gracias a cuantos comparto con ellos mi vida, sobre todo a los jesuitas -de los que he aprendido todo lo que plasmo- pues realmente ellos son los artífices de mis escritos. Así que. sin ningún ánimo más que el de ayudar, semanalmente (o casi) publicaremos pequeños textos para que sirvan de reflexión, de introducción para la oración….

Aquí podéis saber algo más de mi. Aquí

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No ha llegado mi hora

Jesús ha salido de las aguas fangosas del Jordán, donde se metió para bautizarse y donde, ante la sorpresa de todos, el Padre habló “Este es mi Hijo, el amado, ¡escuchadle!” Pero Jesús salió del agua callado, y solamente los más cercanos se dieron cuenta de que aquellas palabras iban dirigidas a Él, el resto no se enteraron de nada. Sin embargo, la sorpresa no tardaría en llegar –a todos- y con ella -La hora de Jesús-.

Todo se hizo por la palabra

Dios se ha instalado entre los hombres. “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado… Es: el consejero admirable, el Dios poderoso, el Padre Eterno, el príncipe de la Paz” Pero el pesebre era un sitio provisional, solamente unos pastores y algunas gentes de los alrededores conocieron la noticia y Él, no ha venido para unos pocos, ha venido para todas las personas, de todos los continentes, de todos los tiempos… y a todas ellas es a las que quiere dirigir lo mejor de su ser.

Hacia dónde nos dirigimos… ¿Vamos a Belén?

No podemos llegar a la Cueva de Belén hasta que no seamos capaces de dejar el asfalto y caminar por un sendero incómodo, lleno de piedras y maleza. Ni tampoco llegaremos si lo que buscamos es encontrar cosas sorprendentes -como acostumbramos a buscar en cualquier visita turística- Pues ¿quién pretenderá ver en la cueva de Belén algo que le alegre la vista? ¿Qué se puede encontrar en ella, que invite a viajar para observarlo? ¡NADA! Allí todo es pobreza, escasez, penuria, miseria…

La alegría está en la esencia de Dios

El ritmo del Adviento ha cambiado. La liturgia que hasta ahora nos había invitado a despertar y convertirnos, hoy da un giro y nos invita a la alegría y ¿por qué? Pues, porque después de descubrir y sanar todos esos lados oscuros que acompañaban nuestra vida no podemos hacer otra cosa que desembocar en la alegría que produce toda sanación.

Un SI a la conversión

Cuando esperamos a alguien de importancia o queremos quedar bien con un invitado nos esmeramos en que todo esté en orden cuando él llegue. Si la persona que esperamos es alguien muy querido y muy íntimo, al que hace tiempo que no vemos, lo que más nos importa es tener todo hecho para que cuando llegue nos quede tiempo de estar junto a él, de escucharle, de conversar, de sentirle… En el primer caso tratamos de ofrecerle lo mejor que tenemos, en el segundo le ofrecemos lo que somos.

Nos preparamos para el adviento

Ante nosotros aparece un nuevo Adviento. Y digo nuevo porque Dios no quiere “clones” Él es siempre novedad, siempre primicia y quiere que, fijándonos en Jesús, cada uno caminemos hacia Él, con nuestra vida, nuestra realidad y nuestra historia.
Y aquí tenemos un tiempo propicio para hacerlo. Un tiempo privilegiado de la Iglesia: El Adviento.

Nuestra Misión es … cambiar el mundo

Acabamos de celebrar el día de DOMUND, con un lema precioso para trabajarlo, no solamente el día del Domund, sino durante todo el año. Y ese lema dice “Cambia al mundo”
Pero, este lema no está pensado, solamente, para aquellos que han decidido abandonar su tierra y su casa para evangelizar en lugares de Misión. Está pensado para todos, pues todos somos misioneros, sea cual sea nuestra realidad y nuestra situación.

Y este… ¿Es de los nuestros?

Dios no otorga “derechos de propiedad” que por mucho que hagamos nunca seremos merecedores de ser elegidos. Por eso Jesús elige a quien quiere, no a quien se lo merece. Pues ¿acaso pueden pesar alguna vez, tanto nuestros méritos, como para que Dios se fije en nosotros?

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